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Nuevas músicas

¿Existe la nueva música?

Es bastante improbable que existan nuevos senderos y sí, a cambio, un rastro desenfrenado del que pueda correspondernos tras un par de décadas de intenso y desorientado tráfico. La producción de nueva música del final de siglo es un monumental ejemplo de todo ello, mirando hacia cualquier talante que se presente como alternativa al pop y al rock, revisando a fondo el catálogo de las vanguardias más asequibles y queriendo entenderse con detalle --a través de los legados tradicionales-- con cualquiera de las muchas músicas que llegan del planeta, perjudicando --más que beneficiando-- a los renovadores de cualquier tiempo y lugar.

Sin tener en cuenta estas premisas, es imposible entender el fenómeno popular que hace algún tiempo protagonizaron Phil Swayer, Transglobal Underground, Dissidenten o Deep Forest elaborando un pastiche integrador que acabó sirviendo a la world music para justificar la rapiña del saber popular en cualquier zona del planeta. Con esta cuadrilla llegó en su momento una nueva fuerza expresiva que a muchos fascinó. En su mayor parte, mirones que, antes de advertir la presencia de otras culturas en su espacio, colaboran siempre en engordar iniciativas industriales, por principio aligeradas de sustancia.

Y lo mismo puede decirse de fenómenos de masas como el de Michael Nyman o Wim Mertens, dotando de una dimensión incontestablemente populista los discos que nos presentaron, aunque a ratos se quisiera olvidar su condición de "superventas", por el marco o las veleidades discretamente clásicas de los espectáculos con los que se explicaban. Entre todos lograron que el aburrimiento luciese por encima del interés, agotando el fenómeno de la nueva música. Era demasiado inconsistente, en todo caso. Ahora la única esperanza sigue puesta en los tramos más radicales de otros géneros. Sirvan de ejemplo el jazz, la música de cámara o la electrónica. Son los mismos que yo --aunque siempre a sabiendas de que jamás se harán populares-- tantas veces ha defendido. Los mirones nos rodean.

"In C". Terry Riley.
La obra más influyente del compositor californiano y una de las más importantes del minimalismo estadounidense. Música soberbia que los catetos de la "niueich", por mucho que digan, no captan.

"Mikrokosmos". Bela Bartok.
En realidad se trata de algunos fragmentos de varias obras del compositor, uno de los más imprescindibles de este siglo. Complicidad folklórica asegurada. Triunfal, poderosamente creativo, fascinante.

"Bitches brew". Miles Davis.
Un superventas. Y también la bisagra que permitió que la música de jazz conociese un nuevo norte. Existe una edición reciente, de 1998, cuádruple para más señas, que incluye las sesiones completas realizadas por la banda de Miles en agosto de 1969.

"El canto del adolescente". Karlheinz Stockhausen.
Tal vez la obra más emblemática de uno de los símbolos vivos de la vanguardia musical del último medio siglo. Música electrónica y vocal. Sería bueno que los aficionados a la cosa cósmica alemana dejaran de citarlo como un referente fundamental. En realidad, no saben lo que dicen.

"Mantra". Somei Satoh.
Es tan bueno como "Tantra", pero éste, además --aunque con dificultad--, se puede encontrar. Música para escuchar preferentemente, sin hacer otra cosa que no sea precisamente eso: atenderla debidamente. Los más sofisticados pueden utilizarla como fondo sonoro para un revolcón, pero no es aconsejable; podría ser desasosegante.

"Music for airports". Brian Eno.
Música que insiste en apuntalar el lado más imaginativo de la vida. Sería estupendo poderla escuchar en los hogares para los que fue creado. Una obra bien madurada y un gran disco. Y, como incentivo, está Robert Wyatt al piano.

"Private city". John Surman.
El mejor disco del saxofonista británico. Una pieza para ballet repleta de texturas repetitivas similares de las de Terry Riley. Fronterizo, sublime.

"L'ascension". Olivier Messiaen.
Pertenece al período de piezas orquestales de juventud del compositor. La herencia más evidente de su maestro Paul Dukas y un antecedente claro de su más fecunda etapa de experimentador. A su lado, los "minimalistas sagrados" parecen una broma.

"Música de los cambios". John Cage.
Compuesta tras el cuarteto para cuerda "Una flor", esta obra anticipa el estilo de las primeras creaciones para piano de Karlheinz Stockhausen y también de las "Estructuras" de Pierre Boulez. Fundamental.

"Nopussyfooting". Robert Fripp & Brian Eno.
Si se exceptúa "Rock bottom", de Robert Wyatt, la obra cumbre del rock progresivo. Y también un excelente ejemplo de lo que podrían pinchar los DJs, con más imaginación. Guiños a la música electrónica de vanguardia. Música soberbia.

Luis Martín

 

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