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Los conciertos del año Ganan los clásicos La saturación de la oferta y la poca ambición de los nuevos grupos nacionales ha hecho que no haya sido éste uno de los mejores año dentro de la actividad de directo. Como ya viene siendo habitual, los platos de gusto no han llegado a Madrid más que dentro del circuito de salas medianas y, a decir verdad, ni ha existido tanta diversidad ni tanta calidad como otros años. Uno ha de preguntarse ya por qué los grupos de pop o rock de este país se conforman, básicamente, con salir a un escenario y tocar. El hecho es comprensible cuando se habla de públicos limitados, pero pierde justificación cuando nos referimos a salas como La Riviera o Aqualung. Es como si nuestros artistas tuvieran entre ceja y ceja actuar solamente para las diez primeras filas, conscientes de que, más allá, todos se parecen en su puesta en escena. Quizás los tiempos no están demasiado boyantes como para llevar a cuestas una producción de altos vuelos, pero el asunto se prolonga ya más de lo debido y, hasta en los festivales que congregan a decenas de millares de personas, nuestros mejores músicos responden como si tocaran en el salón de su casa desatendiendo a un público que sólo puede disfrutar del sonido y que carece, por completo, de una oferta escénica por parte de sus bandas favoritas.
Lo mismo podría decirse de Burning, un grupo muy deseado en esta ciudad y que, en sus conciertos en El Sol, abrumó. No es ya solamente la colección de temas históricos que acumulan sus componentes, sino el aire renovado que ha dado a la banda un disco tan espléndido como su nuevo “Altura”. Si bien con Burning siempre estará latente el defecto de las comparaciones, el resultado de los dos conciertos fue tal que cualquier expectativa de decepción quedó absolutamente rechazada. Un concierto (mejor dicho, tres) que resultaron históricos en este año fueron los que cerraron la carrera de Los Enemigos en la sala La Riviera. Lo dicho anteriormente sobre la validez del repertorio o la solvencia de los músicos cuenta aquí con el añadido de un calor íntimo que sólo aportan hechos como la despedida de una de nuestras bandas clásicas. Para cerrar la selección habría que apuntar los conciertos de Fito y Fitipaldis, también en Aqualung. El bilbaíno es otro que se defiende en el escenario como pez en el agua y que lo hace estupendamente cuando presenta su repertorio y no el de un colectivo como es Platero y Tú.
A un nivel muy similar habría que colocar la espléndida exhibición que realizaron John Scofield, Joe Lovano, Al Foster y Dave Holland dentro del programa del “Galapajazz”. Juntos, estos cuatro músicos ofrecen música absolutamente sólida, sin un resquicio de duda y con un nivel sólo alcanzable por los mejores. Puede que parte del público echara en falta un pelín más de libertad improvisativa por parte del cuarteto, pero eso no quita ni un ápice de un resultado verdaderamente grandioso. Dos artistas que suelen pasarse por nuestro país y que raramente defraudan son Elliott Murphy y Pat Metheny. El primero cuajó en Arena el mejor concierto de los que se le ha podido ver por aquí en años. Acompañado de su grupo, y con una actitud demoledora, Murphy fue capaz de teñir de mil ambientes una sala tan poco acogedora como es Arena y, tras finalizar el show, pocos fueron quienes no entendieron el concierto como uno de los mejores espectáculos en directo que habían visto en mucho tiempo. Fue, además, la ocasión para que Murphy concediera a sus seguidores el gusto de verle con público numeroso en lugar de tener que asistir, como venía siendo norma, a salas pequeñas en las que la gente de fuera era siempre más que la que ocupaba el interior del local. Metheny volvió a llegar con su “group” después de que su última gira fuera en formato de trío y, como en él es habitual, desplegó una maestría técnica de una altura impresionante. La propuesta del guitarrista abundó en esta ocasión en terrenos densos y coloristas, pero no dejó de conceder cierto punto de exhibición que siempre agrada a sus seguidores. Agrupado por sus compañeros, el concierto fue realmente de una banda en la que Metheny no era sino un guitarrista a la altura de las circunstancias, algo muy diferente a lo que tantos instrumentistas suelen ofrecer con lecciones magistrales y pesados interludios sólo aptos para profesionales. Los otros dos conciertos seleccionados como los mejores del año llevan como protagonistas a Love y a Waterboys. En ambos casos, sus presentaciones habían llegado precedidas de una cierta decepción en sus anteriores pasos por Madrid. En el 2002, sin embargo, ambas bandas se tomaron el asunto como una revancha personal e impresionaron ante públicos que terminaron entregándose por completo. En el caso de Love, la actualización de su material mostró a los chicos de Arthur Lee con una conjunción absoluta, mientras que en el concierto capitaneado por Mike Scott el feeling se extendió por la sala al son de canciones emblemáticas que dejaban un hueco perfecto y medido para el material más actual. Siempre que hacemos este resumen señalamos que, a la hora de escribir estas notas, aún quedan por celebrarse en Madrid conciertos de un interés indudable. Cuanto menos, a priori. El tiempo de producción de la revista hace que los eventos de las últimas semanas del año no puedan reseñarse en este resumen, por lo que… tú siempre puedes mejorarlo anteponiendo tu propia opinión. Los de aquí: Loquillo.
Aqualung. 8 de marzo Los de fuera: Lenny
Kravitz. Vista Alegre. 2 de junio
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