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DIEGO A. MANRIQUE revisa las tendencias de la música popular en España durante los últimos diez años. Abril 2001

¡Boom! ¡Crash! ¡Boom!

Los años noventa amanecieron en lo musical con un cansancio generalizado: pesaba la reiteración del santoral de la década anterior. La "movida" fue explotada hasta la saciedad y no ayudó a su longevidad que Gabinete Caligari apareciera en spots de bebidas refrescantes o que sus compañeros engordaran en los pesebres institucionales. Los mismos grupos aparecían en todos los actos moderno-juveniles, parte obligada del oficioso contrato de "pan y circo" con nuestros gobernantes.

El cacareado "agotamiento creativo" tal vez no fuera tan real. Sí resultó frustrante que algunos de los proyectos más productivos fueran disgregándose sin que los satélites resultantes lograran generar resultados similares. Pensemos, por orden de desaparición, en Nacha Pop, Radio Futura, Mecano, Los Ronaldos.... Hay una excepción: El Ultimo de la Fila dio paso a un Manolo García en solitario particularmente falto de gracia que, sin embargo, siguió vendiendo centenares de miles de copias y llenando inmensos recintos. Buen rollito, colega (lástima de la música).

Cierto que había una necesidad de relevo, un ansia de sangre joven que se hacía palpable en revistas y programas radiofónicos. Un proceso inevitable: los "especializados" tienden hacia lo iconoclasta, aparte de resentirse de que los antiguos ídolos se pasen al enemigo. Lo trágico es que muchos de esos medios renunciaran a sus filtros críticos y se abrieran de piernas ante lo que vino a continuación.

Del noise pop...

Vino el pop a lo "indie" y el rock a lo "Ruta 66", es decir, grupos de mínimo espectro pero muy empapados de referentes foráneos. Grupos que carecían de la voluntad de conquistar públicos (o quizás sí querían pero nunca descubrieron las claves). Grupos que llevaron su repulsa hacia lo anterior hasta la opción de cantar en inglés.

El debate consiguiente se planteó equivocadamente. ¡Pues claro que cualquiera puede cantar en el idioma que quiera! Lo terrible es que no se profundizara en el asunto. Se echaban por la borda quince años de recuperación del castellano para el rock (y la posibilidad de conectar con la realidad circundante). Se oía lo de "para nosotros, es más natural el cantar en inglés" y no se traducía por "así nos resulta más fácil copiar a nuestros ídolos". Y, añado yo, ocultar que se tenían pocas cosas que contar.

Algún malévolo profesor nativo de inglés todavía usa esos discos como ejemplo negativo de cómo construir frases y cómo pronunciarlas. Ni siquiera sirve la excusa de que el inglés facilita la internacionalización de un proyecto. Así es en teoría, pero Dover viaja fuera de España y los espectadores creen estar ante uno más de los cien mil grupos que en todos los rincones oyeron la llamada de Seattle. Por el contrario, Héroes del Silencio llamaron la atención precisamente por su idioma.

Tan poca voluntad de comunicación se paga. Y se ha pagado muy cara. Muchos grupos se han esfumado, mientras que sus sellos malviven o dejaron de existir. Australian Blonde mantiene la cabeza alta tras hacer de vuelta el famoso viaje --de independiente a multinacional--, pero sus compañeros de escenarios han pasado al "Camposanto del Rock", sección "Culturalmente Irrelevantes". Los Planetas, uno de aquellos fichajes con que RCA se aproximó a lo "indie", son los únicos que conservan un público amplio y que demuestran una agradable belicosidad artística.

... al noñi pop

Luego, el péndulo ha oscilado hacia el otro extremo (ya saben, todo es acción y reacción). Lo que nos ha llegado en los últimos años es una cosecha de conjuntitos que reivindican "la movida" y que, con frecuencia, se contentan con fotocopiar el estilo de sus primeros tiempos. Por cada grupo inteligente (uh, Los Fresones Rebeldes) hay demasiados plagiarios que parecen conformarse con sonar en el programa de Juan de Pablos.

En el vacío creado por ambos movimientos --los "indiosos" y los de la piruleta sobada-- se han colado grupos de multinacional como La Oreja de Van Gogh. Que no se escandalice nadie: con otra producción, los donostiarras encajarían en Elefant o Subterfuge. Lo terrible es que todas las grandes compañías se esfuerzan en firmar insípidos proyectos de pop guitarrero que suenan igual-igual que sus predecesores de 1980.

Muchos cazatalentos prefieren eso: fichar algo parecido a lo que ya ha triunfado en la competencia. Así, ya están al caer los equivalentes a Estopa ("un grupo haciendo rumba rockera; ¿cómo no se nos había ocurrido antes? Y llamar a Alejo Stivel, que es un todoterreno de la producción").

