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El Sol. 9 de junio Lo que ocurre tras despedir a la tristeza suele ser la liberación, un despertar de todo aquello antes atenazado por la congoja. Jason Molina lo ha vivido, tal y como avala su trayectoria, y sabe que ningún idioma traduce mejor esa experiencia que el del rock. Por eso, el concierto de su nuevo grupo fue un festín de rock trufado de aromas camperos y aires de celebración amistosa, de ésos en los que se alzan las copas, se empapan los gaznates y se brinda de corazón, sin atender a fórmulas de compromiso. Las ovaciones más sentidas se las llevaron “Farewell transmission” y “Hold on Magnolia”, de cuando Songs:Ohia mudó la piel a su nueva encarnación, mientras que las canciones del recién estrenado trabajo, achaquémoslo al desconocimiento, recibieron escrutinio antes que aplauso. Una banda compacta, engrasada y muy competente respaldó a un pletórico Molina, a quien el entrecejo permanentemente fruncido le retrata como melancólico despistado o mediterráneo emigrado a los EE.UU, o ambas cosas a la vez, que acabó exhausto y reconociendo que no podía cantar más. Tan intenso como la última visita de Low y, me atrevo a vaticinar, no menos histórico que la de Wilco, las quince líneas y el adjetivo memorable no alcanzan, me temo, a capturar lo sucedido en la calle Jardines. Palabras mayores. José Durán
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