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El country sigue rompiendo records aunque no se le reconozca en España Historias de vaqueros La country music es la banda sonora de la propia vida. Es la música de la experiencia. Más que ningún otro género --tal vez con la excepción del blues--, refleja los altibajos de quienes componen su audiencia, que hasta la década de los 70 eran preferentemente de clase trabajadora, blancos y de zonas rurales. El country empezó a desarrollarse al borde de un precipicio económico como la Gran Depresión de 1929. La evolución de la herencia musical europea y, sobre todo, las especiales condiciones del Sur resultaron vitales. Las regiones sureñas, dirigidas más a la agricultura que a la industria, mantuvieron una actitud defensiva casi desde el principio. Habían perdido la Guerra Civil, lo que les había aislado del resto de la nación, y les convirtió en un pueblo conservador. Las viejas canciones tenían en aquellas tierras una mayor significación. La pobreza de sus gentes les obligaba a utilizar instrumentos autóctonos y les inclinaba hacia las baladas. La música de los negros influyó en el ritmo, los mexicanos en la guitarra y, por supuesto, el fiddle se escuchaba en cualquier parte. Durante años la música había sonado sólo en las cabañas, pero la radio empezó a hacerla trascender desde la aparición de la emisora comercial KDKA de Pittsburgh, ayudando a que su aislamiento terminara. Además, las nuevas técnicas de grabación alentaron a los músicos y cantantes locales. La industria discográfica de los primeros años 20 era diminuta comparada con los billones de dólares que se facturan en el presente, pero Victor ya conseguía vender un número considerable de discos en 1921 y fue la compañía responsable de que al año siguiente Texan Eck Robertson grabara seis canciones, incluyendo el clásico "Sally Gooden". Así, se acredita como la primera grabación de country, cuando las tonadas de vaudeville y la música de las string-bands eran favoritas entre los aficionados de entonces. Sin embargo, hay que señalar al sello Okeh como el encargado de introducir el country, o hillbilly, en los mercados. Ralph Peer empezó a experimentar con grabaciones locales utilizando equipos móviles. Registraba canciones de crooners, bandas de jazz, cantantes de gospel cualquiera que tuviera un mínimo de talento. De esa forma, Fiddlin' John Carson se convirtió en su primer artista de hillbilly. En 1924 llegaría Vernon Dalhart, un cantante de ópera, con "The prisoner's song", la canción más vendida de Victor en la etapa pre-eléctrica, con más de seis millones de discos. La lista continuaría con Carson J. Robinson, Charlie Poolle, Bradley Kincaid, The Skillet Lickers, Mainer's Mountaineers, Cliff Carlisle y Kelly Harrell entre otros. La radio comenzaba a despuntar y su significado en la country music no debe pasar inadvertido. Al iniciarse 1922, la WSB de Atlanta se convierte en pionera de la programación de hillbilly music seguida rápidamente por la WBAP de Fort Worth, Texas. Los shows en directo marcan la pauta y el "National barn dance" de la WLS de Chicago sale al aire en abril de 1924 bajo los auspicios de George D. Hay. Nueve años más tarde es la primera emisión vaquera que puede sintonizarse cada sábado de costa a costa del país. Pero el hillbilly necesita de grandes estrellas aún por descubrir y ha de ser Ralph Perr quien encuentre la llave del éxito. En Bristol, Virginia, y durante 1927, aparecen esos personajes carismáticos. Son Jimmie Rodgers y la Carter Family. El primero de ellos sigue siendo considerado "el padre de la country music". Su vida fue tan dramática que la escribió, muriendo de tuberculosis en un estudio de grabación a los 33 años de edad. Aunque la Gran Depresión saludó de mala manera el inicio de los años 30, la música vaquera estaba dispuesta a responder. La radio se había cimentado, los discos eran populares y los nombres de las nuevas estrellas resultaban conocidos. De las comunidades rurales surgían cientos de agrupaciones y un sinfín de instrumentistas que deseaban seguir la senda marcada por Jimmie Rodgers. Fue ese interés casi dramático por la industria musical lo que produjo uno de los más prolíficos