Micros y bits

Siempre la misma copla: los gustos de la crítica son incompatibles con los del gran público. Buena parte de los enterados han prestado su apoyo al naciente rap español. Y los raperos no han logrado llegar a las masas, a diferencia de lo que ocurre en Francia, Italia o Alemania. Sólo DJ Kun ha tenido algún impacto comercial (y no es representativo del movimiento, excepto en la facilidad para desbarrar). 7 Notas 7 Colores conocieron los puestos bajos de las listas de ventas, pero luego descarrilaron. Ni siquiera la llamativa Mala Rodríguez, con su flamenqueo de porreta, ha roto la barrera.

Algo similar ocurre con el "dance". El fenómeno de los discos "mix" es real, pero, lo siento, yo no otorgo categoría de creadores a DJs que suelen manejarse con el mínimo común denominador. Muchos están pasando a la categoría de artistas tras ejercer de remezcladores y productores, pero está por ver si sus carreras podrán superar el breve período dorado de un, digamos, Raúl Orellana. Estas músicas tienen su circuito confortable, con sus sellos pequeñitos, pero no está demostrado que puedan funcionar en compañías grandes (y públicos idem), aunque Dro apuesta por José Padilla, conocido internacionalmente por su etapa ibicenca.

La nueva-vieja canción de autor

En realidad, los compradores de artistas españoles son tradicionalistas. Quieren lo de siempre y bien masticadito. Cuando alguien como Javier Álvarez rompe la baraja --al meterse en el universo de las máquinas, al desnudarse realmente-- hay una desbandada de sus antiguos fans.

Así, de los cantautores masculinos surgidos en los noventa, el que tiene mayor popularidad es precisamente Isamel Serrano, que podía ser definido como el más clásico de todos, a medio camino entre Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. Pedro Guerra arriesga infinitamente más que, digamos, su compatriota Rosana y no alcanza ni la vigésima parte de penetración comercial.

Un inciso: debe mencionarse que los cantautores siguen sirviendo de modelo práctico para los rockeros en lo profesional. La fórmula Aute de grabar en directo con invitados ha sido utilizada con fortuna por gente como Enemigos: se vende la supuesta magia de la "ocasión única" con la promesa de incluir los grandes éxitos en un sólo paquete. Y el personal pica.

Cambio de piel

Si hay una indiscutible historia triunfadora en los noventa ésa es la del mestizaje. Empezando por el nuevo flamenco que, no olvidemos, fue casi totalmente una iniciativa de un pequeño sello, Nuevos Medios. Su cerebro, Mario Pacheco, acepta con rara resignación que sus artistas y sus fórmulas hayan sido explotados por las compañías potentes, comenzando por Ketama y siguiendo por Raimundo Amador.

El sonido ketamero, con fuerte presencia de lo caribeño y lo brasileño, es ahora menú del día para docenas de grupos y solistas sureños. De rebote, Ketama y compañía han roto barreras que nos han permitido contemplar hechos prodigiosos: cantaores por derecho como José Mercé o Remedios Amaya son superventas con discos que combinan hábilmente los palos ortodoxos con piezas accesibles, algo que Camarón sólo logró en la recta final de su carrera; esa aceptación de lo hondo tiene efectos tan paradójicos como el hecho de que los discos camaronianos más vendidos sean los póstumos a pesar de que --bajo cualquier punto de vista-- son inferiores a los que editó en vida. Cosas del marketing.

Sin embargo, no es hora de echar cohetes. El hombre que lleva veinticinco años ampliando las fronteras del flamenco se llama Enrique Morente y nunca ha tenido un éxito. Por cada Kiko Veneno, que felizmente abandonó la marginalidad en los años noventa, quedan unos Mártires del Compás (obra esplendorosa y mínimas ventas).

Del norte al Caribe

El flamenquito no es el único producto basado en la modernización de folklores autóctonos. Las gaitas celtas han salido del limbo norteño y, en el caso de Hevia, incluso han conseguido difusión internacional aunque los más audaces trabajos hayan pasado bastante desapercibidos: ahí está Carlos Núñez, un raro ejemplo de músico local que se desenvuelve cómodamente tanto con gente de su cuerda (The Chieftains) como con bichos raros (Ry Cooder).

A Ry Cooder se le atribuye el mérito de haber lanzado mundialmente a Compay Segundo y los viejitos cubanos. Curiosamente, incluso en España se olvida que el primer impulso a Compay, el que le sacó fuera del circuito de la penuria ("2.000 pesetas por músico y todo el ron que pueda beber"), fue Santiago Auserón, que invirtió su dinerito en grabar un doble, una magna antología que sigue siendo referencia para entender la grandeza del hombre.

Auserón no tuvo gran fortuna (comercial) en los noventa. Su intuición de fundir rock y son, lo que él jocosamente bautizó como "rock montuno", no fue asimilada. Sin embargo, sus hallazgos sí proporcionaron la base al millonario despegue de Jarabe de Palo. Pau Donés es un talento menor, pero, a diferencia de Santiago, cae simpático y no sobreestima la avidez intelectual de sus compradores. Depende, todo depende de llegar en el momento justo (y con soberbias campañas de mercadotecnia); da lo mismo ser o no pionero.

