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Rolling Stones. Septiembre de 1998 La diferencia se marca en el escenario Algo malo pasa en el rock cuando se vuelven a repetir las mismas frases que hace diez años. Mientras que los más maliciosos señalan que un grupo cuyos integrantes pasan la cincuentena tiene que sentirse mayor, ese mismo grupo es capaz de embarcarse en una gira mundial, salir a los escenarios y demostrar con una claridad meridiana que entre ellos y cualquier otro hay un abismo como el del Cañón del Colorado. En su gira por España, los Stones han venido a dejar claro que, otra década más, siguen manteniendo el reinado en un mundo que no da, hoy por hoy, estrellas que puedan aproximarse a su calibre. Compararlos con cualquiera de los artistas que hoy día dominan el panorama musical es hacer un flaco favor a éstos. Después de verlos, la pregunta se cae por sí sola. ¿Quiénes son las actuales estrellas de la música internacional? Puedes poner aquí la respuesta que quieras, porque, tras asistir a un concierto de los Stones, cualquiera que no les señale a ellos se declarará como falsa. Son verdaderos reyes, se comportan como tales y, lo más importante, ofrecen un espectáculo propio de su fama. Un día antes de su concierto en Vigo, Prozack, uno de los actuales valores de la música electrónica nacional, señalaba en un periódico gallego, refiriéndose a los Stones, que no le interesaban los dinosaurios (sin embargo flipaba con Kraftwek). Con esa respuesta, lo único que demostraba es la cultura musical de la nueva escena. Lo mismo que ocurría cuando uno de sus compañeros de campo sampleaba el "Smoke on the water" de los Purple y no sabía quién había escrito esa canción. Porque si algo ha quedado claro tras los tres conciertos que Jagger y compañía han ofrecido en España es que los Stones pueden tener años, pueden ser unos bordes, pueden hasta caer mal, pero chico, cuando Jagger coge un escenario convierte un estadio en el salón de su casa, domina al público con una mano y hace sentir que toda la parafernalia del entramado de su superespectáculo es únicamente eso: parafernalia. Jagger solo, con sus carreras, sus gestos y sus muecas, da sopas con onda a cualquier otro grupo, artista u orquesta que esté dentro de este negocio. Su vestuario, sus interpretaciones y su saber estar encima de las tablas hace que cualquiera reconsidere las cosas que nos rodean. Nos tiramos meses viendo conciertos, alabando a grupos como si fueran la salvación para el próximo milenio, animando a aquellas bandas que parecen tener más o menos salida y, periódicamente, los Stones salen a la carretera para demostrarnos que todo lo que estamos viendo diariamente es, simple y llanamente, las migajas de lo que se puede hacer en el negocio del espectáculo y en el arte de la música. Oasis, por poner un ejemplo, es un grupo que cubre con masas sus conciertos y que vende discos a paletadas. Pues bien ver un concierto de Oasis y ver después a los Stones obliga inmediatamente a preguntarse por qué los Gallagher tienen esa aureola. Al lado de los "abuelos", parecen únicamente muñecos de trapo sin ninguna presencia y sin nada que decir. Insisto: donde pone Oasis puedes poner el grupo que quieras, ya que ese nombre, como esa banda, es totalmente intercambiable. Los Stones, si algo tienen, es que son insustituibles. Y no es una frase lapidaria: es una constatación después de haberlos visto envueltos en su show. ¿Viejos? La mayor crítica que se hace a los Stones es que están viejos. Parece que los críticos de rock tienen el mismo defecto que las mujeres mayores: quieren tener siempre veinticinco años y que todo lo que les rodea suelta una fragancia juvenil. Sin embargo, todo tiene su encanto si se envejece con dignidad. Los británicos lo hacen (unos más que otros) y verlos es sentir el encanto de la madurez elegante. Hay veces que llegas a pensar que quien acusa a los Stones de viejos lo que siente es, únicamente, una