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Diagnostico de los luthiers del foro. Febrero de 2004 El quirófano de las guitarras
De entrada hay que dejar claro que no es un oficio en desuso o una labor para vejestorios. Para nada. Ser luthier se adecua a los tiempos que viven los instrumentos. Siempre es necesario que alguien ajuste, repare o haga sonar como es debido un instrumento, ya sea éste eléctrico ó acústico. Y esto de reparar requiere tiento, cuidado y talento. A Enrique González, alias Kolor, le enseñó esto el maestro Alberto Martín, un luthier de Madrid, como él. Kolor es un tipo joven; le atrajo el rock de canijo y empezó a enredar en grupos tocando la guitarra. Actualmente trabaja como luthier autónomo: hace sus trabajos de ajuste de instrumentos y, además, fabrica. “Descubrí que Alberto hacía arreglos para Gibson y me picó la curiosidad. El me daba clases de guitarra y estaba siempre liado. Por allí veía trabajos de trastes, guitarras desarmadas… Con él he aprendido a reparar todo. Me hice su aprendiz”. A partir de ahí comenzó su nuevo idilio y empezó a ver los instrumentos cercanos (bajos y guitarras eléctricas) como auténticos mecanos modelables y mejorables. Lo demás, lo que le tocaba por edad, pasó a un plano secundario y su cerebro empezó a alimentarse exigentemente de las raciones que le proporciona su maestro. “El me quitó el miedo. Le había visto muchos cacharros buenísimos desmontados delante de mí: me lo había explicado todo y había visto el proceso entero. Todo era cuestión de interés: en vez de estar en el parque fumando o bebiendo estaba en el taller lijando, currando y formándome. Al tiempo que aprendía esto también estaba con mi viejo en un taller de chapa y pintura: eso me serviría luego para entender lo de pintar una guitarra, para hacer buenos acabados”. Alberto, por su parte, trabaja en Gibson, en los almacenes madrileños de la casa, chequeando las guitarras. También estudió la carrera de armonía y arreglos y ha sido músico durante años tocando en grupos de rock y de jazz. Tiene un aspecto joven aunque reconoce que pasó los cuarenta hace tiempo. Alberto fabrica y ajusta para músicos profesionales y su fama como luthier escapa a juicios. “Empecé en el año 77 porque estaba cansado de llevar mis guitarras a gente que no las sabía reparar. No me quedaba a gusto, así que me empezó a interesar ese camino del instrumento. Conocí a Angel Cerrada, un señor que se dedicaba a reparar guitarras. Congenié con él y me llevó a su taller. Me gustó lo que hacía y cómo lo llevaba a cabo”. Ovidio García Alvarez es quién atiende los instrumentos que llegan a la afamada tienda Call & Play de Madrid. Trabaja para esta empresa desde hace tiempo y es su luthier oficial, aunque también trabaja por su cuenta. “He aprendido el oficio de manera autodidacta, con libros, revistas, vídeos (principalmente vía USA)… y mucha práctica. Al principio trabajé con mis guitarras, luego con las de amigos, conocidos de conocidos, etc. En mis inicios como guitarrista me resultaba difícil encontrar quién me arreglara las guitarras y siempre he sido de esas personas a las que le apetece ‘destriparlo’ todo. Esto me resulta interesante porque cada reparación es siempre diferente: es un reto constante de aprendizaje y perfección. También me gusta por la variedad de técnicas y materiales: se trabaja con maderas, plásticos, barnices, pegamentos, electrónica…” Pero puntualiza: “antes de empezar a hablar de esto habría que definir la palabra luthier. La acepción más normal es la de constructor de instrumentos, pero yo me dedico exclusivamente a la reparación, principalmente guitarras y bajos. No construyo”. Pues… al diccionario de cabeza. “Luthier”… ¡Vaya! No viene. Su misión: que el instrumento esté a punto
