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TOM WAITS. DICIEMBRE 2004

 

Canalla capicúa

Lleva treinta y cinco años grabando discos y cada día parece más joven. Por las entradas de sus conciertos se pagan 450 euros y nadie se queja. ¿Hay alguien tan importante? Tom Waits ha publicado este año Real Gone y ha conseguido que vuelvan a decir que es el mejor. Échale un vistazo a las razones que hacen que únicamente él sea único entre los más únicos.

 

Se da el caso de una persona relativamente conocida que confiesa que no puede terminar una relación sentimental, aunque vaya muy mal, si ese año Tom Waits no ha publicado un disco nuevo. No cuestionaría su inteligencia. El viejo Tom se ha transformado para algunos en un amigo más importante que el mejor amigo de la infancia. O igual sólo es vicio o dependencia, no importa. Los discos del viejo Tom se han transformado en una tabla de salvación, en una guía para el aprendizaje de la vida, en un museo de lo imposible en la música del siglo XX y tal vez de este. Aunque empezó flirteando con la canción de autor intimista de finales de los 60, cuesta que sus discos aparezcan en listas de rock, blues, jazz o cualquier otra categoría moderna . Nunca se ha adscrito a ningún estilo y los ha practicado todos. En los 70 evolucionó hacia una crónica etílica romántica en estado terminal que flirteó con el envoltorio, que no con la forma, del jazz y del talking - blues , hasta que se inclinó hacia un blues eléctrico que hizo que lo emparentaran un poco, pero sólo un poco, con Captain Beefheart y ahora con PJ Harvey. A partir del momento en que el viejo Tom cambió el piano por la guitarra, sus discos se hicieron más simples pero más dispersos. Ayudó a Coppola a quebrar con el estupendo experimento de One from the Heart ( Corazonada ), y allí conoció a la misteriosa Kathleen Brennan, entonces jefa de script de Coppola, y a partir de aquel momento, timonel de una vida y una carrera que iba a virar hacia un rumbo completamente desconocido y difícilmente descriptible. Cuando se publicó el decisivo Swordfishtrombones en 1983, en Rock Espezial, antecedente de Rockdelux, decían (cito de memoria) que “es demasiado punk para los amantes del jazz y demasiado jazz para los punks” . El romanticismo se va de vacaciones y aparece una fanfarria terrorista pespunteada por instrumentos, sonidos, y ritmos imposibles. Cuentan que el viejo Tom humillaba a profesores de música clásica tratando de que pervirtieran su estilo tocando como si mendigaran. El resultado se hace más crudo a medida que sus discos pasan más horas en el laboratorio del estudio, y sus frescos líricos se centran en el descubrimiento de un zoológico humano que a primera vista parece onírico, surrealista, y hasta un poco dadaísta. Pero no. Películas por capítulos como la vida de Frank (comienza en 1983 y culmina en 1987) no son menos reales y metafóricas y sardónicas que las crónicas sociales de la posguerra americana del mismísimo Vladimir Nabokov. De hecho, los paisajes de las canciones del viejo Tom siempre remiten a un lugar ideal en el tiempo que se encontraría alrededor de los años 50, pero no con una voluntad escapista, sino con la misma intención universal del western de Ford o Huston. En 1990 lo todo el mundo desea al viejo Tom a su lado, aparece en la gran pantalla al lado de Jack Nicholson o Anthony Hopkins, y sus servicios son requeridos hasta por Jim Jarmusch. Todo parece que va sobre ruedas, sin embargo la gran idea de su música empieza a hacer aguas. No hay malos discos, pero tampoco hay tantos cambios sustanciales como todos los que había habido veinte años atrás. Los trabajos se espacian y nadie se cuestiona su grandeza, pero la cruda realidad es que el viejo Tom se queda sin discográfica y termina recalando en Anti, un subsello parido a medida en esa casa del punk-rock dudoso que es Epitaph. Es otro golpe de timón imposible, hecho con maestría, acidez, e inteligencia, pero no llega al fondo. Posibilita, eso sí, que las nuevas generaciones indies lo redescubran con Mule Variations (1999) y que dijeran cosas como que con este disco demuestra que hace lo que quiere, o que este blues eléctrico vale la pena porque es la primera vez que lo hace así. Obviando que Tom Waits “hace lo que quiere” como mínimo desde Small Change (1976), y que eléctrico ya se había puesto en Heartattack and vine (1980), y sobre todo en Bone Machine (1992); el hecho es que Mule Variations rejuvenece a su público un par de generaciones y lo vuelve a colocar en el punto de mira... a la busca del gran cambio que no se produce, pero que al menos, aunque sea con la ayuda de su hijo, y de la mano del scratch , del hip-hop y del funk , en Real Gone , este año ya tiene un precedente.

