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Rosendo entrega su nuevo álbum en un momento de enorme reconocimiento hacia su figura Sin vender la moto
Cuatro amigos charlando alrededor de unas copas. Surge la conversación alrededor de la música y una de las tertulianas comenta que, siempre que ha conocido a un artista, se ha sentido desencantada: nunca se parecían personalmente a lo que exponían en sus canciones. El tema cala y terminamos defendiendo dos posturas distintas: unos señalamos que el error del público es buscar en el músico más allá de su obra y otros, por el contrario, defienden la idea de que si alguien expone un mensaje hay que ser consecuente con él. La conclusión (que tarda tiempo y copas en llegar) es que si el artista no te vende más que sus canciones nunca te defraudará como persona, pero si, con las mismas, se termina creyendo el héroe de sus creaciones tarde o temprano madura y aparece ante la gente como lo que es: una persona normal y corriente que con el tiempo defenderá públicamente todo lo contrario a lo que cantó y apoyó en el escenario. Lógicamente, en el debate salen nombres. Aparecen esos artistas que terminan siendo más importantes que sus propias obras gracias a un labrado trabajo por conseguir relevancia al precio que sea. Aparecen también quienes, a la chita callando, se han instalado en nuestra vida sin que nunca nos hayamos puesto a pensar en que son personas más allá de sus canciones. Entre estos últimos hay una coincidencia absoluta: "Rosendo, por ejemplo. Nunca le he visto hablar de nada que no fuera de música. En sus canciones no te dice lo que tienes o lo que no tienes que hacer. Nunca le puedes ver como representante de nada, nunca te va a defraudar su persona". Es curioso. Mientras escucho pienso en la cantidad de público que convierte a los artistas en héroes, en caballeros andantes, en iconos sexuales o en príncipes azules. Todo ello sin conocerles. Se dejan llevar por la propia creación musical e, instintivamente, convierten al comunicador en responsable de todo lo que imaginan cuando escuchan un disco. Llego a la conclusión de que todo esto nos llegó de la mano de la imagen y que comenzó, en el mundo de la música, en cuanto se pudo ver a los artistas en televisión. Antes de aquello los músicos podían tener una vida tan azorada como quisieran, disponer de sus vicios y sus vergüenzas... y nada de ello influía para que la gente disfrutara más o menos con su obra. Desde que los músicos tuvieron cara comenzó la fabricación de mitos y los lemas salvajes sobre los que orientar una vida basada siempre en que un medio de comunicación pudiera recoger la instantánea y plasmarte como "representante de una generación". Aparecieron las leyendas con muertos que pasaban a la historia sin haber entregado más que un par de discos, literatura sobre excesos que todos quisiéramos disfrutar en nuestro propio cuerpo, imágenes preciosistas que servía para la generación desenfrenada de hormonas... todo un marketing destinado organizadamente a convertir a un artista en bandera de algo. El caso es que hay músicos que huyen de ser "estrellas del rock", que tuvieron como sueño desde críos ser, única y exclusivamente, trabajadores de esto. Un par de días después de la conversación del bar charlo con Rosendo a cuenta de su nuevo álbum y también lo comentamos: "Cuando era cani lo único que quería era currar dentro de este mundo. Que, en vez de tener que ir al taller o a la obra, tuviera que trabajar cantando y tocando la guitarra" --decía mientras encendía un cigarrillo-- ". Sí es cierto que este oficio tiene más parafernalia que otros, está más en la onda de la televisión y las revistas, pero... como yo nunca he entrado en ese tinglado, siempre lo he visto como un trabajo, el trabajo que me ilusionaba tener cuando era un chaval". De ese modo, Rosendo no sólo no ha decepcionado a sus fans, sino que, con el tiempo, se ha hecho acaparador de un cariño que ya trasciende sus canciones. Hablar con él es bastante diferente a hacerlo con otros artistas que consideran que tienes que saberte su vida de memoria, que te pasan exámenes sobre sus discos considerando que tú tenías que haber estado en cada uno de sus conciertos para glosar su biografía en clave de dios. No. El carabanchelero es otra cosa. Joaquín Calero, su manager personal, cuenta entre sonrisas cómo encontró hace pocos días una reedición de Kurt Savoy en la que se