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La cuesta abajo continúa. El resumen del 2003 Tocando fondo Durante los últimos años, el resumen que realizamos en nuestro número de diciembre ha resultado demoledor. El paso de la crisis discográfica y un bajísimo compromiso de las compañías con los creadores de más talento han hecho tambalearse una industria que, en los 90, parecía la verdadera piedra filosofal. En 2003, aunque los gráficos siguen apuntando a un considerable sufrimiento económico, se ha visto, cuanto menos, una mayor actividad relacionada con géneros interesantes que no se manejan en el circuito mayoritario. Es posible llegar a pensar que la crisis está tocando fondo. El tiempo viene a demostrar, como casi siempre, que las cosas efímeras desaparecen tarde o temprano. El asunto de la piratería se encuentra, en estos momentos, en un impasse que ya no perjudica a todos, los artistas han comenzado a utilizar Internet con cierto criterio y el fenómeno “OT” está dando sus últimas bocanadas. Son hechos comprobables que, aun con todo, dejarán secuelas importantes en un mercado que algún día debe afrontar una reorganización de base. Las crisis, si algo tienen de bueno, es que permiten eliminar lo superfluo para quedarse con lo fundamental. Es como cuando un huracán arrasa una isla: se vuelven a construir las casas y se deja para lo último la aparición del televisor. En el año que se cierra, y sin conocer las cifras de venta del mes de diciembre, puede aventurarse que éstas seguirán bajando, pero el hecho responde básicamente a una saturación de artistas clónicos que, incapaces de entregar dos discos de una mínima entidad, se deshinchan enseguida perdiendo el favor del público. Del mismo modo, la tendencia instaurada en los 90 en las que la música pasaba a convertirse en algo banal y de moda, en algo propio de un regalo navideño, están decayendo rápidamente. Es posible aventurar que, en breve tiempo, el mercado volverá a ser orientado hacia los aficionados reales, hacia quienes disfrutan de la música y no se conforman con las vulgaridades que inundaban las listas en los últimos años. No se puede olvidar tampoco que la situación por la que pasa la industria de la música en este país no es ni mejor ni peor que la que atraviesa el resto de los sectores si exceptuamos, como casi siempre, a los bancos y las compañía telefónicas. Hoy en día, todo el mundo lo pasa mal gracias a los “logros económicos del PP” y rara es la casa o la empresa en la que los ingresos no han disminuido porcentualmente en relación con las enormes subidas de precios que llegaron con el euro. Si hoy en día no se vende nada es debido, principalmente, a que los salarios no han crecido al mismo nivel que los precios y que, a la hora de desprenderse de los billetes, todo el mundo hace sus cuentas con un sentido conservador. Mirando la producción discográfica del 2003 se contempla una importante apertura hacia géneros que, en otros años, apenas sí han tenido importancia. Bien es cierto que esta apertura no proviene de las compañías más grandes, pero también se pueden apreciar dentro de ellas pequeños movimientos sísmicos que apuntan direcciones interesantes. Muchos de ellos, también es verdad, se ven entorpecidos por las continuas “reestructuraciones” que sufren dichas compañías, pero es de esperar que éstas terminen algún día y que los responsables de contratación, promoción y ventas puedan empezar a trabajar con tranquilidad, algo fundamental para obtener frutos. El flamenco o lo étnico, por ejemplo, ya no asusta en las grandes multinacionales y sus obras se trabajan a un nivel mucho más contundente que lo que se hacía hace algunos años. Yendo género por género, sorprende la dirección que está tomando el rock en España. Numerosos artistas han terminado saliendo de las multinacionales y han encontrado acomodo en un ghetto como Locomotive que prefiere especializarse en este terreno antes de abrirse a otros. Entre esta compañía y Dro han aglutinado casi todas las figuras permitiendo, de ese modo, medir las cifras y los números de un modo más tangible. Ahora es cuestión de hacer eficaz esa aglomeración asumiendo, tanto artistas como compañías, que los tiempos no están para tirar cohetes. Dentro del pop, el trabajo en las independientes ha llegado a un estancamiento considerable. Parece que el género vuelve a ser dominado por los grandes una vez que los lanzamientos importantes en este sector (Alejandro Sanz, La Oreja…) han mandado al limbo a sus competidores de “OT”. En el terreno más underground, sin embargo, la copia de lo británico está llegando ya a situaciones de saturación cansina y es raro ver que despeguen artistas. Entre ellos, de todos modos, aparecen referentes como Deluxe, oasis de creatividad en un ambiente realmente viciado. Muchos de los artistas de pop, junto con sus públicos, están girando generosamente hacia una música de fusión que parece más acorde con los tiempos. Pasada ya la época del “flamenquito” y el “buen rollito”, muchos creadores que aparecen en la escena se preocupan por ofrecer propuestas personales sin poner por delante los prejuicios. Apuntes estratégicos y elaborados en el tiempo como los ofrecidos por Bunbury, Amparanoia, Hevia o Sabina demuestran a una nueva generación que ni el bolero ni el funk están ahí para pelearse y que lo mismo pasa con el pop y las gaitas, o con lo cubano y las maquinitas. El pop de