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CHUCHO. MAYO 2005

 

La vida en el filo.

Por Manuel Gauda

A primeros de año, Chucho anunciaba su separación después de una intensa década de trabajo. Su legado se antoja fundamental para el rock español, así que este mes repasamos la vida y milagros de un grupo irrepetible al que vamos a echar en falta.

 

La salida de fábrica de El amigo de las tormentas (1994), último álbum de estudio de Surfin' Bichos, lacraba el acta de defunción del grupo albaceteño, uno de los grupos más importantes de nuestro rock y uno de los primeros cuya formulación estética se alejaba de los postulados de una escena, la de los 80 y sus movidas, anquilosada y confiada a las rentas. La renuncia de Fernando Alfaro –su cantante, guitarrista y líder – entrañaba un doloroso punto y final que sus compañeros se propusieron cauterizar con Mercromina. Carlos Cuevas, Joaquín Pascual y José Manuel Mora movían ficha editorial a mediados de 1995, pero de Alfaro no se supo hasta finales de ese mismo año, cuando Chucho , un EP maquetero, llegaba a las tiendas. Secundado por Javier Fernández (batería) y Juan Carlos Rodríguez (bajo), ex componentes de República Gorila, Alfaro reaparecía con un trabajo que fue recibido con cierta tibieza por la crítica, pero con suma alegría por sus fans. Puede que el callo de la experiencia –la mutilación de Hermanos carnales y sus singles y la incertidumbre que sobrevoló la publicación de El amigo de las tormentas , dos de los mejores trabajos de Surfin' Bichos– impulsara la creación de Limbo Starr, el sello discográfico cuyo marchamo lucía en este debut estrepitoso y amenazante, que fue presentado en directo en enero de 1996 para regocijo de una parroquia que jamás olvidará el reencuentro.

Pero lo que mostraba aquel disco en blanco y negro era sólo un esbozo de lo que estaba por venir. En la primavera de 1997 ve la luz 78 , debut largo de Chucho con respaldo multinacional y un sonido que huele a desquite. La algarabía en torno a este durísimo disco –que Alfaro dedicaba a su padre recién fallecido– cristaliza en reseñas encendidas, conciertos bulliciosos, presencia en festivales –en Festimad, a la hora de comer, dejan un recuerdo imborrable y se les ve hasta en Viña Rock– e incluso ventas aceptables. La esquiva fortuna comercial de Surfin' Bichos parece conjurarse, pero las canciones de 78 escuecen tanto o más que “El crujido del cangrejo”, “Gente abollada” o “El diablo adolescente”. Algunas de ellas –como “Sal”, “El ángel inseminador” o “Un ángel turbio”– ya cuentan entre lo mejor del cancionero de Alfaro e incluso Amenábar se hace con “El detonador EMX-3” para Abre los ojos , su segundo largometraje.

A finales de 1998, Chucho se encierra junto a Kaki Arkarazo –guitarrista de Negu Gorriak– en sus estudios guipuzcoanos. Se sube a la furgo Miguel Ángel Gascón. Nace Natalia, primera hija de Alfaro e Isabel León –que viene aportando coros desde la época de Surfin' Bichos– y el grupo alumbra, ya en 1999, Tejido de felicidad . El consenso entre crítica y público se hace manifiesto. Estamos ante un disco de logros mayúsculos, lleno de canciones memorables pero no tan henchidas de buenas vibraciones como parece. “Cirujano patafísico” esconde una truculenta historia con serial-killer incluido, “Mare Nostrum” es una acerada reflexión sobre los estragos de la vida en pareja y “Magic” tiene que ver con la vida y su celebración, pero también con la muerte. Chucho envuelve todas estas canciones con maestría, da con las mejores melodías de su carrera y alcanza un perfecto equilibrio entre su faz más arisca y la más asequible. Todo ello se traduce en una enorme actividad en directo, que hace cima en la primavera de 2000, con la gira Triple Zero , que recala en Valencia, Barcelona y Madrid, ciudades en las que Chucho ofrece tres conciertos consecutivos en distintos formatos –acústico, punk, convencional–, que certifican el gran momento por el que pasa el grupo. A estas alturas, Chucho es una de las bandas más populares del rock con acento indie en nuestro país. Su nómina de seguidores crece, su reputación cotiza al alza, sus conciertos se llenan y sus discos alcanzan cifras de venta nada desdeñables. Alfaro sigue trabajando en una gasolinera en Albacete. Allí tiene tiempo libre y tranquilidad para componer. Inspirado en el libro The basketball diaries , bautiza al cuaderno donde apunta todas las ideas y bosquejos para su nuevo disco como The petrol diaries . Así, entre repuesto y repuesto, se gesta su obra más ambiciosa: Los diarios de petróleo .

En marzo de 2001 aparece el Fragmento I de Los diarios de petróleo , un single con cinco temas. Alfaro quiere un doble álbum, pero su sello no cede y la negociación se resuelve salomónicamente: tras esa primera entrega llega el Fragmento principal , con 15 canciones empaquetadas de forma convencional al que la metonimia colectiva convierte en “el disco de Los diarios de petróleo”. Los dos singles que restan – II y Último fragmento – se convierten en piezas sólo necesarias para completistas y esta desquiciada política editorial impide contemplar la obra en su totalidad, ya que su secuenciación queda definitivamente alterada. Con todo, el Fragmento principal se sostiene como un buen disco de Chucho, con grandes canciones como “Mi padre”, “De aire”, “El secreto de la ciencia” o “Visión Rayos X”, pero no supera ni iguala los logros de su predecesor, algo que también sucede en Koniec , el último disco del quinteto: Emilio Abengoza se había unido a la formación para grabar Los Diarios.

