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Bloc de Notas. Abril de 2003

De los Grammy, en España sólo se publicitan quince o veinte. Según DIEGO A. MANRIQUE, eso hace flaco servicio a unos premios que tienen la virtud de encender focos sobre zonas obscuras —y sin embargo, fascinantes— de la música estadounidense

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Por debajo del iceberg

Nuevamente los medios han vivido el furor de los Grammy: el deleite en celebrar triunfadores, el rascarse la barbilla ante los “perdedores”, el escándalo ante tal o cual paradoja, el anecdotario de la ceremonia… Y, no podían faltar, los sarcasmos sobre la proliferación de premios —104 en total— que concede la Academia de Ciencias y Artes de la Grabación.

Como casi todos los años, he leído en la prensa y he oído en la radio chistes sobre el premio al mejor disco de polka (que conste: se lo llevó Jimmy Sturr, en la foto, por “Top of the world”, en el muy fiable sello Rounder). El subtexto de esas gracietas es (1) mira qué pardillos son los yanquis o (2) esto justifica que nos tomemos los Grammy a broma.

Me parece que es todo lo contrario. Cierto que la multiplicación de categorías tiene una de sus explicaciones vergonzantes en que la Academia ansía contentar a la mayor parte posible de partes interesadas. Aun así, las reglas para encajar a un disco en determinado nicho tienen lógica y resulta difícil imaginar que los Grammy acojan resultados tan bochornosos como los de los últimos Premios Amigo, siempre tan lamentables, donde Las Ketchup ganaban como grupo revelación y como artista revelación femenino, un misterio del calibre del de la Santísima Trinidad.

En los Grammy hay coherencia y dinamismo: el establecimiento de nuevos premios responde a la necesidad de intentar marcar las tendencias dominantes. Se oficializan cuando es algo bien extendido y con reflejo en las listas de venta. Así, me llama la atención la categoría 34: “Mejor colaboración de cantante y rapper” (este año se lo llevaron Kelly Rowland y Nelly). Desde que el rap tuvo uso de razón sus protagonistas aliviaron la posible monotonía de sus discos con la intervención de grandes voces soul (generalmente femeninas) y ahora son raros los discos de rap que no contienen al menos uno de estos emparejamientos, muy útiles para hacer digerible una música que todavía se atraganta a muchos oyentes. Otra categoría reciente, impuesta por la realidad del mercado, es la nº 89: “Mejor grabación remezclada” (se lo ha llevado Roger Sánchez a partir de “Rock steady”, de No Doubt).

Ocurre que la música negra —rap y r&b— está entre los principales motores económicos de la industria discográfica y sus protagonistas, por razones ancestrales de especial sensibilidad ante la marginación, exigen reconocimiento. Otras áreas musicales tienen menos necesidad histórica de premios y no gritan lo suficiente para que se reconozca su especificidad. Por ejemplo, no hay premio para el punk, aunque se podría argumentar que Green Day, Offspring y compañía ocupan una rica tajada del mercado estadounidense. Como el que no llora no mama, los punkitos californianos tienen que competir en las categorías de rock, metal, rock duro y, ejem, rock alternativo.

¡Volvamos a la polka!

Pues sí. La Academia estadounidense hace un hueco para la polka. Que sepan esos listos que se trata de una música popular particularmente extendida por todo el país. Los emigrantes de Polonia, Checoslovaquia o Alemania cruzaron el charco con sus acordeones. Y la polka se convirtió en una de sus señas de identidad, mantenida con un entramado de pequeñas compañías y modestos circuitos de directo, más fiestas comunitarias que conciertos en teatros. Además, los ritmos centroeuropeos se contagiaron a otra minoría, la de los chicanos, descendientes de mexicanos que —especialmente en Texas— añadieron la polka a sus repertorios de corridos, rancheras y boleros.

La polka hasta tiene su vanguardia rockera, grupos que sumaron decibelios a las bailables fórmulas ancestrales. Brave Combo, que contó con la bendición de David Byrne, abrió brecha y ahora puedes escuchar temas de Hendrix en polka, aparte de alucinar con “polka bands” de actitud y sonido punky (eso sí, siempre con acordeón al frente y temas bailables de fondo).

En términos económicos, la polka no es gran negocio (el dato revelador es que las compañías fuertes no graban esa música). Sin embargo, los polkeros supieron presionar a la Academia hasta lograr ser reconocidos. Algo que —sorpresa, sorpresa— no ocurre con otra riquísima especialidad estadounidense que también lleva el acordeón como bandera: la música cajún (con su derivación negra, el zydeco).

