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Medios de comunicación y discográficas forman cada vez más una extraña piña. Diciembre de 2001

Piedrecitas contra el imperio

Medios de comunicación y discográficas forman cada vez más una extraña piña. El resultado es el veto a artistas que no tienen fuerte apoyo, el ninguneo de tendencias que no están de moda. DIEGO A. MANRIQUE explica cómo funcionan los filtros que determinan el triunfo de la vulgaridad.

Cada semana, la misma conversación. Telefonazo desde la discográfica X. La promocionera Y (lo siento: casi todos los responsables de prensa son mujeres) llama al periodista musical Z (lo siento: casi todos somos hombres). Tiene a W, un artista fascinante a disposición; sugieren una entrevista.

El musiquero Z carraspea y explica la situación (lo debe hacer regularmente; el puesto de promocionera cambia con demasiada frecuencia). Tragándose lo que le queda de orgullo, dice algo así: "personalmente W me interesa, pero, mira, no tengo libertad para colar el texto en la revista/ el periódico. Debes ofrecérselo al redactor jefe/ director/ encargado de sección. Verás: hubo un tiempo en que proponíamos temas o personajes y se aceptaban casi automáticamente. Ya no es así. Ahora, el boss debe dar su aprobación".

Ojo, ojo: tal OK no significa necesariamente que, al final, la entrevista con W se publique. La promocionera Y puede engatusar al cancerbero del medio, pero éste tiene la prerrogativa de cambiar de opinión. En realidad, ni se molesta en desechar la entrevista. Sencillamente, la fecha de publicación se retrasa y se retrasa. "No te preocupes; vamos a sacarlo un día de éstos". Es mentira. El texto pierde actualidad y un día se extravía entre las tripas del sistema informático.

Finalmente, un desperdicio de esfuerzos para todos los implicados. Los afanes de la promocionera Y, el tiempo del artista W, el trabajo del periodista Z... Nada de nada.

El pecado de salirse de la norma

Tal es el castigo por saltarse la Regla Máxima del Momento. Que dice así: "sólo interesan los grandes triunfadores, los guapos, los que tienen el punto sexy de estar en la cresta de alguna ola". No hay exageración. Hace unas semanas alguien bromeaba en la redacción de un medio musical: "aquí no quieren sacar a nadie que tenga más de treinta y cinco años o que no haya vendido un millón de discos". Todos los presentes se rieron hasta que la carcajada se congeló. Sonaba a verdad, más verdad de lo que deseaban aceptar.

Fue un desliz... afortunado. Nadie quiere asumir que los espacios dedicados a la música han sido colonizados por las grandes discográficas. Para éstas, la prensa es la promoción más rentable. Las agencias que se dedican a recopilar las entrevistas que salen sobre determinado artista ofrecen, como complemento de sus servicios, un cálculo de lo que costarían esas páginas si hubiera que pagarlas. Veo la suma de lo publicado a raíz de la edición de "Aire", de José Mercé: según la agencia, casi cien millones de pesetas por unos pocos viajes y unas cuantas horas de charla. ¡Un chollo!

Torciendo el brazo

Tan barata es la información musical que las discográficas y sus adláteres ya la consideran como un derecho divino. Cada vez es más frecuente que, por ejemplo, los tiburones del management español veten a determinados entrevistadores, prohiban tal tipo de reportaje, manipulen a medios y periodistas.

¿Que es una exageración? Imagina que tienes que entrevistar a un cantautor de la línea comprometida y te enteras que la oficina del artista ha estado haciendo indagaciones sobre tu persona: "quieren saber de qué vas, si pretendes ponerle bien o criticarle". ¿Cómooooooo? "Sí. Es que no les gustó el comentario que hiciste de su último disco". Al final, se arregla.

Más tajante es la actitud del "management" de La Oreja de Van Gogh. No les gusta un reportaje sobre su vida en gira que sale en "Rolling Stone" y, sencillamente, ahora vetan ese tipo de aproximaciones periodísticas. Pero, alguien intenta explicarles, no todos los periodistas son iguales. Además, cuando un grupo no tiene ni historia apasionante ni grandes teorías, hay que rellenar folios contando pequeñas anécdotas de su vida en carretera que revelen lo que ellos no quieren o no pueden articular. Imposible, insisten: precisamente, se intenta evitar que la prensa les pille con la defensa baja y que revele detalles tan "escandalosos" como quién fuma porros o la identidad del novio de Amaia. Alucina: pasa algo parecido en la misma revista y con el mismo periodista (saludos, Antonio Ortega) con Txinato y Extremoduro, que no esconden sus vicios pero que se enfadan si se cuentan. Así que nos hemos topado con...

¡La policía política del show business!