los próximos años pasa por este tipo de fusiones y, excepto quienes aún están descubriendo a los Beatles (Sidonie, por ejemplo), el resto de los nuevos artistas apunta maneras sumamente abiertas. El jazz también es de los géneros (y lleva ya unos cuantos años) que se está abriendo con naturalidad a nuevas formas. Si el jazz siempre fue de las músicas que no tuvo reparos en fusionarse con cualquier cosa, el nuevo siglo parece ir consolidando poco a poco ofertas de lo más llamativas en las que sí se adivina largo recorrido. Sellos como Blue Note o Verve ya han expuesto sus proyectos de cara a la gente joven, recopilaciones que remezclan a los clásicos y que dan aire a los nuevos creadores. Aunque su trabajo en el mercado español es paupérrimo y desconsiderado, eso no oculta la enorme cantera de artistas que están fijándose en el jazz como vehículo expresivo de sus obras, ya estén éstas orientadas al club de baile o a la representación en directo. Gente como Kora Jazz Trío (esencia africana con sonoridad de jazz) o los españoles Dead Capo (nuevas formas, nuevas expresiones) son puntas de un iceberg que no hace sino crecer aun cuando el planeta siga calentándose. Diferente situación es la que viven géneros como el blues, el soul, la salsa o el reggae. Los mejores catálogos de estas músicas están en manos de las multinacionales y no parecen contemplarlos como objetivos. Si bien desde sellos especializados se continúa dando pie a los francotiradores con invención, no parece que esto sirva para educar a un público joven con respecto a estos géneros. Todos se van convirtiendo en desconocidos según pasa el tiempo y hasta los artistas más eficaces ven cómo, tristemente, sus obras ni siquiera son lanzadas en España. Mención aparte merece, curiosamente, el country, ya que numerosos artistas del palo se concentran en pocos sellos que, en España, tienen distribución independiente. Tanto Rounder (aquí Karonte) como Sugar Hill (Dock, en España) son asequibles para el aficionado aun cuando los catálogos de MCA y Atlantic centrados en Nashville no estén disponibles al depender de empresas más grandes, como Universal y Dro. Interesante por los cuatro costados es la evolución que está mostrando en los últimos años el hip hop en castellano. A estas alturas ya no puede negarse que nuestros artistas superan en popularidad a los grandes iconos norteamericanos si exceptuamos a emblemas como Eminem o Public Enemy y, al mismo tiempo, es sumamente apreciable la subida de calidad que están cogiendo las obras de estas tierras. La imitación, la macarrería y la simpleza están dando paso a discos de gran personalidad que, aun con todo, no parecen consolidar muchas carreras largas. Difícil sigue siendo entrever un futuro cercano entre las ofertas electrónicas. La incontinencia de los artistas, el encumbramiento de los DJs y la falta de proyectos de directo siguen haciendo complicado colocar esta música fuera del formato de los recopilatorios. Las mejores ventas siguen relacionándose con las corrientes afincadas en los chill outs y, por lo menos en España, los resultados más tangibles se alejan de la música de baile. El asunto no cambia demasiado en el extranjero y los proyectos que se presentan como más válidos siempre terminan cayendo al poco tiempo sin dejar tras de sí demasiados frutos para la historia. La electrónica parece consolidarse, con el tiempo, más como un elemento de ayuda a otras músicas que como un canal para nuevos géneros. En otro orden de cosas tenemos los problemas crónicos, esas enfermedades que ya se llevan con resignación y que no parecen tener solución a corto plazo. En las escuelas la música es, con nuestro actual gobierno, menos importante que la religión y en el medio de comunicación público más endeudado del mundo (RTVE) la faceta televisiva sigue viendo a la música como algo mucho menos importante que el nuevo novio de cualquier mindundi del petardeo. En Madrid, el circuito de salas ha perdido un emblema como Suristán y, mientras las obras se aceleran para que unos tíos puedan jugar al tenis en lo que antaño fue el Rockódromo, la ciudad sigue sin tener un mínimo recinto en el que puedan escuchar música audiencias de más de seis mil personas. El asunto, además, aumenta en gravedad en cuanto vivimos tiempos que rememoran el concepto de censura y de ausencia de libertad individual. En el momento en que esto se escribe, una asociación privada mantenida por el gobierno del PP (Asociación de Víctimas del Terrorismo) pretende cercenar la libertad de expresión de aquellos músicos que dicen cosas que les molestan. El tema sería pintoresco sino fuera porque hablamos de un país en el que, con su actual gobierno, se han cerrado ya varios medios de comunicación sin que ninguno fuera, al final, acusado de nada delante de los jueces. Sería faltar a la verdad no apuntar aquí que estos últimos movimientos se están dirigiendo siempre contra artistas de Euskadi. La música, como se ve, sigue siendo un representante fidedigno de los tiempos que nos toca vivir y sufre los avatares que, en la vida diaria, también están acosando a la población vasca. Los mismos que señalan a la ganadora del primer “OT” como una “representante de la juventud española” son quienes intentan cercenar las ideas propias dentro, también, del mundo de la música. Esteban Pérez (Lee también la opinión de Kike Babas)
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