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Sabino Méndez retrata con asombrosa fidelidad la historia de la década más determinante de la música española
Julio del 2000

La crónica de los ochenta

Extraordinaria la visión que Sabino Méndez realiza sobre los años ochenta en este libro editado dentro de la colección Espasa Hoy. La obra, que cuenta con 290 páginas, narra la biografía del creador de la mayoría de los éxitos de los Trogloditas, grupo en el ejerce de cantante el catalán Loquillo. A través de una prosa preciosista y desnuda, Sabino narra sus inicios dentro de la música, sus participaciones en Los Intocables y Los Trogloditas y, sobre todo, su visión, desde una atalaya privilegiada, de lo que dio de sí la década de los ochenta dentro de diferentes ambientes relacionados con la música.

Giras, drogas, amores, muertes, nacionalismos incipientes, tolerancia política durante la transición, síndromes de abstinencia, creación de canciones... todo aparece en "Corre, rocker" dentro de un fantástico análisis y una colección de impagables lecturas de la realidad que rodeaba aquellos años.

Si bien en el libro desfilan todos los personajes iconográficos de la movida madrileña, de la prensa musical de la época y de los barrios típicos de Barcelona, la obra no es, en absoluto, una colección de chismes, sino una visión particular del mundo aderezada con numerosas anécdotas que incitan a la reflexión. "Corre, rocker" no puede leerse buscando únicamente los agudos y punzantes retratos de las personas que aparecen en él, sino como un punto de partida para una revisión en profundidad de una década fundamental dentro de la historia española. "He sido ecuánime e inmisericorde a grados iguales. Si algo no se ve ahora como en aquella época es el sentido del humor berlanguiano con el que nos lo tomábamos todo, esa parte ridícula de las personas que llega a ser enternecedora", comentó el propio Sabino en la presentación madrileña de la obra mientras añadía que "aquélla fue una época irrepetible, histórica y casual. Nadie tuvo la culpa de lo que pasó, pero fue el momento en el que en España se recibían influencias que no habíamos recibido en medio siglo al tiempo que se establecía un reparto del orden. Se permitían locuras que hoy estarían condenadas a la marginalidad".

La obra, que puede resultar polémica en muchas de sus páginas, fue pasada por el abogado previamente a su edición. "Si has vivido una época impagable posees datos que superan cualquier realidad. Todas las personas tienen su parte de atrás, su otra cara, y preferí que quienes aparecen en la novela leyeran las partes en las que están retratados. No tenían posibilidad de cambiar nada: sólo elegían si querían salir o no. Ninguno se negó a aparecer". Según Sabino, la tolerancia es una virtud a reivindicar: "Lo que me impresiona del talento humano es que puede soportar, incluso con humor, las mayores vergüenzas".

La editorial Espasa Calpe nos ha permitido ofrecer a nuestros lectores algunas pinceladas extraídas del libro, pero, como es de suponer, difícilmente pueden mostrar el talento derrochado en esta obra que solamente es disfrutado en su intensidad al leerla completamente.

"Pues sepa Vuestra Merced, ante todas las cosas, que la industria de la música moderna es la única rama profesional del comercio donde los ingresos económicos son inversamente proporcionales a la calidad de tu producto.

Yo, señor, resignado desde bien muchacho a reconocer honestamente la evidencia de mi más absoluta torpeza y falta de talento, no es extraño que pensara en tal medio como el único que me permitía el vislumbre de un futuro de prosperidad y opulencia delirante.

(...) A los veintitrés años ya teníamos una renta de tres discos en el mercado, manteníamos holgadamente nuestras casas y además viajábamos, ganábamos dinero, bebíamos, éramos nuestros propios jefes, volvíamos a beber, firmábamos contratos, firmábamos autógrafos y, al final de todo eso, bebíamos alegremente de nuevo".

