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Loquillo resume su carrera con Trogloditas en “Historia de una actitud”. Enero de 2003 Historia nueva, historia vieja
”Escribía en revistas, tenía un programa de radio y buscaba actuaciones para Carlos Segarra. Llegué a la conclusión de que allí yo era lo fundamental y que no hacía más que dar vueltas sin darme cuenta de quién era el protagonista. Llegue a ser cantante porque era único y me miraban por la calle. Quería hacer rock español”, comenta Loquillo dispuesto a hablar de los principios y de los finales. “Historia de una actitud” es su historia al frente de los Trogloditas, una impresionante formación que también ha pasado por altibajos y que en breve volverá a la carretera con una nueva encarnadura. Treinta y nueve temas que, en sus primeras cuatro mil copias, añadían un DVD de regalo que se pondrá en breve a la venta. En él, además de numerosos clips del grupo, se incluye un documental de una hora de duración sobre la historia de la banda. En ninguno de los dos soportes se contemplan los orígenes de José María Sanz, alias Loquillo, como cantante de éxito: su triunfo en un certamen escolar cantando el “Congratulations” de Cliff Richard. Tampoco aparecen sus primeros escarceos en el cabaret barcelonés Tabú ni su primera actuación en la que tuvo a Nico, la musa warholiana que formara parte durante un tiempo dela Velvet Underground, como público. El hecho no fue trascendente, pero parecía indicar un camino determinado a los surcos del camino. “Todo el mundo era muy ortodoxo en el rock. Me dije: hay que hacer rock español y lo voy a hacer yo”, comenta recordando que su ración diaria de música pasaba por el glam de los coches de choque y los discos de los Sirex que abundaban en su casa. Hoy, con más centímetros, una pareja estable, un hijo y una veintena de discos en su haber, es un personaje que, ante todo, no pasa desapercibido. Sus salidas de pata de banco le han retratado tanto como sus canciones y, a la hora de hacer valoraciones, no tiene ningún reparo en señalar que “hay muchos dedos que me señalan y no es casual. En España nadie tiene mi currículum. Algún día alguien hará un estudio real sobre todo lo que he llegado a hacer”. Cantante, compositor, productor de teatro, novelista (está dando forma a su segunda obra literaria) y, sobre todo, un provocador nato cuya seña de identidad irrenunciable es la de no ser como nadie. “Yo marco mi territorio”, dice. “El personaje de Loquillo ha salvado al grupo en sus peores momentos igual que Alaska ha salvado a Fangoria. El rock’n’roll es glamour y los personajes son glamour. El grupo de rock que se precie tiene que tener algo de inalcanzable, de diferente. Lo que ocurre es que aquí eres mejor cuanto más mediocre eres: se premia el no destacar, el no hablar más de la cuenta. Si yo no tuviera este personaje, con esta actitud y con esta polémica, ya no existiríamos. Sencillamente”. ¿Alguien puede dudarlo? Después de darse cuenta, en su adolescencia, de que estaba hecho para liderar una banda de rock, la suerte tuvo a bien premiarle con una oportunidad. Fue la primera… y la aprovechó. La compañía Cúspide le propuso, en 1980, hacer un disco atendiendo al hecho de que habían oído de él que tenía una banda y de que su popularidad crecía en determinados círculos gracias a sus artículos y su programa de radio. Lo que no sabía la compañía en cuestión era que la “banda” no respondía, exactamente, a lo que entendemos por un grupo musical, sino a una banda callejera de amigos que se dedicaba a sus particulares cosas. El grupo se lo tuvo que inventar para entrar en el estudio. Y se lo inventó. Después de grabar unas cuantas canciones con todos los amigos que pudo reunir se consideró que Los Intocables podían defender esas canciones en directo. “Ahora hay culto por Los Intocables. Era la banda más punkie que había. Hicimos algo impresionante de lo que me doy cuenta ahora. Un motorista, un punk, un mod y yo”, recuerda con un cierto aire de pasión en los ojos. Y es que… la vida del grupo fue tan corta como la citación que recibió el larguirucho para irse a cumplir su (por entonces) obligado servicio militar. Ya habían tocado en el Rockola madrileño, sonaban en las radios y ponían la música de cabecera al programa “Esto no es Hawai” dirigido por Jesús Ordovás. De todo aquello, sin embargo, sólo quedó Sabino. Sabino Méndez. “La primera época de los Troglos estuvo bien: tres de pueblo y dos de Barcelona descubren la vida. Tocar