|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Regreso espiritual
Los primeros ochenta fueron gloriosos en Inglaterra. La explosión punk tuvo sus reminiscencias positivas y una de ellas fue abrir las orejas al público generalista y avivar un circuito de directo que, hasta la invasión del imperdible, parecía totalmente amordazado y estandarizado. Si en los últimos setenta todo fueron guitarrazos y escupitajos, aquello dio paso enseguida a unas mayores inquietudes que no reparaban en fronteras estilísticas. Reapareció el ska, el soul, el reggae... y el rock se reivindicó en muchas de sus facetas. Era un terreno abonado para gente como Ian Astbury. El había nacido en el 62 y representaba al típico adolescente bohemio de culo inquieto ideal para aterrizar en el ambiente punk. Se había recorrido casi toda Inglaterra tocando en los antros más descastados con una banda de temática anarquista muy propia de la época y, al nacer la década de los ochenta, lo intentó con lo que terminaría siendo Southern Death Cult. Lo que ofrecía no era novedoso a nivel musical dentro de la historia, pero sí dentro de lo que él había hecho. En cierto modo, la época post punk fue la que definió la música que, desde entonces, siempre danza en la cabeza de Astbury. Si bien su proyecto empezaba a tener cierta repercusión, volvió a lanzarse a la piscina cuando se encontró con Billy Duffy, un guitarrista que también tenía su grupo y que andaba, como Ian, sorteando y compitiendo en un momento en el que, en Inglaterra, dabas una patada a un bote y descubrías debajo diez o doce bandas. Astbury y Duffy se entendieron bien y crearon Death Cult. Lo de ir disminuyendo el nombre de sus grupos parece una dinámica normal en la vida de Astbury, por lo que, en un año, la banda ya se llamaba únicamente The Cult. Eran fantásticos. En un momento en el que empezaba a activarse lo que se llamaría la New Wave of British Heavy Metal, The Cult tiraba por tendencias menos obvias pero no por ello menos duras. Nada más publicarse "Dreamtime", lo que fue su primer álbum, ascendió a las listas de ventas hasta colocarse en el número 20. No era un mal comienzo para una banda de rock duro en un momento en el que igual reinaba el techno pop recién aparecido, los nuevos románticos con su glamour a cuestas o la reciente entrega de alguna de las bandas que habían sobrevivido con solvencia a la finalizada eclosión punky. "Love", su siguiente álbum, demostró que el anterior no era un accidente y consolidó al grupo entre los más populares del panorama británico. Lo mejor que en aquel momento mostraba The Cult era su capacidad para saltar barreras: desembarcaron en Estados Unidos y su pasión conectó estupendamente con el concepto del rock americano que se llevaba en la época. "Electric" y "Sonic temple" fueron álbumes que no hicieron sino aumentar su fama y su prestigio. A esas alturas de la jugada, finales de los ochenta, The Cult era un grupo totalmente solvente. No se le podría considerar el mejor de la liga, pero, evidentemente, todos los años terminaba la temporada lo suficientemente bien clasificado como para jugar la UEFA. Habían soportado el corte y podrían mirar con tranquilidad toda una ristra de cadáveres "post punk" bajo sus pies. La música británica empezaba a decaer nuevamente: los heavies no prosperaban, todas las bandas destinadas a ser legendarias se habían separado y el fenómeno irlandés y escocés empezaba a ganar terreno en todas las apuestas grandes. Era el momento de moverse a Estados Unidos y The Cult, sin pensárselo, se largaron a Los Angeles. Era su momento y su lugar. Lo malo fue que cambiar de ambientes tiene sus problemas de adaptación. Cuando lanzaron "Ceremony", en el 91, el grupo tuvo problemas con las protestas de ciertos colectivos indios que vieron ofensiva la portada del álbum y el hecho coincidió casi en fechas con la noticia de que Nigel Preston, uno de los integrantes de los primeros Cult, falleciera de modo extraño con lo que eso conlleva siempre de depresión en los conocidos. Podía parecer una tontería, pero... fue el principio