e innovadores períodos de la historia del género. Los estilos que se han convertido en básicos emergieron con relativa facilidad. La radio alcanzó sus cotas más altas. La emisora WSM de Nashville, instalada en el Dixie Tabernacle, era una de las de mayor alcance en el Sur, con George D. Hay como encargado de la programación. Empezó presentando el "WSM barn dance", donde debutaron los Fruit Jar Drinkers, Dr. Humphrey Bate, Deford Bailey, Gully Jumpers y su primera gran estrella, Uncle David Macon. Con el paso de los años el Grand Ole Opry se convirtió en el más significativo vehículo para extender la country music por toda América, estableciendo su sede en el Ryman Auditorium de la 5ª Avenida Norte de Nashville entre 1943 y 1974. Era una antigua iglesia construida en 1891 por Thomas Ryman, un capitán de barco. Roy Acuff, una leyenda por sí mismo y la mayor estrella del Opry, apareció en la década de los 30, se consolidó en los 40 gracias a una facilidad para ganarse a la audiencia y mantuvo la magia de su personalidad inigualable hasta su muerte, en los primeros años 90. El ha sido el alma de la casa común de los artistas vaqueros. La música tradicional de las montañas empezó a desarrollarse en los difíciles años 30 fabricando un nuevo sonido. Dos hermanos de Kentucky, llamados Charlie y Bill Monroe, pasaron a ser los impulsores de un género conocido como bluegrass. Cuando Bill apareció en el Grand Ole Opry con sus Bluegrass Boys haciendo una versión de "Mule skinner blues" estaba dando las primeras muestras de un estilo básico que ha llegado casi intacto a las nuevas generaciones. Aquella agrupación vería pasar por sus filas a Earl Scruggs, Lester Flatt, Don Reno, Red Smiley, Jimmy Martin y Carter Stanley entre otros. Las bandas de country-rock de los 60 y los 70 aprendieron mucho de las formas de aquellos pioneros. Fue también durante los años 30 cuando se produjo el cambio de la denominación hillbilly a la de country and western gracias al conocimiento del western-swing en Texas y a la enorme popularidad de los singing cowboys de Hollywood, con su particular visión del pasado y de las amplias praderas. Era, sobre todo, un antídoto para la tristeza de los años de la Depresión. Gene Autry, Roy Rogers y Tex Ritter tuvieron un papel preponderante en aquellos tiempos, cuando la nostalgia servía de válvula de escape. Texas y Oklahoma dieron origen al wester-swing, otro de los componentes fundamentales del country. Era la absorción de estilos tan diversos como los de las big bands, el jazz, las baladas y los lamentos de los cowboys. Todo se mezclaba para formar una alegre música de baile con la que combatir los malos tiempos. Entre ellos estaba el verdadero "rey": Bob Wills. Pero falta por atender a otra de las fórmulas elementales de la country music: el honky-tonk. También procede de Texas y, aunque sus raíces están en los años de la Depresión, con canciones como "Honky tonk blues" de Al Dexter y "Born to lose" de Ted Daffan, empezó a desarrollarse en la década de los 40 gracias a Ernest Tubb y Hank Williams. Fue precisamente en 1944 cuando la revista "Billboard" iniciaba la publicación individualizada de las listas de ventas de los discos de country. Los años 30 también testificaron la popularidad del cajun, que emergía de la pantanosa Louisiana, dominado por el acordeón y por un ritmo sincopado. Cajun es la música tradicional de los descendientes de Acadiana que viven en la zona, mientras el zydeco es el sonido de los creoles negros que hablaban francés en el suroeste de Louisiana. Aquellos legendarios Hackberry Ramblers, que cantaban en inglés y francés acunando diferentes estilos e influencias musicales, hicieron trascender las tonadas de raíces étnicas más allá de las fronteras del estado. De cualquier forma, fue una década extraordinariamente creativa para el country and western. La industria evolucionó rápidamente y los cruces estilísticos empezaron a fertilizar. Aunque la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial supuso una cierta interrupción de esa marea creativa, los cimientos eran sólidos. Los aparatos de radio ya estaban en el 82% de los hogares americanos, las emisoras comerciales se habían triplicado, las