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Los despidos en las discográficas se convierten en la noticia del año. Marzo 2002

Poniendo rostros a la crisis

Demos la vuelta a la tortilla. La noticia musical de la temporada no es el fenómeno “Operación Triunfo”, sino la oleada de despidos en la industria discográfica. La crisis aprieta y DIEGO A. MANRIQUE busca culpables o razones.

Se me hace cuesta arriba. Cuesta mucho hablar de música cuando te llega el estruendo de despidos, proyectos cancelados y sellos que desaparecen. Corre la sangre en Universal, Sony, Fonomusic, EMI… Abruma comprobar cómo la catástrofe del contrato-del-siglo-de-Mariah-Carey termina afectando a amigos, a profesionales que respetas, a conceptos discográficos en los que creías. Aunque no sea lo habitual, que conste que en el mundo del disco hay bellísimas personas, gente inteligente y hasta amantes de la música que no se merecen tanta agonía.

Mientras tanto, los diarios siguen cacareando necedades como que “Operación Triunfo” ha salvado en el año 2001 a la industria española del disco. Mire: pues no. Habrá sido un maná de millones para Vale Music, pero no ha beneficiado al resto de las compañías, que más bien han sentido el devastador efecto del desplazamiento del comprador casual hacia esos discos de sucedáneos. Es el equivalente musical de afirmar que la economía mundial está pujante tras el 11 de septiembre tomando como indicativo los negocios de la industria armamentística.

Los medios (con raras excepciones, como la peleona “La Luna del Siglo XXI”) no se han cubierto de gloria con el seguimiento de “OT”. Se ha llegado a publicar que “los concursantes caen tan bien que los pirateadores han renunciado a poner sus discos en las mantas”. Encantador detalle colar una mentira tal para reafirmar el amor universal (¿obligatorio?) por las cobayas de la Academia.

Bueno. Basta ya. No creo en “Operación Triunfo”. No creo en sus artistas. No creo en el concepto musical de Gestmusic. No creo que el gran público tenga una mejor idea de la realidad del arte/industria musical tras observar lo que ocurre en esa Academia de Alto Rendimiento o como se llame. ¿OK? Hablemos ya de la maldita crisis.

”Los críos están en otra película”, dice Mr. Virgin

La crisis es internacional. Circula un emilio que Richard Branson, el visionario de Virgin, envió a los empleados de V2, su actual disquera. Se trataba de justificar la Inevitable Reestructuración (léase Despidos de Personal y Artistas más Recortes Drásticos de Presupuestos) y, a diferencia del discurso habitual entre nosotros, no menciona ni la piratería ni los hijos de Napster:

“La industria de la música en general está pasando por tiempos duros. La competencia que suponen Internet, los teléfonos móviles, los juegos, la televisión por satélite, etc., significan que la música ha dejado de ser la prioridad número uno para mucha gente joven”.

Y la gente joven es, ya se sabe, uno de los principales motores de la industria musical. También habría que mencionar que V2 ha conseguido una notable escudería artística en línea rock, pero sólo un grupo supervendedor, Stereophonics (esencialmente, famosos en el Reino Unido; hace muchos años que los triunfadores en Londres dejaron de conseguir automáticamente un eco fuera de Gran Bretaña e Irlanda).

Los que conocieron V2 en sus días anteriores a La Reestructuración se maravillan de una empresa sin problemas económicos. Más bien, recuerdan que allí corrían ríos de dinero, tanto en lo esencial (fichajes) como en lo accesorio (oficinas, cuentas de gastos de sus empleados). Aseguran que la central londinense contaba con una flotilla de coches y sus correspondientes chóferes: para V2 no era aceptable recurrir a taxis y mensajeros.

Viviendo a lo grande

¡Hablemos de vehículos! Los altos cargos de las discográficas tienen derecho a coche con cargo a la empresa (a veces hasta con conductor). Así que la rama española de una multinacional empieza a despedir personal unas semanas después de que su equipo directivo decide que el coche de sus sueños es un Jaguar. Unos dicen que cuatro, otros se empeñan en que fueron nueve los Jaguar que se compraron. Me dicen que, comparativamente, es “el chocolate del loro”, pero no queda bonito cuando el discurso oficial es pobrecitas-discográficas-acogotadas-por-la-piratería. No queda bonito y no infunde mucha moral entre los curritos que ven al fondo como el Jefe de Recursos Humanos (¡qué broma macabra!) afila el hacha.

