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Cosa grande es…
Santiago Segura.
Tengo
que hacer una entrevista urgente a Santiago Segura y el hombre cumple, a pesar
de que sé que, secretamente, me considera miembro de esa canallesca que lanza
flechas contra su éxito (envidia, según él; temperamento nacional, pienso yo).
Santiago acepta interrumpir sus vacaciones para estar en la habitación de su
hotel a una hora intempestiva; está pasanod una semana en una isla de la costa
colombiana, cerca de Cartagena de Indias. “Pero no cuentes eso, que va a parecer
que vivo en plan ‘jet set’ cuando, en realidad, son las primeras vacaciones
que me tomo en seis años”. ¿Y qué hace “Torrente” en esos parajes? ¿Localizaciones?
¿Vicio al por mayor? “Nada de eso. Relajarme y bucear con ‘snorkel’; te hace
sentirte un Costeau. Y mirar al mujerío: cualquiera que venga por estas tierras,
vamos, se hace fan a muerte del mestizaje”. También está el placer del anonimato:
“sólo ayer me reconoció alguien: una chica que había vivido en España”.
A Segura le encanta hablar de música. Y llevar
la contra: “soy fan de los discos de homenaje. ¡Coño! Tienes grandes canciones
y buenos intérpretes: ¿qué más quieres?”. El mismo interpreta “Bossa nova” en
“Homenaje”, el disco dedicado a Augusto Algueró, y sólo lamenta que él no pudiera
montar un proyecto así: “grabando una serie de televisión con Ana Belén resulta
que terminábamos en la sala de maquillaje cantando temas de Algueró. Y se nos
ocurrió hacerle un tributo; hasta teníamos un título (‘Estamos Augusto’). Hubiera
sido un proyecto para nuestro sello, 18 Chulos, pero no estamos muy boyantes”.
Al final de la conversación se entera de que
Madrid está gris… y que llueve intermitentemente: “¡Cojonudo! No, no lo digo
por putearte. Es que tengo una película en cartelera, ‘El oro de Moscú’, y está
demostrado que la taquilla sube cuando hace mal tiempo”. Un profesional, amiguete.
Gonzalo García-Pelayo.
El
productor y cineasta tiene ahora una discográfica. Y se ha atrevido a demandar
a Televisión Española ante el Servicio de Defensa de la Competencia por el programa
“Operación Triunfo; destino Eurovisión”. Alega García-Pelayo que ese espacio
se ha convertido en un escaparate de Vale Music, que coloca en situación de
desventaja a los demás competidores (discográfica, productores, artistas, etc.).
Según el texto de la demanda, “esos productos pueden ser ofrecidos al mercado
con precios a todas luces desleales, ya que los gastos de publicidad a los que
debe hacer frente son escasos porque éstos vienen cubiertos por fondos públicos,
lo que le posibilita, de manera injusta, el abaratamiento de costes mientras
que al resto de competidores les es imposible situar el producto al mismo nivel”.
Y se insta “a la inmediata cesación del programa”. Lo asombroso de todo es que
sea un francotirador el que haya tomado esa iniciativa y no la todopoderosa
AFYVE.
No procede
El oportunista belicismo descerebrado.
Los
artistas estadounidenses que se oponían a la guerra en Irak recurrían a colgar
sus canciones en Internet conscientes de que sus discográficas no iban a querer
difundir sus opiniones y que los grandes medios no iban a amplificar sus protestas.
Por el contrario, los artistas a favor de la guerra o que apoyaban a las tropas
expedicionarias sí que han sacado discos que se han radiado y se han vendido.
Y vaya una congregación de belicistas… Están los borricos sureños de Lynyrd
Skynyrd, siete melenas y dos vocalistas rubias en la actual formación, con su
“Red, white and blue”, cuyo nivel de argumentación echa para atrás: si no te
gusta lo que hace Bush, vete de este país. Está esa gloria del moderno “r&b”
que es R. Kelly, quien participa con “A soldier’s heart”, donde elogia el valor
de los soldados gringos; un gesto de patriotismo que, asegura R. Kelly, nada
tiene que ver con el hecho de que tenga pendientes varios procesos por abusos
sexuales a menores (y la consiguiente necesidad de cualquier publicidad positiva).
