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Los problemas de la industria en el 2003 serán los mismos que en el 2002. Febrero 2003.

Sinsentidos sin soluciones

Los fantasmas que aparecían a principios del año pasado han hecho su recaudación en el 2002. Las compañías discográficas ven cómo les crecen los enanos con problemáticas a las que no pueden hacer frente. Ya no se trata solamente de la piratería organizada o del huracán de “OT”: el mayor problema de todos es que nadie parece encontrar solución a nada. Se criaron cuervos y, ahora, vienen a por sus correspondientes ojos.

No hace mucho saltó a la prensa la noticia de que, en una redada antipiratería, se había descubierto a un clan que comercializaba “grabaciones inéditas de los Beatles”. El personal en cuestión disponía de masters encontrados al azar con canciones o deshechos que, en su día, fueron absolutamente despreciados a la hora de ser incluidos en alguno de los álbumes del cuarteto de Liverpool. Duplicaban esos masters en formato de CD y los vendían a coleccionistas utilizando páginas de Internet como soporte publicitario y al servicio de correos británico como medio de distribución.

Uno, en su ignorancia, no puede más que preguntarse: ¿por qué lo que hacían estas personas es ilegal? Resulta obvio que no dañaban a nadie (era material inédito) y, por el contrario, daban gusto a coleccionistas de ésos que quieren tener todo lo disponible de un artista aun cuando no reúna la mínima calidad para ser comercializado. En este caso, incluso, resulta que dicho material fue despreciado en su día por la compañía o estudio que fuera propietario de dichos masters y que el propio grupo nunca mostró interés en ponerlo a la venta. ¿Por qué, entonces, no puede colocarse a disposición del público si vemos, todos los días cómo las compañías “oficiales” sacan a circulación abundante material del mismo tipo?

Convendría recordar que los derechos de edición de The Beatles no obran en poder de ningún miembro del grupo y que ninguno de los que quedan vivos o sus familiares recibirán derechos de autor por cuanto dichas grabaciones no están registradas.

Lo que sí veremos es que, en fechas no muy lejanas, una compañía discográfica “legal” comercializará esas canciones generando dinero para sí misma y, probablemente, sin ningún contacto legal con ninguno de los Beatles vivos. En ese momento dichas grabaciones pasarán a tener un precio de mercado y engrosarán la enorme lista de “grabaciones legales” que se han publicado de los Beatles sin que éstos dieran su consentimiento.

Es curioso ver cómo actúa la legislación. Continuamente estamos dando noticias de álbumes de Jimi Hendrix, Janis Joplin, B.B. King, Tito Puente y otros mil artistas que contienen, específicamente, material inédito que nunca fue aprobado por el artista para su publicación. Esas grabaciones, curiosamente, sí son legales, pero si las realiza una compañía que no es una “major” un abundante número de abogados cae sobre el sello discográfico o, como en este caso, sobre los particulares que, dueños de tales “tesoros”, no se niegan a comercializarlos.

Contradicciones importantes

No es ésta la única cuestión que está saliendo a la luz gracias al abundante intento de la “oficialidad” por controlar la piratería organizada. Muchas de estas cuestiones están demostrando, con el tiempo, que los mismos hábitos y costumbres de los que se sirven las mafias piratas los han heredado de… las propias compañías legales. No habría que irse muy lejos para escuchar a artistas que reconocen (por lo bajini) que sus derechos de autor no los cobra él mismo.

La SGAE utiliza como argumento principal para combatir la piratería el hecho de que los creadores dejan de recibir sus compensaciones por el uso de su música cuando alguien adquiere discos piratas. El hecho, obviamente, es cierto, pero no lo es menos que muchísimas canciones de las que llenan las listas de radiofórmulas tampoco generan derechos para sus autores. Es una práctica habitual ceder estos derechos a la empresa dueña de la radiofórmula para que la emisión de las canciones les salga absolutamente gratis: como las emisoras han de pagar derechos al artista por la difusión de sus obras y los artistas están locos porque sus canciones suenen en las radios, se opta por esta “práctica mafiosa” en la que ya ni siquiera es necesario pagar a las fórmulas para que programen tal o cual canción. Directamente, se les ceden los derechos editoriales y se hace “tabla rasa”. Con las mismas, el autor no recibe un euro cuando se radian sus canciones; exactamente lo mismo que cuando sus discos se venden “ilegalmente”.

