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Arena. 11 de enero de 2005 La devoción y el respeto que el cuarteto norteamericano cuajó en nuestro país desde los tiempos de Lunapark (1992), su inolvidable actuación en Madrid durante la gira de Pup tent (1997), la grandeza de álbumes como Penthouse (1995), y el enorme carácter de las creaciones de Dean Warenham y compañía, leyendas vivas del rock independiente americano, exigían una despedida a la altura de su historia. No fue tal, desde luego, en términos de intensidad y entrega. Cierto es que no hay quien se resista a “Bobby Peru”, “Bonnie & Clyde”, “Tracy I love you”, “Lovedust”, “Four thousand days” o “Speedbumps”, pero consumar el adiós tras noventa escasos minutos y la mitad de las gemas de su repertorio aún en la chistera –no sonaron “Ihop”, ni “Superfreaky memories”, ni “Sideshow by the seashore”, ni “Dear diary”, ni siquiera “Slash your tires”– es un agravio que la fiel parroquia madrileña no merecía. La pelona que aguardaba fuera a los comparecientes apenas hizo mella en unos ánimos congelados por la triste temperatura ambiente del interior. Ya les vale, ya. César Luquero
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