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Michelle Branch empieza su camino por convertirse en la nueva novia americana. Mayo de 2002

La nueva Cenicienta

Desde que empezó a tocar la guitarra hasta que un disco suyo apareció en las tiendas sólo pasaron tres años. No es algo anormal en un país como Estados Unidos; siempre puedes (si eres chica) convertirte en la nueva Cenicienta del país y encontrar a una Madonna cualquiera que haga que te conviertas en la nueva novia de América. Michelle Branch ya ha vendido más de un millón de discos y ha girado por Japón. No está mal para una chavalina que acaba de cumplir los dieciocho.

El caso es que aparenta quince. Dieciséis a lo sumo. Nada más verla uno se pregunta si esta mujercita es realmente una hija de Estados Unidos, de ese país donde casi todo el mundo parece estar enormemente gordo y en el que las chicas nacen midiendo un metro de altura.

-- “¿Podemos cambiarnos de sitio? Es que aquí se ha fumado y, como no estoy acostumbrada, me molesta el olor”, dice una vez nos hemos saludado (dándonos la mano, por supuesto).

Evidentemente sí es norteamericana. Canijilla, pero norteamericana. Su primer disco serio así lo atestiguaba: un puñado de canciones efervescentes en el mismo cuadro que el sinfín de cantautoras clónicas que aparecieron en la segunda mitad de los noventa. Michelle tiene sobre ellas un sonido más abierto, un entorno más popie si se quiere. Sus temas no parecen ni una revolución feminista de bandera ni un canto a las depresiones psicológicas de sus protagonistas. Canta con un espíritu juvenil que da a sus temas un aire más agradable y una mayor relajación en la escucha.

Después de instalarnos en una mesa de la que retiro el cenicero (la tentación es muy fuerte) le pregunto por la anécdota narrada más arriba, por la rapidez con la que se ha incorporado al mercado musical. “Desde que empecé a tocar la guitarra noté que amaba la música, que me llenaba. Estaba tocando y haciendo canciones día y noche: no hacía otra cosa. Así, poco a poco, empecé a tocar delante de la gente y noté una respuesta lo suficientemente buena como para empezar a pensar en grabar un álbum. La gente me preguntaba si tenía algo que ellos se pudieran llevar a su casa para seguir escuchando, pero yo… no tenía nada. Grabé un disco en plan independiente, pero quizá no debí haberlo hecho dado que, según lo terminaba, me ofrecieron este contrato discográfico”, recuerda.

Según ella misma, aquel disco “estaba bien, aunque éramos sólo mi guitarra y yo. Algunos de quienes han escuchado también el nuevo dicen que aquél les gusta más, pero supongo que será porque prefieren ese tipo de música, más orgánica y acústica. Yo pienso que éste está mejor: he tenido mucha más libertad creativa y he probado todo lo que me apetecía hacer. Ha sido infinitamente más divertido grabarlo”. Cuando Michelle habla de “éste” se refiere a “The spirit room”, el segundo álbum que ha grabado en su vida pero el primero que le ha abierto realmente las puertas de la popularidad. Fue lanzarlo y empezar a sonar en las radios de todo el país hasta conseguir ensalzarlo a la certificación de disco de oro (quinientos mil ejemplares en Estados Unidos). Luego llegaron las giras, conocer países extraños e, incluso, aterrizar en Europa y en lugares donde el uso del tabaco aún es algo habitual.

Pero no vayamos tan deprisa. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de aprender bien las lecciones de quienes se han convertido, de la noche a la mañana, en estrellas dentro del mayor mercado discográfico del mundo. “Me llama la atención que quienes prefieren mi primer disco hablen de lo bien que está el sonido y de lo cuidadas que están las canciones. ¡Lo hicimos en ocho días! Todo resultaba un poco frustrante porque apenas tenías tiempo para hacer cualquier cosa que se me ocurriera en ese momento. Con ‘The spirit room’, sin embargo, todo era justamente al contrario: podías probar cualquier cosa”.

Lógicamente, cuando metes a una cría de diecisiete años en un estudio de última generación (el contrato que le pusieron a Michelle encima de la mesa estaba firmado por Maverick, el sello de Madonna) no la dejas que ande por ahí como si estuviera en una tienda de ropa. El guardián de los trastos, unas veces papá espiritual y otras consejero musiqueril, fue John Shanks. “Al principio no me llamaba la atención trabajar con él. Es más: me imponía, me daba un poco de miedo. Cuando ves su currículum piensas que vas a estar ante alguien que muestre poca comprensión con una persona que empieza. En mi primer disco el productor era apenas algo más que un técnico de sonido “--comenta la canijilla--”. El caso es que nos conocimos y decidimos intentarlo a ver qué salía. Fui a su estudio y comenzamos a trabajar. En cuatro horas compusimos una canción y hasta la grabamos tal y como aparece finalmente en el disco, así que dejamos claro que había una buena conexión y que existía cierta química entre nosotros. A lo largo de la grabación del álbum aprendí mucho de él. Yo sólo conocía a músicos de mi círculo, de mi edad, y cuando él me contaba anécdotas de su trabajo no hacía más que aprender con cada una. Ahora tengo una muy buena relación con él, nos llamamos de vez en cuando y seguimos en contacto”.