y follar, tocar y follar. Era lo único que hacíamos. ¿Para qué nos íbamos a meter en esto si no? Nuestras pretensiones artísticas eran pasarlo bien, no hacer discos conceptuales”. Llega el turno para los Trogloditas, la formación que completaban, con Sabino, Ricard Puigdoménech, Jordi Vila y Josep Simón. Desde que apareciera en el mercado “Ritmo de garage” (83), su primer álbum juntos, su fama no paró de crecer con discos intensos, divertidos y seductores. Pero el destino ya tenía escrito que ese grupo tenía que durar y lo fundamental para que eso se produzca es… no estarse quieto. “Me hizo gracia cuando en el 85 a todo el mundo le dio por ser auténtico. Todos querían ser Johnny Thunders. Al principio me acusaban de ser ortodoxo y, sin embargo, yo me abría: el punk, el rock, el hard… Ese cambio fue bueno y divertido. Curiosamente, quienes me acusaban de ortodoxo empezaron a convertir el rock en una religión”, recuerda. Para entonces ya habían salido al mercado “¿Dónde estabas tú en el 77? (84) y “La mafia del baile” (85), un álbum que, junto con “Mis problemas con las mujeres” (87), empieza a marcar una evolución del personaje. Si los primeros pasos de Los Trogloditas se centraban en la salvajada que puede suponer el rock cuando se deja en mano de adolescentes sin freno, según pasan los 80 Loquillo aboga por el cambio de imagen y de actitud: si se ha de ser una estrella hay que vestir y comportarse como tal. “Del rock litronero nunca me ha gustado la asunción de que se es menor, de que hay que pedir permiso cuando no te dejan pasar. No lo soporto: pienso que si haces rock tienes que hacerte el hueco a empujones. Cuando ganes dinero cómprale a tu madre un piso y un montón de trajes caros, que se note. No estoy hablando de una cuestión de imagen porque actuar siempre con la misma camiseta y con el mismo pantalón también es una imagen. De lo que hablo es de que no aguanto tener que comportarse de un modo concreto asumiendo que se está abajo: yo quiero estar arriba. Bowie es un señor y salió de la clase obrera mientras que muchas de las estrellas del rock que dicen underground son niños de papá con un montón de dinero”. La postura de “El Loco”, sin embargo, no fue bien asumida por todos sus compañeros. Después de hacer “Morir en primavera” (88), las desavenencias entre él y Sabino se extendían al resto de los miembros del grupo. Un Loquillo con smoking y voz de mando no entendía con claridad cómo el compositor del grupo no maduraba al mismo tiempo que los demás. El punto final lo puso “A por ellos… que son pocos y cobardes”, un doble álbum en directo grabado en el 89 que puso al grupo como líder indiscutible de la escena rockera del país. En aquel momento Loquillo ya era el frontman indiscutible, el personaje magnético que podía manejar enormes audiencias sólo con levantar sus hombros calados de cuero o resultar pintorescamente elegante embutido en su smoking negro. Sabino, por su parte, completaba todo el catálogo de tópicos que un rockero ha de coleccionar para ganarse la fama de maldito. Además de un compositor de valor innegable, era el miembro más descontrolado del grupo y el que más se acercaba al peligroso terreno de las drogas. La separación estaba cantada y ello suponía, por lógica, que el público se decantara entre una y otra figura. “ Vila lo dice así: ‘fue una liberación’. Sabino era un dictador, un personaje egocentrista hasta unos niveles tremendos: quería ser el muerto en el entierro. Va siendo hora de que la gente sepa cosas: no aceptaba que su sitio era componer buenas canciones, el mío cantarlas y el de los Troglos tocarlas. Muchos críticos le convirtieron en una figura de culto y lo hundieron porque se creía que estaba por encima de los demás. Vivir con él era imposible. Había mucha película de maldito… y así le ha ido: el tiempo pone a cada uno en su sitio. Le destrozaron cuando empezaron a decirle que era bueno y se lo empezó a creer. A mí, por contra, siempre me han dicho que soy malo y nunca he sentido presión; me he dedicado a aprender. Sabino le hacía un favor al grupo cuando se fue. Tuve que tomar las riendas y decidir: el personaje de Loquillo soy yo y las canciones de Sabino tenían valor porque las cantaba Loquillo”. El comienzo de los 90 invita a la reflexión. “Empiezo a aprender. Corto la gira porque o me moría yo o se moría alguien antes. Yo no quería ser el Miguel Ríos de la modernidad y por eso me dedico a destrozar todo lo que podía llegar a implicarme con ello: hago un disco