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Ry Cooder
El valor que tiene un personaje como Ry Cooder dentro de la música es asombroso. No sólo por el hecho de tener una obra más que respetable, sino, y sobre todo, porque se ha agenciado (queriendo o sin querer) una etiqueta de “educador” que, además, ha dado extraordinarios resultados. El identifica a la mente abierta que, desde Estados Unidos, no sólo no pone reparos al hecho de que la música es un universo mucho más amplio que las barreras de su país, sino que, además, tampoco pone en su trabajo limitaciones de género, estilo o época. Le gusta la música, la disfruta y sabe tocarla. ¿Se puede pedir más? Pues, por pedir, se pide. Y Cooder lo da. En su discografía te encuentras discos con músicos africanos, es el responsable del atronador éxito del emblema “Buena Vista Social Club”, ha compuesto abundantes obras sonoras sumamente comprometidas con el argumento de las películas a las que servía y ahora se desmarca con un disco que reivindica la música porque sí, ésa que solamente atiende al resultado estético sin otro objetivo que el mero disfrute del oyente. En esta ocasión se ha unido a Manuel Galbán, un guitarrista y pianista que pertenecía al grupo cubano Los Zafiros y que fue de los avanzados a la hora de entremezclar su concepto musical con las, por entonces, imperantes modas norteamericanas del duduá y el surf. ¿El resultado? Brillante, hipnótico y seductor hasta límites de poca sospecha. En el álbum aparecen melodías eternas, otras compuestas para la ocasión y alguna que queda suelta adaptada de tal modo que ni su padre la conocería. Y todas suenan como si tuvieras a los músicos delante, como si vieras pasar una historia de décadas en una agradabilísima hora de un planeta compartido. E.P.
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