Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

Indice

Febrero 2001

Los reservados del rock

"Los músicos de verdad no se preocupan demasiado por los camerinos; se preocupan de tocar, de la seguridad en la carga y la descarga, de la puntualidad...", sentencia de entrada Toni "el Rubio, mientras que Paco Atraction añade que "Rosendo no es Marilyn Manson. Desde que lo conozco, lleva con zapatillas blancas, camiseta blanca y pantalón vaquero. Necesita un camerino para sentarse, relajarse y tomarse una cerveza y fumar, pero nada más. El espectáculo que hace no necesita maquillaje ni disfraz: es rock honesto".

Ellos son algunos de los encargados de que toda la intimidad del artista quede a salvo de curiosos, ladrones, chuzos, pesados y demás fauna que pulula alrededor de la trastienda del mundillo del rock. Son los responsables de que todo esté armoniosamente controlado, sin rigideces ni excesos, pero sin fisuras imprevistas. Paco comenta que "antes del concierto el camerino es más privado. Es el sitio donde estar tranquilo antes de subir, esperando relajadamente, charlando... Un lugar de trabajo que se transforma luego en un lugar de recreo y de locura". Tino, de la agencia Talent, nos revela que "hay gorroneo. Siempre se mete alguien que viene a ver: que si conozco, que si una vez tal... y, bueno, se lo curra, pasa esa barrera y se bebe todo lo que haya de beber, se mete todo lo que se pueda meter y se pira tan feliz dando todo el cante".

Todo esto de los camerinos no es lo primordial dentro del correcto desarrollo de un espectáculo. Tampoco es pecata minuta, pero lo cierto es que ocupa un lugarcito entre la apretada lista de responsabilidades que se marca cualquier manager o promotor en este país.

El Rubio, promotor de conciertos, añade que "casi todos los grupos llevan una cláusula en el contrato exigiendo un sitio donde relajarse, donde cambiarse de ropa... Hay que darse cuenta de que muchos grupos están en largas giras y llevan mucho personal: técnicos, conductores, montadores... Entonces tienes que dar unas condiciones mínimas de comodidad". El está seguro de que el camerino del artista va directamente relacionado con el caché que gasta. Tino nos compara, precisamente, esta diferencia entre la primera, la segunda y tercera división: "cada grupo es un mundo diferente. Generalmente, los de aquí se conforman con poco, con lo mínimo, pero los grupos internacionales son otra cosa: te especifican claramente por contrato lo que piden y lo tienes que tener. Por ejemplo, hicimos Blind Guardian hace poco y a los técnicos que llegaban por la mañana les tenías que tener un catering caliente completo, no podían faltar bocadillos y refrescos durante todo el día, después estaba la cena ya con el grupo, con sus marcas de vino que curiosamente eran malísimas (vinos de estos californianos que son conocidos por Europa): les ofreces un Rioja y no se fían". Tino, que desde su agencia lleva, entre otros, a Boikot o Hamlet, continúa narrando su experiencia internacional: "también fue curioso lo de David Lee Roth. Tocaban en el Pabellón del Real Madrid, con un catering de flipar y, como era el Día de Acción de Gracias, pidieron un pavo con la salsa típica: al final se consiguió a través de la base americana de Torrejón. También sé que Bowie pide en su camerino pinturas de pintores concretos; hay otros que piden sillones de piel y un montón de caprichos en las producciones internacionales que tienes que cumplir si quieres seguir currando. Me imagino que artistas del tipo de Alejandro Sanz pedirán cosas parecidas".

En este articulo nos movemos, sobre todo, por los senderos del rock de base, sonidos juveniles y cañeros de fin de semana (lejos de la fama mundial) que llenan instalaciones deportivas, plazas de toros o, en contadas ocasiones, espacios dedicados en exclusiva a la música, un negocio que mueve pasta y genera profesiones. Un sector que ha crecido desde mediados de los ochenta cuando algunos grupos comenzaban a crear circuito. Tino nos cuenta su impresión sobre aquellos días: "yo he currado con Gabinete, Ronaldos, Loquillo o La Frontera y sus caterings no tenían nada que ver con los artistas que llevo ahora. ¡Piden cantidad de agua! Ahora se bebe mucha agua; antes, durante la prueba de sonido se tomaban un whiskazo y ya no paraban de beber hasta el día siguiente, que llegaban directos al suelo de la furgoneta. Para mí era más divertido".

