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“The essential” dedica un fantástico volumen a Janis Joplin. Marzo de 2003.

La leyenda de Frisco

Para unos su figura es solamente un mito dentro del rock. Para otros sigue siendo la mejor cantante blanca que nunca se haya acercado al blues. Sea como fuere, la figura de Janis Joplin ha permanecido en el tiempo formando parte de los clásicos del siglo XX. Ahora una recopilación dentro de la serie “The essential” vuelve a poner su figura de actualidad poco después de cumplirse los sesenta años de su nacimiento.

Mucha gente habla de Janis Joplin sin, siquiera, haber escuchado sus discos. No es extraño, ya que en su figura se concentran todos los tópicos rockistas que adoran los mitómanos: fue transgresiva, era un huracán en directo y, sobre todo, murió embriagada en heroína. Justo lo que adoran quienes ven la música como una película de acción. Lo gracioso (o lo triste, según se mire) del caso es que, como siempre, quienes más encumbran a los cadáveres son quienes menos caso hacen a los artistas mientras éstos están vivos. Janis Joplin solamente consiguió un número 1 en las listas estadounidenses, con “Me and Bobby McGee” en 1971. Llevaba muerta un año. En el resto del mundo ni siquiera consiguió ese reconocimiento.

La figura de Janis es, ante todo, fruto de una época. Una época demencial que dejó tras de sí una muy buena cosecha de frutos artísticos y que despertó la conciencia de la juventud americana mucho más allá de lo que el stablishment deseara. Habría que entender un poco lo que era Estados Unidos en los años 60 para comprender en su integridad lo que supuso el que fuera llamado “verano del amor”. La mayoría de los españoles conocieron aquella escena tarde y mal. Incluso hoy, la generación más joven de los aficionados a la música no mira con demasiados buenos ojos a todo lo que diera de sí el San Francisco más explosivo. Las corrientes psicodélicas de la costa oeste, por ejemplo, son despachadas con desinterés mientras que numerosos grupos de la escena independiente reivindican, curiosamente, a los alumnos británicos que siempre tenían puesta la vista al otro lado del océano buscando algo nuevo que llevarse a la boca.

Janis era tejana (19 de enero del 43) y, además, fea como un demonio. Eso no era tan trascendente en una localidad tan mediocre como Port Arthur, una pequeña ciudad en la que la simpatía y la buena voluntad siempre se anteponían a las peculiaridades físicas de cada uno. Todo cambió el día en que esta mujercita, ya con diecisiete años, fue a la universidad. Por entonces (y aún, en muchos casos, ahora) las universidades norteamericanas parecían el único reducto para cualquier actividad cultural que se saliera de los cánones marcados, y eso influyó poderosamente a toda la generación que pudo, por medios económicos, acercarse a ellas. En el caso de Janis le cambió la vida: le permitió animarse a viajar y quiso comprobar, de primera mano, todo aquello de lo que oía hablar en las clases y que se estaba curtiendo en la costa oeste, al lado del mar.

Cuando regresó a su Texas natal el contraste pudo con ella: la deliciosa Janis se había convertido, por obra y gracia de sus compañeros, en “el hombre más feo de la universidad”. Fue demasiado para la chica: sus exabruptos vocales, sus pintas de mamarracho y su ligereza sexual (todo lo que en San Francisco resultaba maravilloso) era absolutamente incomprendido en su lugar de origen. Se fue de allí y no volvió más. En la vida.

En San Francisco, y también en Los Angeles, aunque en menor medida, la juventud se arremolinaba en enormes sesiones de botellón. La diferencia con el que conocemos ahora es que, a mediados de los 60, en los parques de Frisco se arremolinaban inmensas cantidades de gente (miles) y que, en vez de tomar cerveza y calimocho, se dedicaban a “experimentar” con nuevas sustancias que extraían de cada persona lo más dulce de su interior. El LSD proponía plácidas alucinaciones que se veían completadas con una banda sonora en la que la música no entendía de esquemas ni de tradiciones: cada canción era un viaje que solamente terminaba cuando el ácido dejaba de generar subidas. Janis, que se había quedado enamorada en la universidad de una figura como Bessie Smith, también quiso formar parte de aquello y comenzó a exhibirse como cantante aportando algo que, hasta entonces, nadie había visto: no sólo se ponía el corazón en la voz, sino que, además, ponía todo el cuerpo convulsionándose a impulsos de blues. Quien la veía no podía sino quedar prendado de aquello. Su voz era extraña, ácida, enormemente caliente, con un color carismático y con una ronquera que exhalaba alcohol de alta graduación.