Los demás guerreros musicales son cantantes
de country, algunos apreciables como Clint Black, que ha lanzado “I Rak and
roll”. Todos se han beneficiado de la simpatía activa de Clear Channel (sí,
los mismos que prohibieron “Imagine” tras el 11-S), el imperio radiofónico que
dirigen íntimos de la familia Bush.
El pijerío guapo.
El
mundo es injusto. Lo compruebo una vez más en el debut de Vicentico en solitario.
Bastante gente sin entrada a las puertas de la Caracol madrileña y auténtica
expectación entre los afortunados, nunca satisfechos por los escasos (y desganados)
conciertos que los Fabulosos ofrecieron por estas tierras. Dentro, aparte de
los fans, me encuentro con especímenes extraños, posiblemente invitados de los
patrocinadores, Planeta Terra. Son pijos que destacan por sus móviles de última
generación, que despliegan ostentosamente cada cinco minutos, y por su monumental
despiste: se escucha desde “este Vicentico… ¿qué instrumento tocaba en Fabulosos
Cadillacs?” hasta “se parece a La Mosca, ¿verdad?”. De no estar sumido en el
deleite, hasta podría llegar a ponerme violento. Uno de ellos me ve tomando
notas --voy a hacer la crítica del concierto-- y me pregunta ¡si soy el manager
de Vicentico! (¿Qué demonios se creerá que hace un manager?). No parece importarles
mucho el concierto: la actividad a mi alrededor --la bella que oye impávida
lo de “chica, yo puedo hacerte una estrella”-- me hace temer que todo aquello
sea una broma de cámara oculta. Y no. Son así.
Felizmente, sobre el escenario, Vicentico no
se entera. Aunque tarda en soltarse, termina enhebrando parlamentos sobre nuestra
responsabilidad respecto a los niños y bromas sobre el cuerpo de Daniela Cardone.
A la hora de cantar enfatiza los estribillos con una gruesa cachava. No pasa
nada. Recuerda: es el mismo tipo que se presentó en un tórrido concierto en
Buenos Aires embutido en un asfixiante traje de oso que encontró en los camerinos.
El despiste de las estrellas.
Las
estrellas viven en otra dimensión. Lo compruebo cuando me toca entrevistar a
Macy Gray en la rotonda del Hotel Palace, de promoción de su tercer disco, “The
trouble with being myself”. Corpulenta, lleva un gorro de piel y unas gafas
enormes, como concesiones al anonimato (obviamente, en un hotel de clientela
internacional, el efecto es el contrario del deseado). Nadie me había avisado
de que Macy, la exuberante fiera del escenario, la que confiesa excesos y fantasías
en su discos, era un cervatillo en las distancias cortas. Evita mirar a los
ojos y prefiere hablar lo más lejos posible del magnetofón. Eso sí: su voz aniñada
y aguda es la misma que recordamos de discos y conciertos. Terminamos hablando
de Prince, su primer ídolo. Ella no cree parecerse a Prince en lo personal:
“es todo lo contrario de lo que yo pensaba: habla muchísimo y es muy simpático”.
A lo que iba: el despiste de las estrellas.
Me asombra comprobar que Macy no sabía que, dos días antes, había fallecido
Nina Simone, quien --junto con Billie Holiday-- es la gran influencia en su
vocalización. También se queda chafada al enterarse que ha salido un disco de
homenaje a Stevie Wonder y que no se contó con ella: “¡pero si yo canto temas
de Stevie en directo!” Resulta que tanto Stevie como Macy residen en la misma
ciudad --Los Angeles-- pero no se conocen, no se tratan. Viven en sus burbujas,
dicen que felices.
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