crudo (‘Hombres’ 91) que tira hacia el hard rock. Todavía seguíamos en el túnel y viajábamos con nuestro dealer. El grupo se rompe con ‘Mientras respiremos’ (93): es un disco de transición en el que ya apunto hacia la canción de autor o el folk singer. En esa época descubrí el country rock y los forajidos, pero era difícil explicarle a Ricard Puigdoménech quién era Waylon Jennings. Se va Vila, se va Taker. Lo veo llegar todo y me voy a Euskadi. Me refugié con Gabriel Sopeña. Tenía que dar un giro porque, en esto, aunque tenga intuición, soy un superviviente nato. El grupo, tal y como yo lo había conocido, no podía seguir: teníamos la rutina del funcionariado. Me fui del grupo: así no seguía”. El cartel de los Troglos empieza a vadear. El fantasma de Sabino vuela bajo y el nivel de exigencia del público crece. Al mismo tiempo, la aparición del boom indie colabora para que los medios que más apoyan al crecimiento de una nueva escena tomen la determinación de desprestigiar a la generación musical anterior. Loquillo, con su absoluta ausencia de modestia, enerva a los nuevos críticos, a las revistas modernas, a los programas de radio que prefieren a las bandas jóvenes que cantan en inglés. Hay que tomar una determinación porque, sin banda y con los medios en contra, uno ha de reinventarse a sí mismo. “El giro tiene su lógica: soy de una ciudad en la que el rock convivía con la canción de autor y, al mismo tiempo, soy rockero pero con compromiso político. El personaje me suponía escapar de la rutina del rock. Si no hubiera hecho eso me hubiera costado mucho volver a hacer rock. Fui más allá. Destrocé los esquemas a todos. Vendí 50.000 discos de un disco de poesía y llené el Palau de la Música”, recuerda “El Loco” cuando se trata de hablar de su colaboración con Gabriel Sopeña en “La vida por delante”. “Descubro un mundo distinto y una forma de expresión diferente en la que me encuentro cómodo y natural. Hago la prueba y veo que me va a la perfección, que estaba clavado para mí. Me permite desarrollar todo lo que he aprendido. El rock es energía, explosión, estado puro. El teatro es contener. Paso de un extremo a otro”. La nueva etapa trae consigo un nuevo personaje, un hombre gigante dentro de un elegante traje que parece salido de una película de cine negro, un cantante que modera su gesticulación y que busca en la poesía un nuevo método expresivo. Cuando Loquillo habla de su repercusión no se queda corto. ¿Quién podía pensar que el gato enjaulado que escupía “La mataré” podía reposarse hasta acercarse a la figura del cantautor típicamente francés? “Tengo una voz potente porque físicamente soy potente. Mi problema era que las canciones tienen que hacerse para quien va a cantar. Empecé cantando textos de otros que componían para ellos y tenía que adaptarme; me pasaba todo el tiempo buscando mi tesitura. El cambio supone que José María Sanz busca el mejor papel para Loquillo, por lo que… me escucho y empiezo a trabajar con los cinco músicos de jazz más importantes del país. O aprendes o no hay vuelta atrás. Aprendí muchísimo en esa época. Me adelanté muchísimo ahí”. La evolución no se quedaba solamente en el soporte discográfico, un paisaje intimista y solitario que volvería a plasmarse en “Con elegancia” (98) de nuevo con la compañía de Gabriel. “Yo buscaba un compositor para la edad que tenía. Sabino no servía porque se quedó en el 88, con la autenticidad y esas cosas. Ese malditismo de pacotilla… niños mal de casa bien. A esa gente le encanta el malditismo”. Las nuevas canciones, absolutamente distantes del corte adolescente y del rock callejero, se presentan en teatros, escenarios infinitamente diferentes a los territorios que los Trogloditas ya habían marcado como suyos. “El teatro no son cuatro guitarras acústicas o un unplugged. El teatro es hacer teatro y la poesía te permite eso. Tengo un don para comerme el escenario; siempre se me quedaba corto. En cuanto a la música… fusionaba aquéllas con las que crecí. El resultado fue que me encontré a un público reacio que muchas veces no entendía nada. Mi idea era recoger la escena de la canción francesa porque, en mi opinión, Jacques Brel era más heavy que Guns’n Roses. Fuimos rompiendo moldes en esa gira con un nivel musical elevadísimo”. Si el giro dado ya resultaba sorprendente más aún lo resultaría la aparición de “Nueve tragos”, un álbum en el que la rock star se reconvierte en… ¿Dean Martin? “Una cosa lleva a la otra. Al presentar el disco de poetas me