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IV Edición de los Premios de la Música
Mayo del 2000

Sabina, Antonio David, Yola Berrocal y la madre que los parió

Organizada por la SGAE y la AIE se celebró en Madrid la gala de entrega de premios de la cuarta edición de los "Premios de la Música". En ella hubo de todo, hasta premiados. El comentario no es gratuito debido a que la ausencia de personajes y los comentarios de Joaquín Sabina (cuatro galardones para él) fueron lo más relevante de la noche.

Esto de los Premios de la Música es algo que me gusta, pero no ahora. Yo soy de los que piensan que si lo de elegir a nuestros mejores músicos se hubiera comenzado a hacer hace veinte años quizás a estas alturas ya se elegirían de verdad "los mejores". De momento estamos en esa época de transición en la que los elegibles tienen que ser, a la fuerza, los más conocidos, algo que viene dado por el sistema de votación y por el hecho de que las categorías estipuladas en esta especie de certamen tienen que ajustar su número a la duración del espacio televisivo que las soporta.

Puede que sea por ello por lo que no me he atrevido a ir todavía a ninguna de las galas organizadas con motivo de la entrega de premios. De hecho, hasta la edición de este año, ni siquiera las había visto por televisión y siempre me había conformado con leer, al día siguiente, la lista de ganadores en los periódicos. Nunca se alejaban demasiado de las quinielas que cada uno se hubiera querido hacer, por lo que, para ir a una película de la que ya sabes el final, es mejor ocupar el tiempo en otra cosa.

Este año, sin embargo, sí vi la ceremonia. No había ningún motivo especial para ello, pero fui de quienes se plantó delante de la tele para ver cómo evolucionaba eso. Al fin y al cabo, nunca he visto la entrega de los Oscar, ni la de los Goya, ni la de los Grammy... ¿No era ya hora de que viera alguna?

El primer problema que tenía (parece que siempre tengo problemas con estas cosas) es que no sabía si iba a aguantar despierto toda la mara de anuncios que un espacio de este tipo genera en televisión. Zanjé la cuestión poniendo a grabar el vídeo por si, atrapado en los brazos de Morfeo, me perdía algo suficientemente interesante para ser reseñado aquí, ya que, si algo tenía claro, es que si veía la gala de los Premios de la Música era para escribir un artículo sobre la ceremonia. Resuelto el primer asunto pasé a preparar la copa de rigor y un plato de patatas fritas para, acto seguido, apalancarme en el sofá en el momento preciso en el que esa especie de gramófono futurista que protagoniza la estatuilla que es en sí el premio (un premio de éstos no supone ninguna dotación en metálico ni nada parecido) empezara a dar vueltas en la pantalla de la tele.

Pensé, quizás invadido por una especie de colonialismo americano, que actos de este tipo estaban rodeados de espectacularidad y glamour. Me animó a ello que, nada más empezar la retransmisión, el presentador convirtiese la antigua plaza de toros de Vista Alegre en el "Palacio de Vista Alegre", algo que animaba a pensar que la grandilocuencia de la ceremonia iba a venir acompañada por efectos "palaciegos" y dignos de admirar. Pero no: el hecho real es que, a vista de cámara, todo el mundo parecía más bien normalito.

El escenario se formaba por tres cajas gigantes y el primer personaje en aparecer sobre él fue Matías Prats. Era el padre, no el hijo, y me llamó la atención que comenzara su locución recordando que, en la plaza de Vista Alegre, en sus tiempos, todas las corridas eran buenas. Más tarde, al escuchar a Teresa Gimpera referirse a Carlos Moyá como un hombre que "toca muy bien las bolas", empecé a pensar que había algo que, en mi torpeza, yo no terminaba de coger. Además, Teresa llamó a Carlos "Moya" (no Moyá), lo que sugería una asociación de ideas evidente e iba acentuando mi parecer de que aquella noche iba a ser un poco… ¿patosa?

Cada uno de los presentadores tenía en su guión el dar un repaso coloquial a una década del siglo XX, ceder terreno a un mínimo cortometraje sobre aquel tiempo e introducir a la pareja de famosos que iban a ser los encargados de dar una ristra de premios. Matías presentó a Lucrecia y a Rafa Sánchez, de la Unión, y el corto sobre los años cincuenta había sido encargado a Luis García Berlanga. A estas horas ya se me habían acabado las patatas y decidí no ir a por un segundo plato porque, al ritmo que iba esto, podía terminar con un kilo entero.

