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El recordatorio de que el rap es ahora la música que, en Estados Unidos, sirve para vender ropa de marca y objetos de lujo. Un libro sobre Nacha Pop. Y la lista de aplausos y pataleos. Octubre 2002 Mi ropa rap, mi alcohol urban, mi corre r’n’b
Consciente de que esos géneros son negros en su raíz pero tienen un público multirracial, “Vibe” evita el afrocentrismo para que no resulte una lectura intimidante. Allí se pueden colar artistas tipo Beck, Björk, Radiohead o ¡Shakira! Hay leves pinceladas políticas o sociales sobre el “ghetto”, pero no discursos agresivos. Ni siquiera se aprecia una postura --como la de “Rolling Stone”-- en contra de las salvajes leyes antidrogas que han encerrado a centenares de miles de negros durante décadas. Aunque “Vibe” cueste 3.99 dólares se parece mucho a las revistas “modernas” gratuitas y los suplementos “de tendencias” que sacan los periódicos españoles. Todo muy picado: secciones de mínimo texto, muchas pistas, tono entusiasta. Y lo más extraordinario: aunque sea mayormente musical, sus principales ingresos son publicidad de otros negocios. La música es lo último El citado número de septiembre tiene 258 páginas y las dos terceras partes son anuncios. De ellas, más de cien se dedican a ropa y calzado. Trece anuncian productos de belleza, una menos que las consagradas a bebidas alcohólicas. Sólo siete son publicidad de discos o conciertos, aproximadamente el mismo espacio que tienen el cine, los coches y --en United States of America están en pie de guerra-- las invitaciones a alistarse en diferentes cuerpos militares. Aparte de la pura envidia profesional ante una revista tan saneada en ingresos publicitarios --además despacha más de medio millón de ejemplares-- me apabulla comprender que el rap, inicialmente música revolucionaria bla bla bla, ahora es el centro de una forma de vivir basada en el exhibicionismo de marcas, en la celebración del poder adquisitivo. De acuerdo: eso corresponde a la lógica del país del capitalismo salvaje. Tampoco voy a lanzar filípicas contra el materialismo de las estrellas “urban” y su público: para los afroamericanos (y los latinos, parte importante de los lectores de “Vibe”), con recuerdos muy vivos de la miseria, acceder al consumismo supone un triunfo personal del que se presume ante la colectividad. Aun así, molesta que --aparte de tres reportajes de moda, con grato tono “sexy”-- muchas de las fotos de cantantes y rapperos sean sesiones de moda levemente disimuladas, con la correspondiente información de marcas. Aparte de su esencia musical, el rap y el r’n’b son hoy plataformas para difundir el “urban look”. Todos los tipos listos, productores y artistas, tienen sus propias líneas de ropa, diseñadas por ellos mismos. O no: alucinas al toparte con una página de “Bob Marley footwear”. Amigo: el difunto profeta rasta ahora vende zapatos deportivos. Nuevos modos de publicidad
Quedan lejos los tiempos en que Run DMC se buscaba el patrocinio de Adidas tras lanzar su “My Adidas”: por lo visto, ahora se va hacia el pacto previo sobre menciones de marcas y modelos. Se trata de aplicar lo del “product placement” a las canciones. Igual que en las series televisivas --o en las películas de Pedro Almodóvar--, la cámara se detiene más tiempo del necesario en determinados objetos; se está pagando por destacar marcas en los discos, los clips o la promoción. A veces la recompensa tiene que ver con el acceso a lujos exclusivos. El mencionado Mr. Stoute consiguió que una de sus amigas, la rapera Lil’ Kim, se fotografiara tendida sobre un Ferrari. A cambio, Stoute consiguió que le colocaran en la lista de los 250 potentados estadounidenses a los que se concedió un buga de fabricación limitada, el Ferrari 360 Modena, previa entrega de 200.000 dólares. Luego Stoute se quejó amargamente: “The New York Times” se burló de que un alcohólico del trabajo se comprara un vehículo nada apto para sus desplazamientos por Manhattan. Pobrecito. La fiesta de Blas Diddy
La fascinación por lo “ghetto fabulous” ha desembocado en un deseo de llevar una vida aún más refinada que la de la aristocracia conservadora. Los rappers de platino han impuesto su dinero fresco y se han hecho con mansiones en Hamptons y otros rincones antaño reservados al “viejo dinero” neoyorquino. Y han aprendido el arte de la fiesta exclusiva. P. Diddy, antes Puff Daddy (el-novio-peligroso-de-Jennifer-López), decidió montar “The Greatest Party of All Time” tras la ceremonia de entrega de los últimos Premios de Vídeo Música del canal MTV. Los candidatos a la fiesta --”has sido seleccionado y tendrás el honor de participar en un evento histórico”-- recibían unas tarjetas doradas, un librito recogiendo fotografías de anteriores saraos de P. Diddy y una serie de instrucciones. Aquí no entra cualquiera Decretaba el anfitrión que los invitados masculinos debían llegar bien afeitados, igual que las mujeres (depiladas, uñas arregladas). Los vaqueros y los zapatos poco limpios se castigarían con la prohibición de entrar. Y más. El código de vestimenta también era rígido. Sugerían recurrir a cuatro marcas del gusto de Diddy --Sean John Collection, Gucci, Versace, Yves Saint Laurent-- o “pide consejo a tu estilista” (estamos en un planeta donde todos tienen un estilista a sueldo). Los que consiguieron entrar disfrutaron de las bebidas más costosas y de espectáculos “ghetto fabulous”, ya saben, bailarinas semidesnudas colgadas del techo y esas cosas. Más dura será la caída No se sabe cuánto costó el guateque. Pero fue demasiado para BMG/Arista. Unos días después la compañía de Puff Daddy/P. Diddy decidió rescindir su contrato. Sus gastos de promoción --se desplazaba con una verdadera multitud de amigos y empleados-- eran tan extravagantes como los presupuestos de sus vídeos y sus discos; al bajar sus ventas se había convertido en un artista no rentable. Ya no generaba éxitos, ni bajo su nombre ni a través de sus descubrimientos. Y, en vez de intentar remediar su situación, gastaba sus energías --y el dinero adelantado por BMG-- en montar La Fiesta Más Grande de Todos los Tiempos. El disparate se les atragantó a los germánicos dirigentes y accionistas de Berstelmann. Diego A. Manrique
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