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LOW

Arena. 26 de abril

Si el trío de Duluth, cuyas dos terceras partes pertenecen a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, saliera a postular en lugar de a tocar rock, la cifra de conversos empezaría a preocupar en Castelgandolfo. En su nueva visita a Madrid, y a pesar de las manifiestas incomodidades de una sala impracticable, Low avanzó unos metros más por la cresta de su propio mito. Cuando Allan Sparhawk, embutido en su camiseta de la Caja Rural Francesa, entona, flipas; si su mujer, la hierática Mimi Parker, compagina el baqueteo con el canto, flotas. Al unísono no tienen igual. Aunque las canciones del reciente y magnífico The great destroyer –con cuota prioritaria en el repertorio: mucho mejor– tengan bastante que ver con el rock hirsuto de Crazy Horse y poco o nada con la beatífica contemplación del slowcore , Low consigue investirlas de una profundidad emocional capaz de elevar al respetable a dos palmos del suelo. Fueron noventa minutos de puro deleite coronados, ya en el segundo bis, por una impresionante interpretación de “Sunflower”. De momento, concierto internacional del semestre. César Luquero

 

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