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A lo largo de un lustro irrepetible, entre 1977 y 1982, el temor mutuo de los diferentes aspirantes, la prudencia de aquél que juega una partida política que no le permite levantar la vista de la cancha y cierto liberalismo europeo en alza provocaron que los siempre herméticos círculos del poder dejaran a los ciudadanos, por una vez, un poco a su aire.

Quienes más lo notaron fueron los jóvenes, incautos recién llegados a la fiesta, quienes creyeron siempre así el baile.

(...) El colofón fue la irradiación desde Londres casi inmediatamente del movimiento punk, una inconcreta insurrección estética adolescente de indefinidos tintes ácratas que anunciaba el fracaso de las utopías y negaba la validez de cualquier posible futuro adulto. Fue un privilegio vivir esa fiesta extremadamente volátil. (...) En los años siguientes, los habituales círculos herméticos, hecho el reparto parcelario de favores, anunciaron que se había acabado el recreo.

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Decíamos llamarnos punks, pero en el fondo había una palabra castellana mucho más adecuada. Eramos gamberros, sólo pacíficos y sencillos gamberros. La mejor definición que se me ocurre para un artista.

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De una manera insospechada, [Loquillo] consiguió un contrato de grabación con una pequeña compañía dedicada a la producción de casetes para expositores y regentada por Los Guacamayos, una especie de fabulosos Baker Boys a la catalana.

Improvisó un repertorio con dos grupos de amigos (Los Rebeldes y Los Cepillos), pero le faltaban tres canciones para completar un disco y un grupo que le respaldara en directo. Ese, y no otro, es el origen de Los Intocables, cuya formación contó con Teo Serrano, Juan Caníbal Heyndenreich como batería y el guitarrista Carlos Nadal.

(...) Quedamos así, dos pícaros que ya se habían convertido en cinco, abandonados al ingenio de nuestros propios recursos. (...) Frente a generaciones de adolescentes que se han encerrado en el paraíso evasivo de una habitación llena de libros, los cinco pícaros exhibíamos una clara vocación de trepar y ganar voluntades. (...) No hubiéramos llegado muy lejos de no ser por la conjunción de dos factores absolutamente casuales en aquel momento de la historia de los medios de comunicación peninsulares: la prensa alternativa y Radio Tres.

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Público estúpido, joven y dopado "versus" artistas aún más jóvenes, más estúpidos y más dopados. El estudio sobre la comunicación en los homínidos hubiera hallado un inmenso campo experimental en nuestros primeros conciertos.

(...) Había expectación por vernos. Entre el público se hallaban músicos, pintores, periodistas y diseñadores. Estos últimos eran unos personajes muy habituales de aquella década cuya principal diferencia con nosotros es que pretendían vestir a las chicas mientras que nosotros preferíamos desnudarlas. (...) Lamentablemente, las primeras filas se completaron con rockers arrabaleros de gustos ultraortodoxos y puristas. (...) Su epistemología se basa en el convencimiento de que mañana resucitará Elvis y vendrá a Tordesillas caminando sobre las aguas del Atlántico para felicitarles personalmente por su fidelidad.

No parecieron estar muy de acuerdo con nuestra visión de los clásicos de rock and roll pasados por la trituradora rítmica del punk.

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En aquel viaje de ida reventó una rueda a cien kilómetros por hora (de aquellos años). En el de vuelta se salió dos veces de la carretera. Julián Hernández se aficionó de tal manera a esas vicisitudes que cuando volvió a su Galicia natal siguió pertinazmente estrellando todos los Seat que pudo con sus amigos. Al cabo, terminó montando un grupo que, como es lógico, se llamó Siniestro Total.

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Loquillo recibió el impacto de una botella de cerveza en el cráneo que lo derribó cuan largo era. Se levantó sangrando y siguió, no sé bien si cantando o aullando de dolor por el micro, tales eran los alaridos que emitía. Como intérprete, como actor, era fabuloso, convincente, carismático. Interpretaba una versión estilizada de sí mismo. Su oído para la armonía era nulo, pero era un soberbio comediante sobre el escenario musical, como lo demuestra el hecho de que aquellas interpretaciones trascendían limpiamente sus limitaciones vocales y convencían al público. (...) De cualquier manera, la sangre, proporcionada amablemente por el público, empezaba a ser un elemento de "atrezzo" quizá exagerado. (...) Alaska y los Pegamoides no corrieron mejor suerte, si bien se beneficiaron de la coyuntura de haber agotado el público toda su munición de envases sólidos contra nosotros.

