Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

La historia. Julio de 2004

Más vale ser punkie que…

No parece un mal momento (nunca lo es) para hacer un balance aproximado del punk que se fabrica por aquí. Ya ha pasado más de un cuarto de siglo desde las andanadas prepunk de ramoncines, kakasdeluxes y bandastraperas. Dos trilladas décadas desde siniestrostotales, cicatrices, eskorbutos y uvis. Y apenas unos días desde que boikots, segismundos y gatillazos se hayan pateado la península en galas veraniegas por entarimados variopintos (desde salas de mediano aforo y “choznas patronales” a pequeñas plazas de toros o festivales). Historia hay. Presente también.

Durante todo este tiempo, la escena, que ya está más que rodada, ha ido consolidándose de una forma underground pero real, con esa cierta fragilidad propia de los movimientos minoritarios aunque firmemente avalada por la esencia que hace que cientos de grupos practiquen punk, urgencia vital que no necesita de academicismos instrumentales y necesidad de lanzar gritos al aire, sean éstos de diversión, de guerra o de autoestima. Esa misma esencia que, bajo el lema “háztelo tú mismo”, anima continuamente a quienes se arriesgan en la aventura de montar una distribuidora, una discográfica, un festival o un fanzine.

Ya sabemos que, a finales de los 70, el punk llegó como deslumbrante “moda guiri” a este país entonces convulso social y políticamente (por el trágala que supuso la transición: la presente constitución, esta monarquía del sí o sí…). Si el punk nacía con ganas de cagarse en algo (al modo inglés) aquí sobraban motivos. Sabemos igualmente que aquel punk, con vocación homicida sobre cantautores y viejos rockeros, derivaría en la siguiente década en una amalgama colorista y “fashion” de punk divertido o siniestro cuya sede principal estuvo en Madrid. Del mismo modo, apareció otra rama, la hiperrealista, la más cruda, con el centro de operaciones principal ubicado en Euskal Herria, algo que, desde luego, no fue casualidad: no olvidemos que por entonces Euskadi estaba bajo el llamado plan Z.E.N. (Zona Especial Norte), denominación de José Barrionuevo (aquel ministro socialista de Interior que pagó cárcel por amparar a secuestradores, pegatiros y otras lindezas) a la política utilizada para controlar una tierra que por aquel entonces estaba, prácticamente, en estado de sitio (botes de humo y pelotas de goma como pan nuestro de cada día). De hecho, por eso se llamó “Z.E.N.” el disco debut compartido con Eskorbuto (en la foto de la dcha.) y RIP.

Mucho ha llovido desde entonces y mucho se ha escrito al respecto, no tanto por tratarse propiamente de “punk” sino por estar ese movimiento musical temporalmente en el ojo del huracán del terremoto juvenil y colectivo que gobernaba el espíritu de aquellos años. Debido a ello, el punk de entonces tuvo escasa repercusión mediática, algo que, en realidad, es un puro espejismo: hoy en día casi parece un cuento que en algunos de los (escasos, pero bastantes más que ahora) programas musicales de los 80, cuando sólo existían la Primera y la Segunda, se pudieran llegar a ver por la tele a grupos entonces incipientes y malencarados como Parálisis Permanente (en la foto de la izda.) o Siniestro Total, o a leyendas del punk urbano internacional como Johnny Thunders. De hecho, Las Vulpess tienen el dudoso honor de haber conseguido, en 1983, mandar al garete uno de esos programas por interpretar su “stoogiana” “Me gusta ser una zorra” (“Caja de ritmos”, que dirigía Carlos Tena y guionizaba Diego Manrique, dejó de emitirse tras la polémica creada por la susodicha canción en los medios de comunicación conservadores).