Cierto: lo de los coches es broma en comparación con otras partidas. En las últimas décadas, las historias de megalomanía discográfica recuerdan los peores modos de Hollywood. Ya lo mencionamos aquí, pero conviene no olvidarlo: “Invencible”, el reciente disco de Michael Jackson, puede haber costado entre treinta y cuarenta millones de dólares debido a costumbres del cantante, como reservar un estudio durante semanas, hasta que le apetece trabajar, o hábitos dictados por la inseguridad, cosas como encargar temas a todo productor de moda, tipos que cobran barbaridades aunque al final no se utilicen. Con sus ventas actuales, “Invencible” se quedará en números rojos; ahora mismo, su compañía se niega a comunicar cuántos discos han despachado globalmente.

Se constataba recientemente en el Midem de Cannes: la industria discográfica francesa ha aumentado ingresos y ventas de unidades pero --fin de la euforia-- ha disminuido sus beneficios. Los costos de “marketing” se han disparado y cada vez es más difícil lanzar nuevos artistas, con los consiguientes huecos en la pirámide del talento. Mientras tanto, ante el espanto de los empleados de las discográficas, amenazados con la perspectiva de entrar en la cola del paro, los despilfarros más increíbles son el caviar de cada día. Recuerda: Jennifer López se desplaza a Barcelona, a cantar un tema en “playback”, con un cortejo de más de treinta personas. La cantante Anastacia, que tampoco es una hipervendedora, llega a Madrid con un séquito similar y todas las prerrogativas: hotel de primera, limusinas y mil caprichitos.

Los promocioneros tienden a la discreción y no amplifican las mamarrachadas de sus divinos cantantes. Sólo rompen su lealtad muy de cuando en cuando, en noche de copas, cuando se les escapa alguna anécdota sangrante. Una de las que he pillado se refiere a una figura estadounidense que exigió que su suite madrileña contara con un vídeo y películas en el NTSC de su país. Cualquiera que tenga ojos sabe que el PAL europeo ofrece mucha mayor calidad visual que el NTSC, pero la orden era tajante. Se revolvió Roma con Santiago hasta que se localizó una tienda que alquilaba reproductores y cintas NTSC. La estrella tuvo lo que quería en su hotel. Cuando se marchó, el responsable de devolver máquina y cintas comprobó que estaban tal como él lo había traído: no se habían usado. Todo fue un pulso, un ejercicio de poder para que quedara claro quién mandaba.

Fiche superestrellas y ¡hunda su negocio!

La industria del disco sufre la resaca de los triunfales años noventa, cuando el cielo parecía el límite. Esencialmente, los ejecutivos y los artistas creyeron en el espejismo del mercado infinito y realizaron sus previsiones de ventas sin contar con el desgaste de las estrellas o la calidad intrínseca de sus trabajos. Así, el “Glitter” de Mariah Carey es considerado un fracaso a pesar de despachar más de dos millones de copias y desemboca en la resolución del contrato con Virgin (endulzado con una compensación de veintiocho millones de dólares, que se suman a los veintiún millones del fichaje). Y “Glitter” es un verdadero fracaso económico si se computan los gastos de marketing y producción.

Vamos a contar historias de Mariah. No: dejemos los dramas de crisis nerviosas y amores frustrados, que hasta merecen que se corra un discreto velo. Vamos con algo más específico. El tema “Lover boy” se grabó en Estados Unidos y se completó en España. Ella descansaba en Marbella y necesitaba un estudio. El más cercano y prestigioso era El Cortijo. Pequeño problema: estaba reservado por Mojinos Escozíos. Se negoció con ellos: resulta que, a cambio de ceder el turno, los supergarrulos se conformaban con una foto de Mariah vestida con la camiseta de Mojinos (se trataba de repetir la jugada de Melanie Griffith que tan bien les resultó) y ella estaba dispuesta a posar pero no a que se difundiese la imagen; finalmente los Mojinos recibieron una pasta (pasta de verdad: varios millones de pesetas) que salió de las arcas internacionales de Virgin. Nada; eso era nada comparado con un contrato que pagaba cien millones de dólares por cinco CDs.