de las fuerzas armadas programaban fundamentalmente country music y, en cuanto al cine, Republic Studio realizó en Hollywood una película sobre el Opry. El país necesitaba sólo una superestrella. Era el momento de que apareciera Hank Williams. Era un prolífico compositor de canciones, uno de los más finos artistas sobre un escenario y la imagen romántica de aquellos duros tiempos. Es muy posible que sin él la música country nunca hubiera trascendido de la forma en que lo ha hecho. Hank Williams puso al country and western en el mapa y cualquier músico contemporáneo que se precie debe remitirse a su persona para poder explicarse. Los distintos formatos del pop tienen claro que no se entienden sin su existencia. Cuando firmó en 1946 por Acuff-Rose, la primera compañía editorial de Nashville, estaba empezando a romper las barreras que explotarían definitivamente en los 50. Tras su muerte, artistas como Ernst Tubb, Webb Pierce y Lefty Frizell siguieron sonando con fundamentos de honky-tonk, con Eddy Arnold y Marty Robbins como continuadores. Por eso resulta curioso que un artista que tuvo en las raíces vaqueras el único argumento válido para nacer musicalmente renegara de ese estilo durante una década y media a costa de la intransigencia de su manager, el coronel Tom Parker. Ese artista se llamaba Elvis Presley. Y es aquí donde no podemos olvidar a Sam Phillips, el creador de la mítica Sun Records, que había confiado en artistas como Johnny Cash, Jerry Lee Lewis, Carl Perkins, Roy Orbison o Elvis para crear un híbrido en el que se fundían el country, el bluegrass, el rhythm'n'blues, el rockabilly y el bogie-woogie determinando lo que más tarde se llamaría pop music. La década siguiente nos trajo la espectacularidad de artistas como Porter Wagoner y Bill Anderson, que deben buena parte de su popularidad a los grandes shows de la televisión. Ray Price encontró la fórmula que ha trascendido con el nombre de adult contemporary, en las que las secciones de cuerda eran fundamentales para conseguir el éxito, apareciendo algunos de los grandes nombres de la producción discográfica (Owen Bradley, Don Law y Chet Atkins), quienes establecieron un estilo algo nebuloso y lleno de excesos llamado Nashville Sound, mucho más importante para los músicos de sesión que para el desarrollo del género. El solista veía cómo su voz era endulcorada con cuerdas, coros, metales y todo lo que se le ocurría al productor en un nuevo intento de acercarse al gran público y que se denominó también easy listening. La pomposidad del Nashville Sound durante una buena parte de los años 60 y 70 provocó una reacción en contra centrada en la Costa Oeste, con Buck Owens y Merle Haggard apostando por la recuperación del honky-tonk desde la californiana Bakersfield. Por otro lado, y gracias especialmente a Bob Dylan y a su álbum "Nashville skyline", se puso de moda entre algunos artistas de rock grabar en la cuna del country. Muy pronto, grupos como Poco o los Eagles dominaron la escena que habían estrenado los Byrds y los Flying Burrito Brothers con su country-rock. Y Chet Atkins, Owen Bradley y Billy Sherrill siguieron apostando por la aproximación del country al pop. Este último se movió tanto en el filo de la navaja que ha sido, probablemente, el más querido y, a la vez, el más odiado de los productores. Son muchos quienes piensan en Sherrill como el más importante manipulador de cantantes de todos los tiempos, en dura competencia con Tom Parker. George Jones, Tammy Wynette, Charlie Rich, una joven Tanya Tucker y Lacy J. Dalton, entre otros, salieron de una factoría que empezó a utilizar como casi ninguna otra las nuevas técnicas de grabación y promoción que también hicieron posible los éxitos de Anne Murray, John Denver y Olivia Newton-John. Los más veteranos transigieron con todo aquello, pero un grupo de jóvenes músicos optó por combatirlo. Se oponían al imperio de Nashville, del country-pop y, especialmente, de Billy Sherrill. Eran los "outlaws". Aunque es muy posible que lo pretendieran, una parte de la aproximación al boom de "Urban cowboy" corrió a cargo de Kris Kristofferson, Willie Nelson y Waylon Jennings como máximos representantes de aquel movimiento