incluían las dos canciones con las que Rosendo y sus compañeros de antaño debutaron en un estudio de grabación haciendo de músicos de sesión para el que fuera llamado "el rey del silbido". Le regaló el disco al guitarrista y, al escuchar las canciones en las que intervenía, "se le caía la babilla diciendo 'esa guitarra es la mía, ésa'". Rosendo recuerda aquellos días anotando que, gracias a que aquella sesión terminó antes de tiempo, el grupo en el que estaba, Ñu, aprovechó para grabar lo que terminaría siendo su primer single. Desde entonces ha grabado diecisiete discos, contando los de Leño y los que aparecieron a su nombre. Aparte están aquéllos en los que colaboró de uno u otro modo. Tratamos de recordarlos todos y es imposible. Joaquín empieza a tomar nota haciendo una lista y señala que, si se reuniera todo ese material, habría más que suficiente como para publicar un CD doble: "Labanda, Decibelios, Tako, Enemigos, Tahúres Zurdos, Sabina, Platero, Extremoduro, Barricada, Vantroi, Canallas, Ramoncín, Aute, Porretas, Buenas noches, Rose... la tira". Ahora, sin embargo, el guitarrista está soñando con otra cosa: su nueva obra, un disco que aparecerá en breve en el mercado y que lleva como título "Canciones para normales y mero dementes". Supone su vuelta al estudio después de que, hace tres años, lanzara aquel fenomenal "A tientas y barrancas". Desde entonces, y por esas cosas de la vida, su figura se ha ido engrandeciendo a cuenta de haber ganado dos premios de la música, conseguir un disco de oro con su directo "Siempre hay una historia" y haber sido el primer rockero español al que un ayuntamiento dedica una calle. "A mí esas cosas se me escapan" --dice-- "; ni me las planteo. Siempre siento como que me vienen grandes. No tengo un carácter que me haga llevarlo bien, pero ni salen de mí ni las puedo evitar, por lo que lo único que puedo hacer es agradecerlas de todo corazón porque, quieras o no, suponen una promoción extra para mi trabajo".
Siempre se muestra muy celoso en este aspecto. Quiere estar donde quiere estar y no un paso adelante o uno atrás: "Hace bastante tiempo que me planteé que, en esto, o tenías un golpe de suerte o te ganabas el pan manteniéndote a lo largo de los años. Lo mío ha sido lo segundo. Es más difícil porque tienes que pasar por rachas en las que la historia no te sale bien, rachas en las que notas que te haces mayor... Yo he tenido momentos en los que la suerte no ha estado conmigo y me he encontrado a punto de abandonar, pero, afortunadamente, siempre he tenido público que ha ido a verme en directo aun cuando no se vendieran los discos. Lo bueno es que, a base de trabajo, he llegado a chavales jóvenes y no me he quedado simplemente con la gente que me conoció al principio". Como él dice, "le tocaba" hacer disco y lo ha hecho. Se ha ido con su equipo al famoso Cortijo malagueño, el estudio de Trevor Morais que se está convirtiendo en uno de los más visitados de Europa y que está equipado a todo tren "en medio de la sierra y con los vecinos más cercanos a un kilómetro". Allí comenzaban a trabajar a las cuatro de la tarde en sesiones que, capitaneadas por el habitual Eugenio Muñoz, se prolongaban hasta altas horas de la mañana. Cuando sus músicos (Rafa J. Vegas en el bajo y Mariano Montero a la batería) se iban a descansar Rosendo se ponía a darle vueltas a las letras, una asignatura que siempre supone para el carabanchelero un dolor de cuerpo y un enorme esfuerzo de mente. "Había momentos en que les decía: 'si encontrara a alguien que escribiera las canciones del mismo modo que yo no dudaría en comprárselas todas por no pasar este trago'. El caso es que no encuentro a nadie que escriba así". El equipo quería que el disco fuera "un disco de trío", que sonara compacto y poderoso como el grupo ha venido sonando en la última gira. Por ese motivo ni se plantearon llamar a invitados o a colaboradores. En el álbum apenas aparecen pinceladas instrumentales necesarias para cerrar los temas que fueron cubiertas por el propio Trevor, José Carlos Sánchez (uno de los mandamases de Dro que apareció un día por el estudio y sugirió añadir el sonido de un Hammond a una canción) y Julián Hernández, que no es el Julián de Siniestro Total aunque el nombre engañe. Es, únicamente, un amigo de Mariano que se encargó de unas congas en el tema "Evidencia". La única colaboración pintoresca que puede señalarse es la de Rodrigo Mercado, hijo