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Al acabar el segundo concierto, ya en estado catatónico, vi cómo un borracho de largas melenas acosaba agresivamente a Elena Otero y a la novia del batería. (...) Me interpuse entre él y las chicas y lo empujé suavemente. Fue un error; la reacción del tipo fue agresiva y retadora, dando por entendido que allí comenzaba una bronca. Tardó tanto en ponerse en posición de batalla que me dio tiempo a encender mi mechero y acercárselo con enorme perversidad a la melena por la parte de atrás.

(...) Creyendo que era lo justo, me lanzó el contenido de la [copa] suya por el rostro, mientras decía algo tan absurdo como: "Tú te crees que tienes muchos cojones, pero los tienes muy sucios". (...) Me saqué el cinturón claveteado, abrí los pantalones, extraje los testículos y con ellos fuera empecé a perseguirlo por todo el local atizándole con el cinturón mientras gritaba: "¡Miralos! ¿Quieres verlos?".

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Acepté así con naturalidad, como un hecho justificable e inevitable de la vida, que mi compañero se construyera desde su esquizofrenia sentimental con una faceta pública de progresismo insurgente, de reivindicación de los desposeídos, mientras en lo privado se comportaba con los habituales rasgos de homófobo, misógino y hasta racista diluido que caracterizan al reaccionario civilizado.

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Ella ya había hablado con su novio explicándole que, cuando yo visitara la capital, el noviazgo entraba en una fase de excedencia que terminaba en el momento que subiera al tren de vuelta. (...) El problema es que su novio resultó ser el cantante de otro de los grupos del momento que con frecuencia compartían cartel con nosotros. (...)

Iñaki Glutamato resultó ser, afortunadamente, un tipo con mucho sentido del humor y una perfecta conciencia del absurdo de la vida. (...) Se presentó con su gabardina cargando una cornamenta de toro que nadie sabía en qué anticuario habría conseguido. Lo cómico y espontáneo de aquel extraño grupo de gente me dejaba sin armas frente a cualquier posible tensión.

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Los efectos de la Corea de Huntington son irreversibles, pero pueden paliarse sus avances observando muy estrictamente las reglas de una vida tranquila. Lo que pensaría Poch no podemos saberlo, puesto que nunca fue proclive a hablar del tema, pero está suficientemente claro que aceleró conscientemente el proceso. Le gustaba salir, beber abundantemente y probar cualquier tipo de sustancia que garantizara curiosas alteraciones de la percepción. Durante mucho tiempo fue un ritual en Derribos Arias ingerir algo menos de un cuarto de mescalina antes de salir a tocar.

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Con esa fama y el concurso de una mala racha, Sergio Makaroff se encontró un día con el desagradable plante laboral de sus músicos. En descargo de estos últimos hay que reconocer que resulta irritante que un tipo con un traje impecable, por el que se mueren todas las niñas y que sale en las fotos como tú nunca saldrás en la vida, aparte de manifestarse como tu líder y tu jefe, te pida una ayudita para llegar a fin de mes.

Al que menos le entraba esta idea en la cabeza era al que estaba sentado allá al fondo, en la batería (...). Su nombre: Manolo García.

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Fray Manolo tiene ahora las manos libres para atar sus burros a la puerta del baile y apelas a las imágenes de introspección llana, menestral y comúnmente bienintencionada como puedan ser la arena, el viento, el mar y esas estrellas fugaces que brillan delante de nosotros al emprender un viaje. Y que nadie vaya a confundirse y pensar que lo digo peyorativamente.