Mariah no terminó su “Lover boy” en El Cortijo y tuvo que recurrir al estudio Music Lan, en los alrededores de Figueres, para mezclar la parte vocal. En Music Lan están acostumbrados a clientes internacionales, desde los alemanes Die Toten Hosen hasta The King, el irlandés que canta “King of the road” al estilo Elvis en el anuncio del Audi. Pero los gerundenses todavía se parten de risa con aquella visitante. La Carey se presentó en limusina, vehículo nada adecuado para caminos rurales, sin asfaltar. Llegó con tres seguratas, un ingeniero y su equipo de estilismo. ¿Maquilladora, peluquero, estilista jefe para una sesión de mezclas? Sí: Mariah se cambió seis veces de ropa y look durante las doce horas de estancia en Music Lan. Cuentan que era entretenido verla moverse en short intentando sostenerse con sus taconazos sobre los guijarros cuando salía a respirar aire fresco….

Más estrellas que en el cielo

En tiempos de concentración mediática cualquier multinacional disquera está en venta. Warner Music estuvo a punto de hacerse con EMI-Virgin hace poco, pero la Comisión Europea vetó tajantemente una fusión --en realidad, una adquisición de los ingleses por parte de los yanquis-- que colocaba al monstruo resultante en una posición de predominio que atenta contra los principios de la libre competencia. Una boda similar entre EMI y BMG tampoco prosperó

Más que por la profundidad del catálogo histórico, el precio de una “major” se determina por las superestrellas que tienen en activo, figuras que cualquier inversor pueda reconocer. Añádase el ego de los cantantes y se entenderá la publicitada existencia de esos contratos babilónicos que escandalizaría a cualquier disquero con los pies en el suelo.

Por ejemplo… a Clive Calder. Su Zomba es la independiente número 1 del momento, pero basta visitar sus nada glamourosas oficinas centrales en Nueva York y Londres para comprender que rechazan gastos superfluos (Calder no considera tales los sistemas de depuración de aire en su despacho). Zomba no tira el dinero: propone sabrosos tratos de reparto de beneficios si las ventas van bien pero sólo adelanta cantidades para gastos profesionales. Además, diversifica su oferta y trabaja a la vez con Britney Spears y Tool, Groove Armada y R. Kelly. Zomba nunca hubiera fichado a Mariah, ni entonces ni ahora.

Esa es otra. Con el bolsillo lleno, pero oliendo a mofeta, la Carey busca desesperadamente hogar para sus gorgoritos. Y no es tonta: está llamando a las puertas de Def Jam., la principal disquera surgida del mundo del rap, para ver si la credibilidad callejera de la compañía disimula su condición de paria contaminada.

La soga que EMI se puso al cuello

La debacle de Mariah Carey se ha grabado con caligrafía de luto en el Libro de Oro de la Industria del Pop. Los responsables del fichaje ya están despedidos --desde luego, con fantásticas indemnizaciones--, pero eso no consuela a los accionistas. Un experto en bolsa del “Financial Times” señalaba con el dedo al consejo de administración, que dio el visto bueno al delirante contrato. A todo esto, las acciones de EMI estaban a un paso de adquirir la calificación de bonos basura. Para una compañía muy endeudada son pésimas noticias.

Para lavar la cara de EMI ha entrado en acción Alain Levy. Francés de cincuenta y tantos años, Levy es intimidante leyenda entre artistas y disqueros. No pertenece a la tribu de los ejecutivos que se mueven a gusto entre artistas, el modelo Clive Davis. Prefiere los despachos y las salas de reunión, donde mantiene a raya “con disciplina y tensión creativa” a sus principales empleados. No admite oposición: en sus tiempos de capo en Polygram no dudó en echar a Chris Blackwell, el fundador de Island, cuando éste le acusó de ser poco musiquero; se cargó igualmente a Andre Harrell, el responsable de reflotar Motown, por gastar demasiado. Y decidió que la sangría de “Glitter” ya era suficiente: otros cuatro discos más de Mariah con ventas flojas convertirían a EMI en objeto de ridículo durante demasiados años, así que mejor abrir un capítulo de perdidas extraordinarias y superar el trago de una vez.

A Levy se le exige que opere sobre EMI como un cirujano de hierro, que corte miembros sin piedad. En España eso se manifestó en la marcha abrupta del presidente Miguel Ángel Gómez, ex DRO, que apostaba por un plan que minimizara la sangría de personal. Le reemplaza un directivo argentino que, sin vínculos emocionales con la plantilla, llevará a cargo los despidos y recortes ordenados. Unos tajos que, aseguran, se cebarán en EMI (en España eso incluye a Hispavox y Chrysalis) y que dejaran relativamente indemne a la otra rama, Virgin.