rebelde. Curiosamente, despertando el espíritu de Hank Williams, se acercaron a las audiencias del rock con una mayor facilidad que quienes se apuntaron a todo aquel montaje de lentejuelas y falsa pulcritud. Mientras, California y los estados del Sur estaban colaborando por su cuenta. De aquellas tierras surgió en los años 70 Alabama, el grupo que posiblemente más discos haya vendido en toda la historia de la country music. Pero ni aquella década ni las posteriores serían comprensibles para los aficionados sin la presencia de Emmylou Harris y la vuelta a las raíces de los llamados "nuevos tradicionalistas", quienes han marcado una buena parte del presente de la country music y su actual sentido. Procedente de Birmingham, Alabama, Emmylou encontró a Gram Parsons en su mejor momento, asimiló todas sus enseñanzas y reunió a los músicos más en forma para mostrarlas al mundo. Tony Brown, Vince Gill, Rodney Crowell y, sobre todo, Ricky Skaggs --el primero en llevar al número 1 de las listas una canción de bluegrass desde que ese hecho hubiera ocurrido en el lejano 1949-- fueron determinantes en el resurgimiento de la old-time country music. La década de los 80 trajo consigo un buen número de sucesos que no pueden pasar inadvertidos. El actor Ronald Reagan se convirtió en presidente de los norteamericanos. El mundo aún lloraba el reciente asesinato de John Lennon Y, musicalmente hablando, la nueva explosión procedía de Hollywood, estaba protagonizada por John Travolta y se llamaba "Urban cowboy". Aquel film situó la imagen del vaquero y, sobre todo, de la country music en el lugar preciso para que se convirtiera en moda. Las discotecas retocaban su decoración cada noche para convertirse en remozados honky-tonks y sus clientes cambiaban su calzado habitual por botas vaqueras. Sin embargo, no era la primera vez que el cine se fijaba en el country desde los tiempos de los single cowboys. Ya en los 50 y los 60 habían aparecido algunas realizaciones de serie B como "Hillbillies in a haunted house" o "Cotton pickin' chicken pickers". Mientras, en 1975, Burt Reynolds protagonizaba "WW and the dixie dance kings" --con actuaciones de Don Williams, Jerry Reed y Connie van Dyke-- y Robert Alman había dejado un amargo sabor dirigiendo "Nashville", que un año más tarde dio la impresión de ser más una venganza personal que una película. Tres temporadas después Clint Eastwood hacía popular "Every which way but loose", a la que seguirían "Every which way you can", "Bronco Billy" y "Honky tonk man", todas con el country como base fundamental de sus bandas sonoras. Entrábamos en la década de los 80 con los éxitos cinematográficos de "The electric horseman" y, sobre todo, "Nine to five", convirtiendo a Willie Nelson y Dolly Parton, respectivamente, en personajes tan populares para el gran público como Robert Redford o Lily Tomlin. Pero no podemos, por su importancia en el reconocimiento mayoritario de artistas como Loretta Lynn y Patsy Cline, dejar de lado "Coalminer's daughter" --la segunda película más importante en América durante 1980 y por la que Sissy Spacek, su protagonista, ganó un Oscar-- o "Sweet dreams", cuya banda sonora salvó el fiasco interpretativo de la actriz Jessica Lange. Tampoco podemos olvidar los nombres de Reba McEntire --muchos han visto en ella a una nueva Loretta Lynn--, Randy Travis --la más brillante reencarnación de los grandes mitos--, Alan Jackson --posiblemente el príncipe del género--, Mark Chesnutt --digno sucesor de George Jones--, George Strait --nuevo rey de Texas tras Willie-- y la repercusión mayoritaria de The Judds. La cara de los "renegados" pertenece a Dwight Yoakam, K.D. Lang --ahora prácticamente apartada de la escena vaquera--, Steve Earle o Nanci Griffith. Esta última asume una influencia del folk que desarrollan especialmente Katty Mattea, Mary Chapin Carpenter y Suzy Bogguss. Los historiadores del country tendrán también la obligación de echar una mirada a su desarrollo desde 1989. Hay poderosas razones. Basta comparar los datos de la RIAA (Recording Industry Association of America), la cual certifica, desde el primero de enero de 1989, las ventas de 500.000 unidades como disco de oro y las de un millón de unidades como disco