Como vocalista principal de Big Brother & The Holding Company Janis apareció en el Festival de Monterrey de 1967. Era una de las primeras y grandes citas de la generación hippy que, posteriormente, tendrían eco en todo Estados Unidos. En Monterrey se reunió la flor y nata de la escena musical de la costa oeste, la mayoría artistas locales que, con el tiempo, se convertirían en verdaderos clásicos. El público, una multitud nunca vista hasta entonces, disfrutaba lánguidamente en comunidad de todo aquello que la sociedad americana catalogaba como negativo: el sexo libre, el consumo de drogas y la nueva música que rompía cualquier esquema estético que se diera por la época.

Big Brother, que por entonces ya había grabado un álbum en el pequeño sello Mainstream, fue contratado por Albert Grossman, ávido cazatalentos que llegó a reunir entre sus clientes a gente como Dylan, Mike Bloomfield o Peter, Paul & Mary, otros iconos de la música norteamericana que, después de haber trascendido enormemente en su época, hoy son prácticamente leyendas desconocidas (excepto el caso de Dylan, por supuesto). Grossman puso a la banda en contacto con Clive Davis, la máxima autoridad dentro de Columbia (por entonces), y éste no pudo negarse a fichar al grupo después de verlo en directo. Su sorpresa fue mayúscula cuando Janis le propuso sellar el acuerdo con una noche loca de cama y alcohol.

“Cheap thrills”, el primer álbum del nuevo contrato, apareció en 1968 y su sucesor, “I got dem ol’kozmic again mama!”, un año después. Entre uno y otro, un torrente: Grossman cambió al grupo por completo argumentando que éste no tenía nivel, pero lo que buscó y consiguió con creces fue la consolidación de Janis como una de las artistas de referencia dentro de la música norteamericana. La propia Janis colaboraba con sus excentricidades: se convirtió en una borracha tan célebre que hasta su marca de whisky preferida la utilizó como recurso publicitario. No se cortaba lo más mínimo al decir que en su cama no hacía diferencia de sexos y sus incursiones dentro de las drogas mayores eran cada vez más habituales. Si la palabra escándalo tenía nombre ése era el de Janis Joplin, capaz de hacer sombra al mismísimo Jim Morrison, otro de los personajes de la época que hacía furor en las comisarías de todo el país por sus constantes visitas a las mismas.

Curiosamente, en vez de degradar su fama, la figura de Janis se convertía en un icono irresistible. Para unos era el diablo en persona, para otros la figura más transgresora que había generado la contracultura americana. Para Grossman, sin embargo, era un torbellino cada vez más difícil de controlar. Para grabar “Pearl”, su nuevo álbum, el manager volvió a despedir a la banda al completo tratando de evitar “malas compañías”, pero… la idea no dio resultado.

Con el disco prácticamente terminado Janis fue encontrada en su habitación del motel Landmark, en Hollywood, muerta por sobredosis de heroína. Si alguien lo hubiera escrito en una novela no habría tenido mejor final. La Joplin acababa de convertirse en un mito, su (aún sin aparecer) “Pearl” pasaría a ser un clásico y su figura se conservaría a lo largo de los años como uno de los referentes habituales dentro del tan disparatado obituario del rock. Era el 4 de octubre de 1970.

Su obra es otro cantar. Janis dejó únicamente tres discos grabados, material que se ha ido completando en el tiempo con la aparición de diversos conciertos que tenían un sonido aceptable. Aun hoy, su repertorio, aunque escaso, no puede sino considerarse un buen plato de gourmet para cualquier amante de la música. La forma de cantar de esta mujer creó época y ha sido imitada hasta la saciedad. “The essential”, el recopilatorio que aparece en estos días, permite ver su corta evolución y su evidente carisma, pero, como se decía al principio de este artículo, para unos todo se resume a un concepto mitómano mientras que para otros aún no ha surgido una digna sucesora.

Obviamente, todas las opiniones tienen la misma validez, pero lo que es innegable es que el nombre de Janis Joplin sigue estando situado entre el de los más grandes, con motivo o sin él.

E.P.

Janis Joplin. "The essential". Sony

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