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Apostábamos que éramos capaces de localizar opiáceos en las poblaciones más ultramontanas, perdidas e ínfimas en el mapa. Nunca perdimos la apuesta.

Jordi [Vila] era el caso más extremo de ave rapaz. (...) Después de vagabundear durante casi una hora en vano, Jordi me conminó urgentemente a que parara cuando circulábamos por una ancha avenida. Sus pupilas negras habían sido capaces de detectar, a enorme distancia, la huella de un pinchazo en la cara interior del codo de un individuo moreno que circulaba por la acera. Por deducción, Jordi pensaba que aquel tipo nos podía informar y, como siempre, acertó.

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Me encontré sentado frente a un televisor de casa de mis padres cuyo noticiario anunciaba el accidente del coche en el que viajaban tres componentes del grupo Parálisis Permanente.

(...) Ana [Curra] hizo prevalecer su ligereza de burbuja de jabón y levitó sobre el asfalto mientras Toti Arbolés renovaba el convencimiento que teníamos todos de que sólo podía morir por propia mano. No sucedió lo mismo con Eduardo [Benavente], cuya persecución de la inmortalidad se vio traicionada por la evidencia de que, al fin y al cabo, después de nuestras exageraciones, de nuestras desorientaciones y prodigios, éramos, de una manera obscena y carnal, inevitablemente mortales.

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Los Desechables se presentaron con un guitarrista que había encargado la funda de su instrumento a un amigo carpintero de su pueblo. La funda era de madera pintada de negro, pesaba una exageración, y voluntariamente le había dado la forma de ataúd. (...) Las expresiones de los viajeros de un vagón [de metro] cuando entrábamos vestidos de cuero negro con nuestra caja eran de concurso. El guitarrista se llamaba Miguel, vestía como un enterrador y era un tipo pacífico y tranquilo. Fue una sorpresa cuando, meses después, intentó atracar una joyería con una pistola de fogueo. El ayudante del joyero le disparó desde la trastienda con un arma de verdad y Miguel murió casi en el acto.

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El caso que nos hacían las muchachas sufrió una evolución ascendente, paralela a la de la popularidad, que llevaba directamente al absurdo. Conscientes de nuestra responsabilidad moral, nos preguntamos con gravedad cómo controlar todo aquello. Consultando nuestra sensualidad (y nuestros apéndices más inflamables) nos respondimos alegremente que lo mejor era no controlarlo en absoluto.

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La especialidad de Santi Cano y Pito [Ignacio Cubillas] era poner al frente del "road management" de los grupos a una señorita de físico espectacular. Ese fue su mayor talento directivo. Enfrentados a la eficiente femineidad más deslumbrante, los grupos se volvían dóciles para agradarles, los organizadores ablandaban su corazón y accedían a las peticiones contractuales, los ejecutivos discográficos se mostraban más proclives a la cena de negocios, a ver si caía algo...

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Lo terrible era cuando Ricard [Puigdomenech] conducía el microbús y tenía nuestra vida en sus manos. Odiaba los viajes y siempre deseaba llegar lo antes posible a nuestro destino. Se negaba a parar, ni siquiera para realizar las obligatorias necesidades fisiológicas. A causa de ello, en una ocasión se cayó en marcha de la furgoneta al intentar hacer aguas por la ventanilla.

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Acusarle [a Pito] de manipulador sería un ejercicio vano, pues siempre se jactó de cumplir esa tarea y cumplirla bien. Trasladarle a él la responsabilidad de la corrupción de la nueva ola sería una hipocresía, puesto que nunca he visto a un grupo tan amplio de gente con tantas ganas de corromperse.

(...) La nueva ola había recibido el desafortunado bautizo de "la movida madrileña" e incluso Francisco Umbral había escrito una columna sobre ella. Asiduo a los locales en que nosotros nos movíamos desde luego no fue. Quizá por eso su visión estaba llena de errores y perspectivas inadecuadas, pero, curiosamente, acertaba en cosas esenciales como el origen en fechas y datos.

