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Festivales españoles de jazz. Septiembre de 2004. ¿De jazz? ¿En serio?
Organizar un festival de jazz no es nada fácil, especialmente porque no se mantiene solo. Para los organizadores es fundamental contar con dinero público que subvencione los riesgos de contratación e infraestructuras y, para ello, han de ofrecer a los políticos resultados palpables. Los políticos sólo entienden una cosa en este terreno: los resultados palpables son, única y exclusivamente, éxitos de público; un concierto excelente que no presente un lleno deja de interesar. En base a ello, los programadores están obligados, en la mayor parte de los casos, a conformar un cartel que aúne grandes nombres (capaces de arrasar en taquilla) con música de calidad. Y los grandes nombres de la música popular, admitámoslo, no siempre están en el jazz. Con ésas, hasta los eventos más prestigiosos dan entrada a géneros diversos intentando, cuanto menos, mantener el nivel de la programación. En los festivales de jazz ya aparecen músicos brasileños, guitarristas flamencos, artistas de soul o de funk e, incluso, algún que otro músico de country. Es como Beckham en el Real Madrid: no tiene nada que ver con el equipo, pero vende camisetas. El público mayoritario no concede a esta situación importancia alguna, pero los amantes del jazz, lógicamente, se suben por las paredes. “¿Es que acaso hay artistas de jazz en el Festival de Benidorm o en el del Cante de las Minas?”, preguntan. Otro hecho a tener en cuenta en esta clase de inventos es el de la participación de los músicos españoles. En buena lógica, el dinero público debe invertirse en mejorar nuestras posibilidades y nuestro nivel, pero el hecho choca frontalmente con lo expuesto anteriormente. Si el subvencionador quiere llenos para que aparezcan en la prensa, ¿cuántos músicos españoles de jazz pueden arrasar en taquilla y tener interés mediático? Poquitos, la verdad. Eso perjudica claramente a los nuestros, que tienen sumamente complicada su inclusión en las grandes citas de la temporada. En España, admitámoslo, el público mayoritario y los medios de comunicación siempre se pirrarán por un mindundi vietnamita antes que por un genio español. Esa ha sido nuestra historia y parece que siempre la será. En el terreno del rock, por ejemplo, “Viña Rock” llena su programación con músicos españoles, hace taquillas de cincuenta mil personas y no recibe ni una línea en los diarios de tirada nacional. El “FIB” o el “Festimad”, sin embargo, dan la mayor parte de su presupuesto a músicos extranjeros, meten la mitad de público y consiguen un tratamiento mediático de impresión. Ley de vida. El Festival de jazz de San Javier es un evento curioso. Nació hace siete años desde el interés arrebatado de algunos funcionarios del ayuntamiento. Ellos se lo guisan y se lo comen, contratan y organizan. El ayuntamiento mantiene el festival pero exige logros a corto plazo: patrocinios que lo financien y repercusión nacional. El hecho incide en la programación. Lógico. El formato es de fines de semana y se expone en conciertos dobles. Recibe a artistas de blues (B. B. King, Deborah Coleman, Brian Auger…), soul (Blues Brothers Band, Solomon Burke…), country (Danni Leigh) y hasta pop (Steve Winwood). Aún no se considera que el público de la propia localidad o sus alrededores esté loco por el jazz, pero año tras año se comprueba que el festival va haciendo afición y atrayendo a interesados de los lugares más diversos. Mientras en la primera edición un concierto de Roy Haynes podía convocar a doscientas personas, ahora uno similar no se cae de las mil. La receta ha sido la adecuada: llevar al festival a los artistas más relevantes del panorama actual. Hoy en día, en asunto de programación, San Javier puede rivalizar con San Sebastián o Vitoria, pero asume, desde sus cimientos, que dichos conciertos han de ser respaldados por taquillones que el jazz aún no provoca. Este año, por ejemplo, el cartel incluía a McCoy Tyner, Dave Brubeck, Wynton Marsalis, Michel Camilo, E.S.T. y la Manhattan Jazz All Stars, pero los reventones los han traído la Blues Brothers Band y B. B. King. La evolución es absolutamente positiva, pero ilustrativa de los condicionantes que tiene este tipo de eventos. Quizás todo se arreglaba quitando la etiqueta “de jazz” del cartel. Si se llegara a esa determinación nadie pondría en entredicho que el Festival de San Javier era, probablemente, el mejor programado de España. En Madrid se está extendiendo la celebración de “festis”. Cualquier ayuntamiento entiende que eso de tener un evento “de jazz” da caché al consistorio y cubre el apartado cultural de los presupuestos. “Galapajazz” es un ejemplo: el actual equipo de gobierno lo ponía a parir cuando estaba en la oposición; ahora no sólo lo mantienen, sino que se esmeran en convertir al evento en el más elitista de la Comunidad. Conciertos a más de treinta euros y Paco de Lucía como nombre de mayor relumbrón. Junto a él, George Benson, Bebo Valdés, Tomatito… El jazz también tiene su hueco, pero sólo si es extranjero: Javier Colina era el único jazzman hispano que aparecía entre los ocho conciertos del ciclo principal. “Viajazz” tiene más respeto por la cartera del aficionado, pero deja el jazz en el furgón de cola. Sólo uno de los cuatro días de programación se dedicó al género; el resto de los días el funk surgido del bajo eléctrico se encargó de obtener el éxito de público: Richard Bona, Victor Wooten, Chic, Chick Corea Electric Band o Isaac Hayes resultan nombres incontestables, pero no hacen jazz. El Festival de Boadilla del Monte celebró este año su quinta edición y, a tenor de lo visto, se puede convertir en una referencia básica: siete conciertos, todos de jazz, todos de músicos españoles y todos a un precio de quince euros. Quizás no es de los que revienta taquillas todavía, pero… al tiempo. Diferentes modos, diferentes formatos, diferentes recintos… Cada cual, a su manera, trata de ofrecer una alternativa atractiva que empiece a sonar en el circuito festivalero y que añada a la localidad un punto más de interés. Actualmente, un festival “de jazz” no es patrimonio norteño ni tiene reparos en aparecer en la villa más modesta. En los días que corren, los carteles de Vitoria o San Sebastián no están tan lejos de alguna de estas citas: cuentan con la tradición, con una poyo considerable y con el beneplácito de TVE, pero ya no dan la impresión de ser el Schumaher de la Fórmula 1.