Desde fuera todo parece fantástico. Allí escondido está el supuesto maná que hace que el artista se entusiasme, que transmita emociones y que sea todopoderoso. Detrás de una valla flanqueada por varios tipos se ve un pasillo y un cuartito cuya puerta se abre y se cierra por muchas manos. Allí reposa la parte humana del grupo, lo que no sale en los discos ni en las fotos: un reducto de consentida racionalidad para el músico, una toma de tierra lejos de los miles o cientos de jóvenes que han aforado más de un talego por entrar a un concierto.

Luego está la otra cara de la moneda, la de quien está dentro, la del músico que lleva en la carretera diez horas o la del técnico que llegó con la amanecida. Es el segundo día de concierto y llegas a tu destino antes de la hora de comer. No te puedes ir porque en cualquier momento te pueden necesitar para probar tu instrumento o para cambiar algún cableado. Quedarse allí puede resultar triste. Por delante te esperan siete horas de adaptación al medio, la dura espera hasta la hora del concierto... Paco nos cuenta cómo intenta velar por el bienestar de sus representados: "contractualmente, yo pido para mis conciertos dos camerinos: uno para el grupo y otro para el equipo técnico. Han de tener espejo, toma de corriente, servicios, agua caliente, ducha, mesas y sillas para, al menos, doce personas, aparte del catering", se ríe cómplicemente antes de terminar, y concluye diciendo que "eso es lo que pido, pero lo cierto es que, en este país, el circuito de rock exhibe unos camerinos que pueden ser cualquier cosa: desde la misma furgoneta donde se viaja hasta un cuarto sin luz. Realmente, y de cara a un concierto, es una cosa secundaria, ya que los grupos de rock de aquí no suelen ir de estrellitas, los rockeros de aquí no suelen tener el concepto de espectáculo que tienen otros artistas que sí necesitan atrezzo para sus actuaciones; en el rock, el rock cañero, lo que importa es el sentimiento y la música". Quien dice esto es responsable de la agencia Atraction, que lleva a grupos como Porretas, Enemigos, Planetas o Reincidentes, grupos con repercusión y con años de carrera que no exigen demasiado para estar cómodos: "Los Enemigos Johnny Walker, Reincidentes son de JB, Porretas piden cantidades ingentes de cerveza, Los Planetas quieren whisky y vodka...". En efecto, la bebida, el famoso catering, es lo que realmente preocupa a la mayoría de nuestros artistas y promotores. "Lo importante del catering es la bebida: puedes esperar algo de fruta o unos bocadillos, pero tampoco es que mole mucho eso de tener comida en el camerino. Los músicos no son muy de comer antes de salir a tocar: se cena tiempo antes si tal, pero luego si la pones es un desperdicio. Lo suyo es refrescos, agua en abundancia, hielos y el whisky de rigor", asegura Paco.

Haciendo un recorrido en el espacio y en el tiempo intentamos calibrar someramente la calidad de los camerinos patrios. Nos encontramos con que las raíces son duritas, las bajeras de los escenarios servían de improvisados vestuarios, y que, hoy en día, la variedad es la tónica predominante con un futuro ciertamente halagüeño. "Los camerinos más lujosos que yo conozco son los de las Fiestas del PCE en Madrid, que son de una empresa llamada Transluminaria. Alquila roulottes enormes con servicios, teléfono, camerinos y muy bien acondicionadas. En cuanto a recintos con buenas instalaciones está la Multiusos en Zaragoza, que la concibió el Ayuntamiento para hacer actuaciones y eventos culturales; esos camerinos tienen de todo". Tino, por su parte, elogia los camerinos del Doctor Music Festival y ambos coinciden en que, poco a poco, se va consiguiendo algo más profesional.