Sin embargo, los tiempos relativamente mediáticos (cuya atención se limitaba en muchas ocasiones a la crónica de sucesos) pasaron y el punk quedó. Desde entonces, se desarrolla o se agazapa, crece o se repliega en la idiosincrasia del 77. Y todo ello sin aparecer en televisión, en radio o en prensa. La gente del punk ha ido aprendido (básicamente por el método ensayo-error) en tanto que las infraestructuras musicales de este país, en términos generales, se han ido consolidando, tanto en el circuito de salas y festivales como en el de solvencia discográfica para la grabación y la distribución. De esta forma, prácticamente subterránea a los ojos del gran público, el punk ha ido creando su propio caldo de cultivo. El del período actual se presenta como una especie de terreno movedizo que se enmarca en medio de una cacareada “crisis discográfica” y en el que se va viendo, como horizonte ya tangible, la muda de piel en la forma de distribuir, vender u ofrecer música (la red es la red: los últimos M.C.D., sin ir más lejos, supieron sacarle un gran partido a la difusión de su trabajo a través de la web). Así pues, en estos apretados tiempos de cambio y reajuste (como casi siempre), aún nos encontramos con un circuito activo y a pie de calle. Y aún nos seguiremos encontrando con las desgastadas y sudadas paredes de miles de locales y bajeras, sótanos y trasteros, donde muchachotes y muchachotas se seguirán dejando un poco de piel haciendo punk.

¡Punks todos!

Sería tonto e irreal identificar exclusivamente el punk por un determinado tipo de pintas: hoy en día, bajo esas supuestas “pintas punks” de imperdibles y rotos se visten muchas personas a las que le gusta el flamenco, el rap o el techno cosa fina. Las vestimentas ya no son de cresta y cadena (puro estereotipo nunca superado del todo): hay punks de traje, punks de enmarañada rasta y de pantalón culicaído. De vaquero y camiseta, sin más. En definitiva, y como defienden muchos, el punk se trata en esencia de una actitud, de una forma de funcionar. Musicalmente hablando, y aun a sabiendas de que encajonar las cosas las desvirtúa, podría dividirse el punk en dos grandes escuelas, la política y la no política, un hecho que podría tener sus origen en el viejo antecedente: punk inglés (The Clash —en la foto de la dcha.—, Sex Pistols…) “versus” punk americano (Ramones, Heartbreakers…).

Dentro de lo que podríamos llamar punk político destaca por número de seguidores el autodenominado “punk patatero”, etiqueta atribuida a Evaristo al gritar en el primer disco en directo de La Polla un significativo: “¡Aúpa el punk patatero!” Esta forma de entender el punk, cantado básicamente en castellano y con derivaciones hacia el rock urbano, que busca el estribillo quedón y que siempre arenga contra algún mal social (a veces con proclamas bastante manidas), ha ido recibiendo con el tiempo otras denominaciones como “punk costra” o “punk calimochero”; y, aunque los grupos llamados así normalmente huyen de la etiqueta, las pruebas evidencian que, para una forma de hacer y entender el punk, La Polla Records es mucha mayor influencia en este país que los foráneos Sex Pistols (por no hablar de la amplia influencia de la nihilista escuela de Eskorbuto, RIP y Cicatriz). A modo de apéndice, comentaremos que una derivación de esta manera de entender el punk lo constituyen las bandas de “agropunk”, que, como bien indica su nombre, son grupos cuyos integrantes viven en el campo o en pequeños pueblos de montaña y con gran afición (y facilidad) para celebrar pequeños festivales sobre el género (el propio “Agropunk” o el “Nekasal”, que se celebra anualmente a la vera del Pirineo navarro). Como ilustrativa anécdota, la última vez que hablamos con un miembro de Azadazo, la banda más representativa del agropunk, nos pasamos todo el tiempo hablando sobre ¡las diferentes técnicas de la matanza del cerdo!: pura coherencia.

Hay otro genero, al que no todo el mundo da la clasificación de punk, que nace de la mezcla del “punk patatero” --de himno tabernario y consigna antisocial-- con el rock urbano “leñero”, creándose un cajón de sastre en el que caben Reincidentes, Boikot, Disidencia y otra infinidad, bandas que se alejan o acercan al punk según les indique la musa (por ejemplo, el último de Reincidentes es acústico y en el nuevo de Boikot hay bastante retazos de metal e incluso de rap metal). A todos estos grupos, algunos de los cuales aparecen en este especial, se les mete en el saco del llamado “rock calimochero” (es decir, ese rock urbano patrio en el que también entran Barricada, Porretas o Platero), atributo que en ocasiones se masculla con ánimo meticón.

