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Junio de 2003

Cosa grande es…

Santiago Segura.
Tengo que hacer una entrevista urgente a Santiago Segura y el hombre cumple, a pesar de que sé que, secretamente, me considera miembro de esa canallesca que lanza flechas contra su éxito (envidia, según él; temperamento nacional, pienso yo). Santiago acepta interrumpir sus vacaciones para estar en la habitación de su hotel a una hora intempestiva; está pasanod una semana en una isla de la costa colombiana, cerca de Cartagena de Indias. “Pero no cuentes eso, que va a parecer que vivo en plan ‘jet set’ cuando, en realidad, son las primeras vacaciones que me tomo en seis años”. ¿Y qué hace “Torrente” en esos parajes? ¿Localizaciones? ¿Vicio al por mayor? “Nada de eso. Relajarme y bucear con ‘snorkel’; te hace sentirte un Costeau. Y mirar al mujerío: cualquiera que venga por estas tierras, vamos, se hace fan a muerte del mestizaje”. También está el placer del anonimato: “sólo ayer me reconoció alguien: una chica que había vivido en España”.

A Segura le encanta hablar de música. Y llevar la contra: “soy fan de los discos de homenaje. ¡Coño! Tienes grandes canciones y buenos intérpretes: ¿qué más quieres?”. El mismo interpreta “Bossa nova” en “Homenaje”, el disco dedicado a Augusto Algueró, y sólo lamenta que él no pudiera montar un proyecto así: “grabando una serie de televisión con Ana Belén resulta que terminábamos en la sala de maquillaje cantando temas de Algueró. Y se nos ocurrió hacerle un tributo; hasta teníamos un título (‘Estamos Augusto’). Hubiera sido un proyecto para nuestro sello, 18 Chulos, pero no estamos muy boyantes”.

Al final de la conversación se entera de que Madrid está gris… y que llueve intermitentemente: “¡Cojonudo! No, no lo digo por putearte. Es que tengo una película en cartelera, ‘El oro de Moscú’, y está demostrado que la taquilla sube cuando hace mal tiempo”. Un profesional, amiguete.

Gonzalo García-Pelayo.
El productor y cineasta tiene ahora una discográfica. Y se ha atrevido a demandar a Televisión Española ante el Servicio de Defensa de la Competencia por el programa “Operación Triunfo; destino Eurovisión”. Alega García-Pelayo que ese espacio se ha convertido en un escaparate de Vale Music, que coloca en situación de desventaja a los demás competidores (discográfica, productores, artistas, etc.). Según el texto de la demanda, “esos productos pueden ser ofrecidos al mercado con precios a todas luces desleales, ya que los gastos de publicidad a los que debe hacer frente son escasos porque éstos vienen cubiertos por fondos públicos, lo que le posibilita, de manera injusta, el abaratamiento de costes mientras que al resto de competidores les es imposible situar el producto al mismo nivel”. Y se insta “a la inmediata cesación del programa”. Lo asombroso de todo es que sea un francotirador el que haya tomado esa iniciativa y no la todopoderosa AFYVE.

No procede

El oportunista belicismo descerebrado.
Los artistas estadounidenses que se oponían a la guerra en Irak recurrían a colgar sus canciones en Internet conscientes de que sus discográficas no iban a querer difundir sus opiniones y que los grandes medios no iban a amplificar sus protestas. Por el contrario, los artistas a favor de la guerra o que apoyaban a las tropas expedicionarias sí que han sacado discos que se han radiado y se han vendido. Y vaya una congregación de belicistas… Están los borricos sureños de Lynyrd Skynyrd, siete melenas y dos vocalistas rubias en la actual formación, con su “Red, white and blue”, cuyo nivel de argumentación echa para atrás: si no te gusta lo que hace Bush, vete de este país. Está esa gloria del moderno “r&b” que es R. Kelly, quien participa con “A soldier’s heart”, donde elogia el valor de los soldados gringos; un gesto de patriotismo que, asegura R. Kelly, nada tiene que ver con el hecho de que tenga pendientes varios procesos por abusos sexuales a menores (y la consiguiente necesidad de cualquier publicidad positiva).

Los demás guerreros musicales son cantantes de country, algunos apreciables como Clint Black, que ha lanzado “I Rak and roll”. Todos se han beneficiado de la simpatía activa de Clear Channel (sí, los mismos que prohibieron “Imagine” tras el 11-S), el imperio radiofónico que dirigen íntimos de la familia Bush.

El pijerío guapo.
El mundo es injusto. Lo compruebo una vez más en el debut de Vicentico en solitario. Bastante gente sin entrada a las puertas de la Caracol madrileña y auténtica expectación entre los afortunados, nunca satisfechos por los escasos (y desganados) conciertos que los Fabulosos ofrecieron por estas tierras. Dentro, aparte de los fans, me encuentro con especímenes extraños, posiblemente invitados de los patrocinadores, Planeta Terra. Son pijos que destacan por sus móviles de última generación, que despliegan ostentosamente cada cinco minutos, y por su monumental despiste: se escucha desde “este Vicentico… ¿qué instrumento tocaba en Fabulosos Cadillacs?” hasta “se parece a La Mosca, ¿verdad?”. De no estar sumido en el deleite, hasta podría llegar a ponerme violento. Uno de ellos me ve tomando notas --voy a hacer la crítica del concierto-- y me pregunta ¡si soy el manager de Vicentico! (¿Qué demonios se creerá que hace un manager?). No parece importarles mucho el concierto: la actividad a mi alrededor --la bella que oye impávida lo de “chica, yo puedo hacerte una estrella”-- me hace temer que todo aquello sea una broma de cámara oculta. Y no. Son así.

Felizmente, sobre el escenario, Vicentico no se entera. Aunque tarda en soltarse, termina enhebrando parlamentos sobre nuestra responsabilidad respecto a los niños y bromas sobre el cuerpo de Daniela Cardone. A la hora de cantar enfatiza los estribillos con una gruesa cachava. No pasa nada. Recuerda: es el mismo tipo que se presentó en un tórrido concierto en Buenos Aires embutido en un asfixiante traje de oso que encontró en los camerinos.

El despiste de las estrellas.
Las estrellas viven en otra dimensión. Lo compruebo cuando me toca entrevistar a Macy Gray en la rotonda del Hotel Palace, de promoción de su tercer disco, “The trouble with being myself”. Corpulenta, lleva un gorro de piel y unas gafas enormes, como concesiones al anonimato (obviamente, en un hotel de clientela internacional, el efecto es el contrario del deseado). Nadie me había avisado de que Macy, la exuberante fiera del escenario, la que confiesa excesos y fantasías en su discos, era un cervatillo en las distancias cortas. Evita mirar a los ojos y prefiere hablar lo más lejos posible del magnetofón. Eso sí: su voz aniñada y aguda es la misma que recordamos de discos y conciertos. Terminamos hablando de Prince, su primer ídolo. Ella no cree parecerse a Prince en lo personal: “es todo lo contrario de lo que yo pensaba: habla muchísimo y es muy simpático”.

A lo que iba: el despiste de las estrellas. Me asombra comprobar que Macy no sabía que, dos días antes, había fallecido Nina Simone, quien --junto con Billie Holiday-- es la gran influencia en su vocalización. También se queda chafada al enterarse que ha salido un disco de homenaje a Stevie Wonder y que no se contó con ella: “¡pero si yo canto temas de Stevie en directo!” Resulta que tanto Stevie como Macy residen en la misma ciudad --Los Angeles-- pero no se conocen, no se tratan. Viven en sus burbujas, dicen que felices.