Yo pasaba por allí

El mundillo de los camerinos resulta secreto y discreto cuando preguntamos a quienes se encargan de montarlos. Las verdaderas vicisitudes y los escándalos que todos sabemos que se han tenido que dar en esas habitaciones no salen de los labios ni por asomo: son secretos y vergüenzas del pasado que se zanjan con la palabra "anécdota", y la coletilla "sin importancia". La grabadora impone y las pocas ganas de mover el fangoso pasado son evidentes. "El desparramo es absolutamente normal, es parte de la función del camerino. El músico, tras el concierto, tras los nervios, ha llegado al final de su jornada laboral: se acabó la concentración y toca disfrutar del éxito o el fracaso que haya sido el concierto", afirma Paco "Atraction. Y es que ahí, al final, a la celebración con el artista, es a donde pretendemos llegar casi todos. Conseguir el pase que dé acceso al backstage es un trofeo, la entrada a un efímero cielo de camaradería y, en ocasiones, a barra libre. A Paco le gusta encargarse muy de cerca de este asunto, velando siempre por el bienestar de sus artistas y custodiando, como todos sus compañeros de gremio, la priba del músico: "a mis grupos les gusta que la gente entre a verlos (me refiero a los colegas, a peña de otros grupos, un poco la familia...). Para ello siempre exijo que haya seguridad en su puerta. Yo controlo personalmente a esas personas o me pongo yo mismo. Hay veces que los músicos necesitan cambiarse los gayumbos mojados y darse una ducha: eso requiere cierta intimidad y no mola que ni los colegas anden por allí". Tratando de entrar al jugo del asunto, Tino asegura que se puede buscar problemas si cuenta lo inconfesable. Paco "Atraction hace referencia, muy de refilón, al tema de la relajación del músico; la palabra sustancia química apenas sale de sus labios. Parece que nuestros músicos prefieren otros lugares para expandirse y que los camerinos patrios están libres de drogas y sexo; sin embargo, parecen repletos de rock and roll. "Normalmente, en los camerinos entra quien quiere el músico. Es muy raro que se te cuele alguien (quizá algún fan que se ha saltado al de seguridad diciendo que es el primo del cantante), aunque sí es cierto que, por ejemplo, a Los Enemigos les han robado una guitarra de camerinos ¡y además fue un músico! Pero es más bien anecdótico, ya que tampoco suele haber muchas cosas de valor más allá de las chupas o un par de carteras".

El Rubio añade otra de lo mismo cuando le preguntamos por cosas anormales o por escándalos que haya vivido en sus años de bambalinas: "a los Lynyrd Skynyrd les robaron la guitarra de doble mástil del camerino, una guitarra exclusiva. Y los responsables de eso son siempre quienes organizan: somos los que seleccionamos a todo el personal que circula por allí detrás". Entrado en anécdotas y huyendo de temas escabrosos, nos explica alguna curiosidad "Roberto Iniesta tiene una fijación con la moqueta. No es algo enfermizo, pero cuando no era conocido se fijaba en que los grupos que estaban por encima de él en el cartel tenían moqueta en los camerinos, por lo que desde hace tiempo obliga a que su camerino y el del telonero tengan moqueta; es una cosa suya que tampoco cuesta tanto cumplir". Y es que el glamour de los camerinos de aquí brilla por su ausencia. Si no, escucha lo que cuenta Tino: "tocábamos en Cabra, con Gabinete, y el camerino era una diminuta capilla de no-sé-qué virgen. No había seguridad y al acabar fuimos allí corriendo y nos encerramos; la peña aporreaba la puerta hasta que apareció el párroco y puso a todos firmes, incluidos nosotros".

Una ermita o el frío brillo de una habitación alicatada hasta el techo de baldosines blancos suele ser la imagen más común. "Aquí siempre se ha tenido el mismo concepto de camerinos: si es campo de fútbol, los vestuarios; si es un campo de un equipo bueno, pues camerinos de puta madre. Si es plaza de toros, la enfermería donde curaron al banderillero que pilló el toro, si es una discoteca, y encima de los años setenta, pues te toca el almacén de bebidas... Donde ha cambiado es en eventos al aire libre donde se alquilan roulottes o casetas. Antes no había eso: te mandaban a cualquier sitio a tomar por culo del escenario y al final ni pasabas por allí", explica Paco, y

El Rubio lo ilustra: "al nivel de grupos de los que hablamos no hay todo eso que se cuenta; al artista no se le da todo lo que pide, sino que hay un ten-con-ten. Yo estuve en los camerinos de los Rolling la última vez que vinieron y tenían una sala de juegos con un billar que en vez de tapete verde tenía uno de camuflaje militar ¡lo mismo lo habían pedido así! Los Queen, por ejemplo, llevaban una enorme jaima con todas las comodidades del mundo y no usaban los camerinos de las instalaciones". Otros, como podemos comprobar, los utilizan demasiado. Tino nos cuenta que "en Colmenar Viejo, acondicionamos unas roulottes de camerinos que costaban una pasta, pero que estaban muy bien. Tocaba, entre otros, Manolo Kabezabolo y su roulotte quedó transformada: el tío se hizo un graffiti por todas las paredes, impresionante, superinspirado, ¡con un rotulador! Quien alquiló aquello quería alguna solución o nos demandaba a todos, pero al final se solucionó ". Como siempre, unos andan por las estrellas y otros con los pies muy en el suelo. Paco comenta que "con Los Enemigos, en Onteniente, en una discoteca, el camerino era el almacén de bebidas. Allí, con su suelo de arena, en un sótano, petado de cajas de priba, nunca se acabó el whisky. El caso es que los servicios estaban arriba y alguien, durante el fragor del concierto, se cargó una cisterna. Cuando llegamos allí estaba inundado, lleno de barro: fundas, chupas... todo. Tampoco nos podemos olvidar del camerino del Agapo, un cuarto de un metro por un metro: era tremendo". En consonancia con esto, Tino añade que "el Planta Baixa, en Vigo, es una sala de reconocida fama. Por allí han pasado todos los grupos habidos y por haber y el camerino es el almacén de la bebida, un espacio supercutre donde entran dos personas".