En el otro lado de esta balanza de signo político están los “anarkopunks”, rojinegros y ceneteros de corazón que, en la búsqueda constante de la coherencia y la integridad con el discurso ofrecido, en muchas ocasiones se quedan fuera del circuito de los festivales con nombre de vianda alimenticia. Los anarkopunks se alimentan del sustrato ideológico, no tanto de un modelo musical a seguir, y, aunque gustan mucho de usar hardcore (Sin Dios), otros se acoplan mejor al street-punk coreable (Muertos de Cristo, que acaban de poner en la calle “Rapsodia libertaria volumen 1”). Los enlaces de estos grupos allende nuestras fronteras son encomiables (Sin Dios de nuevo) y tiene mucho que ver con las conexiones internacionales de las organizaciones libertarias a las que pertenecen sus miembros. Buena muestra de esto fue, por ejemplo, el encuentro anarkopunk celebrado en Lucena (Córdoba) este pasado mes de junio donde, entre charlas sobre explotación laboral, movimientos sociales y presos políticos (todo aderezado por comida “vegana” y un encuentro de distribuidoras anticomerciales), tocaron grupos de anarkopunk sudamericano como Propaganda por el Hecho (Chile) y Los Dólares (Venezuela), a los que se sumaron los cordobeses Asko Sozial. Otro buen ejemplo de estos “concienciadísimos” es el colectivo Mala Raza, contubernio cultural de edición y distribución que nació a la sombra de los ya desaparecidos Corazón del Sapo. Los “Sapos” eran todo un contraste frente al otro tipo de punk que también se hacía en su ciudad, Zaragoza, y que ha permanecido fiel a sus orígenes de speed y vino peleón representado principalmente por Manolo Kabezabolo, Animales Muertos o los en boga Chicharrica, que se lo hacen entre el panfletarismo inteligente y la próxima “gaupasa”.

No vamos a entrar aquí en la pelea dialéctica de las autenticidades (que existe): grupos que se consideran más coherentes con su discurso o con su actitud tachan de “vendidos” a aquéllos que firman con “grandes” sellos o que cantan las miserias desde un escenario subvencionado por sponsors; en otras ocasiones son las bandas que han conseguido vivir de la música (los pocos profesionales que existen) las que ningunean las críticas de esas otras que tocan por el “hobby” de “difundir la idea” y que se pueden permitir el lujo de evitar los canales más comerciales y capitalistas. En definitiva, todo parece entrar en la moldura de las contradicciones lógicas y normales partiendo de la premisa de que este mundo, el musical, siempre ha tenido vocación mercantilista (es curioso comprobar que a los “popes guiris”, tipo Sex Pistols, Ramones o The Clash, que siempre estuvieron en grandes compañías, nadie les suele llamar “vendidos”. También es cierto que si alguien ha creado escuela en esto de la coherencia ha sido el siempre íntegro Jello Biafra --Dead Kennedys--. Y si no… que se lo pregunten a Fermín Muguruza).

Dentro de este punk de denuncia e índole proletaria hay quien prefiere posicionarse en un estilo más mimético a la vieja escuela europea-anglosajona. Las etiquetas de sus discos o las hojas de promoción anuncian cosas como “punk old school”, “street punk” o subvertientes como “oi”. Huyen de la consigna fácil, pero se cagan igualmente en el patrón o en la cotidianeidad que nos ha tocado vivir. Como se ve, en esta vertiente política hay punk de insulto pegadizo y punk de discurso articulado, aunque, en el fondo, unos y otros hablan de lo mismo: jodedores y jodidos.

La diversificación del punk “no político” es alta y muy heterodoxa. La más conocida recae en el peso de dos bandas nacidas de las escisión de La Perrera (aquella banda donostiarra que fijaba sus obsesiones en oscuros grupos de punk estadounidense como Angry Samoans), Señor No y Nuevo Catecismo Católico, que se mantienen en el piñón fijo del punk rock sin concesiones sociales que hace rugir las guitarras a la manera americana o incluso “wilkojohnsonera”, con riffs desaliñados y guitarras al borde de la distorsión con puntuación extra en saturación. Punk que usa sin complejos castellano e inglés desde una óptica de temática individualista y con una rabia que se masculla pero que no necesita traducción. En este mismo sentido otra influencia inevitable ha sido la banda mallorquina Cerebros Exprimidos. Hay otros buenos ejemplos de ese “punk en inglés” que mama con fruición de glorias estadounidenses como Black Flag, Pagans o MC5: Muletrain, Tokyo Sex Destruction o Sin City Six son sólo algunos de ellos.

