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Lo que quedará en la memoria del año 2003

según Kike Babas

Hasta cierto punto ridículo, siempre una pérdida de tiempo (salvo que se sea buen amigo de la demagogia de barra de bar), es intentar convencer a alguien de lo que ha sido lo mejor o lo peor de todo lo acontecido en el terreno musical durante un año. Cada cual tenemos nuestra opinión y, lejos del marketing, de las cifras de ventas o del señalado evento anual de turno, a cada uno nos llegó, nos marcó o nos enamoró un determinado acontecimiento sonoro y, más allá de explicar los porqués, no hay discusión posible. El que para mí ha sido el disco del año, sin lugar a dudas, es “Cajas de música difíciles de parar”, faulkneriano título escogido por el asturiano Nacho Vegas para un disco inmenso no sólo por su duración --es doble--, sino por la refinada, austera pero contundente sonoridad de la que hace gala, por un mundo literario exquisito, de existencialismo mundano reflejado en unos personajes terminales, deshuesados; en definitiva, un disco de calado profundo que busca, o precisa, de la complicidad del oyente. Otro de los discos importantes, fruto de la unión entre el octogenario cubano Bebo Valdés y el cantaor Diego “el Cigala”, ha sido “Lágrimas negras”, recreación de standards del desengaño amoroso, composiciones imperecederas a las que se dota de una dimensión de distinguida elegancia y vehemente pasión. El soporte fino lo aporta Bebo (y una pléyade de colaboradores de quitar el hipo) mientras que la voz de el “Cigala” dota cada historia de un dolor milenario. Queda el placer de escuchar temas imperecederos como “Lágrimas negras”, “Corazón loco” o “La bien pagá” con el arrojo emocional y la dosis de sabiduría precisos y necesarios. En el terreno internacional me llevo al catre a los Kings of Lion con un disco maravilloso de rock duro y primigenio, “Youth & young manhood”, cantado con urgencia y ciertas dosis de desesperación, poseyente de una rara comercialidad, inmediato y melenudo, que sabe combinar con eficiencia el ajustado presupuesto de personalidad e inventiva que le queda al rock’n’roll.

En el terreno de los escenarios, en concreto de festivales, sin duda me quedo con el “Azkena Rock Festival” celebrado en Vitoria, y no sólo por la colocación de los escenarios, la rectitud de horarios, las pantallas gigantes y lo bien montado que estuvo en general (precios muy, muy caros de barra, eso sí), ni por lo descacharrante de The Cramps (pura actitud y a la mierda con todo), el descubrimiento de los hipohuracanados Fireballs of Freedom o el final “neilyoungnesco” del bolo de JayHawks, sino, y sobre todo, por el concierto de Iggy Pop & The Stooges, piedra angular de toda la música que escucha el que esto subscribe y que dio la posibilidad de ver un sueño hecho realidad (a meter en el mismo altar que los conciertos de la Velvet Underground y Tom Waits). Un bolo que fue corto y rasposo, donde Iggy chilló más de la cuenta y se meneó con esa fiereza de animal enjaulado que le hace único en la historia del rock; donde, con sólo la primera de las dos versiones que hicieron del impagable “I wanna be your dog”, uno ya sintió tocar un determinado cielo en medio de un caos de pogo sudoroso y violento. Como concierto de un solo grupo destacaría el de La Polla en el “Viñarock” no sólo porque, en cierta forma, es imposible sustraerse a la nostalgia teniendo en cuenta que el grupo se ha separado y que ésa fue la ultima vez que les vi, sino por la rehostia de sensación que produce sentir a tropecientas mil almas en un “todos a una” con un repertorio que es un clásico en sí mismo desde ese inicio, histórico ya, del Evaristo saliendo con una cruz ardiendo y cantando el “Salve”: pelos como escarpias. En la categoría de bolo de artista internacional, y hablando de pelos como escarpias, la anciana irrepetible Chavela Vargas en el Teatro Albéniz. Con la voz ya cascada, ajada de años y vivencias, siempre a punto de no llegar (y a veces no llegando) a tonos que se hacía con la gorra en otros tiempos, hizo de su presencia y de su propia emoción un espectáculo único, con vetusto sabor de autenticidad y soberbias tablas, con un cierto sabor a despedida de quien sabe que, a su edad, el adiós definitivo es una realidad a la que se ha de mirar a los ojos y sin mojigatería. En el piscolabis de “arrejuntes varios” destacaría la unión de dos monstruos, Fermín Muguruza y la Radio Bemba de Manu Chao, quienes, con su “Jai Alai Katumbi Express”, se marcaron una gira europea que, en una primera ronda, cubrió pequeños recintos y después se lo hizo en cosos multitudinarios. Vistas las dos facetas, me quedo con el concierto que se hizo en el pequeño Antzoki de Ondárroa en una arrebatada entrega de panchanga contestataria, del “Sarri, sarri” a la “Mala vida”, que acabaría con un sound system de horas y horas donde todos los músicos cambiaban sus instrumentos y la mañana despuntaba en el horizonte.

En otras categorías, el año ha dado de sí buenos y satisfactorios placeres, caso de lecturas como la del libro “Nuestra rebelión personal. Día y noche con The Clash” de Johnny Green, road manager personal de la mítica banda inglesa que hace un retrato nada escabroso, y sí muy humano, de cómo era la banda detrás de las bambalinas. Otro placer ha sido el visionado del DVD de Led Zeppelin titulado, simplemente, “DVD” y que recoge, además de algunas promos y entrevistas, tomas hasta ahora inéditas de conciertos de la banda en diferentes épocas (en el Royal Albert Hall en 1970, en el Madison Square Garden en 1973, en Earls Court en 1975 y en Knebworth en 1979) haciéndolo un documento visual y sonoro imprescindible. De los espectáculos teatrales, el de Albert Pla en el Alfil, “Canciones de amor y droga”, donde, con quirúrgica conciencia, el cantautor catalán retrata el descenso a los infiernos del poeta yonki y homosexual Pepe Sales, muerto de sida hace ya una década, y del que póstumamente rescata su legado. Y de cine… “Ciudad de Dios”.

Y de juergas entrañables… aquélla en la que tuve la oportunidad de ver a Enrique Morente canturreando entre amigos a puerta cerrada en un pequeño bareto después de haber presentado “El pequeño reloj”. Y, y, y, y… A esperar que este diciembre nos traiga un montón (ya serán menos) de buenas sorpresas para que tenga que decir: “mierda. Esto también lo hubiese metido en esa reseña de lo más destacado del 2003”.

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