Gumbo de Louisiana

Otra historia de migraciones: en Canadá, las guerras entre los reyes de Francia e Inglaterra provocaron la expulsión “manu militari” de muchos colonos de origen francés que se habían instalado en Acadia, ahora Nueva Escocia. Muchos de ellos volvieron a Francia, otros fueron a las Antillas francesas y bastantes encontraron refugio en la Louisiana, territorio que se pasaban los monarcas de España y Francia, aunque se vieron obligados a establecerse en el pantanoso interior. Eran los desdichados “acadians”, término que degeneró en “cajún” y que ahora sirve para designar una cultura vitalista que todavía utiliza un francés muy peculiar y se enorgullece de una gastronomía que ha saltado sus fronteras originales (a pocos metros de la Puerta del Sol madrileña encuentras comida “cajún”). Lo “cajún” contaminó a la población rural negra de Louisiana generando el “zydeco”, diferenciado por su espinazo de blues y popularizado por figuras como Clifton Chenier, desdichadamente fallecido en 1987.

Los artistas de “cajún” y “zydeco” tienen más visibilidad internacional que los polkeros; giran por el extranjero y, ocasionalmente, hasta graban para compañías fuertes. Pero se trata de músicas campesinas, que florecen en el estado más pobre de los United States of America. No tienen un “lobby” que pelee por ellas y eso explica finalmente que carezcan de espacio propio en los Grammy (aunque este año estuvo nominado un chispeante homenaje al sonido “cajún” llamado “Evangeline made”, distribuido en España por Nuevos Medios).

¡Latino power!

Los hispanos de Estados Unidos sí aprendieron cómo se juega al poder y cómo se adquiere visibilidad cultural en aquel país. Unos se enteraron pronto (los cubanos de Florida, los portorriqueños de Nueva York) y otros tardaron en asimilar la lección (generalizando, los mexicanos). El apartado latino de los Grammy refleja este desarrollo desigual.

Los Grammy latinos corresponden a discos de pop latino (este año Bacilos), rock latino/alternativo (Maná), tropical tradicional (Bebo Valdés), salsa (Celia Cruz, en la foto de la derecha), merengue (Grupo Manía), mexicano/mexicano-americano (Joan Sebastián) y tejano (Emilio Navaira). Más el otorgado, en otra zona, a “Mejor disco de jazz latino”, que se ha llevado el Caribbean Jazz Project, por “The gathering”.

Los latinos han sido particularmente insistentes en la necesidad de ampliar categorías. Tanto que, ¡ole sus huevos!, lograron que la Academy anglosajona pariera la Academia Latina de Artes y Ciencias de la Grabación, alias la Academia Latina de la Grabación, una concesión que ha dado enormes quebraderos de cabeza a la institución madre, que se ha visto en medio de las envenenadas guerras de los cubanos anticastristas, un exilio que cuenta con un ala extremista que se sitúa justo a la derecha de Adolf Hitler y Genghis Khan.

Más allá de esos famosos incidentes de boicots y alborotos, traslados de ceremonias y denegación de visados, todavía late el conflicto secreto que enfrenta a dos de los principales grupos de latinos en Estados Unidos. El clan más poderoso, con fuertes agarres en Washington, es el de los cubanos, que, de forma rutinaria, acapara la visibilidad y las migajas del poder que muy bien podrían corresponder a los infinitamente más numerosos estadounidenses de origen mexicano. Cifras cantan: según el censo del año 2000 en USA había 1.242.000 cubanos de origen frente a 20.641.000 mexicanos (y no cuentan los millones de ilegales). Dicen que, por cada disco de salsa o similares especialidades caribeñas que se vende en Estados Unidos, son dos los discos mexicanos que se despachan. Sin embargo, cubanos y portorriqueños copan los premios, las portadas de revistas, los papeles en Hollywood, las campañas de publicidad… Y los mexicanos se resienten de la hegemonía de lo que llaman la mafia de Miami, con los Estefan a la cabeza. Pero ésa es una guerra que ahora no nos concierne.

Las otras músicas clandestinas

Lo que también te revela una lectura minuciosa del listado de premios Grammy es que una porción muy considerable de la música “Made in USA” no llega a España. De los nueve premios de country sólo están disponibles los discos de Johnny Cash y Dixie Chicks, mientras sí puedes localizar los seis discos de jazz galardonados, al igual que los dos de blues, curiosamente divididos entre “Blues tradicional” (B. B. King) y “Blues contemporáneo” (Solomon Burke, que a mí me suena más a soul pero igualmente es motivo de regocijo).

De los seis títulos de gospel aquí sólo hemos visto “Higher ground”, de los Blind Boys of Alabama, debido a que, bendita sea, graban para Real World. Tampoco recomendaría ir a buscar a una tienda española los tres Grammy de folk, firmados por Doc Watson & David Holt, Nickel Creek y Mary Youngblood.