En fin, que así está la trastienda. Si quieres ver a Fernando de Reincidentes duchándose en el Arena de Valencia, a Juancar de Boikot haciendo sus cosas justo antes de salir a actuar en Vigo, a Fermín Muguruza haciendo estiramientos musculares, a Amparo de Dover en sujetador en el Circulo de Bellas Artes o al Drogas poniéndose la falda de la Abuela en la Cubierta de Leganés sólo tienes que dar el paso, comer oreja y sonreír. Tan bonito como grotesco. Esa es la realidad.

Turrón & Babas

Camerinos: la trastienda del rock'n'roll

"La hora". Nosotros lo llamamos así. Es la perfecta justificación, el culmen del trabajo, la disculpa perfecta al todo vale. "La hora" es el tiempo que uno está en el escenario, es la actuación en sí misma. Esa es nuestra expresión, tan sui generis como cualquier otra: la sagrada y jodida "hora". Por ella tiene sentido viajar de una ciudad a otra con la gasolina pagada, por ella puedes comer o cenar, llevarte pasta a casa e incluso vivir (y a veces bien). Por eso es tan importante y hay que respetarla, porque, como poco, te puede pagar los vicios de esa noche, concederte unas pícaras sonrisas con personas que te gusten o hacer esporádicos amigos para una juerga posterior. Ella es la culpable de eso y por eso hay que mimarla y prepararla bien, con tanto y tanto tiempo de local: arreglando temas, combinando diferentes repertorios, compenetrándose con los miembros de la banda... Luego ya vendrá la zampa, el vicio, el hostal, los técnicos de luces, de sonido, o los camareros, todo al servicio de "la hora". Ahí es donde debes dar lo que tienes de ti, demostrar por qué te ha dado por colgarte un instrumento del sobaco y dar la murga.

Pues bien: para acomodar y almohadillar ese mágico momento, ese rato que puede hacer encumbrar o hundir bandas existe ese espacio interior más o menos servicial, más o menos cómodo, más o menos privado, que sirve a los grupos para darse el último beso antes de entrar a escena, el primer beso nada más salir de ella, el instante final de mirarse a los ojos y decir "a por todas". El prólogo y el epílogo de la actuación: el camerino.

Puestos a indagar y concretar en ese espacio (en principio tan necesariamente íntimo e infranqueable) nos hemos planteado las diferentes formas a las que enfrentarse a los camerinos, algunos de los distintos roles que se pueden ocupar (como músicos, fans, organizadores o periodistas) para acceder a estos espacios, siempre bajo la estricta batuta de la experiencia personal. Preparaos, lectores, para unas vivencias llenas de toallas sudorosas, espejos manchados, botellas vacías...

Para los artistas: el reposo del guerrero (antes del bolo)

La primera escena tiene lugar en la sala Jam, en Bergara, con capacidad para unas mil personas, con un equipazo de sonido y luces. Dos plantas, un escenario muy amplio de suelo de madera y un camerino a cada lado de éste. En ambos hay duchas y toallas, sillones y mesitas, espejos y luces. Por si fuera poco, una cámara frigorífica cargada de agua y refrescos. Un camerino, el de la derecha, es para Doctor Deseo, que cierran su gira y han petado el recinto por derecho propio. El otro es para nosotros, esta vez bajo la personalidad de King Putreak. Somos los agradecidísimos invitados de lujo para tan venerable evento. Encerrados en el camerino, oímos el murmullo de las mil bocas de ahí fuera. Uno de nosotros se asoma por la puerta mirando de soslayo y se vuelve nervioso: "niño: ahí hay un mar de caras..." y volvemos a agarrarnos las manos, que sudan frío, y nos volvemos a mirar las pupilas y sabemos que hoy no vamos puestos, que es la primera vez que vamos a salir sin ponernos... precisamente hoy que tenemos un camerino como Dios manda. En fin, con una sala como ésa y tan llena no necesitamos nada: la droga la llevamos dentro. Hablamos de todo esto y hacemos algunos chistes internos (que para el lector carecerían de sentido), dudamos si robar las toallas y decidimos que no, que todo esto es ya demasiado. Y cuando hemos acabado de ponernos las camisas de chorreras (la roja, la morada, la naranja) alguien entra, pidiendo permiso antes de hacerlo, y nos dice que nos toca salir, nos deja una botella de whisky y nos desea mucha mierda; y a nosotros se nos va el nudo de la barriga y nos damos el piquito de la suerte. Suena la sintonía de comienzo y vamos allá, apagando la luz tras nuestra espalda como quien sale del baño de casa: tres escalones en descenso y a tocar el cielo.

