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King Crimson

La Riviera. 29 de junio

Puede que no sea así, pero a mí me da la impresión de que Robert Fripp tiene ya una tendencia un poco exagerada al egocentrismo. No es sólo por el hecho de que hace y deshace dentro de King Crimson (al fin y al cabo ese grupo funciona porque él lo dirige), sino porque también quiere hacerlo fuera. El público de La Riviera tuvo que asistir a la anodina prohibición de que, durante el concierto, no se pudiera fumar. Eso siempre es comprensible cuando el músico tiene algún tipo de problema físico (que de vez en cuando se da), pero parece que, en esta ocasión, el señor Fripp tiene unas ínfulas de "educador de masas" que repele.

Su música también hace alarde a esa personalidad. Hace mucho tiempo que Fripp huyó del concepto musical como diversión o como retrato de época. Lo suyo es pasar a la historia y para ello nada mejor que colarse en el ambiente de lo clásico y ofrecer algo de difícil entendimiento. Eso, hasta hace un siglo, sólo se podía conseguir con un talento superior capaz de construir música que calara en las cabezas de numerosas generaciones; pero, tal y como se lleva ahora, ese hecho no es necesario. El guitarrista, compositor y líder de los Crimson parte de la improvisación, tal y como hicieron los músicos de free jazz en los últimos sesenta y setenta. Todo consiste en demostrar nivel instrumental y plantear algo imposible de repetir, con lo que te aseguras la etiqueta de haber hecho algo único.

La propuesta crimsoniana parte, y es un hecho, de que no puede ser apreciada por todo el mundo y que, para sacarle un mínimo partido, tienes que poner todos tus sentidos en alerta convirtiéndote en parte integrante del concierto, casi como un músico más. Otros toman las de Villadiego y deciden lo contrario: si esto no es entendible con los sentidos abiertos mejor será colmarlos de algo que te los ponga a flor de piel, bien sean unas cuantas copas, algún cigarrillo exótico o sustancias de farmacia aderezadas para la ocasión.

De vez en cuando el cuarteto que conforma ahora King Crimson (Adrian Belew en la guitarra y la voz, Trey Gunn en el bajo y Pat Mastelotto en la batería, además de Fripp, por supuesto) se marca una canción reconocible a fin de que el público no olvide que quien está en el escenario es el grupo que responde al nombre que pone en la entrada, pero el grueso de sus conciertos se basa mayoritariamente en improvisaciones a partir de los apuntes que Fripp y los suyos, en diferentes formaciones, han comenzado a publicar con el nombre de ProjeKcts. Eso trae consigo que se comience sobre una base, que desde el primer minuto cada uno busque su universo particular y que, con más o menos suerte, el instinto particular de cada músico les haga llegar a un lugar común que, en principio, es desconocido. El asunto funciona algunas veces (son los momentos mágicos del concierto) y en otras decae como si aquello fuera una jaula de grillos.

A nivel general el concierto funcionó, pero no en la línea que se esperaba cuando estamos hablando de una formación emblemática. Fripp y los suyos demostraron una vez más que tocan como quieren, que cuentan con una técnica impresionante y que su cabeza funciona a un ritmo diferente al del resto de los mortales. Una vez que eso quedó claro, el grupo atacó el "Heroes" de Bowie para que la gente pudiera salir del concierto con una melodía en la cabeza. La versión fue mala y puso todo un poco en evidencia. Quizás Bowie con una guitarra acústica habría hecho mejor música que los cuatro maestros con sus enormes equipos y con su cerebro en el año tres mil. O, simplemente, quizás sea que King Crimson ya no hace canciones, que eso debe ser demasiado vulgar.

E.P.

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