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Silje Nergaard

El Sol. 6 de junio de 2002

Siempre es una grata noticia que aparezca un nuevo espacio dedicado al jazz en Madrid. Y lo es más aún si dicho espacio no es otro que El Sol. La sala es una de las clásicas (¿la más?) a la hora de programar conciertos y ha demostrado por activa y por pasiva la profesionalidad de todas las personas envueltas en su proyecto a través de la tira de años. Llenar El Sol de jazz es, por tanto, una garantía de que también esa música se va a oír con las condiciones que ella misma requiere. La sala ha comenzado a programar este estilo los martes, de modo que, si asistes ese día de la semana a partir de las once y media, te encontrarás un ambiente ciertamente íntimo, con mesas y sillas alrededor del escenario y con una programación que, de momento, va a centrarse en grupos nuevos dentro del ambiente madrileño. Aun así, siempre cabe la posibilidad de que, en cualquier momento, se desmarque una figura que rompa la tónica. Y eso ocurrió con motivo de la presentación del próximo Festival de Jazz de Vitoria: en el escenario apareció un piano de media cola, las primeras filas se habilitaron con sillas ordenadamente colocadas y los fondos cercanos a la barra se dejaron para quienes disfrutan más del ambiente de club con algo de conversación y una copa en la mano. Todo se preparó para que Silje Nergaard se sintiera tan a gusto como el público.

La Nergaard es, actualmente, el emblema de la música melódica noruega. Su voz la permite abordar todo tipo de estilos y, al contrario de lo que suele suceder en nuestro país, allí se considera que el jazz es una de las formas más evidentes para demostrar esa capacidad. Algunos de sus discos son sumamente mainstream, pero su manera de cantar sigue estando a años luz de la media. En El Sol eso quedó claro desde el primer momento: acompañada por su trío, alternó piezas de su reciente “At first light” con versiones que llevaban temas de Sting o de Bowie a un terreno tan inusual como fantástico. Se echó de menos algo de swing en el espectáculo, pero, por lo visto, el repertorio de Silje es tan frío como el que pueda preverse de cualquier artista de jazz escandinavo. En él todas las piezas escogidas están al servicio de la interpretación y, en cualquier momento que se preste, la nórdica hace alarde de su voz dibujando con ella en el aire. Lo mejor de todo es que no sobreactúa en ningún momento. Si lo peor que tienen las actuales vocalistas (incluso en la lírica) es que ponen la exhibición por encima del feeling, Silje se sale, en ese aspecto, de la norma: canta como le da la gana y no suelta una nota de más. No es necesario en absoluto.

Su banda, por lo demás, aúna juventud y academicismo, algo también muy propio de los músicos nórdicos. Cada uno ocupa su espacio, aporta protagonismo cuando debe y se maneja con soltura por el escenario sin perder la típica elegancia del estilo. Todos colaboraron a que el concierto saliera estupendamente, aunque… sí que se habría agradecido algo más de swing, la verdad.

E.P.

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