Fiesta de la confusión

De momento sólo un dato en firme: la estrategia comunicativa de EMI-sin-Mariah ha sido desastrosa. A los medios llegaron noticias redactadas así:

“La popular etiqueta discográfica EMI va a desaparecer de la escena musical tras más de setenta años de existencia a sus espaldas. La noticia ha sido dada a conocer por Alain Levy, presidente de EMI, que, tras haber anunciado de nuevo pérdidas, ha dado a conocer que la empresa madre, en un intento de reducir costos y optimizar efectivos, se concentrará en Virgin y Capitol Records. EMI lleva más de seis meses en el ojo del huracán financiero, con pérdidas acumuladas que finalmente han podido con ella. De hecho, la industria discográfica está viviendo uno de sus peores momentos económicos. EMI fue creada en 1931 producto de una fusión entre las discográficas Gramophone y Columbia”.

Las lecturas consiguientes iban desde el malvado deleite con que algunos se autoconvencieron de que EMI cerraba hasta las lágrimas de cocodrilo de los que se escandalizaban de que un gabacho judío se cargara una institución inglesa como EMI (¡el hogar de los Beatles, por todos los santos!). Entre nosotros, también deberían haberse rasgado las vestiduras por la supuesta extinción de Hispavox…

Horas después, se intentó atajar los malentendidos con un comunicado de prensa que decía lo siguiente:

“EMI Odeón S.A., una de las compañías discográficas más antiguas del mundo y establecida en España desde 1915, ante las erróneas noticias aparecidas en diversos medios, comunica que, en ningún momento, se ha contemplado el cese de su actividad en nuestro país. Por el contrario --y de aquí, quizás, la confusión de las informaciones--, se creará EMI Records, una corporación y módulo de servicios para sus dos etiquetas básicas, denominadas, de ahora en adelante, Virgin y Capitol. En definitiva, la palabra EMI sólo dejará de usarse en etiquetas de discos comerciales para pasar a denominar a la nueva corporación. Asimismo, la marca EMI Classics seguirá albergando a uno de los mejores catálogos de música clásica del mundo.”

No. Yo tampoco termino de enterarme. Pero el hombre del tiempo discográfico pronostica tempestades para primavera, verano, otoño…

Diego A. Manrique

El síndrome del segundo disco

La lógica de los megacontratos tiene los pies de barro. Se basa en proyecciones optimistas que no toman en cuenta coyunturas desfavorables en lo económico, la competencia de esas otras ofertas de entretenimiento a las que se refería Richard Branson o, lo más decisivo, el cansancio del público, cada vez más veleidoso y menos paciente con excentricidades públicas como las de Mariah Carey o Michael Jackson.

Que no se interprete como una manifestación de soberbia generacional, pero la evidencia es fuerte: los ídolos de los últimos tiempos tienen una vida corta en comparación con los surgidos en los sesenta y setenta. En la vieja jerga de la industria se hablaba de “one hits wonders”, los prodigios de un solo éxito, que colocaban una canción en lo alto de las listas y desaparecían sin dejar rastro; sólo se volvía a saber de ellos cuando reaparecían en la crónica de sucesos.

Ahora tenemos las megaestrellas que lo son durante uno o dos años. Alanis Morisette, Hootie and the Blowfish, Sheryl Crow, Green Day, Melissa Etheridge, Boyz II Men e infinidad de artistas de rap captan el “zeitgeist”, el espíritu del tiempo: consiguen ventas extraordinarias con un disco; el siguiente vende la mitad, la tercera, la quinta parte… y sus autores son considerados fracasados.

El planteamiento es perverso: Alanis Morissette despacha veintiocho millones de copias de su primer disco de rockera adulta y la maquinaria se prepara --gastos de mercadotecnia sin límites-- para superar esa cantidad con el siguiente. Que finalmente despacha, digamos, cinco millones y, ya sabes: “Alanis ha pinchado”.

La mentalidad de las multis es similar a la que domina en Hollywood: todos sus esfuerzos se orientan hacia el “blockbuster”, el pelotazo rotundo, en vez de cultivar los triunfadores modestos (en términos estadounidenses, los que venden uno, dos, tres millones de copias) que responden a la realidad del presente, que es la de un mercado reducido a la vez que fragmentado en muy diversas tendencias.

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