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GREEN DAY

Rockódromo Arena Madrid. 28 de junio

El accidente sufrido por Tom Lindton, guitarrista de los teloneros Jimmy Eat World, fue un mal presagio. Que Billie Joe abortara “American idiot” a las primeras de cambio para entablar diálogo con el público, un adverso augurio que ratificó uno de sus primeros parlamentos: “ésta es la mejor gira que hemos hecho en nuestra vida”. Miedo. Cierto es que acto seguido se ventilaron “Jesus of Suburbia” íntegra y del tirón; y que temas como “Holiday”, “St.Jimmy”, “Longview” y “Are we the waiting” elevaron la temperatura de un recinto que promete paliar la secular falta de infraestructuras de nuestra ciudad. Pero Green Day prefirió el espectáculo a las canciones, vaciando paulatinamente de contenido un concierto que, con un repertorio como el suyo, podría haber dado mucho más de sí. Crecido –es un decir– y entregado al despropósito, el simpático frontman fue de numerito en numerito: interminables exhortaciones al coreo, eternas (y repetidas) presentaciones de la banda, invitación al saxo que les acompaña para que tocara “Los pajaritos” e incluso parada y fonda con tres jovenzuelos sobre el escenario haciéndose cargo de los instrumentos. Cuando parecía que la cosa remontaba el vuelo –con “Basket case”, “She”, “Brain stew” y “Maria”–, nos endosaron un bis tan plomizo como radioformulable –“Boulevard of broken dreams”, “Wake me up when september ends”– culminado por una versión de “We are the champions” (Queen). Disipado el confeti y extinguidos los fuegos de artificio, el otrora pelopincho despachó a solas “Good riddance”. Pues eso, adiós muy buenas. César Luquero

 

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