de Rosendo y partícipe en la banda Ganjamoon, un combo de reggae que está dando sus primeros pasos. "Cuando grabé 'Para mal o para bien' me pasó una letra para una de las canciones, pero al final no la metí en el disco, con lo que se quedó un poco desencantado. Le dije que no se preocupara, que en otro álbum metería una canción suya. Sin embargo, al final no ocurrió así: estaba escuchando el reggae que hacemos en el disco y me dijo que tenía una letra que quedaba que ni pintada para el tema. La cantó y me gustó, así que decidí que fuera él mismo el que metiera la voz en el disco. En el estudio estuvo más suelto que yo toda mi vida. Yo sigo asustándome un montón cuando tengo que meter las voces". Las voces, precisamente, han sido siempre el aspecto con el que Rosendo se ha sentido más incómodo cuando un disco se terminaba. Siempre pensaba que se podrían haber mejorado si hubiera dispuesto de más tiempo. En este caso, sin embargo, ese problema ha sido solucionado: "Las he repetido mil veces hasta quedar plenamente satisfecho. En esta ocasión he dispuesto de todo el tiempo del mundo", comenta. Como casi siempre, el guitarrista es el responsable de todo el material, aunque en dos de los temas, "Sursum corda" y "Marcha atrás", han colaborado también los músicos y Eugenio a la hora de componer y la letra de "El alma se colma" es de Rodrigo. "De lo que se trata siempre es de evolucionar e incorporar otras cosas que oigo y que me gustan. Siempre he dicho que me gusta más escuchar que tocar y lo que me propongo en cada disco es mejorar lo ya hecho, corregir las cosas que no me gustaron el anterior...". A la hora de "incorporar lo que oye" no se refiere Rosendo a tomar prestado o a imitar lo que le atrae. "No es eso. A veces me llaman la atención músicos bastante alejados de lo que yo hago, como el caso de Ben Harper, que me impresionó cuando le vi en La Riviera. A lo que me refiero es a que escuchando abres miras, encuentras terrenos en los que investigar sin perder tus propias formas. Es como el reggae, por ejemplo. Cuando hicimos el primero apenas aportaba un rasgueo de guitarra, pero, con el tiempo y escuchando, aprendes a hacerlo en condiciones aportándolo a tu estilo". Una colaboración importante en este disco llega de parte de Fender, la legendaria marca de guitarras que recibe una dedicatoria especial en el libreto del álbum: "He estado tocando tres años con la Les Paul y no he terminado haciéndome con ella. Me encantaba su sonido, pero tocaba a disgusto. Un día me invitaron al certamen 'La guitarra de oro de la ciudad de Pamplona'; era un concierto en el que, con un grupo de apoyo, participaban varios guitarristas y yo tocaba cerrando. Letusa, los distribuidores de Fender en España, me regalaron una guitarra estupenda que sonaba exactamente como yo quería y que es, al fin y al cabo, la strato con la que me he manejado toda mi vida. Fueron encantadores: no me pidieron ni una foto con la guitarra y no les importó nada cuando les dije que llevaba tres años tocando con Gibson. Un detallazo que ha cambiado mi vida. He vuelto al buen camino". La nueva compañera de Rosendo es una strato modelo Big Apple realizada específicamente para obtener un sonido más humbucking. Eso se ha conseguido engordando el sonido con dos juegos de pastillas dobles Seymour Duncan. "Canciones para normales y meros dementes" es un disco que llega tras el exitoso directo grabado en la cárcel de Carabanchel. Dicha anécdota suele asociarse con un cierre de etapa y la apertura de una nueva, ya que son muchos los músicos que utilizan un álbum en vivo para recopilar su obra y tomar un rumbo estilístico diferente. No es el caso de Rosendo: "A mí me gustaría grabar un directo cada cuatro o cinco años para dejar testimonio de cómo suenas en cada época de tu carrera. Sin embargo, este último se me alargó demasiado en el tiempo. Yo nunca he visto los directos como un cambio de rumbo y creo que aquí se considera así porque no tenemos mucha tradición en este tipo de álbumes". Para el guitarrista, el directo es su vida; pero no un álbum o dos grabados en vivo, sino la vida de carretera que le permite presentarse ante el público y cantar sus canciones. De momento, dicha actividad sufrirá un pequeño parón hasta mayo, aunque no se descarta la posibilidad de presentar el nuevo álbum en Madrid. "Yo preferiría girar primero y rodar los temas nuevos antes de tocar en Madrid, pero hay veces en