Para enfrentarse a estos trabajos y solventarlos adecuadamente los luthiers cuentan con diferentes herramientas, aunque Kolor describe que su principal aliado en sus labores como reparador es: “la paciencia. Estás trabajando con materiales muy caros y no puedes meter la pata porque no hay vuelta atrás. Muchas veces he tenido que dejar el trabajo y salir de casa a dar una vuelta, darme un paseo y volver”. Sobre los útiles físicos necesarios para poder trabajar bien en el arreglo o fabricación de una guitarra (tenga siempre en cuenta el lector que tratamos aquí los instrumentos eléctricos y que los clásicos acústicos son para dar de comer aparte), nuestros entrevistados coinciden en que muchos de los materiales necesarios para ello no se encuentran con facilidad y hay que navegar por Internet o salir a Europa para adquirirlos. Alberto, aventajado maestro luthier, vuelve a tomar la palabra: “hay que ir a Alemania, Francia, Estados Unidos… Parece mentira que, habiendo inventado la guitarra, no tengamos material. Conocí a Manzanero, gran luthier de guitarra clásica, y se sorprendía por las herramientas que yo le enseñaba. No daba crédito: él construía una guitarras increíbles con unas herramientas realmente artesanales. De todo eso también aprendes y ves que, en ocasiones, no se necesitan grandes cosas para fabricar maravillas”. El hecho, como puede apreciarse, es puntual. Según Ovidio, “la mayoría de las herramientas necesarias son genéricas, nada que no se pueda encontrar en una buena ferretería, pero hay algunas especiales para algunos trabajos: trastes, ajustar cejuelas, almas de mástil, etc. Si fabricas, algunas veces te encuentras con un problema que requiere usar la imaginación: eso te obliga a modificar algo existente o fabricar algo con cualquier cosa que tengas a mano”. Los luthiers se asoman a los portales de Gibson y Fender para poder adquirir, por esa vía, los clavijeros, trastes y demás adminículos necesarios para resolver los encargos que les llegan, aunque, según Ovidio, “también existen algunos catálogos internacionales. Se puede intentar reparar una pieza o sustituirla por otra compatible. En muchas ocasiones, el mismo cliente descarta una reparación perfecta por cuestiones de precio y se recurre a lo genérico”. Todo eso (los repuestos, las herramientas y la paciencia) se dispone en un cuartito de unos quince metros cuadrados con una buena superficie para apoyar el instrumento. Afinador a mano, llavecitas… todo muy ordenado. Kolor nos pone en situación: “los cortes del cuerpo de la guitarra son los que necesitan más trabajo: es la parte más gruesa. Se necesita un taller bueno para hacerlo. Estás con la mano a escasos milímetros de la cuchilla porque tratas de afinar al máximo la puntería. La cuchilla no para aunque te pille el dedo, tú quieres entrar más al detalle y la cosa es peligrosa. Muchos luthiers mayores tienen cicatrices por eso, recuerdos de detalles”. Fabricando, arreglando y aprendiendo
Alberto, su maestro, fabrica, sobre todo, modelos de Stratocaster y Telecaster, aunque también ha hecho una Gibson 175, un instrumento de jazz, una guitarra muy delicada. “Son modelos de los que te piden que mejores la calidad de la madera, personalizándola un poquito. Creo que, en esto, ya está todo inventado”. Ovidio enlaza, sobre el particular, señalando que “desmitifico el aspecto de la construcción de guitarras eléctricas (principalmente en España). En hardware no fabrica nadie. Hay tres o cuatro marcas en el mundo que hacen clavijeros, pastillas, puentes… y fabrican para todos, incluso marcas de primera línea se limitan a pedir y ponen su nombre en las piezas”. Los tres entrevistados reconocen que este país no es el mejor lugar para aprender este oficio y que, como en todos, hay gente que va de profesional sin estar mínimamente cualificada. Alberto nos cuenta que “me han traído instrumentos reparados por personas a las que, curiosamente, yo les reparo las suyas”. Ovidio redunda