giro estéticamente hacia la figura del crooner, no hacia la de un Jacques Brel o un Brassens. Eso hace que, cada vez, el espectáculo se vaya más hacia el jazz swing. Entonces pensé que, teniendo esta banda… podíamos hacer un disco de jazz. Era la explosión del neo swing en Estados Unidos, por lo que aproveché la situación para engañar a una compañía y hacer lo que me daba la gana. Era difícil ponerlo en un escenario dado que tendría que llevarlo más al terreno del bebop, a un plan más ortodoxo, y por eso me invento el asunto de que no se puede presentar si no es en casinos. Realmente, el disco es un capricho en el punto que una cosa me lleva a la otra. Es el tercer personaje que inventé y que ya aparecía con ‘Chanel, cocaína y Don Perignon’ o ‘Mis problemas con las mujeres’. Aún falta desarrollarlo; tiene que crecer más y estar más preparado. En aquel momento falló porque la compañía se cayó y no se pudo promocionar, pero hay una serie de canciones que no puedo desarrollar en los otros dos personajes y que con éste sí puedo”. Entre capricho y capricho, personaje y personaje, teatro y teatro, se intentó la recuperación de los Trogloditas con “Tiempos asesinos”, un disco grabado en la Inglaterra el 96 con un productor que no terminaba de entender que en España también se sabía hacer rock con criterio. Un año más tarde aparecería “Compañeros de viaje”, un doble disco en directo que, en origen, solamente se había planteado como un trabajo sencillo con el que homenajear a los artistas que Loquillo tiene de cabecera cada vez que se habla de rock español. Pepe Risi, Ramoncín, Jaime Urrutia, Carlos Segarra… Todos participaron en el álbum dando carta de naturaleza a una evolución natural. En aquel momento, quisiéralo él o no, la figura de Loquillo quedaba asociada a los clásicos poniéndolo en el lugar que, por derecho, le correspondía. No obstante, ya habían pasado veinte años desde el despegue que quedarían resumidos en el recopilatorio “78-98”. En la presentación del álbum en La Riviera madrileña, “El Loco” y los Troglos recibieron un disco de diamante por haber vendido, a lo largo de su carrera, más de un millón de ejemplares. Se dice pronto, pero se tarda mucho en conseguirlo cuando se está hablando de rock cantado en castellano. “Mi producción de los 90 es espectacular: dos discos de poetas, uno de jazz y tres de rock”, presume el larguirucho mientras apura su vasito de shaky. “Todo eso me ayudó a volver con los Troglos. Recuperarlos era cuestión de tres discos: la vuelta de Vila (no estuvo en ‘Tiempos asesinos’), la confirmación y el despegue. ‘Cuero español’ (00) era el impasse, el disco en el que decidía yo, en el que ponía en marcha todo lo aprendido. El problema del rock español es de cultura musical y… de sonido: los grupos me suenan a barrio y era algo en lo que había que trabajar. En ‘Feo, fuerte y formal’ afino más”. Con ambos discos, los Troglos (Vila tampoco pudo incorporarse finalmente a “Cuero español”) empezaban a recomponerse. O eso parecía: los resultados artísticos de ambos discos son más que reseñables y la incorporación en “Feo, fuerte y formal” del compositor Igor Pascual (voz y guitarra de los asturianos Babylon Chat) parecía también otro acierto pleno. Sin embargo… “En ‘Feo, fuerte y formal’ los guitarristas no me entendieron. Fue cuando decidí que no volvería a grabar según con quien. Si no sabes para quién estás tocando es mejor que lo dejes. Hay gente que crece y evoluciona, gente que se queda en el sitio y gente que opta por otra vía”, apunta Loquillo sobre los problemas que ya habían surgido también en “Cuero español”, un álbum donde, finalmente, casi toda la responsabilidad de las guitarras terminó recayendo en la magia de Jaime Stinus. La situación, es obvio, apunta a otra falta de entendimiento en el seno de los Trogloditas. “Hay un momento en el que veo que tengo que tocar con quien está por la labor. El espíritu de los Troglos es el espíritu de Vila, Simón y Tacker (el sucesor de Sabino a partir del 88 y que tuvo que dejar la banda en el 94). Ricard participó de él durante un tiempo, pero… no duró. Hubo una época en la que la fidelidad hacia el amigo mandó porque soy un romántico, pero llega un momento en que nuestra colaboración es inviable. A mitad de gira empiezo a darme cuenta de que todo era cojonudo, perfecto. Eso me da mal rollo: no había ni tensión, ni pasión ni mala leche. La gente terminaba el bolo y se iba a dormir. Es entonces cuando me planteo otra vez irme del grupo