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JOSÉ IGNACIO LAPIDO. OCTUBRE de 2005

La Espalda de la Realidad.

José Ignacio Lapido se ve abocado a la autoedición de su cuarto trabajo en solitario. Mientras en los despachos se mira para otro lado y se hacen oídos sordos, el granadino planta cara a la indiferencia entregando una nueva remesa de canciones llamadas a sobrevivir por encima de modas, tendencias y menudencias.

Lapido nos recibe con seria cordialidad en su casa a las espaldas del Albayzín, obsequiándonos con el regalo del cara a cara y afrontando de buen grado una improvisada sesión fotográfica en la que terminan por asomar las sonrisas. Fuma rubio, ofrece cervezas, se toma su tiempo para responder y siempre devuelve la mirada. Hoy, mañana a más tardar, llegarán de fábrica las copias de En otro tiempo, en otro lugar , cuarto disco a su nombre y undécimo si contamos los que publicó al frente de 091, una de los grupos más excepcionales, desde cualquier punto de vista, que ha conocido el rock español. Teme ese momento porque sabe que lo hecho, hecho está, aunque reconoce que el malestar es pasajero: “Ahora tengo muy presente dónde metí la pata, dónde no llegué a afinar del todo”, asegura, mientras el chasquido del mechero delata su empedernida condición.

¿Una vez terminada la gira del disco precedente te das un respiro o siempre estás componiendo nuevas canciones?

“Yo siempre estoy componiendo. Todos los días cojo la guitarra a ver qué sale, porque es la parte de ésta profesión que más me gusta, la composición. Siempre estoy tocando la guitarra. Y siempre salen cosas. Los esbozos que van saliendo los voy grabando con un casete, que por cierto se me ha roto… estoy perdido, porque no manejo muy bien las nuevas tecnologías, así que tendré que llevarlo a arreglar. Luego voy trabajando sobre las cosas que funcionan, así que no dejo periodos de descanso. A lo mejor el día que termino de mezclar el disco sí descanso, pero como es una cosa que me gusta…”

¿Con los textos también trabajas de esta manera?

“¡Uff! No, eso lo hago después. Eso cuesta mucho trabajo. Más aún después de haber escrito tantas canciones, porque tengo la sensación de que lo que estoy escribiendo ya lo he escrito antes. Cuando haces tu primer disco tienes un horizonte muy grande, pero ya he escrito tantas que a veces pienso ‘esto me suena'. En este disco me ha costado horrores terminar las letras y no repetirme demasiado. Normalmente me pongo con la letra cuando la música está terminada, cuando sé que esa canción sirve. Rara vez han salido antes las letras que las músicas”.

Respetado entre sus compañeros de oficio, adorado sin reservas por sus seguidores, Lapido, que compagina la música con su trabajo como guionista en una productora televisiva y sus columnas de opinión en el diario Granada Hoy , ha tenido que asumir la tarea reservada a emprendedores, mecenas y socios capitalistas tras el cierre de Big Bang, su último valedor. A sus 43 años, pone en marcha el sello Pentatonia Records después de padecer una ruta de los sordos que debería sacar los colores a las preclaras mentes de nuestro mercado discográfico. Cuesta creer que ningún sello de este país haya querido apoyar su labor. Así nos luce el pelo.

Cuándo supiste que Big Bang cerraba ¿Barruntabas que el siguiente disco lo tendrías que autoeditar?

“El cierre del sello coincidió con la muerte de mi hermano Javier hace ahora dos años. Mi hermano además era mi representante desde los tiempos de 091. Hubo un periodo de tiempo en que no hice nada, ni me preocupé por el siguiente disco ni por nada, lógicamente. Empecé a plantearme lo de buscar compañía un poco más tarde, cuando todavía no tenía canciones, y sabía que me las iban a pedir, porque aquí aunque lleves veinte años de trabajo te valoran por lo último que haces. En principio valoré las dos posibilidades, buscar un sello o hacerlo por mi cuenta. Lo segundo era duplicar trabajo y problemas, y no me apetecía demasiado, así que me puse a buscar compañía. Hice una maqueta con la banda, monté unas canciones y me puse a buscar, aunque con poca fe en los resultados, porque sabiendo como está el mercado pues ya tenía cierta seguridad en la derrota. Y así sucedió. Perdí tiempo, podía haberme ahorrado ese trámite, el disco habría salido hace meses si me hubiera planteado la autoedición desde el principio. Sólo hubo una compañía que mostró cierto interés, pero al final me hizo perder más tiempo. De las demás algunas ni me contestaron, demostrando su buena educación”.