en ese aspecto: “hay algunos que se llaman luthier y que compran material de kit, ensamblan piezas y personalizan algo, normalmente el color de la pintura. Si la gente viera catálogos de productos para luthiers se quedaría sorprendida de lo acabadas que vienen las cosas y de lo fácil que es montar una guitarra con un libro y un poco de maña”. En lo referente al aprendizaje, ya dijimos que Kolor había aprendido con Alberto y que éste se había iniciado con el luthier Angel Cerrada. Parece que la cosa va casi de padres a hijos, que uno pasa el testigo al otro. Alberto reflexiona: “Hay interés en la juventud. A mí me llaman, aunque siempre digo que aprender esto es algo complicado. No se trata de fijarte durante dos meses y ya está: te tiene que gustar, hay que tener cualidades, como para cualquier cosa”. “Si quieres estudios te vas al yanki”, añade Kolor. “Allí te enseñan a construir acústico, clásico y lo que quieras. Ignoro si existe aquí algún tipo de escuela que enseñe esto”. Alberto apunta que “existen cursos puntuales, gente que da clases: incluso yo he intentado formar a gente, pero no hay nada oficial”. ¿Alguien utiliza a un luthier? Es conclusión unánime entre nuestros entrevistados que los músicos en esta ciudad no visitan al luthier con la periodicidad recomendable para que ajuste y ponga a punto su caro instrumento. Alberto, que está en contacto con muchos músicos profesionales, habla del asunto: “la mayoría no se preocupa del instrumento, y hablo de cualquier estética de la música, no sólo del rock. Estoy seguro que el ochenta por ciento de los que tocan tiene mal ajustados los instrumentos y graban así. Conozco a muchos músicos a los que les digo que tienen mal algo y me dicen que a ellos les suena bien”. Como siempre, lejos de destacar, nosotros sucumbimos a ese deje chapucero y descuidado que nos caracteriza (para mal y para bien). Los músicos profesionales, en su mayoría, simplemente mantienen (en el mejor de los casos) afinados su instrumentos y limpios de salpicones de cubata. Cuando la cosa se rompe o deja de sonar es cuando uno se acuerda de lo del luthier. “Suelen ser más precavidos, pero la mayoría no se preocupa mucho. Los traen antes de girar, de hacer actuaciones importantes o de grabar. Los músicos aficionados sólo aparecen cuando hay problemas, y es lógico, ya que no suelen estar muy boyantes de dinero”, dice Ovidio. Kolor añade que “los músicos de aquí no tienen rutina de luthier. En el yanki hay grupos que llevan de gira a su luthier: Korn, U2… U2 lleva a un maquinón que creo que era alumno de Sadowsky. Este es un constructor de Nueva York muy original. Hace trabajos para los Melvins y grupos así”. Puestos a seguir indagando en este aspecto, surgen otros nombres propios que merecen ser destacados. “He estado en contacto con Carl Thompson, que fabricaba instrumentos para Primus. Es un enrollado, un fuera de serie que vive en Los Ángeles. Me comuniqué con él para que me aclarara ciertas dudas sobre maderas compactadas. Es un luthier muy original, atrevido. También me habló sobre las maderas de álamo, con las que está trabajando ahora para evitar el aliso. Con ese material las tropas inglesas fabricaban arcos, ya que tiene una capacidad de torsión salvaje”. Ovidio alega no ser nada mitómano en este aspecto, mientras que Alberto nos remite al que le ha enseñado, aunque destaca otro luthier imprescindible: “De España, Contreras me parece impresionante y las guitarras de Ramírez son bestiales. De fuera imagino que hay muchos, y en EE.UU. ni te cuento: las diseñan ellos. En cualquier caso, admiro más a un cirujano”. En la despedida les preguntamos por el futuro de su oficio en estos tiempos gobernados por la cultura del rompe y tira, por la dictadura del “compra otro mejor que arreglar”. “Siempre se repararan guitarras, aunque en estos tiempos haya una amplia gama de instrumentos