(después del bolo)

Aún queda algún esporádico aplauso y todavía suena la música de sintonía que ponemos al final de cada actuación. Nos retiramos a camerinos jadeantes y sonrientes (esta vez somos los Huevos Canos) y la anécdota tiene lugar en los bajos de un pequeño garito del Foro cuyo nombre no revelaremos. Es tan minúsculo que apenas ha cabido medio centenar de bailones y entregados colegas. Los nueve pares de ojos (y de huevos) que somos la banda corroboramos desde el camerino que las dos botellas de whisky que nos pusieron de catering yacen vacías en el suelo del escenario y, en principio, no hay nada más apalabrado. Pero el dueño del bar en cuestión ha habilitado para la ocasión, a modo de camerinos, el almacén de las bebidas cuya puerta da directamente al improvisado escenario. ¡Insensatos!

Como un desbocado rebaño de dromedarios frente a un rebosante abrevadero y, sin pensárnoslo dos veces, arramplamos con unas pocas botellas de whisky del bueno que está ordenadamente colocado en su estantería correspondiente, aumentando nuestro catering sin pedir permiso alguno. El problema llega cuando aparecen los colegas en el camerino, ya que, si nuestra acción aún tenía una ligera justificación (nosotros lo veíamos así), difícilmente colaría el vandálico arrample que hacen los amigos. Pero claro: aquello son los camerinos, nuestros camerinos. Es un momento de eufórica camaradería y, mientras nos cambiamos las empapadas camisetas, es casi obligado brindar a lo bestia y forrarse a chupitos. Además, los colegas han ido llenando la estancia con polvos blancos, por lo que lo mínimo que se les puede decir es que se sirvan la bebida a placer. Tras el rato inicial de desparramo la cosa se calma y entre todos recogemos el equipo para después subir a la planta de arriba y tomarnos unos copazos a costa de los camareros que reconocen habérselo pasado fetén con nuestra alocada actuación. ¡Qué agradecido es a veces el rock'n'roll!

Los amigos de los músicos: ¡Tonto el último! (antes de...)

Nos encontramos en Moby Dick, en Madrid. Esta ha sido la sala escogida para la presentación en exclusiva a medios de comunicación y amigos del nuevo disco de Los Enemigos. El local de pequeñas dimensiones está a reventar, con lo que se ha colocado el cartel de "aforo completo" y unas pocas decenas de personas han tenido que quedarse fuera aun con la invitación en la mano. Dentro el calor es insoportable y las apreturas muchas. Los únicos espacios con algo de holgura deben ser los camerinos situados en un sotanillo anexo al escenario. Unos minutos antes de la actuación nos dirigimos allí para ver cómo andan los ánimos y refrescar (si es factible) el gaznate. Nos identificamos al menda de la puerta y descendemos. Normalmente es imposible ver a Los Enemigos en los momentos previos a actuar, ya que necesitan y guardan celosamente esos minutos de intimidad, de concentración, de tranquilidad. Pero hoy es distinto; hoy, por aquello de las viejas amistades, nos han pedido que les hagamos la presentación (Diego Manrique hará de D.J.) y por eso, pese a alguna reticencia del celoso equipo de management, evitamos la calurosa y apretada estancia de arriba y nos vemos con la banda en camerinos. La escena tampoco tiene mucho: en el diminuto camerino cada músico está sentado en una silla, lo único reseñable es que Josele ha tenido una pequeña discusión familiar y está algo mohíno, pero nada de esto afecta al sereno ánimo del grupo. Con ellos se encuentra el director de cine Alex Calvo Sotelo, íntimo amigo de la banda y animador habitual de sus juergas. Charlan de vaguedades, el grupo sabe de sobra el repertorio escogido y se interesan por la presentación que les vamos a hacer; les explicamos que nos hemos hecho unas caretas con el careto de Josele fotocopiado, que haremos una especie de parodia (¿o mejor decir parida?) y que a nuestra señal salgan a escena. Nuestros hábiles sentidos orientativos nos han llevado a localizar un par de botellas de whisky escondidas por el manager para después de la actuación, nos servimos unos discretos tragos y seguimos tan campantes. Fino nos pide que le regalemos una de las caretas después, que él guarda ese tipo de recuerdos, Manolo quiere que la señal quede clarita, para que no haya malos entendidos o tropezones al salir... La escena es tranquila, sencilla y afable. Nosotros les dejamos, liquidamos los copazos, nos ponemos las caretas y tres, dos, uno...