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Ernest es un catalán que transita siempre por la calle Escudillers, (...) él se ofrece para guiarte en busca de los mejores "dealers" a cambio tan sólo de que le permitas disponer de su "astillita", es decir, de una parte proporcional del "jaco" que vas a pillar. (...) [Ernest] admira al músico norteamericano Johnny Thunder y se viste como él. El parecido físico es sorprendente.

(...) Un día se divulga la noticia de que el músico norteamericano Johnny Thunders va a tocar en nuestra ciudad. Preguntamos a Ernest si piensa ir a ver el concierto y contesta que bien quisiera, pero que duda de poder disponer del dinero que cuesta la entrada.

(...) La tarde anterior al concierto, el músico norteamericano está en la ciudad. Aficionado también a ciertas sustancias tóxicas, pregunta discretamente dónde puede conseguirlas. Nadie en la organización quiere mojarse y lo encaminan hacia los barrios viejos. (...) Inmerso en ellos, decide abordar al tipo que le parece vestido de una forma más parecida a la idea que él tiene de un español informado sobre asuntos de drogas.

El resultado de estas maniobras es que los habituales de la calle Escudillers vemos con pasmo entrar por su embocadura a Johnny Thunders y a Ernest "el astilla", hombro con hombro, charlando como viejos amiguetes.

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Dicen que nadie se muere de un "mono", pero eso no es rigurosamente exacto. Sé de una pareja que fueron detenidos mientras sufrían el síndrome de abstinencia y murieron asfixiados en su celda por el fuego que ellos mismos provocaron al prender una colchoneta para combatir el enloquecedor frío que les nacía dentro. Los casos concretos ofrecen ejemplos delirantes que las cifras no contabilizan.

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El yonqui suele saber mejor dónde se encuentra, aunque ese lugar sólo sea una esquina diferente del retrete. El problema con el cocainómano surge al hacer valoraciones del entorno exterior. Si a los protagonistas del debate le añadimos dos cofrades de los narcóticos y una pareja de opositores a un futuro asegurado en Alcohólicos Anónimos, la verdad, no sé cómo todavía fuimos capaces de no equivocarnos más de lo que lo hicimos.

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Los "yuppies", si existieron, yo no los vi; y no puede decirse que no frecuentara la repisa del fondo de Amnesia como cualquier otro. Lo único que vi fueron pequeños españoles fatuos, sudados, malolientes, entrando en posesión de cierta porción de dinero y muy poca estabilidad o futuro. Una lamentable imitación descascarillada que solo redundó en el aumento de filisteísmo y la hipocresía.

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Me tranquilizaba pensar que los dardos periodísticos de Ignacio [Juliá] eran una opinión tan relativa como cualquier otra. Loquillo, en cambio, perdió los estribos y agredió físicamente a Ignacio sin previo aviso en el "backstage" de un concierto. (...) A nadie se le escapaba que el punto clave del asunto residía en el ataque sorpresa, abusivo a todas luces. Eso suponía colocarse en el terreno del desafortunado estilo Ramoncín.

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Diego A. Manrique nos entrevistó para "El País". Pidió a la discográfica que, además de Loquillo, se asegurara mi presencia. (...) Nuestro cantante reunió a todo el grupo en la habitación del hotel y afirmó que la exigencia de Manrique era un desaire a toda la banda y debíamos asistir el grupo en pleno. Lo cierto es que, desde hacía más de un año, Loquillo asistía solo a casi todas las entrevistas, de las cuales ni nos mencionaba el calendario.

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A la vuelta de Ibiza pude ver cómo diecisiete mil personas coreaban mi nombre en el parque de Castrelos en Vigo o cómo setenta mil venían a vernos en un concierto al aire libre en Barcelona. Mientras tanto, una segunda generación, heredera de la "movida", debutaba en grupos como los Enemigos, los Ronaldos y los Héroes del Silencio, unos años más jóvenes que nosotros.

