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Bill Frisell Teatro La Abadía. 22 de octubre de 2002 Humm… Esto es como siempre: empieza un festival de jazz y se inaugura con un concierto en el que el estilo está escondido por debajo de las piedras. La actuación de Bill Frisell daba el pistoletazo de salida a la nueva edición de “Emociona!!! Jazz”, ese híbrido que, como festival, aún se tiene que consolidar pero que, cuanto menos, permite acceder a una oferta que, en Madrid, ya estaba prácticamente olvidada. El cartel del mismo, que este año agrupaba la programación específica del evento con la del Festival de Ciudad Lineal, la del club de jazz de San Juan Evangelista y las actuaciones más sobresalientes de los clubs de la ciudad, contaba con elementos de buen pedigrí y con netos guiños a géneros lindantes que siempre tienen la ventaja de añadir algo de variedad estilística cuando la lista de conciertos es abundante. La posición de Bill Frisell era, en principio, más o menos ésa. El guitarrista tiene el jazz como uno de los géneros en los que evoluciona, pero de ningún modo puede considerarse el mismo la mayor de sus preocupaciones. Y más, por lo visto, en este momento. Las últimas grabaciones de Frisell han atendido a una revisión de clásicos del folk norteamericano pasándolos por un tamiz tan original como suculento y eso es lo que, junto con su quinteto (falló el trompetista Ron Miles porque se puso malito), parece que le gusta exponer actualmente en directo. El concierto empezó muy al caso con el recinto elegido como una de las sedes de este “Emociona!!!”. Mientras que, en cualquier otro lado, los recintos de los festivales son los adecuados para que el mayor público posible pueda acercarse a una música que, hoy por hoy, es minoritaria, en Madrid actuamos al revés: buscamos el sitio más pequeño posible tratando de que el público que no conoce el jazz no pueda acercarse a él con facilidad. Frisell, además, asumió que quien iba a verle ya le conocía de largo y, con esos visos, se marcó una introducción tan abstracta como ruidista, poniendo a prueba la paciencia de su audiencia. Cuando se cansó del asunto comenzó a exponer su capacidad escondiéndose entre sus músicos como un elemento más de la banda. De ese modo, con muy pocos solos y con un concepto muy unitario a la hora de presentar todas sus piezas, el de Baltimore navegó entre un compendio que permitía la improvisación pero que cedía su raíz a una música blanca surgida, en la mayoría de los casos, de las escenas folkies del medio oeste. Fueron los momentos más bellos del concierto, pero poco satisfactorios para quien esperara ver una aportación más jazzística al asunto. Frisell, además, no concedió más que un par de satisfacciones a quienes, desde otra óptica, pretendían gozar de su virtuosismo. El mayor talento de este hombre como guitarrista no es, precisamente, el de ser un lince sobre el mástil, sino el de saber ubicar el instrumento en una amplia gama de sonoridades y adecuar éstas al mayor rendimiento de una composición. Eso es lo que hizo en Madrid. Y ya es para darse con un canto en los dientes. E.P.
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