(después de...)

Ahora hemos saltado en espacio y tiempo, cambiando el escenario y la ubicación, aunque no el grupo; acaba de terminar la actuación de Los Enemigos en la Semana Grande de Bilbao, en la Plaza del Gas, al aire libre, con capacidad para unas 15.000 personas y que esta noche ha estado a medio llenar. Tras el bolo, y dejando los diez minutillos de rigor para que el grupo eche un resoplido, nos dirigimos a las dos barracas de plástico puestas para la ocasión que hacen de camerinos. Están situadas detrás del inmenso escenario y protegidas por unos "seguridad" a los que no tardamos en camelarnos para acceder. Entramos en camerinos: "¡Joder! Nos vemos en todas partes". Josele está cachondito. Hay un tipo que le agarra y le alaba, algo muy típico en estas situaciones: que si él es el puto amo, que si tiene todos sus discos, que bli-bli-bli, que bla-bla-bla... El líder Enemigo, sonriente, asiente y esquiva, y no sabe si bendecirle o tomarle el pelo. Nosotros sí sabemos que hacer: buscar priba. Dos lingotazos bien cargados. Manolo se está fumando un porrito y nos ofrece, Chema atiende cortésmente a la gente que entra... Seguimos un rato a la bobada: hay unos cuantos fans y algunos de esos amigos "de siempre" que hay en cada concierto, en cada ciudad. Josele nos enseña una guitarra eléctrica muy guapa que le ha regalado una amiga porque "oye, a mi no me gusta y, si te va, es tuya". Está con ella como un niño con un juguete nuevo: la mima, la acaricia, la limpia y la guarda en la funda que reposa sobre unas sillas plegables. Aparece Paco, el manager. Para él, la tensión del concierto todavía continúa: "gente: hay que irse, que la furgo está lista". En una esquina del camerino una caja de cartón llena de botellas de alcohol duro parece que va a ser abandonada; a su lado, un barreño lleno de latas de refrescos con hielo que correrá la misma suerte. "Oye: ¿y esto qué? ¿Se queda ahí tirado?". Y ellos, que nos conocen bien, dicen: "¿os la queréis llevar? Pues venga. Además, mejor que os la llevéis vosotros y no se quede ahí para mañana, que tocan Presuntos Implicados". Sonríe. Nosotros también. Empezamos a empaquetar nuestro regalo.

Paquito aparece de nuevo ejerciendo su función de padre monitor: "chiiicos, que nos vaaamos". No se le hace ni caso: aún le toca recordarlo dos veces más. Nosotros les empezamos a convencer de que se vengan un rato de mambo; no hace falta esmerarse mucho, ya que son de convencimiento rápido. La última vez que el manager hace llamada la mitad del equipo ha decidido irse a la piltra, la otra mitad se viene al "Pirata". Bilbao estalla en una carcajada de petardos, música de baile, vino y coca cola, vomitonas, luces de colores...

El camerino para los promotores: O sonrisas o lágrimas (antes de...)

Las sensaciones son contradictorias. Por un lado, Mariano García, promotor de la sala, nos ha aconsejado que tiremos la toalla, que suspendamos el concierto, que no hay ni una docena de entradas vendidas (lo cual significa "ostiazo") y que la Canciller va a seguir cobrándonos el alquiler aunque no venga nadie. Pero no le hacemos caso. Por otro lado, el camerino es un bullir de malagueños y vascos con un buen rollo del copón: corren las risas, las clenchas, los saludos, una alegría de la leche, la camaradería está imparable... y eso que nos estamos conociendo. Sin duda, no podemos cortar este concierto, ya está todo demasiado rodado aquí dentro, en esta improvisada oficina que son los camerinos.