Desde luego que ya no se te concede permiso para escribir lo que quieres. ¿Libertad de expresión? Ni de broma, mentecato. De hecho, aunque parezca que la discográfica y el management te dan vía libre, pueden estar maniobrando a tu espalda. A cuenta de determinados favores o contraprestaciones al periódico o la revista, tal vez consigan el derecho de revisar tu texto previamente a su publicación. Cuando llegue al kiosco, igual descubres que tu escrito ha sido descafeinado o directamente censurado: desapareció aquella parte en la que el artista quedaba ridículo, se añadió un punto más a la crítica de su última maravilla (o menos, que también ocurre).

(El director de "Todas las NOVEDADES" se asombra de que traguemos tanto. Esteban, si protestas, claro que se disculpan: "fue un error bla bla bla". Pero no se corrige públicamente. La idea de la fe de erratas es anatema hasta en la prensa más seria. Aunque sean erratas genuinas, nunca se reconocen a no ser de que entren dentro de la categoría de garrafales o que el implicado aplique la máxima presión. Queda feo, me explican. Pero, amigo, precisamente la fe de erratas sirve para que el medio extreme la vigilancia, para que mantenga alto el nivel de autoexigencia. Ni por ésas).

Pueden ocurrir cosas tan chuscas como la siguiente: el responsable del sello que edita el debut de Estrella Morente llama indignado al periódico que acaba de publicar la crítica del disco. Le enfurece que el autor de la crítica sea un periodista pop y que haya expresado algunas reservas respecto al tono retrospectivo del repertorio. Hubiera preferido, explica mi amigo Liñán, que el disco hubiera sido comentado por el especialista en flamenco. Toma, claro: en el mundillo flamenco nadie se atreve a escribir menos que superlativos sobre la hija de Enrique Morente (y la chica merece flores, pero echemos el freno antes de que se agote el filón).

Las relaciones peligrosas entre medios e industria también contemplan venganzas rastreras por parte de cualquiera de las dos partes. Un caso: mandan al periodista a Somosaguas, con la misión de entrevistar a Miguel Bosé, el "sex symbol" nacional acaba de editar un nuevo disco. Se hace, se escribe, se envía... y no se publica. El escriba pregunta la razón: el director de la revista ha decidido castigar al famoso, que ha tenido "la desfachatez de querer cobrarnos por servir de presentador en nuestra entrega de premios". Increíble pero cierto. Atrapado entre dos fuegos, el entrevistador no verá una peseta por el trabajo; ni siquiera le pagarán los gastos de desplazamiento.

"Dos yoyas para ese chulo"

Así que el periodismo musical se está convirtiendo en profesión de riesgo. No hablo de los artistas con sobredosis de macarrismo que eran capaces de pegar al juntapalabras que se atrevía a poner en duda su genialidad. Ocurrían esas agresiones, pero el plumilla tenía al menos la seguridad de que el medio se solidarizaría con él.

Ya no puede dar por supuesto ese apoyo. Aquí se han contado (ver "Criticando la música en directo y otras miserias", en el nº 90) las consecuencias de poner en duda las bondades artísticas del cantautor más querido de éste país, Joan Manuel Serrat. De hecho, el periodista problemático puede encontrarse con que es marginado para evitar futuros líos, con resultados económicos funestos si se trata de un "freelancer" que vive de lo que publica.

El culto de la celebridad hace que los medios manifiesten una vergonzosa flexibilidad ante las imposiciones de los representantes de los famosos. Si no tragan a tal periodista no hay problema: se le reemplaza por otro más complaciente (siempre lo hay, aunque haya que recurrir a la cantera de los becarios).

De hecho, hay compañeros que han visto la jugada y han optado por la solución más cómoda: poner bien a todo. Leer sus textos produce sonrojo y, finalmente, enojo. Pero lo entiendo. Una crítica mala, una entrevista inquisitiva, te granjea enemistades y te impide el acceso a ese artista durante largos años. Aparte de colocarte en situaciones delirantes. Estoy en un pasillo de las oficinas de Universal cuando aparece Rosana sonriente. Me ve, cambia la cara y se mete por la primera puerta disponible. Por lo que veo, todavía no me ha perdonado lo que yo veía como imposturas en sus directos, en su repertorio, en su trato con la gente de a píe.

Que bueno: acojonar a una estrella.

Los tiempos que vienen

En estos asuntos, la industria musical sigue la pista de la cinematográfica. El control de ésta sobre muchos medios resulta apabullante. Algunas publicistas tienen derecho de veto sobre los periodistas y seleccionan las fotos que acompañen al (teledirigido) texto. Esa es la zanahoria. Para las publicaciones que insisten en ir por libre queda el palo: la retirada de publicidad.