(...) En mi última visita a Londres había comprobado cómo los primeros puestos de las listas musicales comenzaban a estar copados por reediciones de viejas canciones de otras épocas. El tirón creativo de principios de los ochenta se había agotado. En el desierto, todo el mundo plantaba ahora su tienda para intentar venderte mercancías. Nadie invitaba ya a explorar rutas inciertas.

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Loquillo se niega a ir a tocar a un país que está todavía bajo una dictadura. Resulta inútil recordarle nuestra propia situación hace unos años, cuando las visitas de Lou Reed o Eric Clapton significaban una pequeña bocanada de aire de libertad en medio del panorama de opresión tardofranquista.

(...) No iremos a Chile. (...) Para desear el papel de líder generacional juvenil, nuestro cantante había llegado tarde a su cita con la historia. O bien fue sencillamente que, en el momento decisivo, le flaquearon las piernas.

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Mezclar Ilegales y Trogloditas era garantía de espectáculo novedoso. Así sucedió en la antesala de un programa de televisión de Fernando García Tola donde vomité una borrachera tremenda en la moqueta, delante de las miradas despistadas de José Luis Coll y Víctor Manuel. Mientras eso sucedía, Jorge [Martínez], unos metros más allá, le decía a una periodista de "El País": "Vamos al lavabo, perro, que te sierro el culo".

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Aprovechando mi columna en "ABC", publico un artículo en el que anuncio mi marcha del grupo, el fin de una época, y señalo todo lo que me disgusta del entorno, del negocio de la música y de mi propio grupo. (...) La atención que los medios especializados nacionales muestran por la polémica señala la madurez y (¿por qué no?) la integración del universo de la cultura pop que heredamos de nuestros mayores. (...) El disco de despedida, que recogía versiones en directo de muchas de mis canciones de la época anterior, se disparó hacia cifras de ventas que nunca más se repetirían en la trayectoria del grupo. Ese golpe de suerte me permitió afrontar, con la tranquilidad del colchón económico de los derechos de autor, el futuro estimulante pero incierto que me esperaba.

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Años después de desintoxicarme formamos junto a Choni Margallef y Roberto Grima una agencia para organizar conciertos que se bautizó como Producciones La Iguana. (...) Nos sentamos en el camerino al lado de muchas de las figuras que habíamos admirado de adolescentes: Jerry Lee Lewis, Hermann Brood, Willy DeVille... Tuvimos desde buenos éxitos hasta grandes sustos económicos.

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A pesar de su preparación, Jordi se ve obligado a pelear constantemente con la precariedad para salir adelante como músico. Ha de recurrir a trabajos ocasionales porque un horario completo no le permitiría tocar profesionalmente. Siguiendo ese camino, ha desempañado casi todas las tareas posibles en el negocio musical, desde descargar equipos de sonido hasta escribir artículos para revistas musicales. (...) Jordi "Chancro" podría encarnar perfectamente el prototipo del músico nacional de clase media.

(...)El perfil opuesto de ese músico, aquél cuya familia dispone de sobrados medios económicos, tiene mejor equipo técnico desde el principio; suena mejor aunque sus composiciones sean más banales y, llegada la inevitable época en la que su música temporalmente no está de moda, puede esperar perfeccionándose sin sucumbir a la obligación de comerciar el lecho y la comida a horario completo. A los pertenecientes a ese estrato siempre los encontrarás, comercialmente, en posición de ventaja.

(...) Es innegable que la cantante de Mecano es pariente del fiscal Fungairiño, que el cantante de los Héroes del Silencio proviene de una familia de alto poder adquisitivo, que los parientes de Carlos Berlanga poseían inmuebles cuyo valor en cifras provocaba mareos a nuestros exhaustos bolsillos. En una dimensión menos, la madre de Olvido Gara se decía que regentaba dos restaurantes, uno aquí y otro en México.

(c) Sabino Méndez Ramos, 2000 (c) Espasa Calpe, S. A., 2000

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