Puede que el currículum de Shanks no llame tanto la atención para un aficionado foráneo, pero, hasta cierto punto, parece lógico que Michelle tuviera ciertos reparos para ponerse delante de un individuo que había sido el cerebro musical del “Trouble in Shangri-La” de Stevie Nicks o que fuera el alter ego guitarrístico y productor de Melissa Etheridge en su álbum de fin de siglo. Precisamente Melissa, más que Stevie Nicks, es uno de los nombres que puede venirte a la cabeza según escuchas “The spirit room”. Puede que por su forma de tratar el sonido de las guitarras (¿Shanks?) o por los crescendos que aparecen en sus temas y que también son uno de los pilares de las canciones de Michelle.

Ya metidos en berenjenales, el nombre más evidente que aparece en la conversación es el de Alanis Morissette, probablemente la más exitosa de las cantautoras electroacústicas que ha salido en una década. Michelle tiene mucho de ella, aunque, con las mismas, también tiene diferencias obvias. “Cuando la gente lo dice me apetece preguntarla sobre las influencias musicales de Alanis. Igual ambas tenemos las mismas y ese parecido que se ve pueda derivar de ahí. Yo aprecio amplias diferencias entre Alanis y Melissa, y entre ellas dos y yo, pero… es evidente que a todas se nos trate un poco igual, sobre todo en el caso de Alanis. Ella también empezó muy joven y, de momento, tiene una carrera corta”.

Evidentemente, la gran diferencia entre una y otra no es tanto musical como de repercusión. Las ventas de la Morissette pueden eclipsar las de Melissa y Michelle juntas, pero también la canadiense comenzó siendo una cría, muchos años antes de que apareciera en el mercado “Jagged little pill”, con un disco de adolescente del que ahora su protagonista casi ni quiere oír hablar.

Hablando de influencias, llama la atención las que esta chica tan pequeña nombra como fundamentales. Uno, que esperaba escuchar cosas de última hornada, de ésas de “usar y tirar”, empieza a oír que si los Beatles eran la leche y que si Dios cantara tendría la voz de Robert Plant. “También escucho otro tipo de música, pero, cuando realmente quiero relajarme o me siento en el sofá a escuchar un disco completo, suelo ponerme un clásico. Mis padres tenían una buena colección de discos y muchos de ellos me encantaban. Siempre recurro a ellos”. Sorprendente: una chica de Arizona (con cara de chica de Arizona) que, de cuatro monstruos, señala a tres ingleses. El tercero es nada menos que… ¡Cat Stevens! (¿Sabrá Michelle que hace mucho tiempo se hizo musulmán?) y el único americano al que se refiere es Jimi Hendrix.

Por mucho que lo intento, no consigo encontrar referentes de esta gente en las canciones de Michelle si exceptuamos, claro, los parlamentos amorosos y (hasta cierto punto) ñoños que iluminaron la carrera de los Beatles y que tan presente están en la vida de una chica de dieciocho años.

Le pregunto (me resulta inevitable) por chicas con la repercusión de Britney Spears, Jennifer López o Mariah Carey. Al fin y al cabo, aún no he visto cómo se lo hace Michelle en directo y la anécdota del tabaco aún me tiene afectado. Los gestos que hace esta chiquilla cuando habla (hasta se sienta con los pies en la silla y se esconde las manos en las mangas de su jersey) me recuerdan, no sé por qué, a imágenes de vídeos en los que alguna de estas divas empezaba siendo una plácida adolescente antes de convertirse en una verdadera loba. Michelle no se inmuta por la pregunta y, sin hacer ni un mínimo gesto, desprecia a las dos últimas: “No me gusta Britney Spears: no la escucho “(Hummm, ¿cómo se come eso?)”. Ahora bien: la respeto como artista. Ha llegado muy lejos y eso supone un trabajo enorme que merece admiración. A mí, cuando empezaba, me llamaban la antiBritney. Hacía una música radicalmente diferente a la suya y ella estaba en un momento de gran éxito”.

