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Guillermo McGill Clamores. 29 de octubre de 2002 Presentaba el batería uruguayo en sociedad lo que previamente había plasmado en su reciente “Cielo”, segundo disco a su nombre y una belleza propia de atención. En directo, sin embargo, el material siempre corre el riesgo de desdibujarse o de engrandecerse cuando hablamos de un género, como el jazz, en el que la libertad del músico es la propia esencia del concierto. En el caso del día 29 (Guillermo tocaría también al día siguiente en el mismo escenario) el resultado fue un tanto desigual si de lo que se trata es de buscar una valoración rápida. Por momentos el cuarteto lució a gran altura, concentrando pasajes estupendos en los que la banda se asomaba conjuntada y divertida. En otros, por el contrario, parecía imponerse una rigidez que premiaba la fidelidad a lo grabado pero que encorsetaba las piezas sin llegar a darles el aire que parecían pedir. De entre el material abordado fueron las piezas líricas las que alcanzaron mejor encuadre. El saxo de Julián Argüelles se mostró más eficaz que en los tempos más rápidos y empastó con el piano de Bernardo Sassetti con lucidez y criterio. Guillermo, por su parte, aparentaba por momentos estar más pendiente de la dirección del todo que de consolidar su parte, algo que no quitó brillantez a su ejecución pero que, en este caso (y contrariamente a su habitual postura de directo), añadía un toque de seriedad bien visible si tenemos en cuenta cómo se colocó el escenario. Tjitze Vogel, en su habitual nivel, aportó los solos más interesantes y concentró sus líneas en motivos poco floridos, aunque sumamente eficaces, que sirvieron para añadir unidad a la banda y para tejer con acierto las composiciones de McGill. En resumen bastaría con señalar que se apreció, en esta ocasión, que el repertorio a interpretar aún no ha generado vida propia encima de un escenario, algo que, obviamente, se arreglará con las actuaciones y que, en manos de estos músicos, puede ofrecer un juego exquisito. E.P.
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