A partir de aquí, empezar a poner nombres y etiquetas es sólo cuestión de forzar un poco la imaginación: porno-punk (Discípulos de Dionisos), subnormal-punk (Los Biolentos, Los Piolines), glam-punk (Jon Iturbe), guitar-punk-heroes (Mikel Biffs), punk coprófago (Kánzer de Eskroto) o punk sanguinolento (The Rippers), sin olvidar los vascos Buenavista, los granadinos PPM con el sello Wildpunk y su punk eficiente y elegante, los pretendidamente divertidos, melódicos y ramonianos empedernidos Airbag, los primeros Fastfood (curiosamente, el punk melódico-político de unos Bad Religión, que gustan y mucho, nunca ha tenido una gran representación aquí) o la derivación del punk en otras cosas digitalmente más actuales, como Bad F Line, que se anuncian como “techno punk industrial”.

De hecho, si repasas declaraciones y entrevistas, no hay grupo “pijo” que se precie (de Hombres G a El Canto del Loco) que no diga que, por tal o cual razón, ellos, en el fondo, son muy punks. ¡Es que eso de ser “punk” es tan, tan cool!

Pendiente independiente

En fin. Parece obvio verificar que el punk ni es una moda ni está de moda. Ríanse ustedes, pero esto ya es como el jazz, el blues, el rockabilly o el country: prácticamente un gueto, aunque bastante más visitado que los estilos mentados. Aun así, como ni es flamenquito, ni sale de una academia televisiva, ni se trata de baladistas de radiofórmula, no puede esperar más apoyo que el que le dé la propia gente en base al boca a boca, al web a web o la pequeña riada de publicaciones --gratuitas o no-- que a veces tienen a bien meter un poco de punk entre sus líneas. Hay que tener claro que de esto prácticamente no se come, pero que ello no es impedimento alguno para sacar una carrera sólida y coherente (¡que se lo digan a Manolo UVI!). Si viésemos la hoja de ruta veraniega de unos Segismundo Toxicómano (en la foto de la izda.), por poner un ejemplo, veríamos que aquí y allá se ponen garitos y festivalillos para el sano y moliente desgañite. Justo es reconocer que, a un cierto nivel, funciona: en los recientes festivales estivales, una temporada más, se ha podido disfrutar en condiciones multitudinarias, y en las horas de cabecera, de Reincidentes, Gatillazo y Boikot, pero también se cuela el punk, aunque sea en las horas de más calor, y empezando, en los carteles de un “Festimad”, un “Azkena” o un “Serie Z”, lugares donde han encontrado un entarimado gente como Tokyo Sex Destruction o N.C.C. Claro que, como propiamente punk, este año se ha llevado la mano el “Tintorrock”, con una ingente cantidad de glorias “serie B” de la primigenia escuela anglosajona: G.B.H., Peter & The Test Tube Babies, The Adicts, Cockney Rejects y Vice Squad, sin olvidar la representación íbera: los renovados Parabellum, la despedida de M.C.D., las renacidas Vulpess, valores seguros como The Meas y El Ultimo ke Zierre y pequeños nombres que están al erre que erre como Efectos Secundarios y Síndrome de Abstinencia.

Dejando atrás este pasado periplo veraniego nos toca meternos con el circuito de salas: infraestructura escuálida y no muy bien remunerada, pero consolidada. La cosa está tan mal o tan bien según la suerte que se tenga y el tesón y el desarrollo que se dé a la banda: el eterno o efímero empeño en dar vueltas. Si nos atenemos exclusivamente a la Comunidad madrileña, hay pocas salas propiamente punks, si es que tal cosa tiene sentido. El Gruta 77 se mantiene a la cabeza con una envidiable y currada programación, pero tampoco se puede obviar la labor del Jimmy Jazz o del Hebe, de salas como Ritmo y Compás o el Swell Bar en Leganés, de Norah “Sin City Six” y su Rock Palace, o de Xalamandra, que programa, aparte de gustosas y reconocidas “fíex”, grupos punks con cierta asiduidad (recientemente celebró una fiesta homenaje a la Banda Trapera del Río con El Homicidio y Cancerberos). Tampoco es que haya muchas más salas en Madrid (circuito aparte sería el hoy mermado y castigado fondo de centros sociales y okupaciones, lugar natural del punk durante mucho tiempo), así que, seas o no seas punk, hagas rumbas o tangos tibetanos, lo más probable es que te toque pasar por alguna de las salas antes mentadas.