Por diferenciarse (de momento) se diferencian hasta en las ilusiones, pero no en concreto en aquéllas que apuntan a la fama y la popularidad: “Yo quería sacar un disco y que la gente me escuchara. Cuando empecé a tocar en público la gente me decía cosas como ‘¿Qué haces aquí? Eres tan pequeña que ni siquiera deberían dejarte entrar en un sitio donde se vende alcohol’. En esos momentos sueñas con que algún día todo el mundo se sepa tus canciones, las canten en tus conciertos, les gusten… Probablemente lo que más me gusta de esto es tocar en directo, notar esas sensaciones en la gente”.

En las que personas como Britney o Mariah no coinciden con Michelle es en que la más cría de todas tiene vocación de ONG. Desde su primera entrevista pública animó a la gente de su edad a involucrarse más en la música, a que cantara más que escuchara. “Siempre me encantó la sensación que tienes cuando descubres a un grupo que no conoce nadie y se lo empiezas a recomendar a tus amigos. Es fascinante cuando, al final, ese grupo termina haciéndose grande y famoso. Yo, de algún modo, estoy en ese terreno: alguien me ha descubierto y puedo tener un futuro. Actualmente, con las giras que hago, puedo conocer a muchos más artistas buenísimos que nunca llegarían al despacho del ejecutivo de una compañía de discos, gente que nunca sale de sus despachos de Nueva York o de Los Angeles. Me encantaría poder ayudar a alguien a conseguir algo dentro del mundo de la música”.

Nadie le puede negar el romanticismo a la idea. Al fin y al cabo, es una buena manera de empezar.

Me intereso ahora por su actividad en directo. Michelle ha pasado en muy poco tiempo de tocar en pequeños pubs con su guitarra a hacerlo delante de audiencias respetables. Sus canciones suenan en la radio con la suficiente frecuencia como para que el público se las sepa y, al paso que va, puede convertirse en la próxima “chica políticamente correcta” americana que escale los altos puestos de las listas de ventas. “Al principio me tuve que acostumbrar a la banda y a su sonido, algo que no me costó demasiado. Luego pensé que, si en alguna canción soltaba la guitarra, igual tenía más facilidad para expresarme. Eso sí que me costó una barbaridad: la guitarra era como una protección y un sitio en el que ocupar las manos. Cuando lo conseguí empecé a pensar en algo más visual, algo que se me ocurrió después de ver un show de Madonna. Lo de Madonna no es un concierto, sino un verdadero espectáculo musical. Yo no puedo hacer eso, pero sí puedo cuidar las luces, tener en cuenta los tiempos del concierto… no sé, algo que genere que, cuando alguien me vea, diga: ‘un buen show’. Algo así”.

Por el momento habrá que fiarse de su palabra, ya que, aparte de conceder entrevistas, Michelle no tiene previsto tocar en Europa por ahora. Sus citas concertadas la embarcan (ya estará liada) en una nueva gira americana que continuará en el sudeste asiático y en Australia. “Me encantaría venir a Europa antes de acabar este año. Tocar en directo es lo mejor que sé hacer y sé que a la gente le gustaría”, dice con cara ilusionada.

Lo que no sabe si le gustará tanto al público es su música. La habitual respuesta de “me gustaría, pero no espero nada especial” se repite en esta ocasión. Parece que, en este aspecto, todo el mundo se ha hecho muy cauto y a nadie le gusta quedar de prepotente.

Donde sí puede verse a Michelle es en la caja tonta. La chica ha grabado ya tres vídeos que han obtenido una enorme rotación en la MTV. A nadie se le puede escapar que eso es casi un sinónimo de popularidad en los States. “En los dos primeros que hicimos yo estaba muy cortada. Nunca había hecho algo parecido y todo el despliegue que se monta en una cosa de éstas me superaba. Luego, en el tercero, ya parecía más acostumbrada e, incluso, pude colaborar en el guión. Mis vídeos no tienen nada del otro mundo: salgo vestida tal y como salgo a la calle y los apartamentos que salen podían ser perfectamente mi apartamento. Lo normal es que esté en casa soñando con un chico y que, de ahí, empiece a tocar la canción”.

Bueno. El tiempo se acaba y he conocido un poco más a la autora de “The spirit room”. En estos momentos, si no fuera porque ha conseguido despachar más de un millón de copias de su disco en los países en los que se ha puesto a la venta, probablemente estaría preparando los exámenes que corresponderían a la carrera de música. Ella quería estudiar eso una vez finalizó la high school, pero, como bien dice, “seguro que estoy aprendiendo más con esta experiencia que con un millón de clases”.

E.P.

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