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DIEGO A. MANRIQUE investiga los pros y contras de algo tan querido para la gente del rock como es la vida nocturna. Los resultados no son reconfortantes. Ritmos de la noche
El ADN del rock Así que se me ocurre que hay algo en el código genético de los músicos que les permite mantenerse impávidos tras noches de excesos que tumbarían a cualquier mortal. Comparto la teoría con otros ilustres noctámbulos, Los Planetas, y me niegan la mayor: "no tenemos ningún gen especial; simplemente hemos decidido conscientemente vivir al límite. Si se atrevieran, los oficinistas o los periodistas demostrarían el mismo aguante". Hay una diferencia bastante insalvable, queridos salvajes: el resto del mundo tiene ineludibles obligaciones diurnas. La vida del músico famoso es mucho más cómoda. Abundan los días libres. Si hay que grabar o ensayar, la cita suele ser bien entrada la tarde. Si tienen que hacer gestiones o compras mañaneras, alguien se responsabiliza. Lo mismo para las giras: disponen de un eficiente road manager que se ocupa de que la furgoneta o el autobús esperen lo que sea preciso, que consigue que las reglas del hotel se flexibilicen; lo de vaciar la habitación a las doce del mediodía no cuenta para ellos, las llamadas telefónicas se desvían o bloquean, nadie se atreve a molestar. Nocturnos números rojos No. Me temo que cambiar noche por día no está al alcance del común de las gentes. Que tampoco pueden pagarse las facturas de la fiesta perpetua. Hablo de dinero contante y sonante, pero también de otro tipo de deudas a pagar. Las que indefectiblemente se cobran el cuerpo y la mente. Años atrás tuve que trabajar hasta muy tarde o despertarme a primera hora, cuando todavía reinaba la oscuridad. Ambas fueron experiencias infernales --hay algo muy, muy deprimente en lo de madrugar en una ciudad-- pero puntuales, contabilizables en meses o en semanas: los cierres de la "Historia del rock" de "El País", la programación especial de "Radio 3" durante el Mundial... Así que mejor no fiarse de mis recuerdos. Parece más científico ponerse en contacto con auténticos trabajadores de la noche cercanos a mis actividades: DJs, camareras, porteros, periodistas de programas matutinos... Las criaturas (profesionales) de la noche Casi todos empiezan largando maravillas, ya sabes: la Magia de la Noche, la Epica de los Buenos Vampiros, la Cofradía de los No Convencionales... Pero el discurso se agota enseguida y desemboca en el listado de los inconvenientes. Al habla con el colega periodista que escribía sus columnas en su casa rural: "me encantaba trabajar por la noche, fuera de Madrid, sin ruidos. Pero me acostumbré a animarme con whiskitos, rayas, porros... finalmente, todo a la vez. Hasta que terminé en la UVI". La tropa de la hostelería nocturna sabe mucho de esas trampas. Lo primero que se desarregla es la alimentación. Cuenta, cuenta: "cenas antes de entrar a currar, pero, a mitad del turno, vuelves a tener hambre y compras un bocata, comida china o --lo peor-- picas cosas saladas. Cuando te despiertas no sabes si desayunar, comer o merendar". Vidas en picado No se consigue el descanso necesario, lamentan. "Aunque cierres bien las ventanas y anules el teléfono, el tope de horas dormidas con luz solar está alrededor de las cinco. Así que vas acumulando una deuda de sueño importante. La verdad es que el cuerpo no se habitúa a dormir de día. Lo descubres cuando libras o te vas de vacaciones: enseguida vuelves al ritmo de descansar por la noche". El deterioro físico es inevitable. "Yo me apunté a un gimnasio, pero fue dinero tirado. Debes tener una voluntad de hierro para cumplir con un programa de ejercicios. El resultado es que terminas sintiéndote fofo, débil, descuidado... El cuerpo se arrastra, pierde destreza y reflejos. A veces hay broncas en la puerta y terminas 'cobrando' en peleas que antes hubieras dominado sin gran esfuerzo". Tú me das, yo te doy Y las tentaciones. Primero, las carnales. Los que curran detrás de una barra o en una cabina saben que están en exposición, que destacan y atraen. En otras palabras, que resulta relativamente fácil ligar, siempre que la persona interesada esté dispuesta a aguantar hasta que el local eche el cierre. Recuerdos de un camata cuyas memorias serían candidatas al premio de "La Sonrisa Vertical": "creo que las chicas son más francas cuando abordan a gente de la noche. No se andan por las ramas y te suelten el '¿en tu casa o en la mía?'