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Michel Camilo repasa su obra grabando en el Blue Note de Nueva York. Noviembre 2003.

Por fin, en directo

El primer disco a su nombre apareció en 1985, pero en aquel entonces ya era un avezado músico, experimentado y curioso. En el 70, cuando tan sólo tenía 16 años, había debutado con la Sinfónica de la República Dominicana, su país natal, y aún no había dado sus primeros pasos dentro del jazz. Hoy, sin embargo, su piano y su estilo son reconocidos en todo el mundo. Recientemente ha echado una mirada hacia atrás y ha grabado lo más granado de su repertorio en directo, delante del público del emblemático Blue Note neoyorquino.

“Es como un autorretrato en el que se puede apreciar el sacrificio y la búsqueda que ha supuesto mi carrera. Retrata cómo soy yo musicalmente. Creo que mi caso es igual al del resto de los músicos de jazz: si hemos conseguido aportar algo, un granito de arena a este género, una voz propia, nos sentimos satisfechos”. Así habla Michel Camilo, uno de los mejores pianistas del jazz latino y que, además, ha abierto su universo musical a géneros tan diversos como el aspecto sinfónico o la música para cine. “Live at the Blue Note”, grabado en trío durante dos de sus actuaciones, es un verdadero espejo de su personalidad sonora, un amplio abanico de su estilo y una recopilación excelente de su categoría como compositor. “Hasta ahora no me habían dejado grabar en directo. Me decían que este tipo de discos no vendía y que tenían mucha dificultad para ser grabados correctamente. ¡Y mira lo que ha salido! Afortunadamente, Telarc, el sello donde estoy ahora, me ha apoyado en el proyecto y me ha pedido, además, que el álbum fuera doble. Yo se lo agradezco, porque había mucha gente que me lo pedía, que quería escuchar en su casa la energía que desarrollamos en directo”, añade. El álbum generará una gira que pasará por Europa entre marzo y abril próximo, pero Camilo tiene previsto lanzar su abordaje a tierras europeas con una ambición máxima, por lo que volverá al continente en fechas veraniegas tratando de estar presente en todos los festivales posibles.

Michel Camilo cuenta ya con una docena de discos grabados a su nombre, pero su presencia discográfica es mucho más amplia. La mitad de las sintonías que abren los programas estadounidenses de televisión son suyas; las bandas sonoras de “Too much”, “Amo tu cama, rica” o “Los peores años de nuestra vida” también. Incluso ha escrito un concierto sinfónico para piano y orquesta que ha sido interpretado, en contra de la norma, más de veinte veces con el acompañamiento de diferentes orquestas a lo largo del mundo. A estas alturas es uno de los grandes y este “Live at the Blue Note” no hace sino ponerlo de manifiesto.

“Había mucho pianista en mi familia, tanto de clásico como de popular, así que no es extraño que me decantara por este instrumento. Empecé a estudiarlo a los 9 años, pero ya tenía mis nociones después de haber estado en multitud de reuniones familiares que eran, más que nada, reuniones musicales. Al principio mis padres no podían comprarme un piano y me dieron un acordeón, pero, según fui estudiando, ya pude tener un piano en mi casa”, recuerda. Antes de eso era capaz de estudiar con un teclado de cartón en el que dibujaba las teclas e imaginaba el sonido.

Comenzó a tocar ante el público con trece años y sacó a relucir su eclecticismo. “Como era tan niño ningún grupo me quería tener de líder, así que aprendí a tocar el bajo y un poquito la guitarra. De ese modo podía involucrarme en grupos sin que mi edad supusiera problemas. Todo eso me sirvió mucho posteriormente, ya que siempre he entendido bien a mis contrabajistas. Cuando entré en la Sinfónica también empecé a estudiar percusión, ya que tanto piano como percusión entraban en la sección rítmica”. Camilo, además, no es de los que llegó al jazz por casualidad. Como podía esperarse de alguien nacido en 1954, él también tuvo su debilidad por géneros como el rock o el pop: “Y el funk. Tenía un grupo al que llamábamos Soul Top. Todos los sábados por la tarde rentábamos un club y lo convertíamos en una discoteca en la que tocábamos en directo. Yo escuchaba los top 40 de la radio y sacaba los arreglos para el grupo. Incluso traíamos a vocalistas femeninas de Estados Unidos para que todo quedase mejor”.

Su encuentro con el jazz llegó por medio de la radio. En un programa que realizaba uno de sus primos escuchó a Art Tatum y quedó enamorado. “Era tan complicado y etéreo… era superior a todo lo que había escuchado: en la armonía, melódicamente… Me impactó. A partir de entonces me preocupé por conocer más jazz y empecé a escuchar los dos programas de radio que había por entonces en la República Dominicana”. No era extraño, por entonces, verle coquetear con el género en cualquier oportunidad que tenía. Una, importante, llegó cuando, para inaugurar el Teatro Nacional, la Sinfónica pidió un refuerzo de músicos norteamericanos. Algunos de esos músicos le vieron tocar el piano en un club llamado La Carreta y le animaron a subirse al norte. “Algunos de esos músicos me proporcionaron mi primer viaje a Estados Unidos y allí me fui en el 74. Empecé tocando en algunas jams y noté que mucha gente me pedía mi tarjeta y me animaba a hacer cosas. Cuando regresé a mi país sabía que habría de volver tarde o temprano y la situación llegó después de una recepción en la embajada estadounidense. Hubo una jam y un personaje de la radio norteamericana me habló de la posibilidad de conseguir una beca para ir a estudiar a Estados Unidos”.

