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Bob Dylan

Palacio de los Deportes. 14 de abril de 1999

Evidentemente, siempre tiene un morbo especial ver una actuación de Dylan el día de la República y entonando, apenas empieza su concierto, un tema como Masters of war (Maestros de la guerra) mientras, a escasos kilómetros de línea aérea, la población civil de Yugoslavia sigue siendo bombardeada y un amplísimo colectivo humano es expulsado de su tierra. Lo que ya no tiene ningún morbo es que Dylan escribiera esa canción en 1962 y la publicara en su segundo disco. Quedó claro, casi desde el primer minuto de su concierto, que las piezas de Dylan no solamente siguen teniendo una vigencia evidente, sino que han pasado por el tiempo y por la historia demostrando, una vez más, que, aunque la gente cante, grite o escriba manifiestos atendiendo al sentido común y al más mínimo instinto de convivencia, siempre habrá "masters" que eviten atender el deseo mayoritario y se dediquen a su particular ejercicio de poder.

No fue esta situación sino una evidencia más de que Dylan no se pierde en el recuerdo con el paso del tiempo, sino que, además, deja constancia de que gana enteros mientras continúa su "gira interminable" destrozando cualquier consejo financiero que siempre señala la importancia que tiene para los artistas desaparecer periódicamente de la escena para no saturar a su público. Y por si éstas no fueran evidencias sustantivas, ahí estaba Calamaro ejerciendo como telonero y mostrando que muchos artistas que actualmente ocupan los puestos altos en las listas de venta quieren, en el fondo, ser como Dylan. En su formato musical, en su manera de hacer las letras, incluso en los modos de moverse. El argentino pasó por el escenario como si fuera un documental de aperitivo en el que se podía recordar la época en la que el de Minnesota tenía más pelo, vestía trajes a rayas y cantaba Seven days. Abrió Dylan su concierto de Madrid en formato acústico, con una banda tan pulcramente presentada que parecía salir de los roperos de Nashville más que de una gira sin fin. Tony Garnier, aderezado con un traje morado y un sombrero negro, lucía su contrabajo. Larry Campbell, con elegante levita gris y una lisa melena que evidenciaba peluquería de postín, se colgaba una serie de guitarras recién pulidas que brillaban con cada foco. William Baxter alternaba la slide guitar, tan fundamental en el actual set dylaniano, con la mandolina electrónica. Y David Kemper, escondido detrás de sus mínimos tambores, ponía orden en todo el asunto sin esforzarse demasiado en la confianza de la solvencia de toda la banda. Delante de todos, o a su lado, aparecía un Dylan vestido de gala, con traje propio de las estrellas del country y con un lacito de lentejuelas en su cuello que daba el necesario toque hortera y yanqui a la puesta en escena. Parecía una película de época, de ésas que ganan Oscars al vestuario. Con esa guisa,al grupo no le costó llevarse al público donde quiso con clásicos como Don't think twice, it's all right, Simple twist of fate, Love minus zero/No limit o un delicioso y brillante Forever young. Todos los temas, como suele ser habitual en la historia de este hombre, habían sido revisados y guardaban un mínimo parecido con su versión grabada (mejor sería decir con sus versiones grabadas, dado que casi todo lo expuesto en esta noche tiene varias lecturas en la discografía del padre del folk rock gracias a la abundancia de discos en vivo editados a lo largo de los años). En esta ocasión, los arreglos pedían campo, la mandolina ponía la esencia bucólica y Dylan, que abordó con evidente mala leche y caras de rabia y circunstancia Masters of war, daba a cada tema su visión más adecuada: ahora un mínimo paso de baile propio de un robot, ahora una sonrisa a las primeras filas… Una segunda parte del concierto presentaba al Dylan eléctrico. El contrabajo desapareció y se convirtió en un bajo eléctrico y las acústicas fueron sustituidas por Gibsons y Stratos. Fue el momento de un impresionante Watching the river flow, de un arrollador Highway 61 o de un emotivo Señor. El ritmo vital del concierto era alto, el público lo apreciaba y se entregaba, y los temas dejaban su desliz de vigencia haciendo saber que, por cada uno que caía, uno se quedaba en el tintero al no tener cabida tanto éxito en tan poco tiempo. Tanged un in blue fue otro momento delicioso. La versión de Like a rolling stone, totalmente reformada y desmarcándose con distancia de la que presentan actualmente los Stones, nos devolvió a la aristócrata que se enrolla por capricho con un vagabundo y que conoce la vida de la calle. Blowin' in the wind, un himno en toda regla, fue revisado por enésima vez aunque el público se dejara llevar por la melodía tantas veces escuchada. Todo, absolutamente todo lo ofrecido, gozó de nivel y convenció, haciéndonos olvidar el tímido fantasma de que Dylan es ya una momia. Cerró con una versión (siempre hace una versión) del Not fade away, acelerada, rockera, sencilla. Desapareció y dejó en el aire, una vez más, un rastro de historia. A Dylan se le critica siempre la ausencia de su nuevo material, pero, siendo sinceros, ¿qué material nuevo suyo mejora esta colección de canciones? Afortunadamente, él no se acomoda ni lo sirve siempre del mismo modo. Es consciente de que el tiempo pasa y las cosas deben revisarse y adaptarse a los tiempos.

E.P.

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