 

Si te gusta Tom Waits te gustará

 

Nearly God. Nearly God ( Island , 1996)

La libertad. Tricky no es alcohólico aunque fuma demasiada hierba, y en un quiebro suicida renuncia al trono mediático que se había hecho con Maxinquaye (1995) y oscurece su sonido junto a Björk, Neneh Cherry, Terry Hall y otros para contar historias llenas de fuerza, pero a su manera, no como dictan los demás, en cierto sentido, como Tom Waits con Swordfishtrombones .


The Pogues. Rum, Sodomy & the Lash (WEA, 85)

Las canciones. Tom Waits se pasó los 80 diciendo que eran su banda favorita. No en vano estos sí eran borrachuzos y componían con una mezcla de romanticismo y rabia que Waits dominaba perfectamente. Elvis Costello dice que produce sólo porque quiere ligar con la bajista (y se termina casando con ella) y sale un disco arrabalero y canalla. Hay que recuperarlos ya.


Lydia Lunch. Smoke in the shadows (Atavistic, 2004)

El estilo. Un disco actual que suena a jazz de cine negro humeante y esencialmente sexual. La fiera cuenta historias y se retuerce con sutileza y añade una hebras de esencia hip-hop y funk que la emparenta a partes iguales con su precedente Queen of Siam (1980), con el Barry Adamson de Oedipus schmoedipus (1996) y con el Tom Waits de Foreign affairs (1977).


Guía de compra

 

1. Swordfishtrombones (Island, 1983)

Tom Waits mezcla absolutamente toda la herencia musical americana del siglo XX y la pervierte hasta que no haya quien la reconozca. Para el genio este es el gran punto y aparte, y para los demás es el nacimiento de un crisol de ideas que ha marcado tanto como el más influyente disco independiente de los últimos veinte años.

 

2. Small change (Asylum, 1976)

La portada es una novela completa en la que manda el sexo triste, el alcohol, y el lado más canalla del reverso del sueño americano. El jazz de club nocturno podía haber sido más ortodoxo y las cosas le hubieran ido mejor, pero nos habríamos quedado sin una crónica etílica que debió costar un triunfo.

 

3. The heart of saturday night (Asylum, 1974)

El final del folk y el principio de un creador al que se le empieza a saborear un estilo propio. Un extraño disco de transición, tan en el medio de todo, que aunque suene fácil, es profundamente retorcido. Se habrán escrito mejores canciones de amor, pero en este álbum enseña un romanticismo patológico capaz de marcar una vida entera.

 

4. Frank's wild years (1987)

5. Mule variations (1999)

6. Closing time (1973)

7. Rain dogs (1985)

8. Bone machine (1992)

9. Heartattack and vine (1980)

10. One from the heart (1982)

11. Foreign affairs (1977)

12. Blue valentine (1978)

13. Alice (2002)

14. Blood money (2002)

15. Nighthawks at the diner (1975)

16. The black rider (1993)

17. Big time (1988)

18. Night on Earth (1992)


Sus diez mejores canciones

 

1. San Diego serenade (de The heart of saturday night )

2. 16 Shells from a Thirty-Ought-Six (de Swordfishtrombones )

3. Ol' 55 (de Closing time )

4. Christmas card from a hooker in Minneapolis (de Blue Valentine )

5. Cold cold ground (de Frank's wild years )

6. Alice (de Alice )

7. The piano has been drinking (not me) (de Small change )

8. Sins of my father (de Real gone )

9. On the nickle (de Heartattack and vine )

10. House where nobody lives (de Mule variations )

 

Texto: Jorge Obón

Foto: Anton Corbijn

 

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