Morriña crestuda

Ya hemos comentado en estas líneas la profunda influencia que bandas como Eskorbuto o La Polla han tenido y tienen en las actuales bandas españolas de punk; probablemente sean de las más (sino las más) influyentes a la hora de crear precedentes y modelos a seguir (el “anti-todo” de los primeros, el “contra-todo” de los segundos). De hecho, se les hacen versiones continuamente (Eskorbuto tiene ya dos discos tributo y a ver lo que tarda en caer el homenaje a “Los Pollos”), pero también hay una buena cantidad de bandas que lo flipan con Parálisis Permanente, Siniestro Total o Los Nikkis (acaba de aparecer en el mercado el correspondiente disco homenaje).

Para algunos de estos grupos, hoy en día verdaderas canteras de influencia para otros, la vida ha pasado una (lógica) factura. Este 2004 se abría sin tiempo para haber esparcido aún las cenizas de los que nunca volverán a estar: poco ha durado La Polla tras la muerte del baterista fundador, Fernandito; el equipo se resquebrajó y Evaristo ha terminado dando rienda suelta a su creatividad con The Meas y con Gatillazo. Otros desaparecidos han sido los bilbotarras M.C.D., que se han separado ahogados en un mar de acusaciones mutuas entre miembros fundadores y miembros más nuevos, y de donde han salido dos grupos: MaCarraDa Hell Machine y Motor Sex. En el terreno de muertes “realmente” físicas despertaba el año con la resaca del fallecimiento de Mahoma, cantante de RIP, y con el suicidio de Eskroto, cantante de Tijuana in Blue, tras el último concierto de los navarros. También falleció el cantante de los madrileños Espasmódicos.

Esquivando las notas necrológicas, y entrando en el tema de las resurrecciones, nos topamos con Las Vulpess, cuyo concierto de reunión, junto a otras “glorias”, llenó de miles de personas la bilbaína Plaza Rekalde. Igualmente se han vuelto a juntar los baracaldeses Parabellum. En el campo de las reediciones, digitales e incluso vinílicas, el mercado se resarce de los descuidos del pasado editando material (bien discos ya descatalogados del momento, bien maquetas que nunca vieron la luz ¡y en algunos casos mejor que nunca hubiesen visto la luz!)) en un acto de recuperación bastante común en nuestros días (no sólo se hace con punk: también se reedita a Los Brincos, Los Pecos, Bambino o el rock progresivo de los 70). Un ejemplo: los singles de punk ochentero que editó Munster han sido un éxito dentro y fuera de nuestras fronteras, ya que el punk español de esa década es muy apreciado entre coleccionistas y especialistas de muchos países; ahí estaban los primeros singles de la UVI, Eskorbuto, Parálisis Permanente, etc. Y es que, con los medios digitales de hoy en día y el interés de unos pocos nostálgicos, se va construyendo un revival majo alrededor de unas bandas que se gobernaron por el exceso de urgencia y de amateurismo. De ese modo no resulta ya demasiado difícil encontrar en tiendas especializadas material de Interterror, Desechables, La Broma de Ssatán, o Cocadictos. Claro, que si de viejas glorias hablamos nada mejor que hacerse con el “homenaje punk” que se le ha hecho a Abba, “Babba fucker”, con No Picky, Comando 9 mm, Frank Sikiatra, 4Teen Killers…

Kike Babas & Kike Turrón

Introducción: Punk, la dichosa palabrita
Los sellos: Una cuestión de principios
La música: 10 de los discos (probablemente) más influyentes del punk-rock ibérico
Los nombres: Un abecedario punk

Arriba