Esta vez nos hemos metido en un embolado guapo: hemos decidido ser los organizadores de un concierto. Lo hemos hecho para darle cancha a The Vientre, que tenga su minuto de gloria haciendo de telonero para dos bandas más importantes: los malagueños Capitán Kavernícola y los vascos Parabellum, quienes, si bien han tenido su capital importancia en nuestras estanterías, en la práctica se demuestran insuficientes para atraer público a la antigua sala Argentina (que en el momento en que hablamos era "el templo del rock" en Madrid, con sus dos plantas y su capacidad para 1.500 personas). Ante la negra perspectiva que se avecina, nos encerramos en el calor de los más que correctos camerinos de la "Canci". Son dos salas de cierta amplitud situadas en un pasillo que da directamente al escenario; tienen su baño, su ducha (que no parece ser de lo más usado), sus sillones y sus mesitas. Incluso papeleras y radiadores. Se está a gusto dentro. Parabellum, más reservados y profesionales, se encierran concentrados en el suyo en compañía de su road manager, que para la ocasión es Patxi Goñi. En contrastada sintonía, nosotros nos encerramos en el camerino que compartimos Capitán Kavernícola y The Vientre, donde hay más amigos que miembros de grupos y repiquetean alegres las tarjetas sobre los espejos... Nada parecido a lo que se entiende por un camerino antes de un concierto. Una chavala que rápidamente recibe entre los contertulios el calificativo de "pijaza", se presenta como locutora de una televisión local y realiza estoicamente una entrevista con los grupos bajo las mofas generales; la falta de profesionalidad de los organizadores es cada vez más patente.

Entre el desajuste, tras la actuación sin público de The Vientre y a mitad de la de los andaluces, el jefe de seguridad de la sala se presenta en los camerinos y pregunta con voz de maestro cabreado: "¿quién de vosotros es el organizador?" "Esto... nosotros", respondemos con boca pequeña. "Pues sube a la puerta, que hay casi cien punkies con cascotes que se quieren colar y parece que va a haber ostias". Aquello supone la debacle. Resignados a palmar dinero (que ya pediríamos prestado a parientes y amigos), ni siquiera podíamos disfrutar del único calor de esa noche: los anestesiantes camerinos. Arriba la situación es tensa: los punkies, la mayoría de ellos conocidos, con violentas intenciones de entrar. Dentro, los gorilas de la puerta con barras escondidas y violentas intenciones de no dejarles incorporarse al mambo. En medio... el organizador. Al término, la solución, no por penosa, deja de ser fácil: que entren todos por la cara y aquí no pasa nada. Nuestro hundimiento de Titanic, pero sin heridos ni guapines millonarios.

Y vuelta a camerinos. Esta vez al de Parabellum: "chicos: no sé si vais a cobrar, pero gente ya hay en la sala..."

(después de...)

Los dos camerinos de la sala El Sol son pequeños y estrechos, pero servibles; hacen esquina, pared con pared. Los baños fuera y dentro un lavabo, unos asientos y un espejo, tipo burdel, reducido pero servicial. Hoy las paredes están llenas de lentejuelas no del empapelado, sino de las diferentes chupas que cuelgan. Son de los Jacobites, el glamouroso grupo inglés de corte stoniano capitaneado por los "glimmer twins" Nikki Sudden y Dave Kusworth que acaba de actuar por primera vez en la península. La banda ha dado un concierto de recio y añejo rock'n'roll y el público ha quedado entusiasmado, por lo que los ánimos están bien altos en camerinos. Los componentes de Por Caridad Producciones y Buitre no come Alpiste, que somos los organizadores, estamos contentos con el resultado de público, pero, para asegurar la alegría, contamos en uno de los camerinos los billetes obtenidos de las entradas y comprobamos que da para los gastos: pagar a la banda, los carteles, la pegada, el hostal y las comidas de los músicos. Perfecto. Da justo. ¿Falta algo? ¡Vaya! ¡Los beneficios!... Bueno. Al menos no hemos perdido. En el camerino de al lado se estruja la banda con un buen puñado de fans que, a falta de un seguridad que les diga nada, se han bajado con sus preciados vinilos a que se los firmen. Es lo que tienen las bandas de culto, como ésta: un público escaso, pero seguro y fiel. Y en eso Jacobites dan lecciones; un puñado de fanáticos se arremolinan alrededor de Nikki quien, amable y paciente, atiende en una esquina del camerino. Como siempre, firma orgulloso colecciones bastante completas de su discografía. Nosotros, como organizadores, lejos de intentar echar a nadie, asistimos con complacencia al apretado espectáculo del autógrafo, a la cara estupefacta de unos músicos que se sorprenden de ser conocidos aquí, en el norte de África.