Pero la cosa no queda ahí. Fruto de muchas negociaciones es el que un determinado artista o grupo tampoco cobre los royalties que generan las ventas de sus discos. Algunos artistas ceden “de motu propio” tales royalties con la condición de que el disco se ponga a la venta a un precio asequible, pero muchos otros lo hacen por simple necesidad: si no reniegan de esos derechos una compañía que disponga, por contrato, de sus próximas grabaciones puede negarse a editarlas si lo considera conveniente. Cuanto ocurre esto, lo más normal es que el artista pida la carta de libertad que le libere de sus obligaciones contractuales atendiendo al hecho de que la compañía discográfica ha perdido interés en sus obras, y ése es el momento elegido por la compañía para hacer que los artistas renuncien a sus derechos.

La SGAE, de nuevo, calla ante esta práctica mafiosa y sigue argumentando contra la piratería cuando ésta hace, exactamente, lo mismo que las compañías discográficas a las que, en el fondo, sirve. Como se ve, la Sociedad de Autores no recauda derechos para los autores, sino para quienes, finalmente, reciben el dinero derivado de tales derechos. Convendría aclarar aquí que la SGAE es la “Sociedad General de Autores y Editores” y que una editorial también registra canciones y cobra sus derechos.

No a la piratería

No debe entenderse este artículo como una “justificación” de la piratería. No lo es. La piratería tiene muy pocas cosas a favor del músico, pero la situación actual en la que se negocian los contratos entre discográfica y artista hace que esas cosas cojan un valor importante. Para muchos músicos, sobre todo si no aceptan ceder sus derechos para sonar en la radio, la difusión de su obra es prácticamente imposible y la piratería (especialmente el uso masivo de la copia privada) lo facilita haciendo que sus canciones estén al alcance del público a un precio más que razonable. El artista no recibirá un euro de dichas ventas, pero tampoco lo hará, en muchos casos, de los discos que venda “legalmente”. Sin embargo, la suma de ambos públicos (quienes compren pirata y quienes lo hagan legalmente) generará ingresos para el artista si su grabación es capaz de convencer al oyente para que vaya a verle en directo.

Pasar la criba

Las más dañadas por la piratería organizada son, obviamente, las compañías discográficas y la SGAE. Esta última por cuanto pierde su hegemonía a la hora de recaudar el derecho generado por sus asociados y las primeras porque ven que sus lanzamientos más populares han de pasar una “prueba de fuego” que antes evitaban.

Admitámoslo: no todo el mundo que compra en las mantas iría directamente a la tienda si no pudiera comprar el disco en formato pirata. Habitualmente, quien tenía esa práctica sigue realizándola y vemos cómo bandas y solistas que hasta hace un par de años vendían más bien poco han visto incrementar su popularidad y sus ventas independientemente de que sus discos se vean hoy en las aceras de la Gran Vía. Rosendo, Sôber, Ojos de Brujo… son artistas que han visto florecer la venta de sus álbumes cuando, teóricamente, más difícil es encontrar compradores.

Otra cosa son discos de “oportunidad”, de “temporada”, que, habitualmente, solían ser un verdadero timo para el comprador. Discos que, amparados en la radiación exhaustiva de una canción, no tenían dentro de sí más que vulgaridades que el oyente no podía descubrir hasta comprarse el álbum entero. Esos son los artistas y recopilatorios que, fundamentalmente, la gente compra en las mantas. Y, por qué negarlo, le hacen decidirse a comprar la copia legal.

Hace poco se publicaba una encuesta en la que se afirmaba (créete de las encuestas lo que quieras, que para eso son) que el 40% de los discos piratas requisados por la policía eran de Bisbal. Curiosamente ése es el personaje que más vende hoy en día y sus ventas legales han alcanzado, con sólo un disco en el mercado, más del millón de copias. Ante esos números (si son ciertos) uno no puede sino pensar que más de uno habrá hecho su particular examen por dos euros antes de irse a la tienda y comprar el disco “oficial”.