¿En serio?

“Sí. Ya se sabe que los cazatalentos están muy ocupados, que tienen mucho trabajo, así que para qué van a descolgar el teléfono. Cuando vi que no podía esperar más decidí hacerlo yo”.

El más difícil todavía

Una vez asumida su nueva situación editorial, una vez terminadas las canciones, Lapido y sus jóvenes compañeros (el batería Antonio Lomas, el guitarrista Víctor Sánchez, el bajista Sergio Martín y el teclista Raúl Bernal) acudían al estudio para registrar doce nuevos temas en los que permanecen las señas de identidad de su artífice: rock de guitarras de inspiración norteamericana, búsqueda de una sonoridad clásica, que no rancia, textos de alta graduación literaria teñidos de atribulación, desencanto y mordacidad. El resultado, estimulante y satisfactorio, confirma a Lapido como referente tapado en una escena donde la personalidad, el talento y el discurso diferencial quedan reservados a unos pocos. En ese sentido, Lapido ofrece más de lo mismo, más de sí mismo, pero es capaz de sorprender sin necesidad de reinventarse, de volver a emocionar utilizando recursos ya conocidos.

¿Qué mínimos pides a los músicos que te acompañan?

“Lo primero afinidad musical. Y una mínima capacidad instrumental. Que no haya que explicarle quiénes son los Kinks o Bo Diddley. No busco virtuosos, porque la música que hacemos no lo precisa, pero sí han de tener cierta desenvoltura, cierta gracia”.

Y siendo ellos más jóvenes que tú ¿notas que el intercambio de influencias va en ambas direcciones?

“No sé qué es lo que puedo aportarles yo exactamente, eso deberías preguntárselo a ellos, pero por mi parte puedo decir que ellos a mí me aportan mucho. De entrada el hecho de que quieran tocar conmigo en un proyecto sin apenas proyección comercial es bastante respetable y muy de agradecer. Para mí es un lujo que estén dispuestos a partirse los cuernos junto a mí. Yo no estoy ajeno a lo que pasa en la música, pero sí tengo el lastre del pasado y analizo mucho cualquier cosa nueva que llega a mis manos; creo que ellos tienen los oídos más limpios que yo en ese sentido, porque son más jóvenes”.

Uno de los hallazgos del disco es el uso de los teclados…

“Sí. Es la primera vez que hay un teclista fijo en el grupo. Al empezar a trabajar en este disco hablé con Raúl y le conté qué patrón de teclados me gusta, que es el clásico: órgano Hammond, piano acústico y pianos eléctricos con sonido Wurlitzer o Fender Rodhes. Nada nuevo o que no se haya oído ya. Así que le dije que cogiera los discos de Bob Dylan con The Band o viejos discos de blues. No hubo mayor problema porque él comparte ese gusto. Al saber que una persona va a tocar todo eso en directo he podido abrir la paleta de sonidos de teclado, dándoles más margen. Yo siempre he tenido mucho miedo a los teclados, porque el sonido de teclado de los años ochenta era realmente espantoso, hizo estragos en la música, y quería algo natural, real”.

¿En todos estos años has pasado algún momento de sequía creativa?

“Supongo que sí, aunque no recuerdo ninguno especialmente grave. Con la música no suelo tener problema, pero sí con las letras. Y eso se ha ido acrecentando con el paso del tiempo. Cada vez te queda menos espacio. Creo que nos pasa a todos los que hacemos canciones, que tenemos un cupo determinado y no llegas a saber dónde termina ese cupo. Con el disco anterior ya me costó, y con éste me ha costado mucho. Cuando terminas piensas ‘lo he conseguido una vez más', pero no sabes si lo lograrás con el siguiente. Pero no recuerdo una época en que no saliera nada. Echando un vistazo a los grandes artistas del rock te das cuenta de que llega un momento en que aunque siguen haciendo canciones ya no es lo mismo. Y creo que en ese momento lo mejor es dejarlo. Aunque a veces se sale de esa situación. El mejor ejemplo es Bob Dylan, que tuvo una época malísima de discos infumables y ha vuelto por sus fueros”.

¿Te imaginas tu vida sin escribir canciones?