Carl Eugene Pickot, bajista y conductor del grupo, es el encargado de recoger de nuestras manos el dinero correspondiente. En medio del jaleo, el grupo hace sus repartos y pronto llegan las peticiones esperadas: "good rioja wine?", "cocaine?", "heroine?" Y pronto, muy pronto, todos abandonamos a los fans, recogemos los trapitos y nos disponemos a buscarles la vida. El vicio llama: adiós camerinos.

El camerino y los periodistas: "Anunciéle al señor que la prensa ya ha llegado" (antes de...)

La situación se desarrolla en el Pabellón de Deportes del Real Madrid. Esta noche tendrá lugar un triplete californiano con Vandals, Lunachicks y Offspring. Atravesamos con la señorita de promoción de la discográfica de turno todo el recinto. Se ha instalado hasta un improvisado comedor con los cocineros propios y exclusivos de los americanos. Salimos por una puerta lateral que da a la parte trasera del Pabellón y allí están aparcados dos inmensos autobuses de lujo, en uno de los cuales nos esperan los miembros de Offspring para ser entrevistados. Se podría decir que somos de los pocos afortunados en poder entrevistar hoy al prestigioso grupo de comercial punk-rock, ya que lo normal es que la banda haya hecho meses antes la ronda de entrevistas promocionales a lo largo de todo el globo terráqueo; pero siempre hay algún compromiso contractual de la casa discográfica que les obliga a conceder unas pocas y seleccionadas entrevistas en su camerino itinerante el mismo día de la presentación en directo en cada ciudad. La entrevista, ya me han avisado de antemano, ha de ser corta y, sintiéndolo mucho, no podrá ser ni con el cantante guaperas Dexter ni con el espídico guitarrista Noodles, ya que éstos, en calidad de líderes, no conceden su preciado tiempo a los medios antes del bolo (aunque presuponemos que dependerá más bien del medio que sea). El entrevistado será Greg K., el bajista, que a nosotros nos resulta tan válido como cualquier otro.

El autobús es una inmensa mole de dos plantas con todo tipo de detalles y lujitos (moquetas, duchas, cocina, servicios, etc...). Atravesamos la planta baja en silencio porque, según nos cuentan, el conductor y uno de los pipas están soñando en las literas allí instaladas y no es cuestión de molestar. Subimos por las escaleras internas y llegamos a una especie de saloncito estrecho, donde nos recibe un amable y eficiente Greg, quien en quince minutos se despacha la enmoquetada y coquetona entrevista. En silencio de nuevo, abandonamos esta minimansión sobre cuatro ruedas y nos damos por más que satisfechos. Fin de la historia.

(después de...)

Ahora estamos en Granada. Es el último año que el Espárrago se celebra allí. Todos los camerinos se sitúan dentro de uno de los pabellones y consisten en pequeños cuartitos prefabricados y alineados con un mínimo de priba dentro y un gran catering general y común en el exterior. ¿Todos los camerinos? Bueno. No. Hay dos que están apartados del resto, situados fuera de ese pabellón, en un pequeño edificio de planta baja. En uno de ellos se encuentra Enrique Morente y todo su séquito preparándose para lo que sería una brillante actuación; en el otro se arremolinan unos pocos periodistas para saber cuales han sido los afortunados escogidos para entrevistar al mítico morador de esa estancia. Nervios y codazos entre los compañeros y al final la señorita de la organización dice: "Iggy Pop concederá dos entrevistas: una a No sé Quién y la otra a ... Kike Babas y Kike Turrón". ¡Bingo!

La Iguana, tras uno de sus sudorosos y extasiados bolos, concede dos entrevistas y una es a nosotros. ¡Cojonudo! Con cierto nerviosismo y mucho respeto, accedemos a una antesala ya de por sí amplia que tiene más comodidades que el salón de mi casa. Tras unos minutos de espera nos hacen pasar a la digamos "habitación personal", donde nos recibe el mismísimo James Ostenberg, quien se sienta en una silla con una copa de vino tinto en un lado y un fornido guardaespaldas en el otro. El cuarto es amplio: una mesita en uno de los lados con algo de fruta sin tocar y, la verdad, poco más. Nosotros nos acomodamos de cuclillas en el suelo y disparamos una entrevista rápida y jugosa que el señor Pop tiene a bien contestarnos ¡en castellano!. Tras acabar la entrevista y cantearnos al besarle la mano como si fuera de la nobleza (el guardaespaldas no sabe si meternos o no) abandonamos el camerino con la cabeza más alta que una "loca" el día del orgullo gay. Pocas veces nos ha repicado tanto el corazón al entrar en unos camerinos.

Arriba

Indice