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SMOG

Moby Dick. 24 de septiembre de 2005

Ahora que el lo-fi vuelve a desperezarse tras una época de tibieza casi imperdonable, la presencia de Smog en el trasfondo de las modas explica muchas de las buenas críticas que hoy se hacen a gente como Conor Oberst (Bright Eyes) o Sufjan Stevens. Doce discos y una trayectoria intrigante avalaban su paso por Madrid en el año en que A river ain't too much to love (su último disco) ha conmovido desde su dureza. Bill Callahan dejó en casa su versión más rock y quiso estar acompañado únicamente por una pianista y la percusión, elementos que se acoplaron a su imprescindible acústica, más pegada siempre al pecho que a la cintura. Despacio, al ritmo en que la autocomplacencia desaparece, se dejó querer por un público de los menos frecuentes, que salió de casa para sacar del oscurantismo el brillante trabajo de Smog, su valía más independiente y menos toqueteada. Desnudo de artificio, rodeado del humo que mejor dibuja una noche de concierto, Callahan paseó de un lado a otro de sus virtudes con un desapego a veces conmovedor hacia su propia obra, y firmó una actuación tan sobria como digna, tan honda como envidiable. Mónica Plaza

 

 

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