“Después de tanto tiempo no me lo planteo. Para mí es algo inevitable, pero no en términos de condena, en todo caso una condena agradecida. Para mí el rock and roll supuso encontrar mi propia voz, mi propia forma de expresión. Encontrarme conmigo mismo y con algo que tenía muy dentro. Ahora mismo ni me lo planteo. Cuando empecé a tocar, el rock suponía saber que no estabas sólo, saber que había gente que pensaba igual que tú. Escuchabas canciones de Dylan, Hendrix o los Beatles y te dabas cuenta de que había otros como tú. Escuchaba ‘Purple haze' de Hendrix y pensaba ‘esto es lo que quiero'. Yo venía de escuchar lo que había en ese momento: Led Zeppelin, Deep Purple, The Sweet… y me gustaba, pero veía que era imposible tocar como Ritchie Blackmore. Esa música te dejaba reducido a mero oyente. Antes que los Ramones, el verdadero acicate para coger un instrumento fueron Dr. Feelgood, que retomaban ese espíritu primitivo del rock; y luego los Ramones, que demostraron que se podía hacer canciones con unos pocos acordes. El punk y la nueva ola fueron muy importantes para mi generación”.

¿Qué le pides a éste disco?

“Una vez que el disco sale a la calle a mí sólo me queda esperar. Y recrearlo más tarde en directo. Si te refieres a esperanzas comerciales, hace mucho tiempo que abandoné cualquier esperanza de que esto sea un éxito. Hay que ser un poco ingenuo para pensar que estas canciones puedan ser un pelotazo, porque basta con poner la tele y la radio: cualquier parecido con lo mío es mera coincidencia. Pero confío en que al menos podamos salvar los muebles en esta nueva aventura de la autoedición. Ya desde ‘La vida que mala es', con 091, abandonamos cualquier elucubración quinceañera relacionada con el éxito, pero tampoco me quita el sueño, porque nunca he considerado un fin el éxito comercial. Siempre he antepuesto el arte”. César Luquero



DISCOGRAFIA

GUITARRAS DE PIEDRA Y PALO

 

LADRIDOS DEL PERRO MÁGICO
Big Bang, 1999

Tres años después del último concierto de 091, Lapido debuta en solitario con un trabajo largo –catorce canciones encerradas en una hora– en el que los tiempos medios conviven con la velocidad. Su voz, aún titubeante, da vida a zarpazos notables como “Roto”, “Furioso con el mundo”, “Sigo esperando” o “Mi nombre es Sísifo”. También hay piezas delicadas –“Cuando las palabras vuelvan del exilio”, “En algún lugar de la medianoche”, “A mil años luz”– y una obra maestra absoluta: “Ladridos del perro mágico”, la canción. Gana con el tiempo. Y mucho.

 

 

LUZ DE CIUDADES EN LLAMAS
Big Bang, 2001

Lapido apuesta por la concreción y entrega seis canciones –media hora justa– en las que su voz empieza a convencer. Ni un segundo de sobra en un trabajo aparentemente menor pero que contiene al menos cuatro joyas de su impecable repertorio: “Luz de ciudades en llamas”, “Alguien vendrá”, “El principio del fin” y “Piedras y palos”. Contra todo pronóstico, imprescindible.

 

 

MÚSICA CELESTIAL
Big Bang, 2002

Pocos meses después, el granadino vuelve al formato largo con un disco que afianza su excepcionalidad creativa dentro del rock en castellano. Más reflexivo que antaño, menos urgente y también menos turgente, Lapido se recrea en los arreglos y baja las revoluciones, con resultados siempre por encima de la media. Estamos ante una colección acre, que solidifica su discurso y que cuenta con una notable tanda de favoritas: “Nadie besa al perdedor”, “Humo”, “Demasiado tarde”, “Hasta desaparecer” y “No sé por dónde empezar”.

 

 

EN OTRO TIEMPO, EN OTRO LUGAR
Pentatonia, 2005

Su nuevo disco retrata con fidelidad las coordenadas creativas en las que Lapido y su banda se desenvuelven: el aire mortecino de su anterior álbum se disipa y la energía de sus primeros pasos en solitario reaparece, insuflando vida a composiciones aguerridas (“Más difícil todavía”, “La antesala del dolor”), piruetas estilísticas (la sorprendente apertura con “Escrito en la ley”) y estándares propios (“No digas que no te avisé”, “Bellas mentiras”, “En otro tiempo, en otro lugar”) que culminan en “De espaldas a la realidad”, una de las mejores canciones de su carrera, transparente reflejo de las inquietudes vitales y creativas de un autor insobornable, sustantivo, genuino. No lo dejen pasar.



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