El Juan Perro tropical abrió caminos, al igual que sus maravillosas colecciones de "La semilla del son" (editadas en tiempos en que los archivos cubanos no estaban explotados). Caminos que fructificaron en fusiones de más amplio espectro, donde cabían la cumbia colombiana, la salsa y todas las variedades jamaicanas, del "ska" al "ragga".

Contra el "España va bien"

En la zona "Radical mestizo" --por usar la denominación acuñada por las ejemplares recopilaciones de Fonomusic-- se notó la irradiación ideológica y musical de otro personaje único: Manu Chao. En solitario o con la paradigmática banda vagabunda (Mano Negra), el gallego-parisiense ha marcado pautas. Y no hay que responsabilizarle de las ciento veinte mil patosas canciones posteriores que piden la abolición de fronteras y la legalización de la marihuana.

Esos asuntos, junto a conflictos como el de Chiapas, han dado mucho juego argumental al rock combativo, sea tropicalista o urbanita. De nuevo hay que quejarse del reparto de naipes: Ska-P ha logrado incluso poner un píe en Francia o México mientras que alguno de los miembros fundadores de Hechos Contra El Decoro recoge vasos en un local madrileño.

No indignarse: cuando se firma un pacto con el diablo del rock ninguna cláusula habla de que habrá justicia. Es algo que saben muy bien los grupos de punk, heavy metal o rock duro. Al no hacerse ilusiones de partida, mantienen una notable longevidad. Incluso hay casos (Reincidentes) de insumisos que, después de probar los placeres de una multinacional, recuperan la independencia.

Es posible mantenerse en un circuito reducido, incluso cantando en idiomas minoritarios. Lo demuestra el rock catalán, aunque dicen que goza de fuerte apoyo oficial, y el rock vasco, que ocasionalmente cuenta con difusión internacional (las aventuras de Fermín Muguruza).

Las individualidades

Esa citada apertura a lo mestizo ha hecho posible el mayor fenómeno español de los últimos tiempos. Alejandro Sanz era, esencialmente, otro baladista italianizante más hasta que llegó "Corazón partío". Que sí, que tenía algunas letras provocadoras y talento para el flamenquito, pero Alejandro seguiría en la mediocridad del quiero-y-no-puedo a lo Sergio Dalma de no haber tenido aquella ocurrencia y un músico cubano para los arreglos.

Las demás historias individuales reflejan el triunfo de la voluntad. Titánico fue el esfuerzo de Enrique Bunbury para quitarse su antigua piel y reciclarse en cantante de arrabal. Su gusto por el riesgo, su voluntad de trabajar, su curiosidad musical... le marcan con rara avis en el panorama nacional.

Más extravagante ha sido la trayectoria de Mónica Naranjo, una desatada que parece imponerse a fuerza de excesos y santos ovarios. Aunque linda con lo majadero, urge reconocer que la Naranjo impone su criterio y mantiene a raya a su discográfica. Cosa única en este país, donde los artistas suelen ser corderitos que pelean por las minucias (por ejemplo, dinero puntual) y pactan en lo esencial (dirección artística). Incluso un supuesto indomable como Joaquín Sabina aceptó que "19 días y 500 noches" se quedara en disco sencillo cuando él lo concibió como doble.

En el rock también hay artistas que van por libre. Exacto: pienso en Andrés Calamaro, que ha renunciado al estrellato que supusieron Los Rodríguez (otro de los grupos más plagiados de los tiempos recientes) para llevar una carrera en solitario donde la expresión personal prima sobre consideraciones carreristas. Uno puede pensar que Calamaro se ha pasado cinco pueblos con su última entrega, pero debe reconocerse monumentalidad a su desafío.

Diego A. Manrique

Cambio de valores

¿Que ha ocurrido con la recepción de la música española durante los noventa? Primero: ha perdido la red de protección de los medios y las instituciones simpatizantes. Durante los años ochenta existía una especie de conspiración para sacar adelante las propuestas más frescas y valiosas.

Eso se acabó, amiguito. La irrupción de las televisiones privadas (y el consiguiente rebajamiento de nivel de las públicas) ha degradado el consumo cultural. En nuestro campo se notó inmediatamente: la desaparición de programas musicales medianamente dignos, la consideración de los artistas como rellenos en programas de entretenimiento... La ausencia de criterios éticos y estéticos ha facilitado montajes impresentables como el "Séptimo de Caballería", que en otros tiempos hubiera sido denunciado universalmente como un escándalo. No pasó nada.

Y lo peor: los medios asumieron el lenguaje, los razonamientos de los departamentos de promoción. Los argumentos para difundir las bondades de un artista o grupo ahora son las ventas, los discos de oro, los premios, cualquier candidatura a honores extranjeros...

De hecho, se recortan las distancias entre discográficas y medios de comunicación, con la tendencia al "holding" que mete sus manos en todas las tartas. Pero ni siquiera es necesario que exista esa relación incestuosa: como Raúl, nuestro "Ricky-Martin-de-rebajas", abundan los casos en que una televisión promociona exhaustivamente un disco a cambio de un porcentaje en los beneficios.

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