Ferroblues se convertía, un día más tarde, en el primer grupo murciano que aterrizaba en el festival. Su acertada mezcla de soul, blues y rock dejó al público calentito antes de que Steve Cropper se presentara al frente de la Blues Brothers Band. Lo suyo resultó obvio, pero no por ello menos divertido: todo un “greatest hits” del soul más clásico escenificado con la hiperactividad de Eric Udel cantando con la vestimenta que hicieran populares los Blues Brothers originales. Con esta banda la música es una fiesta, pero el soul, mientras no se demuestre lo contrario, lo hacen mejor los negros. Eddie Floyd, que lleva colaborando con la formación unos cuantos años, lo dejó clarito: él no necesita ni gafas negras ni saltitos de gimnasio. El domingo 4 el escenario se vació para que un achacoso Dave Brubeck (84 añitos) lo llenara. Venía el pianista en formación de cuarteto y, como mandan los cánones, dejó que sus compañeros lucieran tanto como él. Brubeck es historia viva y le gusta demostrarlo: en su repertorio no faltan citas al pasado, standards casi recitados ni solos de leyenda. Michael Moore, en el contrabajo, mostró que la solidez no está reñida con la sutileza y Randy Jones (batería) se dejó llevar por su emoción poniendo al concierto las partes más bopers y juguetonas. El cuarto miembro del equipo era Boby Militello, saxo que defendió su parcela pero que, con la flauta, adoleció de lucidez centrándose más en el virtuosismo técnico.
Chic se llevó el gato al agua el día 9 y la actuación de Roy Hargrove casi queda para la anécdota. Quizás Nile Rodgers y los suyos ya no son la máquina de matar que eran en los 80, pero pusieron el recinto bocabajo sacando bailes hasta al público más madurito. En teoría, Isaac Hayes (en la foto) había de hacer lo mismo el último día del festival, pero lo suyo sonó a decepción. Cambió los vientos y las cuerdas por un ejército de teclados y colocó a sus músicos como si estuvieran delante de máquinas de videojuego. Su voz ya no es lo que era y, terminado el tema central de “Shaft”, nos despertamos del sueño dándonos cuenta de que no habíamos soñado nada. Previamente, Richard Bona nadó contracorriente. Su ubicación entre la apertura de Shakatak (muy dignos, realmente) y Hayes no era la mejor para su música y su fusión entre el virtuosismo instrumental y la música africana no cuajaba bien con la estética de un campo de fútbol. Quien estuvo atento le disfrutó, pero muchísimo público se quedó con la idea de que lo suyo era un intermedio para ir a comprar palomitas; después de bailar con Shakatak no todo el mundo traga bien un lirismo tan sutil como el del camerunés. Esteban Pérez
Regresando a los géneros negros, tras la calma llegó la tormenta con nombre de mujer: Deborah Coleman expuso un muy buen pulso guitarrístico y se mostró excelentemente dispuesta en el escenario. Para mucha gente supuso un descubrimiento gracias a su originalidad y frescura a la hora de moverse entre la frontera del blues y el rock sin caer en los estereotipos ni las redundancias (que ya es difícil) con un toque modernista y abstracto muy de agradecer. Otro de los éxitos del programa fue la aparición de Missing Stompers, formación de dixie y música de Nueva Orleáns con un delirante sentido del humor. Del mismo modo, Roy Hargrove (en la foto) también justificó su etiqueta de “plato fuerte”. El trompetista tejano con un premiado pasado latino se ha reconvertido en un pandillero del Bronx que ha hecho de lo ritmos más urbanos el principal argumento de su grupo RH Factor, una potentísima agrupación orgullosa de raza (hasta el histrionismo) y que circuló a escape libre por las calles del funk más duro y el esquinado hip hop. Entre tanto chaval desmedido, Kenny Barron llegó a sentar cátedra con un concierto que supuso una delicia para el aficionado al jazz ‘como Dios manda’, exquisito y refinadísimo. Richard Bona, por su parte, repetía con su remedo de Weather Report. Siempre quiso ser como Pastorius y ahora el camerunés ha montado un grupo exacto, aunque su personalidad aflora con más interés cuando canta sus estremecedoras canciones africanas en douala, su idioma materno. Y muchísimo más todavía que cuando hace salsa, su último y bastante poco afortunado descubrimiento. Más centrados en el apartado caribeño estuvieron Cubanismo, la extensa banda de Jesús Alemañy, un intento de retomar los años dorados de las big bands cubanas hecho a la medida del oyente y tan brutal en sus interpretaciones timberas como faltos de personalidad propia. Un timbón para bailadores de despedida. Juan Jesús García
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