del fin. En 1994 The Cult entregaba su último álbum antes de decir adiós. Nunca fue un adiós muy claro y se producía en un momento en el que todo parecía rodar bien en el grupo aunque el disco no destacara en ventas como los anteriores. El caso es que, desde entonces, Astbury y Duffy han hecho sus pinitos en otras cosas, se han dedicado a viajar y a comportarse como personas respetables y se han alejado bastante de la situación de éxito que tuvieron con The Cult. Cuando se empieza a hablar de reunión los rumores son los típicos: ¿qué tiene que hacer una banda de los ochenta, cerrada y facturada, en unos tiempos como los que corren? Bueno... Las respuestas a esta pregunta siempre suelen ser las mismas: "En nuestro caso quedaban cosas por resolver. Tenemos una cierta sensación de no haber alcanzado nunca todo lo que podemos dar juntos. Después de este descanso hemos aprendido mucho como músicos y como personas y tal vez ahora podamos llegar a alcanzar las metas que nos habíamos planteado. Cuando nos separamos fue más por un agotamiento espiritual que por desavenencias musicales. Ahora vivimos como un redescubrimiento y de nuevo nos sentimos listos para enfrentarnos al mundo", comentaba Duffy mientras se enfrentaba a una multitudinaria rueda de prensa para hablar de lo que será "Beyond good and evil", la reaparición de The Cult prevista para mediados del mes de junio. Un par de días antes había tenido posibilidad de escuchar un tímido avance del disco. Eran doce canciones a falta de la mezcla definitiva pero suficientes como para hacerte una idea de por dónde desembarcará la pareja Astbury-Duffy en los próximos días. Lo cierto es que el álbum tiene bastantes diferencias frente a otras "reentrés" con historia de años. "Beyond good and evil" suena a fresco, muy vital, y con una intensidad que no aparenta esa típica imagen de "volvemos-con-lo-mismo-de-siempre". Quede claro, con todo, que este disco no es un salto cuantitativo importante dentro de lo que siempre caracterizó a The Cult, pero, del mismo modo, es lo suficientemente digno como para agradar a los fans que aún tiene la banda. Sus canciones son dinámicas, poderosas y elaboradas, expresadas con acierto y con un concepto muy lineal. Es rock en alto grado de pureza y concentración y más de una y de dos canciones de este disco pueden codearse fácilmente con los "grandes éxitos" que la banda ha ido atesorando en una larga carrera. "Queríamos hacer un disco de rock, ya que siempre dijimos que nosotros formábamos parte de una banda de rock, no de otra cosa. Puede que el concepto esté devaluado ahora mismo y que decir que tocas rock en el año 2001 no sea lo más moderno, pero sería injusto decir que este álbum suena como los que hicimos en los años ochenta. Probablemente, si fuéramos un grupo nuevo, nadie diría que nuestro sonido es añejo", señalaba Duffy cuando, en la citada rueda de prensa, se le preguntó por el resultado del álbum. Escuchándole a él y a Astbury uno podía hacerse la idea de que, realmente, éste es de los grupos cuya vuelta no responde a las típicas premisas, pero, quiérase o no, por mimetismo, uno ya no sabe qué pensar de todo esto. "Es cierto que, hoy en día, muchas bandas reaparecen, sacan un disco, hacen una gira y, posteriormente, editan el directo de esa gira, pero nosotros aún no sabemos lo que haremos en el futuro. Ten en cuenta que muchas de las bandas que han hecho eso no se parecían en nada a The Cult y lo único que les motivaba para volver a tocar juntos era la cuestión económica. Nuestro caso es diferente: deseábamos volver a unirnos y no nos hemos planteado ningún tipo de estrategia comercial alrededor de ello", añadían. El caso es que, se quiera o no, un regreso de este calibre siempre lleva adjunto un "post it" con la duda permanente. ¿Se vuelve con la idea de hacer algo nuevo o se aguarda, con esperanza, a que quienes te idolatraban hace años sigan con su vela encendida esperando que les ilumines? "No se puede vivir con un miedo constante a decepcionar "--contestaba Astbury--". Cuando no nos planteábamos nada de eso era