envidia mal llevada del peso de los años. Todos quisiéramos estar a los cincuenta como están ellos y tener su cuenta corriente. Además, el hecho de tener una leyenda sobre sus espaldas ya no es tan prioritario y, en el fondo, hasta puede ser un coñazo. Cuando la banda desembarcó en Málaga para realizar su primer concierto de la gira española se puso fin a uno de los "culebrones" del verano. Los Stones habían aplazado su primera fecha prevista para Barcelona y habían suspendido sus bolos contratados para Bilbao y Gijón. Ello había hecho cundir los rumores de la posible cancelación de toda la gira, pero, como viene siendo habitual, se demostró una vez más que muchos periodistas hablan y escriben simplemente porque no tienen otra cosa que hacer. Con treinta y cinco minutos de retraso sobre el horario previsto, Keith Richards bajaba la escalerilla del Boeing 737 que, procedente de Munich, traía en su buche a las leyendas más duraderas del mundo del rock. Mientras la banda y sus acompañantes se metían en flamantes Mercedes, Jagger comenzaba a sufrir el acoso de periodistas, fotógrafos, oportunistas y fans que, en su totalidad, tuvieron que ver al grupo casi siempre a través de prismáticos y teleobjetivos. En ese momento ya estaba claro que la gira europea que empezó en Nuremberg y que había tenido unos cuantos sobresaltos iba a tener su continuación en la Costa del Sol. Junto con los Stones llegó todo su circo. Su séquito, de cincuenta y seis personas, no era nada comparado con el personal que trabajaba en el puerto de Málaga poniendo a punto el escenario y ultimando los últimos detalles de un contrato que especifica más cosas que Cervantes en su "Quijote". Junto con los encargados de colocar la inmensa estructura metálica que soportaría el escenario diseñado por Mark Fisher, trescientas personas realizaban las labores de carga y descarga y otras mil doscientas acondicionaban el recinto portuario para el evento. De todos ellos, doscientos cincuenta pertenecen al staff de la gira y trabajan directamente para los Stones cuidando de sus cosas personales. Las "cosas" de los Stones no son solamente su escenario y sus instrumentos. Metidos en una gira mundial, y de vuelta de todo, el grupo lleva consigo todo lo necesario como para sentirse en casa. El hotel Byblos, en el cual se hospedaron durante su estancia en Málaga, dedicó una planta entera al grupo al precio de 190.000 pesetas la habitación. Jagger y compañía permanecieron allí hasta el momento de desplazarse para tocar y, para atender su concierto de Vigo, fletaron de nuevo su Boeing, el cual permaneció en el aeropuerto de Peinador hasta que, terminado el show, el grupo decidió volverse a Málaga. El aeropuerto vigués tuvo que prolongar su jornada laboral, algo que es habitual en vuelos de carga, pero que sus empleados nunca habían vivido con un jet privado. La espera costó 500.000 pesetas, pero permitió a la banda no tener que moverse de su cuartel general. Jagger intentó, incluso, darse un paseo por Málaga, pero los fotógrafos le trajeron mártir y el grupo decidió cancelar todas las apariciones que el Patronato de Turismo de la Costa del Sol les había preparado para utilizar publicitariamente el concierto. Estaba previsto hasta un viaje en globo, pero Charlie Watts prefirió quedarse con su familia antes de arriesgarse a subir al artilugio y que le apareciera un paparazzo colgado de una cuerda. El circo En el recinto del concierto ya estaban colocadas todas las exigencias que el grupo realiza para ser contratado: vegetales a mansalva, novecientos huevos, leche, quesos, donuts, pasteles sin crema, veintidós kilos de bacon loncheado, quince de salchichas que no fueran de Frankfurt, melones, peras, Doritos, veinte cajas de bombones, palomitas, seis jarras de salsa, cuarenta y ocho latas de combustible, seis botellas de vodka, veinticuatro de vino tinto, noventa cajas de agua mineral, mil kilos de hielo y así hasta la eternidad. Los