Quedan fuera del radar de la Academy otras músicas estadounidenses con fuerte implantación geográfica o racial. Así, el klezmer, que en los últimos años ha salido de los barrios judíos. O la música celta, que ya no es sólo prerrogativa de los descendientes de irlandeses: existe allí un extenso circuito que, además, no practica el exclusivismo étnico, como pueden atestiguar españoles como Milladoiro o Carlos Núñez. Otra maravilla ausente: la riquísima música hawaiana.

A pesar de todas sus carencias, los Grammy retratan una realidad poliédrica bastante mejor que su versión española, los Premios de la Música que otorga la Academia de las Artes y las Ciencias de la Música (¿no les da una cierta vergüenza a las cabezas pensantes de SGAE, tan defensoras de nuestra particularidad cultural, copiar casi íntegramente el nombre de la institución gringa?). Veamos algunas aberraciones de la VII edición. En “Mejor tema de música electrónica, dance y hip hop”, compiten Chambao, Chambao y... ¡Lucrecia! (imagino que los hip hoperos deben estar subiéndose por las paredes). Igual con “Mejor álbum de música tradicional-folk”, donde están La Vieja Trova Santiaguera, Manzanita y Carmen París. Sin palabras: me quedo sin palabras. Pero la Academia de la SGAE se resiste a ampliar categorías (en la actualidad 29), por los conflictos que eso trae a la hora de la ceremonia televisada: la cadena sólo quiere retransmitir los premios gordos, nada de pedrea. Como en todo, aquí también se nota el Imperio de la Televisión.

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Cosa grande es…

Moncho Alpuente como presentador

Lo comprobamos en la FNAC, durante la presentación del libro de los Kikes sobre Rosendo. Aunque venía directamente del autobús que le había traído desde Segovia, Moncho se disparó a hablar y nos puso a reír con su deleite en la paradoja (aunque el caso que contó de CBS y Hombres G no fuera exacto) y su espíritu combativo. Resulta que Moncho Alpuente, en su faceta de cantante humorístico, compartió, en los años 70, locales de ensayo con Rosendo (“habitáculos donde los instrumentos corrían peligro por las goteras”). También hizo hincapié en la relevancia cultural del guitarrista, recordando que “La sana intención” es el cuarto libro publicado sobre la figura de Rosendo, “mientras que las aportaciones creativas de los chicos de ‘Operación Triunfo’ se podrían resumir holgadamente en folio y medio”. Chapeau.

El amor de Michael Jackson por el dinero

Michael Jackson puede estar p’allá, pero no es nada tonto en cuestiones económicas. Al menos si es cierta esta historia que circula por la industria norteamericana. Hace unos años suspendió un concierto en Nueva York. Enfrentado a la necesidad de devolver el dinero de las entradas (en su mayoría vendidas por Internet) tuvo una ocurrencia genial. Mandó a cada uno de los fans desencantados un cheque con su firma. Casi todos los destinatarios prefirieron guardarse el cheque como recuerdo en vez de llevarlo al banco, con lo que Jackson se quedó con prácticamente toda la taquilla sin tener que ofrecer el concierto. ¿Es tonto o sólo lo parece?

Un grupo que resiste a las adversidades

¿Recuerdas La Lengua Suelta? Un dúo de sangre venenosa (de la sevillana familia Veneno) que se benefició de un publicitado concurso de nuevos grupos y fue lanzado por Sony. Después el cuento de hadas se agrió. Me lo explica Fidel Moreno, autotitulado Comediante en Jefe: “Vendimos 7.000 copias y a la Sony no le cuadraban las cuentas, así que nos dieron (curioso eufemismo) la carta de libertad. Llegó José María Cámara y mandó parar; como sus nuevos subordinados temían verse afectados por la inevitable reconversión sólo le dieron nuestro disco y las cifras de venta. Nada de ejercicios de autocrítica ante el jefe; nadie le habló de lo mal que nos habían vendido, de la estafa del concurso Movistar en el que ganando el voto popular nos vimos relegados por obra y gracia de 40 Principales a un segundo e inexistente premio, de su torpe e improvisada estrategia de promoción, de cómo el flamante manager que nos habían impuesto no nos buscó ni un solo concierto… en fin, de su falta de profesionalidad y de amor por la música. Es curioso, pero esta gente necesita quien les mande. El Cámara tardó en llegar un año y a nosotros nos tocó vivir ese momento de desconcierto, con la apisonadora de ‘Operación Triunfo’ en pleno esplendor y en una compañía discográfica falta de reflejos. De todo se aprende, y de lo malo más que de lo bueno. Ha sido una experiencia interesante: ya sabemos lo que no queremos”. La Lengua Suelta sigue tocando, en formación de cuarteto y con la lección aprendida: como afirmaban Los Cardíacos, “las discográficas no dan la felicidad”.

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