Así se hizo. Camilo era consciente de la necesidad de aprender y simultaneó sus estudios con ocasionales trabajos y abundantes jams. Su primera oportunidad le llegó con el musical “Dancing”, ya que, dentro del reparto, comenzó siendo el pianista de los ensayos y pasó, con el tiempo, a convertirse en el titular y en el ocasional director musical de la obra de Bob Fosse. También comenzó a tocar con asiduidad en The Gallery, un club en el que terminó tropezando con Mario Rivera, una de las leyendas de la música dominicana que le recomendó directamente a Tito Puente. “Todo ocurrió en el 83. Fue un año muy importante para mí. Comencé a tocar con Tito y, posteriormente, con Paquito D’Rivera. También tenía en marcha un grupo propio, French Toast, en el que tocaba mis composiciones. Una de ellas era ‘Why not?’, que ya había interpretado el grupo de Paquito. En una ocasión Janis Siegel, una de las vocalistas de Manhattan Transfer, la escuchó y me propuso convertirla en canción. Busqué a un par de letristas y lo hicimos”. Con “Why not?” los Manhattan Transfer ganaron el Grammy del 83 a la mejor interpretación de jazz vocal para grupo y, al mismo tiempo, Camilo iba acaparando más espacio dentro del jazz afrocubano en el que realizaba la mayoría de sus actuaciones.

Antes de grabar su primer álbum como líder cultivó también su faceta de compositor poniéndose al servicio de la televisión y estudiando junto a Leo Edwards. Más tarde vendrían trabajos para la primera edición de los Goodwill Games o el arreglo de “Caribe” para dos pianos que integraron en su repertorio Katia y Marielle Labéque. No era extraño que su trabajo dentro del mundo sinfónico terminara, tarde o temprano, con la explosión de una de sus obras. Esta fue el “Concierto para piano y orquesta” que ha tenido, hasta el momento, más de una veintena de representaciones.

Junto al jazz y lo sinfónico, Camilo también se introdujo en el cine. “Soy un fanático de ese tipo de música y también estudié montaje de cine en Nueva York. Soy muy curioso y nunca me canso de aprender. Para mí era un reto componer para una película porque eso requiere una técnica sumamente diferente a la habitual”. Su primer trabajo llegó en “Knight riders”, una película de serie B dirigida por George A. Romero, el mismo que en el 68 realizara el clásico del gore “La noche de los muertos vivientes”. Posteriormente, su actividad dentro de este campo también creció hasta participar en las reconocidas “Two much” o “Amo tu cama, rica”.

Su producción discográfica (“Suntan” e “In trio” en el 86, “Michel Camilo” en el 88, “On fire” en el 89, “On the other hand” en el 90, “Rendezvous” en el 93, “One more once” en el 94” y “Thru my eyes” en el 96) se enriquecería considerablemente cuando grabó con Tomatito “Spain” en el año 2000. “Hay que hacerse amigos para poder trabajar juntos. Es como lo que Quincy Jones ponía en su estudio cuando entraba a grabar: ‘Dejen su ego fuera’. A Tomatito le conocí por medio de Ketama y enseguida nos hicimos amigos. En una ocasión, en Barcelona, nos propusieron hacer un encuentro cultural en el que tocáramos los dos, por lo que preparamos tres piezas para hacerlas juntos después de que cada uno hubiera terminado su concierto. La cosa nos gustó tanto que repetimos en un festival dedicado a la guitarra y celebrado en Córdoba. Allí se reunió prensa del mundo entero y empezaron a sugerirnos el hacer una gira juntos por Japón. En principio no pensábamos grabar, pero empezamos a componer juntos para preparar los conciertos. Una maqueta de esos temas le llegó a Fernando Trueba y le encantó tanto que quería grabarla así, como estaba”.

“Spain” fue, sin duda, uno de los discos del año 2000 y el que presentó de forma popular a Camilo ante el público español. Suponía, de nuevo, ampliar fronteras y no quedarse en lo ya conseguido. Tras aquél apareció “Triángulo” (02), la última grabación del pianista antes de poder, por fin, realizar un disco en directo.

“Es un punto de vista de lo que uno hace, algo pulido a lo largo de veinte años”, dice refiriéndose a “Live at the Blue Note”. El álbum será presentado en la gira ya comentada, pero, en la actualidad, la actividad de Camilo se orienta más hacia la colaboración que realizará junto a Pat Metheny y Abraham Laboriel en el mes de enero. Los tres ofrecerán, durante una semana, master classes dentro de un seminario organizado por la IAJE, una reunión de educadores de jazz con miembros en todas las partes del mundo. La faceta docente, que el pianista también contempla, se lleva siempre algunas semanas de cada año en la actividad habitual del dominicano. “Siempre aprendes tú más de los alumnos que ellos de ti. Actualmente, el pianista que más admiro es un chaval israelí que estudia en Berklee. Se llama Rusland Sirota y es una especie de Keith Jarrett jovencísimo. Seguro que, con el tiempo, se oirá hablar de él”.

¿Quién lo duda, viniendo el mensaje de donde viene?

E.P.

Puedes visitar la página web del propio Michel Camilo

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