En esto nombran a los candidatos al premio de "mejor autor de pop", citan a Joaquín Sabina como ganador y el hombre nos comenta a todos, ya en el escenario y con la estatuilla en la mano, que lo de su próstata es benigno (???) y que dedica el premio a Antonio David y a Yola Berrocal.

-- "¡Coño! ¿Y quiénes son esos?"

-- "De las revistas del corazón. No sé exactamente de qué viven", me dice mi chica, que también está mirando la tele.

-- "¿Y lo que dice de la próstata?"

-- "Ni idea"

Pues empezamos bien.

Una de las cosas que ponen de manifiesto estas fiestas es que los famosos se unen. A estas alturas ya no extraña nada que lo más underground de hace unos años sea hoy la cultura establecida y que, en estos círculos, todo el mundo quiera ser amigo de todo el mundo. Ultimamente no es extraño ver a Miguel Bosé en las presentaciones de Subterfuge, a Teddy Bautista citando como "un buen amigo" a Mariano Rajoy, a Sabina hablando de la tal Yola o a todos los asistentes a la gala de los Premios de la Música queriendo parecerse de alguna manera a Almodóvar. ¿Qué sería de toda esta gente sin él, sin el "Gran Pedro"? Hasta los mayores necesitan un punto de referencia y, en el arte español, él es ahora el faro de una generación excelente que, mayoritariamente, no ha sabido rentabilizar su obra. No es extraño, por tanto, que se le idealice y que, en la ceremonia que nos ocupa, por ejemplo, Malú y Nacho Cano imitaran a Penélope Cruz con el gritito que dio ésta cuando leyó el nombre de Almodóvar en la ceremonia de entrega de los Oscar, que Sabina recogiera su tercer premio de la noche hablando peor inglés todavía que el manchego o que DJ Kun quisiera retirarse del escenario resultando un pesado al que había que cortar. "Me hacen lo que a Almodóvar", llegó a decir en el colmo de su éxtasis.

Bueno. El caso es que antes del primer bloque de publicidad se dieron premios a Calamaro como "mejor autor de rock", a Vicente Amigo por lo propio en el terreno del flamenco y a León y Quiroga por lo mismo en el de la copla. Estos no iban a ser los únicos muertos premiados en esta noche. La situación se repetiría con Camarón y Alfredo Kraus y me viene a la cabeza mi primera idea, la de que si estos premios hubieran existido hace tiempo igual el reglamento de los mismos podía evitar que, cualquier día, esto parezca un velatorio más que una fiesta. Los americanos lo resuelven en los Grammy creando la categoría de "álbum histórico", pero aquí aún estamos lejos de eso.

Después de que Manuel Quijano nos recordara a su hermano pintor por si tenemos que hacer alguna chapucilla en casa uno de los grandes cubos que daban forma al escenario se descubrió. Cantaban Sole, de Presuntos Implicados, y Armando Manzanero. En cuanto empezaron los anuncios me puse a preparar la cena. Me dio tiempo a hacerme una ensaladita, comérmela, fregar los cacharros y fumarme un cigarro. Cuando volví delante de la tele aproveché para hacer algo de zapping. En la 2 estaba Aznar con Pedro Ruiz y en Antena 3 Arturo Fernández estaba discutiendo con alguien llamado Aznarín.

Desde luego, lo de ver la tele no termina de ir conmigo.

Según nos informa una voz en off, en Vista Alegre, en vez de ponerles anuncios, han seguido dando premios. Lástima por ellos: lo mismo no han podido cenar.

Los sesenta los presenta la ya citada Teresa Gimpera y nos recuerda que, al mismo tiempo que los Stones cantaban "Satisfaction", aquí sacaban a Raphael de la mili para que cantara en la tele "El tamborilero" con una peluca puesta. Echan el corto de Manuel Gutiérrez Aragón y aparece Lolita con Moyá al lado. Se piropean, flirtean y empiezan con el asunto sin que nadie sea capaz de decirle a Lolita que, desde que se inventaron los micrófonos, no es necesario gritar aunque se esté en un sitio muy grande.

Vuelven a premiar a Sabina (mejor artista de pop) y éste se acuerda de más muertos. Como Calamaro había recordado en su intervención a Enrique Urquijo y a Pepe Risi, el de Ubeda, "no aprovechando pero sí aprovechando", menta a José Antonio Canta y al hermano y al padre de Lolita. Más tarde Rosendo, que el año pasado pasó de recoger su estatuilla, no tiene más remedio que subir a por la que le conceden éste como "artista de rock". Le habían contratado para tocar y, quisiese o no, habría estado muy feo que, estando allí, hubiese hecho el mismo desplante que el año pasado.