que tienes que hacer compatible todo. A la compañía discográfica le gustaría que empezara por aquí porque eso tiene más repercusión y puede ayudar a promocionar el álbum". Con todo, el directo exige un esfuerzo físico. Quiérase o no, el melenudo carabanchelero cuenta ya con cuarenta y siete años recién cumpliditos y empieza a notar, puntualmente, pinchazos en músculos que ni sabía que existían: "aún no he perdido la ilusión y no creo que la pierda en mucho tiempo, pero eso no significa que esté ciego y que no vea que el tiempo pasa. En este trabajo nunca existe la seguridad, ni tienes médico, ni retiro... Siempre estás en la calle a no ser que te hayas convertido en millonario. Creo, aunque no lo tengo claro, que ya he alcanzado cierta situación en la que puedo vivir sin agobios, aunque eso puede cambiar cualquier día si la gente deja de venir a mis conciertos. Ocurrirá cuando deje de estar en forma y no pueda presentarme al público como realmente me gustaría, algo que igual pasa dentro de cuatro o cinco años. De todos modos, sé que siempre podré grabar y ésa es mi ilusión, aunque tenga que reservarme mucho a la hora de subirme a un escenario". Evidentemente, el tiempo pasa, pero hay ciertas cosas que parecen asociadas a los genes de cada uno. Rosendo es, por ejemplo, de quienes siempre sienten pánico a la hora de enfrentarse a su público. Cada vez que sale del camerino y se cuelga su guitarra tiene esa necesidad de apretar el culo que hace más llevadero el acelerón del ritmo cardiaco. "En la grabación del disco de Carabanchel lo pasé peor que nunca. Estaba nerviosísimo por el hecho de que el disco dependiera, única y exclusivamente, de ese concierto y, además, parecía que todo me salía mal: el sonido falló al principio, los cámaras de vídeo estaban siempre donde yo quería ponerme, se me cayó un amplificador al suelo por el aire que hacía...". "Siempre hay una historia", el disco surgido de aquella actuación, es uno de los que peor recuerdo tienen para él, no tanto por el resultado como por la manera como fue construido. A nivel artístico, valora cada una de sus obras como si fuera un niño recién nacido: "siempre es una parte de tu vida. Cuando escribo me doy la vuelta como un calcetín y procuro comunicar lo que siento. Sí es cierto que, tal y como lo hago, quizás camuflo lo que quiero decir, pero, en el fondo, me descargo por completo cada vez que compongo". Su estilo, ya clásico dentro del rock de Madrid, es catalogado por algunos como "rock duro", aunque el paso del tiempo y los diferentes géneros que han ido surgiendo mientras este hombre ha permanecido en activo han hecho que el apelativo casi haya perdido su sentido original: "lo de duro puede referirse aún a las letras y a las guitarras, que siguen siendo muy borricas. En el resto, sí es cierto lo que dices: comparándolo con las cosas metálicas que se hacen ahora, con el thrash y esas músicas, yo no estaría más que a mitad de la tabla. Desde que se inventó la guitarra de siete cuerdas se nos ha ido la mano", dice sin poder evitar el soltar una sonrisa. Actualmente no tiene otro proyecto en mente que no sea seguir girando alrededor de la música y sus canciones. Hace relativamente poco ha equipado su local con un pequeño estudio que le facilita el trabajo y que aún no sabe bien lo que dará de sí. Por otro lado, no le importaría repetir la experiencia de poner una banda sonora a una película, aunque eso siempre estará postergado a lo que más adora: "me tendría que coincidir con que tuviera una época sin nada que hacer y eso es difícil porque no me apetece otra cosa que mi música y mis conciertos. Quizás cuando no haga conciertos me ponga a escribir, pero lo veo difícil porque, cada vez que tengo que hacer las letras de las canciones, me pongo malo". Se me han acabado las preguntas y damos el último trago a un chupito antes de abandonar la mesa. Su aspecto es el mismo de siempre, su cara la misma de siempre y su forma de expresarse la que ya se ha hecho familiar. Evidentemente, éste no es de los personajes que vende "glamour" o "mensajes existenciales" y abandona el restaurante saludando al camarero como cada vez que acude a comer a este local. Rosendo no vende nada sino sus canciones y, de ese modo, no suele desencantar a nadie. Puede ser muchas cosas, pero no un príncipe azul. E.P. Rosendo. "Canciones para normales y mero dementes". Dro
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