más graciosos señalan estas peticiones como extravagancias, pero es, simplemente, porque creen que todas se realizan únicamente para cinco personas. En Vigo, antes del concierto, un periodista preguntó al promotor el porqué de la solicitud por parte de los Stones de trescientas toallas. La respuesta fue lógica: "Aquí trabaja mucha gente sudan, y se lavan". Sus camerinos tampoco son vulgares. En un amplio recinto enmoquetado en azul tres obreros se afanaban en terminar el montaje (tres horas les llevó) de la mesa de billar que el propio grupo transporta. El recinto utilizado antes de salir a tocar se acondiciona con un comedor, el bar "Babylonian", los vestidores, una salita de estar, una peluquería, un recinto para maquillaje y alguna que otra cosa más. Todo ello estipulado hasta la saciedad. Los vasos para contener las flores que alegran el recinto han de ser "de plástico desechable y donados a un hospital después de su uso". Contratar a los Stones supone la friolera de doscientos veinticinco millones de pesetas, aunque la producción del mismo puede llegar, como en el caso del de Vigo, hasta los quinientos. Cuando los Stones aparecen en una ciudad, las fuerzas de seguridad tienen que reforzarse, las de tráfico trabajar el doble y las ambulancias y servicios sanitarios estar en estado de máxima alerta. Ya antes de empezar a tocar, el grupo revoluciona las ciudades por las que va y por eso no es extraño que, en España, cuatro ayuntamientos hubieran comprado el concierto: Vigo y Málaga salieron en la televisión en dos días más que en los últimos dos años. La rentabilidad de un concierto de los británicos está asegurada. Con motivo de sus suspensiones hubo una enorme cantidad de público que no se decidió a comprar sus tickets en la venta anticipada. De hecho, en Málaga solamente se habían colocado treinta y cinco mil entradas cuando se habían puesto a la venta casi sesenta mil. No fue problema. En cuanto la banda bajó del avión las avalanchas hacia las taquillas hicieron que el recinto registrara un enorme lleno pocos minutos antes de que sonara "Satisfaction". En Vigo ocurrió lo mismo, pero quedó claro que un evento como éste no se puede improvisar. Después de haber actuado en Málaga las peticiones de entradas para el show vigués se multiplicaron, pero muchos tuvieron que quedarse en casa porque las plazas hoteleras de la ciudad ya estaban más que saturadas. Los Stones son dinero en efectivo y un cheque al portador. El día antes de su concierto en Galicia los bares de los alrededores habían hecho la compra. Uno de ellos había hecho acopio de cuatrocientas barras de pan, seis kilos de bacon, otros seis de lomo, jamón y queso y doscientas cajas de cerveza; pero, con todo, se quedó sin existencias dos horas después de acabado el concierto. La gente que va a ver al grupo se lo toma, evidentemente, como un día de fiesta y no solamente come y bebe. El merchandising que va implícito al concierto es una enorme caja registradora: una camisa vaquera alcanza las catorce mil pesetas, una cazadora cuarenta y dos mil y un simple cartel del concierto se obtiene por cien duros. Junto a ello, gorras, camisetas, pines, fotos, posters y todo lo que se te pueda ocurrir, hasta un equipo virtual. ¿Y el show? Cabría preguntarse qué tienen los Stones aparte de toda su mercadotecnia, pero la pregunta es un poco tonta. Si se mueve todo lo que se mueve alrededor de ellos es, simple y llanamente, porque ofrecen un espectáculo que moviliza masas, que nadie quiere perderse y que todo el mundo pretende disfrutar. Tú puedes ir a un concierto de esta gente y no gastarte un duro; disfrutarás igual aunque no sepas las medidas de los camerinos y te importará bien poco cuántos asientos tiene el avión privado de la banda. A la hora de pagar una entrada lo importante es lo que los legendarios ponen encima de las tablas. Y a eso vamos: un escenario de los Stones no puede formarse únicamente con cuatro cachivaches: tienen que ofrecer lo mejor y trabajan para ello. Entre los empleados del grupo figuran Jake Berry como director de producción, Patrick Woodrofe como técnico y diseñador de la luminotecnia, Robbie McGrath como técnico de sonido y Dick Carruthers al mando de la producción de vídeo. Todos cumplen como lo que son, excelentes profesionales, pero si alguien se ha llevado la palma y el aplauso de todo el mundo en esta gira ha sido Carruthers: el montaje de vídeo que se ofrece en la pantalla de jumbotron de ocho metros de diámetro instalada en el escenario es, francamente, fabuloso. El escenario tiene cincuenta y seis metros de ancho, veintiséis de fondo y veinticinco de alto. Desmontado se traslada en cuarenta y cinco camiones que acompañan a los otros treinta y uno que portan los elementos de producción y a los diez autobuses en los que van los montadores. Para darle vida a la estructura se necesitan cuatro generadores instalados en trailers que proporcionan suficiente energía como para dar luz a cuatro manzanas de oficinas. El cableado necesario para instalar sonido y luces es de ocho kilómetros. Con la energía de los generadores se ponen en marcha quinientas luces estáticas, ciento sesenta varilites, ochenta iconos, ocho relámpagos que inician el show y filtros que permiten sesenta y dos cambios de colores en los focos. El sonido está apoyado en doscientos cincuenta y dos mil watios. Todo ello pesa trescientas cincuenta toneladas, pero no es todo. En esta gira, los Stones han acogido con gracia eso tan extendido de tener un segundo escenario. Este se sitúa a cincuenta y dos metros del principal y hasta él se accede por medio de un puente telescópico que se despliega lentamente desde el escenario grande y se recoge una vez que la banda está en el centro del público. El puente pesa quince toneladas y se apoya únicamente en un lado, una verdadera obra de ingeniería que se usa únicamente durante dos minutos y que viene justificado por el nombre del último álbum de la banda, "Bridges to Babylon". Cuando los Stones tocan en estadios el suelo se cubre con planchas de terraplás para no dañar el césped. La música Y llega el momento del espectáculo. Nosotros pudimos ver el show de Vigo y, en sus referencias principales, siguió la tónica que se mantiene durante toda la gira. Aun así, el grupo no ha mantenido su repertorio en todos los conciertos y siempre hay cambios en cada show, además de una concesión al público. Para no improvisar (esta banda ya no improvisa nada), las peticiones de los fans se hacen por Internet (http://therollingstones.com) y se limitan a una lista estipulada por el grupo. En Málaga la petición del público fue "Star, star", mientras que en Vigo la elegida no fue otra que "Paint it black". En la ciudad gallega los teloneros fueron Seahorses. Abrir para los Stones puede considerarse en muchos casos una oportunidad única, pero en el caso de esta banda fue todo un paso atrás. Los liderados por John Squire habían dejado un buen sabor de boca en sus recientes pasos por España, pero verlos perdidos en el enorme escenario de los Stones resultaba un poco patético. Inmóviles, vestidos de negro para que no se les viera, hicieron su papel y se marcharon sin que el público casi reparara en ellos. Evidentemente, su elección no fue de lo más acertada. Poco tiempo después, ocho relámpagos daban el pistoletazo de salida al show de las estrellas. Al ritmo de "Satisfaction", Ronnie, Keith y Mick aparecieron con sendos ternos y con una imagen glamourosa que mantendrían durante todo el concierto. Al lado del equipo del teclista Chuck Leavel estaba una colección de chaquetas que los miembros de la banda irían cogiendo cada vez que lo consideraran conveniente. En el centro del escenario, y casi escondido por la enorme estructura, estaba Charlie con su batería. Su presencia sigue siendo fundamental dentro de los Stones y el show demostró que, junto con Jagger, es el que mejor aguanta el