. Nada de jueguecitos de calientabraguetas". Segundo, las tentaciones químicas. A poca experiencia que se tenga, se ha interiorizado que es preferible el agua al alcohol, se ha aprendido que algunas drogas son incompatibles con largas horas de trabajo intenso. "Si llevas en esto unos años tienes claro que no puedes machacarte cara al público. El problema es que llega el cierre y, si hay buen rollo con los compañeros, se monta una pequeña tertulia. Alguien sugiere irse a un after-hours y suena bien; quieres desquitarte de estar contemplando como la gente se divierte con tu ayuda. Allí te encuentras con otra gente que trabaja en lo mismo y todo encaja: alegría y marchón. Lo malo es que terminas a las doce de la mañana en tu casa o en la de un desconocido con los ojos como platos, la mandíbula en plan incontrolable y la angustia de saber que en unas horas vuelve a empezar el ciclo". Vamos a la cama, que hay que descansar Investigo en libros. Malas noticias, clanes de la noche. Si bien la alimentación es una cuestión cultural (cada sociedad se acostumbra a cierto número de comidas y distribuye a su gusto las comidas ligeras y las copiosas), parece que en el disco duro del ser humano está programada la necesidad de dormir entre seis y ocho horas. Y deben ser dormidas por la noche. Hasta la invención de la luz eléctrica, la humanidad seguía obligatoriamente los ciclos del día y la noche. Ahora tenemos luz veinticuatro horas al día los siete días de la semana, pero el reloj corporal sigue insistiendo en que durmamos por la noche. Ignorar esa exigencia básica no sale barato. Esos aguafiestas con batas blancas Los amigos médicos tienen estadísticas, estudios hechos con animales y con humanos, tomos sobre la función de la melatomina. Según ellos, el cuerpo de la gente de la noche pierde inmunidad, adquiere fácilmente muchas enfermedades menores. Todo se complica con los malos hábitos alimentarios: "entre los trabajadores de la noche son muy habituales las úlceras y los problemas respiratorios". Ay, ay... Pero, avisan, los inconvenientes físicos empequeñecen ante los psicológicos y el deterioro de la capacidad mental: "los desarreglos del sueño pueden desembocar en depresiones, pero, vaya, eso se remedia con la vuelta a la normalidad en el dormir. Lo malo es que los nocturnos tienden a perder su capacidad para estar alerta. Y eso resulta especialmente peligroso si conduces. Sabemos que, teniendo en cuenta el número de coches que circulan, ocurren muchos más accidentes --y son más graves-- por la noche o en la madrugada. A mis pacientes músicos les sugiero que duerman en la ciudad en la que tocan, aunque estén a tres o cuatro horas de su casa en Madrid. Lo mismo si van de discotecas; siempre les digo que, si hubiera tomado la precaución de contar con un conductor sobrio, seguramente Tino Casal estaría vivo". ¿Te irías de marcha con el piloto de tu avión? Los que salen de marcha en plan "destroyer" son principalmente un peligro para sí mismos. Pero, según algún estudio confidencial, muchos de los grandes desastres de la historia reciente, de Chernobil para abajo, tienen que ver con trabajadores nocturnos que reaccionan lenta o equivocadamente. "No es inteligente poner en un puesto delicado a alguien que ha sacrificado su vida social y la convivencia familia por cobrar el plus de nocturnidad". Que aburrido: todos insisten en la necesidad de dormir esas horas y hacerlo por la noche. "En la consulta conoces a gente que tiene la fortuna de arreglarse con pocas horas o que es capaz de descansar con tandas de dos o tres horas de sueño. Pero son los menos. He tenido que mandar a músicos a curas de sueño en clínicas especializadas. Lo malo es que todos han leído lo de Keith Richards aguantando tres, cuatro, cinco días sin dormir. Como él, claro: con drogas duras. Quieren ponerse a su altura y están jugando con la muerte". Calamaro y la atracción del martirologio De eso es consciente Andrés Calamaro, que recuerda la etapa bonaerense de composición y grabaciones básicas de "El salmón", su abigarrada colección de cinco discos: "cuando trabajas setenta y dos horas seguidas, durante varias semanas, el pensamiento se despega del cuerpo y puedes crear arte o basura. Quizás lo mío no sea muy diferente de lo que hacen los estudiantes de medicina en período de exámenes o los escritores que tienen una fecha límite. Lo que ocurre es que el músico de rock es perezoso, no hay otra palabra. Sé que podía haberme matado en el empeño, pero no pasa nada; hoy amanecerán guerrilleros y soldados dispuestos a morir, seguramente por motivos más nobles que los míos". Se lo leo al amigo médico: "Bueno. No soy psicólogo ni fan de Calamaro, pero entre líneas veo mucha vanidad juvenil, un deseo muy transparente de convertir la creación musical en una labor heroica. Yo le diría a Calamaro que piense que se está aplicando a sí mismo la tortura que utiliza la policía en países que presumen de demócratas: se renuncia a la tortura convencional pero se mantiene al detenido despierto durante días, con interrogatorios constantes, hasta que se desmorona. No deja señales en el cuerpo, pero, finalmente, es tortura". Diego A. Manrique
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