cuando mejores canciones construimos. Actualmente son muchos los grupos cuya preocupación principal es la estética, lo que gusta o no, lo de estar al día, y eso se pone muchas veces por encima de la creatividad. No es bueno estar pendiente de eso porque terminas perdiendo tu autenticidad". "Beyond good and evil" viene a confirmar lo dicho. No parece (aún habrá que escuchar las mezclas definitivas) que la pareja líder de The Cult tenga en mente involucrarse en tendencias modernas o en cambios radicales. Se aprecia en el nuevo material, eso sí, ganas de actualizar las guitarras, de sonar con el poderío que permiten los medios actuales y de eliminar elegantemente las salvajadas propias de los tiempos de juventud, pero, en otro terreno, lo que caracterizó a The Cult sigue estando presente en las nuevas canciones. Hubo entre los periodistas convocados quien le preguntó a Astbury y a Duffy si, en los últimos años, habían encontrado nuevos puntos de referencia para su música. "Primal Scream, por ejemplo, son excepcionales y también nos gustaba mucho lo que hicieron Rage against the Machine. Lástima que se separaran", contestaron. Tres segundos después comenzaron a dictar numerosos nombres... "nos gusta que se nos asocie "--añadían--" con los grupos nuevos que le gustan a la prensa... Aunque no hayamos escuchado sus discos". Los dos son perros viejos en esto. A estas alturas del partido saben perfectamente que la opinión de un músico sobre su propia obra es casi la que menos cuenta. A Astbury y a Duffy les da lo mismo que les llamen modernos que antiguos: lo importante es que la gente se entere de que están otra vez ahí. Por eso no han tenido el más mínimo inconveniente en iniciar una amplísima gira de promoción un mes antes de que el álbum haya terminado siquiera de mezclarse. Vamos, pues, al lío. "Beyond good and evil" comenzó a gestarse en 1999, justo cuando Astbury y Duffy firmaron un contrato con la compañía Lava asegurándose, por tanto, la distribución internacional gracias a Atlantic. El productor elegido para el trabajo de reaparición fue Bob Rock, personaje clásico dentro del rock de altura que ya había trabajado con la banda en ocasiones anteriores. "Bob es el mejor. Al principio nos planteamos que su elección podía parecer demasiado evidente, demasiado tópica, y buscamos a alguien más joven, pero... no encontramos verdadera conexión con nadie a la hora de trabajar. De ese modo, nos quedamos con Bob y nos dimos todo el tiempo que necesitáramos para hacer un buen álbum. Cuando te metes a grabar no sabes exactamente cuándo acabarás, ya que siempre encuentras algo que mejorar de lo ya hecho". A la hora de completar la banda había una elección casi evidente: la del batería Mat Sorum. Sorum colaboró con The Cult en el 88 y, después de hacer algunas giras con ellos, pasó a formar parte de Guns n' Roses a finales del 90. El final de aquel grupo es más que conocido, por lo que, a mediados de la década, en la última etapa "cultera", Sorum volvió a sentarse en el sillín para vivir también los últimos coletazos de la banda británica. "Para tu grupo puedes elegir a un batería que sea un niño o a uno que sea un hombre "--comentaba Duffy--". Nosotros hemos preferido a un hombre. Ahora se ven muchos baterías a los que parece que se los lleva el aire escondidos detrás de una enorme jaula, jugando con instrumentos para gente mayor". Más difícil fue, y sigue siendo, la elección del bajista: "Siempre ha sido una odisea para nosotros. Estuvimos trabajando con uno durante año y medio antes de entrar a grabar y, a la hora de ir al estudio, se fue. Cogimos a otro que empezó a grabar el disco y tampoco funcionó. Lo mismo nos pasó con uno holandés con el que intentamos tocar en directo algunos conciertos. Es todo un conflicto", señalaba la pareja directora de The Cult sobre el puesto volante que supone, actualmente, el instrumentista de las cuatro cuerdas dentro de esta banda. Otro dato a aclarar con respecto al disco era el porqué del título elegido: un juego de palabras entre una frase "nitschziana" y un dicho más relajado: "Lo