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Aidan Bartley

Suristán. 2 de marzo de 1999

De vez en cuando es grato dejar los ritmos trepidantes, las guitarras abrasivas y las baterías relumbronas. De vez en cuando apetece una buena colección de canciones melódicas, melancólicas y tranquilas. El paso de Aidan Bartley por Madrid proporcionaba uno de esos "de vez en cuando" y el balance, después de escucharle, resultó grato, íntimo… como su música.

En su última entrega discográfica, Bartley se dibuja como un seguidor de los cantautores profundos norteamericanos y de los más introspectivos vocalistas de la canción francesa. Aunque es un belga, Jacques Brel, uno de sus referentes más evidentes, en sus interpretaciones y en su presentación, Bartley deja aromas de Ferré y de Brassens en su aspecto más íntimo, aunque los ambientes de guitarra y piano y las formas negras envolviendo el cuerpo no son sino una más de las ramas del árbol que teje Bartley. En sus composiciones, aparece y desaparece como el Guadiana la presencia de Leonard Cohen, el susurro de Gordon Lightfoot y el alma de Eric Burdon, todo ello aunado en un todo que, sin dejar de ser una herencia, empieza a crecer por sí mismo al amparo de una guitarra acústica y de un teclado. Voces oscuras para días de lluvia, llantos de soledad escondida y un ambiente de café francés que el cantautor es capaz de llenar con la profundidad de su voz y con la copa que te quieras tomar mientras la música va generando visiones y recuerdos. Música triste, sí es cierto, de ésa que eriza el bello porque te toca en lo hondo, de ésa para escuchar a solas mientras algo te carcome, de ésa que se queda en tu cerebro como una fotografía en blanco y negro. Puede que sea por eso por lo que, en directo, Bartley mueve a lo íntimo, al susurro de cada uno, a la escucha detenida y a la idea que coge forma en tu mente sin que te acuerdes de aplaudir cuando acaban las canciones. Triste… pero precioso; para el y para ti, para nadie más.

E.P.

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