de platino. El incremento de las ventas y la presencia de los artistas de country en la industria musical es espectacular y son ellos quienes marcan la pauta de los records y las marcas. Un artista llamado Garth Brooks ha vendido más copias de sus grabaciones, llenado más auditorios, permanecido durante más tiempo en el primer puesto de todas las listas, ganado más premios oficiales y, por lo tanto, suscitado mayor controversia que cualquier otro. El mundo que se mueve fuera de Nashville, la cuna de este estilo, ha comprobado que los artistas vaqueros pueden ser más rentables que cualquiera de los de pop o rock y con mayor rapidez. Brooks, por ejemplo, se ha convertido en el mayor vendedor de discos de la década de los 90. Shania Twain y, más recientemente, las Dixie Chicks siguen su estela con un éxito incontestable. Estas circunstancias han supuesto la aparición de un número indeterminado de compañías independientes, además de las multinacionales, dedicadas a la country music en una cantidad infinitamente superior a la de los sellos discográficos que se interesaron por la denominada new wave británica en los últimos años 70. Aquella moda tuvo una repercusión desmesurada para su alcance real en determinados medios de comunicación de nuestro país. Sin embargo, el country ha sido discriminado. Quizás el hecho de relacionarle con ciertas actitudes conservadoras que le son ajenas ha sido la excusa empleada por algunos críticos para mostrar en realidad su total desconocimiento de la materia. Hay estilos musicales claramente identificados con ciertos grupos de claras actitudes racistas y xenófobas que, sin embargo, reciben el apoyo o las simpatías de estos mismos personajes. Se trata de una generación que ha rescatado las formas de un período de decadencia artística como el presente y que trabaja con la mirada puesta en mantener el country en la vanguardia comercial. Algunos han renovado el género prestando especial atención a los viejos estilos, apoyándose en ellos --instrumentos acústicos, arreglos sencillos-- como una reacción contra los excesos del llamado Nashville Sound de los años 70. Otros han endurecido la mezcla con un elemento agresivo de rock'n'roll, produciendo un híbrido que tiene tantas reminiscencias de aquel country-rock popularizado por los Eagles en la mitad de esa década, como la rigidez y la pureza del rockabilly y el honky-tonk que, en los años 50, ayudaban a expandirse al propio rock'n'roll. La denominación "nuevos tradicionalistas" ha surgido por la ambigüedad del término new country. Al fin y al cabo, si estos artistas están haciendo country bajo estructuras tradicionales sería poco lógico usar la palabra "nuevo". Esta música comenzó en las colinas con la mentalidad propia del americano medio, que piensa de forma muy diferente a los considerados ricos. Esta forma de ser se hace patente en sus ciudades y en sus tiendas. El country, por tanto, representa a la América media. Ninguno de estos músicos está por encima de su audiencia, al igual que Hank Williams era un ejemplo para sus conciudadanos. Los artistas camperos de las dos últimas décadas han estado buscando un sitio dentro de la industria discográfica con sede, de forma mayoritaria, en Nashville, Tennessee, una ciudad más viva que nunca que recoge ahora los esfuerzos musicales de jóvenes empeñados en renovar su música con aires tradicionales. Desde el año 1983, aproximadamente, las compañías han ido detrás de lo que llaman "una demografía más joven": un enorme, incalculable, mercado de compradores entre los veinte y los cuarenta años inclinados hacia el country, siendo el grupo de edad que se muestra más receptivo a los textos vaqueros. La nueva era tecnológica es testigo de cómo los aficionados buscan sonidos más auténticos que llevar a sus brillantes aparatos. En el rock, si no eres el primero no eres nadie. En el country, por el contrario, una vez que has entrado, puedes estar en él casi toda la vida aunque no seas el mejor. Es bastante fácil que cualquiera de los artistas vaqueros de la actualidad asista a los "funerales", artísticamente hablando, de las grandes figuras del rock de los 90. Manolo Fernández
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