Esta criba, más que justificable, parece haber dañado a artistas que, como cabría esperarse, se quejan de ella. Habitualmente, quienes justifican que con la piratería venden menos suelen ser los mismos artistas que han colocado en la calle un bodrio confiando en que, con salir en la tele y sonar en las radios, ya lo tenían todo hecho. El tiro les ha salido por la culata porque, además, ya ni salen en la tele.

¿Por qué el pop?

La tele ha quedado monopolizada por “OT”, y no sólo la tele pública. Por uno de esos “secretos” de los medios de comunicación los “triunfitos” se han visto respaldados por la gran mayoría de los medios del grupo Prisa (desde los “40 principales” al “Rolling Stone”) y por el resto de las cadenas de televisión. El hecho ha dejado absolutamente cubierto el panorama “popero melancólico”, con muy pocas oportunidades para los artistas que se mueven en el mismo cuadro y que no son los aficionados surgidos del programa. Ante eso cabría preguntarse por qué las grandes compañías siguen buscando huecos en un sector en el que, con el tiempo, llevan todas las de perder.

Todas las compañías multinacionales invierten un pastón (¡pero un verdadero pastón!) en radiofórmulas y televisión, y lo hacen asumiendo que, en dichos medios, sólo pueden promocionar un determinado tipo de música. Si dicho estilo está vedado parece lógico que las compañías más poderosas actúen en consecuencia: promocionando una música diferente en unos medios diferentes y dejando que el efecto “triunfístico” pase a menores.

Pero no es eso lo que se hace, sino lo contrario. Los presupuestos de promoción crecen en ese palo, se envía a los artistas populares a la Academia para que aconsejen a los concursantes aficionados y se facilita la promoción de los “triunfitos” con considerables apoyos publicitarios de los objetivos de las compañías en los medios masivos que, en el fondo, son los que más caso hacen a los aficionados del programa televisivo. ¿Tiene eso sentido?

Artistas como Carlos Núñez, Hevia, Mojinos Escozíos, Extremoduro, Joaquín Sabina, Isabel Pantoja, Serrat o José Mercé venden, y poco o nada tiene que ver su música con el terreno “popero meloso” de los “triunfitos”. Sería lógico pensar que las músicas diferentes fueran la baza de las compañías discográficas para este año, pero eso sería pensar con la cabeza. La industria discográfica de este país ha demostrado en los últimos tiempos que reacciona mal y tarde ante los problemas con los que se enfrenta.

¿Qué se discute?

Con estos visos, no parece que los mayores problemas de la industria discográfica vayan a solucionarse en el actual 2003. Al contrario: da la impresión de que más de uno sigue empeñado en cavar su propia fosa dándole vueltas y más vueltas a problemas que deberían haber encontrado su solución hace años.

En el fondo, lo que se está discutiendo aquí es lo que se ha hecho con la música en la última década: el afán de vender cualquier cosa (¡si hasta Pedro Ruiz o Tamara sacaban discos!) ha traído consigo una vanalización del mercado que ahora es complicadísimo evitar. Se ha acostumbrado a los más jóvenes a consumir música como un complemento más en su vestimenta en lugar de educarlos para que aprecien lo que tiene este arte de bonito. Ha resultado preferible captar clientes antes que hacer aficionados y eso ha llevado consigo que, actualmente, cualquiera piense que lo que hace Chenoa o Bisbal es música de calidad.

Elementos como éstos tienen sus predecesores, los cuales fueron apoyados a bombo y platillo, monopolizaron la televisión en su día y coparon las listas de las radiofórmulas. La industria se los creyó como panacea y abandonó sus catálogos y a sus artistas más válidos. Ahora, pocos años después, hasta cuesta trabajo que un chaval de quince años entre en una tienda de discos aun cuando ese mismo chico no dude en pagar por una melodía para su móvil.

E.P.

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