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RUFUS WAINWRIGHT

Teatro Coliseum. 14 de noviembre

 

Desde las butacas más altas del Coliseum todo se ve extraño. El escenario, completo pero a vista de pájaro, se escucha raro. Suena mucho mejor que una sala, pero “de lejos”. A Rufus se le percibe en la distancia, pero se ve cada uno de sus movimientos y los de su espectacular banda: ¿son todos genios? o ¿qué les pasa?… cantan, tocan todo tipo de instrumentos, bailan… un prodigio, vamos. Y eso para percibir a un tipo tan vivaracho como Wainwright es un privilegio. Su concierto me gusta, pero me va más la media distancia de “Oh What a World”, “Movies of myself”, “14th street” o la apoteosis pop de temas como ”Beautiful child” y “Old whore's diet” (impagable la escenificación de la crucifixión del elegido Rufus, con toda la banda como protagonista). La prefiero a la pomposidad mainstream de “Natasha”, “Want” o “Hallelujah” (versión de Leonard Cohen). Admito la belleza de “This love affair” o “The art teacher”, pero solo con su piano no tiene la fuerza y emotividad de Antony and the Johnsons o Jeff Buckley, al que tanto admira. Ese es el problema: es un tío que cae genial, que hace canciones pop rayando el musical, pero se pierde en su egolatría. A tenor de las grandes ovaciones que recibió, debo estar equivocado. Ya me jode. Jose M Gallardo

 

 

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