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Alanis Morissette

La Riviera. 28 de junio de 1999

Hay que admitir que todo el mundo puede tener un mal día y, por lo que se pudo escuchar en la Riviera el pasado 28 de junio, a los madrileños les tocó el día tonto del técnico de sonido de Alanis Morissette. Una artista que se supone consagrada, que ha tocado ya en todas las partes del mundo y que se suele presentar ante audiencias importantes debería cuidar especialmente ciertos aspectos de su puesta en escena. A saber: si lleva cinco músicos debería ser para que se les escuchara. Ver el espectáculo de la pequeña Alanis en su paso por Madrid fue como asistir a un concierto de voz y piano, ya que la batería sonaba como si estuviera escondida en el camerino y el volumen de las guitarras apenas superaba las diez primeras filas. Lo mejor de todo es que el público no estaba especialmente quisquilloso: quería ver a Alanis y cantar con ella, por lo que, si no sonaban los instrumentos, casi mejor que mejor.

Y es que nadie le puede quitar a esta muchachita el hecho de que canta una barbaridad, que cuenta con un repertorio de lo más lucido y que en directo se mete en sus propias canciones hasta el punto de entregarse como pocas. Desde que salió con Baba hasta que cerró con Not the doctor, la canadiense no paró de darse paseos alante y atrás del escenario, maltratar su ocasional guitarra o dedicarse a su armónica con un interés que merece premio. Otra cosa es que aquello pareciese un concierto. En muchas ocasiones, Alanis era lo único visible y audible de todo lo que se ponía en el escenario. Ya quedaban atrás los devaneos indios que se había marcado su teclista en Would not come o los amagos guitarrísticos de sus dos compañeros; el sonido hizo agua y con él todo el show, ya que aquello comenzó a parecerse a un "quiero y no puedo" que la gente tenía que disfrutar por sus propios medios. Afortunadamente, los conciertos no son como el fútbol: en un concierto tú pagas una entrada y no estás dispuesto a que nadie, ni el equipo contrario ni el árbitro, te amargue la fiesta. De ese modo, el público puso en intensidad y en coros lo que las "supuestas" guitarras del escenario no daban. Y lo que da más pena del concierto es que, con todo, la protagonista cumplió, se hizo querer y demostró que, por lo menos, no es una nena al uso de la música americana. Momentos como Are you still mad o You learn ofrecieron una capacidad interpretativa fuera de duda y otros de éxtasis que Alanis tenía periódicamente, dando vueltas hasta marearse, conseguían levantar todos los brazos de La Riviera para dejarlos allí colgados hasta que llegaron All I really want y You oughta know, los dos temas más celebrados del concierto. Con todo, para disfrutar con ella como se puede disfrutar con sus discos había que hacer un esfuerzo de imaginación que la mayoría del público estaba dispuesto a realizar. Evidentemente fue mala suerte. No es que Alanis tuviera un mal día, ni siquiera que sus músicos (del montón) lo hicieran mal. Fue, simple y llanamente, que el encargado del sonido debía tener jaqueca o algo parecido. Es incomprensible, si no, que la potencia de las canciones de la canadiense se quedara siempre a medio pie y con una potencia rebajadísima. Otra vez será.

E.P.