que tratábamos de representar era el hecho de que estar por encima del bien y del mal es soltarte de las ataduras terrenales que te hacen estar más pendiente de otras cosas que de lo que es, realmente, creativo". Por lo que se ve, el componente espiritual e intimista seguirá estando presente dentro de los textos y el contenido del disco, algo que Duffy recalca al asegurar que "siempre hemos tenido un alto componente espiritual y hemos intentado ser coherentes en nuestras canciones. Las letras y la pasión que ponemos en ella nos han distinguido de otras bandas". Dicho componente, llámesele como se le quiera llamar, estará probablemente acentuado habida cuenta que tanto Astbury como Duffy han llenado este tiempo de silencio con dos asuntos fundamentales: proyectos paralelos y... viajes exóticos. "Los viajes "--habla Duffy de nuevo--" eran, en sí, una búsqueda de mí mismo. Me ayudaban a apreciarme y a apreciar las relaciones con el resto de las personas. En el mundo que vivimos es muy difícil no estar continuamente autocriticándote, pasándote revista de si haces las cosas tal y como deberías. Necesitaba tener un mayor aprecio hacia mi propia personalidad y creo que lo he conseguido". Sobre las aventuras en solitario, Astbury señaló que "fueron más que nada una cosa de amistad, pero en ninguno de mis proyectos sentí la magia que vivía cuando The Cult estábamos juntos. Situaciones como ésa sólo ocurren una vez en la vida". Y, después de todo ello, llegaba lo más importante: ¿qué plantearse a la hora de hacer un álbum? The Cult fue, de algún modo, una banda que señaló cierta tendencia en sus momentos de esplendor; pero, en los tiempos en los que vivimos, inventar dentro del rock parece sumamente difícil. "El significado que puede tener esta banda pasa siempre por la relación entre nosotros dos. Siempre nos preocupábamos por las tendencias que nos interesaban y en ningún momento se nos ocurrió crear modas ni inventar cosas diferentes. Lo que ocurrió fue, probablemente, que nos adelantamos al resto a la hora de hacer las cosas. Creamos lo que nos surge en base a lo que sentimos". La explicación, tal vez por repetitiva, es un tanto débil: "A la gente se le ha tomado mucho el pelo y se le han vendido muchos grupos que al final han terminado decepcionando. Nosotros siempre fuimos auténticos, no tenemos nada que ver con eso", argumentaba Duffy a la hora de hablar de "tendencias", "modas" y "corrientes". Metidos en harina sobre estos particulares hubo quien les preguntó sobre su imagen, más adaptada a los tiempos que corren que a los típicos clichés rockistas de los ochenta. "Bueno. Ahora se lleva el pelo corto. Hubo una época en la que llevar el pelo largo era una forma de expresarse, pero hoy... Aún hay gente que se cree que el rock tiene algo que ver con esto, pero... si alguien lleva el pelo largo es más que nada para taparse la cara. Es muy comprensible en el caso del cantante de Guns n' Roses, ¿no?", bromearon. Escuchándolos transmiten sinceridad, aunque, como ya se ha dicho, en esto del rock, y en esto de los regresos, esas apreciaciones son de lo más subjetivas. Por si quedara algo en el aire, por si alguien pensara que la pareja ha vuelto simple y llanamente para recoger dividendos de la historia, el dúo argumenta que casi se dejó convencer (aunque no les hacía demasiada falta, también es cierto) por gente como Lars Ulrich, Steve Jones, Tom Morello o los Primal Scream al completo. Para bandas de esa cuerda, el nombre y la música de The Cult siguen siendo importantes y parecen tener ganas de volver a verlos a su lado. De momento, el disco saldrá para mediados de junio y la gira no se retrasará mucho: "Tocaremos donde nos llamen y en España tenemos previsto actuar para el mes de septiembre. Sería una buena fecha. En la última etapa de The Cult tuvimos a Europa muy abandonada y por ese motivo hemos empezado la promoción por aquí. Lo cierto es que nos encanta el público europeo y disfrutamos mucho con la gente de estos países". Bien. Ahora tendrá que hablar el público. E.P. Cult. "Beyond good and evil". Lava
|