En el cara a cara, los métodos de Hollywood son casi militares. Las entrevistas se desarrollan cronómetro en mano. Allí está presente alguien en representación de los intereses de la estrella, con poder para interrumpir la conversación si ésta se interna por asuntos distintos de los oficiales (básicamente, limitados a la promoción de la película en cuestión). Ya están aprendiendo en el mundo del disco. Aprenden lo peor, claro. Hace unas semanas me plantean viajar a Londres para entrevistar a Bob Geldof. Me apetece por la propia historia bíblica del personaje (rico por su productora audiovisual y desdichado en amores, increíblemente famoso pero no vende discos) y por la turbulenta música contenida en su nuevo trabajo, "Sex, age and death".

Deja de apetecerme cuando me comunican las condiciones. Transcribo el mensaje de la atribulada distribuidora española: "tanto si le entrevistas cara a cara como si es por teléfono es necesario mandar el cuestionario con las preguntas y, además, la semana que viene nos mandan una especie de contrato que tú has de firmar comprometiéndote a que sólo vas a publicar la entrevista en un medio y que, si quisieras publicarla en otro, primero habría que consultar con Bob Geldof. Esto no es muy habitual, pero explican que en el pasado han tenido algunos problemas con este tipo de cosas. No sé qué te parece todo esto, si estás de acuerdo".

Lo del contrato no es nuevo: he firmado alguna vez, riéndome del absurdo que supone pensar que un artista de otro país va a meterse en juicios por semejante "infracción". Lo otro, lo del cuestionario previo, resulta más desagradable. Paso de la entrevista.

Caso práctico: una cita con Miguel Bosé

Tratar con estrellas tiene sus inconvenientes. Puede acontecer que las directrices y los horarios de su discográfica y su management sean diferentes. O que se intente introducir con calzador un número imposible de entrevistas en un tiempo mínimo. El resultado es frustración y caos. Que sufren los periodistas.

La elaboración de "Sereno", el último CD de Miguel Bosé, ha sido costosa. Bosé ya daba entrevistas sobre el disco en verano, pero esas conversaciones se celebraban en su casa-estudio de Somosaguas y un servidor prefería un escenario neutral para el encuentro. En el chalet de su madre, Miguel despliega todos sus encantos --"ésta es la casa del siglo XX bla bla bla Picasso bla bla bla Visconti bla bla bla"-- y el visitante es consciente de jugar en campo contrario. Lo cuenta un colega que lo sufrió: "estábamos a mitad de la charla y sonó el móvil. Era Alejandro (Sanz) y se tiraron un cuarto de hora cuchicheando mientras yo ponía cara de póquer".

Cierto: en las estrellas, el sentido de las buenas maneras es... ni mejor ni peor, sencillamente diferente. Así que preferí esperar a que se terminara el disco y pudiera escucharlo y hablar con conocimiento de causa con su autor. Una ingenuidad. Miguel sigue mezclando por las noches y se presenta con retraso a la tanda de entrevistas que me ha tocado en suerte. Y no; todavía no se puede calibrar "Sereno": sólo te ponen un CD-R de cinco temas que Bosé insiste en que son maquetas.

Otra característica de las estrellas: ignoran el calendario y no les parece raro estar disertando sobre un trabajo que todavía no se ha terminado. El autor de estas líneas está habituado a tales incongruencias, pero no ocurre lo mismo con otros convocados. Está la periodista de revista femenina que manifiesta su desolación: "se me ha ocurrido preguntarle por el motivo de que se llame 'Sereno' y en su respuesta se ha ido casi todo el tiempo". El redactor de una revista de línea aérea se va hundiendo paulatinamente: ha viajado a Madrid para la entrevista y ahora le dicen que sólo tendrá veinte minutos y "¿no te importa hablar con Miguel mientras come?".

¡Ah! Una supuesta veteranía le permite a uno poner gesto de perro viejo; nada nuevo bajo el sol. Además, escondo motivos personales para mantener la impavidez: sufrí desencuentros con Bosé, su management y su discográfica; tras llegar a la conclusión de que no vale la pena estar peleando toda la vida, he apostado por mostrar paciencia y aguante. Además, durante la espera es un placer especular con el fotógrafo que me acompaña, Jerónimo Alvarez, sobre lo que haríamos con tiempo. Por ejemplo, imaginamos una foto de Miguel en albornoz, botella de champán bajo el brazo, recorriendo los pasillos del Palace rumbo a alguna habitación y...

¡Basta de fantasear! Tras pasar por la sesión de maquillaje, aparece Bosé e ignora al periodista, enzarzándose en amable charla con Jero sobre sus viajes australianos con el cantautor Javier Álvarez: "mira que es culo de mal asiento tu hermano". Esto va a ser duro, Diego.

Lo es. La entrevista comienza tres horas después de lo previsto. Y se desarrolla ante público: su secretario personal y representantes de su discográfica, de su management. Mal rollito. Es decir, periodismo musical, año 2001.

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