En este aspecto se me ocurre que es bastante desagradecido el hecho de no recoger un premio que te dan, sobre todo, cuando se supone (y no hay por qué dudarlo) que éste te lo dan tus compañeros de profesión. Si no quieres que te lo den, porque eres un cortado y no quieres pasar por el hecho de recogerlo, o porque pasas de este tipo de cosas, lo mejor es advertir a tu discográfica que no te presente como candidato. Estas situaciones fueron especialmente incómodas en la edición de este año, ya que ni Carlos Cano (artista de copla), ni Tamara (artista revelación), ni José Luis Crespo (técnico de sonido), ni Diego Manrique (programa de radio), ni Alberto Iglesias (banda sonora), ni Fermín Muguruza (canción en euskera), ni Compay Segundo (álbum de folk) asistieron a recoger su premio. Si a eso añades los que se concedieron a gente que ya falleció puedes entender que esto habría quedado mucho más íntimo y divertido en una celebración privada.

Después de que José Antonio Abellán recogiera el premio de Tamara (????) salieron al escenario Ketama y Diego Torres. Luego, otro pausa publicitaria.

Los premios que han dado en el intermedio son para Chano Domínguez (mejor álbum de jazz), EMI (la mejor campaña de promoción internacional) y Subterfuge (compañía independiente). Me alegro. Pienso que sin Subterfuge y sin Dro la música española de los noventa apenas habría tenido artistas de relieve mayoritario. El hecho viene a demostrarlo que Dro es la compañía que más artistas se lleva premiados de la gala, algo que resulta normal cuando trabajas el producto español dándole al artista tiempo suficiente como para solidificar su carrera.

Otra cosa que me llama la atención es el vestuario de Gema Subterfuge. ¡Por fin un poco de gracia! Ya me estaba aburriendo de ver camisas mal puestas por encima del pantalón o la sosería que exhiben nuestras artistas. Unicamente las que viven de su imagen parecen preocuparse por ella y, ¡jolín!, cuando vas a una historia de éstas lo menos que se te puede pedir es que no asistas como si fueras a jugar al baloncesto o a pasear por el parque. Yo no digo que la gente se ponga de smoking, pero, por lo menos, que resulte estéticamente vistosa. Eso de estar viendo durante tres horas un pase de modelos propio de una clase de instituto no es de lo más llamativo, la verdad. Por eso agradecí a gente como Ella Baila Sola, Marta Sánchez o Carla Hidalgo que dieran un poco la nota. Ellas, acostumbradas todos los días a esto de lucirse, saben arreglarse mejor para una cosita de éstas. Seguro que fueron la envidia de Ana Obregón o de Terelu Campos. Mención aparte en este apartado "de societé" las penosas pintas de los Nachos, Cano y Duato, más propias de trapecistas de circo que de maestros de ceremonias, y la de Susana Seivane, espectacular, con un generoso escote que hacía juego con la imagen de su boca acariciando la embocadura de la gaita.

Sale Angel Casas, habla de los setenta y presenta el vídeo de Chus Gutiérrez. "Manda huevos; no habría una realizadora que no tuviera dos erres", bromea sobre su efecto gangoso. Luego llegan Malú y el primero de los Nachos, como salido de un tebeo de adolescentes. Se da el premio al programa de radio ("El Ambigú", de Radio 3), el del vídeo ("Mi confianza", de David Alcalde para una canción de Luz) y el del tema de techno dance, con la patética aparición de DJ Kun haciendo alusión a sus "enemigos". Si este hombre se busca enemigos tan pronto su vida va a ser un infierno cuando tenga más carrera. Pobre chaval.

También entregaron el premio al programa musical de la tele, que no podía ser para nadie sino para Miguel Bosé. Yo no tengo ningún motivo para pensar que esto está apañado, pero es de cajón pensar que ése es premio abonado mientras la SGAE y la AIE, organizadoras del evento, le sigan contratando para la dirección escénica de esta gala. Si los autores y artistas le eligen para su propia fiesta, ¿a qué programa van a elegir como mejor en la televisión si no al que hace el que ellos consideran mejor director de programas musicales? La cosa es bastante obvia.

La actuación musical que cierra esta década es la que traen Rosendo y su banda, con invitados de excepción como Johnny de Burning y Julián de Siniestro Total. Hace una versión de "¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?" y pienso que el teatro/plaza de toros de Vista Alegre ya ha quedado formalmente inaugurado. No se me ocurre mejor manera.

Para refrendarlo aparecen en el otro cubo del escenario Kepa Junkera acompañando a Dulce Pontes. Después de un temita sale Susana Seivane y pone a todos a dar palmas. Esta chica es genial, elegante, buena... La auguro un buen futuro, un gran futuro.