baratos. Las guitarras no son como los coches, que cada vez valen menos”. Ovidio nos lanza también su dictamen: “Con esto nadie se hace millonario, ni siquiera los más grandes (internacionalmente). La mayoría de la gente es vocacional y no tiene grandes pretensiones económicas”. Por último, Kolor, el más joven de los luthiers, nos da un diagnóstico esperanzador y lleno de orgullo: “siempre hay trabajo: cada año se venden miles de instrumentos… y muchos se rompen. No sé si la gente cuida sus instrumentos: creo que es una opción personal. Rory Gallagher tenía una sola guitarra, ese cacharro verde que suena a gloria: sólo cambiaría mi guitarra por ésa. En todo caso, lo suyo en este gremio es ser autónomo. Yo no tengo que dar explicaciones de nada a nadie: mi trabajo me precede. La peña me conoce por el boca a boca: es lo mejor”. Kike Turrón & Kike Babas Las preferencias Si Kolor nos decía que la paciencia es la mejor aliada del luthier, Alberto nos saca otra característica imprescindible del perfecto luthier: “En esto trabaja mucha gente, pero no son músicos. Es muy importante comprender al músico. Creo que para este oficio se debe ser músico. Alguien puede trabajar muy bien la madera o barnizar muy bien, pero eso son otros temas que nada tienen que ver con dejar un instrumento en condiciones”. Sus gustos como músico son fundamentales a la hora de enfrentarse al ajuste o fabricación de un instrumento. Tiene una colección de veinte guitarras, diez de ellas Stratocaster de diferentes años. “Es alucinante: son el mismo modelo y todas con un sonido diferente”. También tiene algunas Gibson, modelos LesPaul Clasic, Les Paul Custom, ó 335. “Deseo tener una L5, una de esas grandes de jazz, de las de media caja, pero son carísimas”. Entusiasmado, y revelando una fijación especial por las eléctricas, continúa hablándonos de su relación con las de seis cuerdas: “La primera de las Gibson la compré en el 78 y todas las he adquirido nuevas. De las Fender me compré varias nuevas y nunca me gustaron. Las vendí y luego empecé a comprarme de segunda mano para restaurarlas a mi gusto”. Lejos de alcanzar esa colección, Kolor admira un modelo concreto: “una Gibson Black Beauty del año 54. Sólo hay dos mil guitarras de ésas y me gustaría hacerme con una: cuesta veinticinco mil dólares. Es una serie de Les Paul en caoba, salvaje”. A falta de ésa luce orgulloso los modelos que puedes ver sobre el escenario cuando actúa con su banda, La Interpool. De paso, nos hace una reflexión sobre la calidad de los dos grandes fabricantes de guitarras eléctricas razonándonos aspectos: “la historia es que las guitarras buenas tienen una madera potentísima. Por eso arrasan las Gibson LesPaul: la madera está súpercalculada y la tensión va acorde con ella. El diseño es exclusivo de Lester Paulfull. Ese tipo era un diseñador y, antes de ser famoso, había ido a Gibson y le habían mandado a su casa por no tener ni puta idea. Tardaron diez años en darse cuenta de la calidad de los diseños del tío. Suyos son también los de la SG. Leo Fender hizo la Telecaster y Stratocaster. Es cuestión de la madera”. Ya que entramos en estos senderos, queremos que los luthiers, conocedores del esqueleto y el alma de la guitarra, nos informen de por qué una guitarra suena mejor que la otra. “No hay nada que suene mejor o peor: es absolutamente subjetivo, cuestión de gustos y modas. Si el instrumento está en buen estado y bien ajustado todo sirve. Si se hicieran tests ciegos caerían muchos mitos. Otra cosa es que te resulte más o menos cómodo tocar con un determinado modelo. Si a tocar bien un instrumento y ser buen músico le pusiéramos un valor 100, para mí la importancia de un instrumento no pasa del 20. La gente debería gastar menos en instrumentos y más en aprender a ser un músico”, sentencia Ovidio.
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