porque yo lo que quería era peligro. Había que ser realistas y no jugarnos nuestro futuro por una fidelidad mal entendida. Si la energía en el escenario llegaba descompensada estábamos engañando a la gente: yo salgo al doscientos por cien y no puedo tocar con quien no tiene esa actitud. No quiero volver a la situación del 91 o el 92. Lo de Ricard no es una cuestión de cansancio, sino de funcionariado”. La situación se hace cada vez más evidente. Puigdoménech habla por su cuenta con una compañía discográfica intentado llevar a delante un proyecto propio. Finalmente, cuando se está preparando el lanzamiento de “Historia de una actitud”, el filamento quiebra. “Llame a Tacker el día de su 40 cumpleaños y le dije que el tren que nos pasa a todos una vez en la vida pasaba una segunda vez sólo para los grandes. Luego hablé con Igor y, después de una semana de ensayos, aquello era acojonante. No estaba equivocado; ahora tengo la banda adecuada, la que estaba buscando. Como dice Vila, Ricard nos hizo un favor. No hay ningún mal rollo porque, para mí, dejar la banda supone que estás muerto. Esto me ha dolido mucho más que lo de Sabino porque aquello, por lo menos, fue honrado. Dijo ‘iros a tomar por el culo’, y ése es mi lenguaje y el que yo entiendo. Tengo la sensación de que Ricard ha estado estos últimos años con nosotros sólo por dinero y que en todo este tiempo no ha entendido nada. Mi obligación es tener a los Troglos al cien por cien”. La situación en el 2003, por tanto, es una nueva etapa de los Trogloditas que aún está por escribirse, aunque, como queda visto, no será la única para su vocalista. Si en este tiempo Loquillo ha hecho sus pinitos como autor literario y como actor, en su visión de futuro aparece una nueva novela y la coproducción de un documental sobre las mujeres maltratadas para el que ya ha escrito la banda sonora en colaboración con Gabriel Sopeña. Junto a él, muy probablemente, volverá a reaparecer Loquillo en lo que sea su nuevo trabajo discográfico. “Cuando vi lo que hizo Bunbury en ‘Pequeño’ me di cuenta de que estaba recogiendo lo que nosotros hicimos con lo de los poetas. Tuvo mucho éxito y eso me anima a pensar que lo próximo que haga con Gabriel se entenderá mejor”. El entorno que rodea a un artista como Loquillo también ha cambiado. Escuchando “Historia de una actitud” uno puede darse cuenta de la evolución de la banda y relacionarla con el panorama externo que, al mismo tiempo, no para de moverse. “Seguimos teniendo la rumbita, la canción melódica y la música de fans. Antes esas músicas no utilizaban las guitarras de rock y ahora sí, de modo que hay una zona muerta donde se confunde todo y hace necesario volver a ser radicales, decir que el rock es un modo de vida. Me refiero a una cuestión de actitud: si Shakira imita a Bon Jovi algo va mal porque, aunque ellos no son como nosotros, quieren serlo. Hay que seguir metiendo el dedo en la llaga en nuestra diferencia, hay que decirles que no queremos ser como ellos por más que ellos quieran ser como nosotros, se vistan de cuero y vayan de duros. Hay que ahondar en la diferencia utilizando la provocación, las entrevistas o la actitud musical”. Apurando ya los últimos resquicios del shaky charlamos sobre la curiosidad que ha generado la aparición de “Historia de una actitud”. “Es un disco necesario porque todos los grupos como éste tienen que tener un recopilatorio al uso. En el anterior que hicimos se incluía una canción de la serie ‘La bola de cristal’ de la cual Televisión Española no quiso renovar la licencia, por lo que no se podían comercializar más copias de él. Había que hacer otro y me he encargado de que pudiera aparecer el material de ‘Feo, fuerte y formal’ que se grabó con otra compañía”. El futuro inmediato de los Troglos en directo todavía está por ver. En los últimos meses hay un deseo candente para que Enrique Bunbury, Jaime Urrutia, Andrés Calamaro y “El Loco” compartan escenario. Sin embargo, ninguno de ellos está dispuesto a lanzarse a la aventura de una gira si eso pudiera generar una mínima grieta en su amistad. Será cuestión de esperar, pero no mucho. “Cuando no tengo nada que hacer me dedico a molestar. Eso hace que al final la gente me mande a paseo hasta que haga algo. A lo largo de todo este tiempo he funcionado más por intuición que por análisis. Escribo mi historia en vez de que me venga a buscar”. E.P. Loquillo y Trogloditas. “Historia de una actitud”. EMI
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