A estas alturas ya no puedo más. Han anunciado la presencia de Javier Gurruchaga y no creo estar preparado para ello ni aunque me ponga otra copa. Dejo el vídeo grabando y me voy a la cama.

Tardo un par de días en recuperar el vídeo. El día siguiente prefiero ir al concierto de Dover en Madrid y, a mediodía del sábado, después de comer decentemente, me enchufo la cinta. Aparece Gurruchaga (que ejerce de presentador mucho mejor que sus compañeros), ponen el corto de Joaquín Oristrell sobre los ochenta y llama a Carla Hidalgo y Nancho Novo para entregar los premios. Javier empieza a hacer chistes sobre las parejas de hecho adelantando la presencia de Teddy Bautista, representante de la SGAE en el evento, y de Luis Cobos, lo propio por parte de la AIE. Antes de su aparición se entregan dos premios a Luar na Lubre (álbum de nuevas músicas y mejor canción en gallego), Maria del Mar Bonet (canción en catalán) y Fermín Muguruza (en euskera), quien delega como representante en una chica de la que no nos dicen el nombre y que se limita a saludar con un escueto "eskarrikasko" antes de largarse rápidamente. Tampoco aparece Compay y recoge su premio Luis Lázaro, su manager, quien se acuerda de los "muchos Compays que hay por ahí y que no reconocemos".

Más tarde, "la pareja de hecho" ("como Zipi y Zape, como Tom y Jerry", decía un eufórico Gurruchaga) concedió el premio de honor de la gala a María Dolores Pradera. La elección es tan buena como cualquier otra dado que este premio es de los que, oficialmente, está dedicado a premiar a gente que tuvo su mejor momento cuando estos galardones no se hacían. El apartado dedicado a los ochenta se cierra con música de la época: Arturo Pareja Obregón y una Marta Sánchez, que canta con acento guiri, interpretan "Y sin embargo te quiero", una pieza de Quintero, León y Quiroga.

Evidentemente, esto sólo puede pasar en España.

Y, en el último tramo de la noche, Miguel Ríos, después de presentar el corto de Enrique Urbizu sobre los noventa, sube al escenario a Michael Green, presidente de la Academia de la Música Estadounidense (ellos la llaman americana) y a las dos chicas de Ella Baila Sola para que entreguen a Eduardo Bautista el "President Merit Award", un detalle que los yanquis han tenido con él y que sólo se entrega a "personalidades que hayan contribuido de manera sobresaliente al impulso y desarrollo de la música a través del mundo". Lo gracioso es que Bosé ha elegido para el momento que suene por la megafonía "Get on your knees", un tema de los Canarios en el que participaba Eduardo cuando se llamaba Teddy.

También se da el premio latino revelación a Molotov ("¡Le ganamos a Ricky Martín! ¡Aleluya!") y el correspondiente a toda una vida a Armando Manzanero. A continuación aparecen una tal Verónica Blume (lo lamento, pero tampoco sé quién es) y Nacho Duato, que aparece en camiseta y provoca la hilaridad del público femenino con su cuerpo de culturista. Luego, al final de la retransmisión, vería que en los créditos del programa aparecían como responsables de vestuario Versace, Paco Rabane y Valentino. Me pregunto dónde estarían los responsables de esas firmas mientras este individuo se presentaba de tal guisa.

Le dan a Sabina los premios correspondientes a la mejor canción y al mejor álbum del año y asisto, impávido, a lo que , supongo, debe ser ya el ambiente generalizado después de tres horas de gala. Joaquín, completamente puesto, se pone a decir incongruencias en inglés (o lo que fuera), le dedica el premio al "father" Apeles, a Sofía Mazagatos y a gente que supongo paciente, como son sus dos hijas. (Si yo fuera su hijo no me habría gustado nada que me nombrara precisamente en ese momento).

Finalmente suelta lo de "la juventud venimos arrollando" como frase lapidaria de una edición en la que se vuelve a poner de manifiesto un ligero gusto conservador a la hora de premiar. No es extraño. Como comenté antes, el sistema de votación de estos premios no es el más apropiado para destacar la calidad de los artistas, sino que favorece más la constatación de lo que el mercado ha dicho en el último año. De cualquier manera, aún estamos en la cuarta edición y no hay por qué perder la esperanza de que en el futuro sean más interesantes.

Michel Camilo, Tomatito, Chonchi Heredia y Sara Baras se encargan de poner el broche final al evento.

E.P.

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