Precedido por el magnífico EP La mente del monstruo , Koniec es un disco desigual en el que se advierten minutos de sobra, algo inevitable en un trabajo de las dimensiones de Los diarios de petróleo pero alarmante en el caso que nos ocupa. Las escuchas sucesivas descubren que el problema estaba en el cedazo, y que haber aligerado la carga a tiempo –“Y minera”, “Pop de anuncio de móviles”, “Koniec” y “Esos vinos de reserva” bajan una media que apuntaba notable– no habría estado mal. Aún así es un buen disco y cierra más que dignamente la trayectoria de un grupo sin igual cuya separación nos ha pillado por sorpresa. Sabemos que dejan un hueco difícil de remplazar en nuestro conformista y mimético panorama pop.


CHUCHO. Guía de compra
Por César Luquero


1. Tejido de Felicidad (Chewaka, 1999)
Andanadas de drum & bass, eructos punk –durante la gira “Triple Zero”, versioneaban a Dead Kennedys y Motörhead–, ecos disco , orquestaciones de Alejandro Amenábar y tres canciones absolutamente eternas –“Revolución”, “Una f-foto tuya” y “Mare Nostrum”– para un disco engañosamente risueño en el que la vida y la muerte, la culpa y la redención, el pasado y el futuro, se traspapelan milagrosamente. Imprescindible, inagotable e imperecedero.



2. 78 (Virgin, 1997)
Esbozos como “Fantasma wazza” e instrumentales como “Paracaídas”, que llegó a tener letra, restan enteros a este debut, teñido de un añil tan oscuro que casi se confunde con el negro. Iconografía religiosa a trasmano, sal en heridas a las que no se atisba cura, adicciones infranqueables... un paseo por el dolor y por la muerte en el que la realidad, una vez más, supera a la ficción. Y tres himnos insuperables: “Un ángel turbio”, “Sal” y “El detonador EMX-3”.





3. Los diarios de petróleo (Chewaka, 2001)
Era un doble álbum, pero en Chewaka no coló y Alfaro hubo de claudicar. Reconvertido en disco por entregas (cuatro en concreto; una treintena de temas) y descabalada su secuenciación original, queda un estupendo aunque irregular álbum –las 15 canciones del Fragmento principal – y tres buenos maxis con momentos memorables –“Tocado, hundido”–, rescates de la era Surfin' Bichos –“A morte”– e incluso la primera canción firmada por Isabel León, mujer de Alfaro y compañera de fatigas desde tiempo inmemorial (“Cielos despejados”).



4. Chucho EP (Limbo Starr, 1996/Reeditado en 2003)
Primera referencia del grupo y del sello Limbo Starr. Cuatro canciones que muerden, espoleadas por un infame sonido maquetero, maceradas en hiel, sangre y tuétano. Dos de ellas –“Conexión de hueso” y “Esta es mi sangre”–, clásicos inmediatos del grupo presentados en una primeriza gira que nunca olvidaremos. Su reedición de hace un par de años, remasterizada, apenas pudo limpiarle la dentadura. Cuidadín.





5. Koniec (Sinnamon, 2004)
El regreso a planteamientos más básicos tras el dispendio arreglístico de Los diarios de petróleo acaba en tablas. Se imponía abrir todas las ventanas y el oxígeno se agradece, sobre todo en la primera mitad del disco, en la que destacan “Túnel de lavado”, “Capitán en alta mar”, “Te exprimiré hasta la tumba” y “La religión”. Más adelante “La mente del monstruo”, una de las mejores canciones de Alfaro, antesala a un final de bajón que merma el entusiasmo con que había comenzado la escucha.





6. La mente del monstruo EP (Sinnamon, 2004)
Un EP mayúsculo anticipando la revisión sonora que supondría Koniec . El mascarón de proa del mismo –luego, también del álbum– acompañado de tres temas que recuperan la agresividad de su primer sencillo. Al cierre, una joya que merecía titularidad: “Su voz congelada en el aire”.





Si te gusta Chucho te gustará…
Por César Luquero


LOS ENEMIGOS La vida mata (Gasa, 1990)
Sin noticias de Dios, los madrileños firman su ingreso en la eternidad del rock español con un disco que no quiere ser feliz, pero que se rebela contra la infelicidad de saberse vivo, finito y solo, abriendo línea directa con el Alfaro de los mejores Surfin' Bichos: “sé que duele / es la vida / sólo la muerte no causa dolor”. Superior.



NICK CAVE & THE BAD SEEDS Let love in (Mute, 1994)
El australiano y sus secuaces en la mejor de sus versiones –la del amor en los tiempos del cólera–, conjugando fiereza y tacto en una decena de canciones cerca del animal pero ávidas de Dios. Como bitácora de una relación sentimental asediada por la irresolución y la culpa no tiene precio. Canciones de Chucho como “Y rompe la tormenta”, “Mare Nostrum” o “Túnel de lavado”, tampoco.






SUGAR Copper blue (Creation, 1992)
Si aceptamos que Chucho EP fue el Beaster de los manchegos, entonces Tejido de felicidad es su Copper blue . Ambos discos jugaban con maestría las cartas de una apariencia amable tras la que se escondía un puñado de canciones emponzoñadas. Y ambos, además, encontraban el punto justo de equilibrio entre melodía y crudeza, brindando una colección de estribillos de valor incalculable.





Sus diez mejores canciones
Por César Luquero y Manuel Gauda

1. “Revolución” (1999)
2. “Una f-foto tuya” (1999)
3. “La mente del monstruo” (2004)
4. “Un ángel turbio” (1997)
5. “De aire” (2001)
6. “Mare Nostrum” (1999)
7. “Sal” (1997)
8. “Esta es mi sangre” (1996)
9. “Cirujano patafísico” (1999)
10. “El secreto de la ciencia” (2001)

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