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MERCROMINA

Arena. 4 de mayo

El cuarteto manchego se despidió de Madrid con señorío, respondiendo con sincera generosidad al encendido abrazo que brindó el patio de butacas desde “Lo que dicta el corazón”, apertura de un concierto que, conforme avanzaban los minutos, asustaba por perfecto. Lejos de alimentar los traicioneros tizones de la nostalgia prematura, Mercromina se desquitó en presente de indicativo con una actuación que es, ya, uno de los más inolvidables acontecimientos vividos por nuestra exangüe independencia, desplegando un repertorio de impresión por el que asomaron canciones de las de andar por casa, de las que quedan para siempre, proponiendo un sonriente brindis a todos aquellos que, de una u otra manera, confiaron en sus inequívocas propiedades curativas. Casi dos horas de magia y precisión –“Mil millones de veces”, “Encadenados”, “Líquidos”, “Entrevista a un abducido”, “En un mundo tan pequeño”, “Chaqueta de pana”, “Sacacorchos”, “Desde una nube”, “Evolution”, “El libro de oro de la congelación”, “Pájaros”… ¿hace falta que siga?– dosificadas con apabullante maestría, con el inequívoco sello de las grandes cosas pequeñas. Ahora, seguro, toca echarles de menos. César Luquero

 

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