paso del tiempo. Después de hacer "Let's spend the night together", Mick se dirigió al público para presentar "Flip the swith", uno de los cinco temas de su último trabajo que el grupo interpretó. A estas alturas el público ya estaba totalmente entregado, Jagger había demostrado que en dos patadas es capaz de enardecer a más de veinte mil personas (las cifras de los organizadores dicen que en Balaídos hubo cuarenta mil, pero no lo parecía) y la única duda que saltaba era si este hombre de cincuenta y cuatro años podía aguantar así las dos horas y media que duraba el show. La respuesta sería que sí, y un "sí" rotundo. Jagger se comportó como lo que es: la máxima estrella que ahora se puede ver encima de un escenario. Richards, por el contrario, no pareció tan entregado. Hizo sus riffs legendarios y se conformaba con parodiarse una vez que el público había reconocido cada canción. Tuvo momentos buenos, pero los mejores vinieron por medio del vídeo cuando su particular sonrisa parecía fijarse en cada uno de los asistentes al concierto. Ronnie no me gustó: me pareció poco trabajador y realmente ausente. Echó sus carreras y cumplió su papel, pero, decididamente, no estuvo a la altura de sus compañeros. Liza Fisher, la vocalista elegida para acompañar a Jagger en "Gimme shelter" y para hacer los coros, cumplió, mientras que Daryl Jones se confirmó como un bajista enorme, una gran elección cuando el grupo tuvo que decantarse tras la marcha de Bill Wyman. Junto a ellos completaban la formación tres instrumentistas de viento y dos vocalistas masculinos. "Anybody seen my baby" se interpretó mientras los cortinajes que cubrían el escenario se abrían y dejaban a la vista las estatuas de dieciséis metros que representaban iconos sumerios. Uno de ellos era un globo hinchable que representaba a un león y que desaparecería un poco más tarde para dejar únicamente en el escenario las enormes columnas doradas que flanqueaban la enorme pantalla circular de vídeo. "Live with me" o "Saint of me" (también del último disco) fueron piezas en las que la producción de vídeo brilló a una gran altura. Para su realización, el equipo se sirvió de cámaras instaladas en todos los lados, una de ellas, incluso, en la parte superior del mástil de la guitarra de Ronnie Wood. Después de hacer "Out of control", Jagger paró el show y con su dedo señaló la enorme pantalla. En ella se veía la conexión a Internet y la lista de canciones votadas por el público. Cada voto estaba representado por una lengua dorada que identificaba una de las marcas de fábrica más famosas del siglo XX. La lengua stoniana volvería más de una vez al show y sigue siendo un icono fundamental inherente al grupo. Todas las púas usadas por Ronnie y Keith eran blancas y tenían la famosa lengua serigrafiada en dos colores: rojo y negro. Como decíamos, "Paint it black" fue la pieza elegida para el concierto de Vigo y su interpretación resultó una de las mejores de la noche. Tras ella, Jagger preguntó al público si querían cantar con él y Richards dio comienzo a "I miss you". Durante su interpretación, Mick vaciló con Liza y le lamió los pies con su lengua y sus famosos morros. Mick fue, precisamente, el único miembro de la banda que se quedó sin aplausos a la hora de presentar a los músicos. Después de enseñarnos su sección de viento y de dar paso a sus colaboradores, Jagger presentó a Ronnie, Charlie y Keith. La mansalva de aplausos que el público de Vigo dedicó al guitarrista le sirvió para dar comienzo a "You don't have to mean it", el reggae que él también canta en el último álbum. Keith cantaría también "Wanna hold you" antes de que el enorme puente se desplegara surgiendo de la nada y mientras las luces de todo el estadio creaban una sensación de misterio. Uno a uno, todos los miembros del grupo, incluidos Daryl y Chuck, cruzaron el "babilónico" puente y se encontraron en medio de miles de personas dispuestas a disfrutar aún un poco más pudiendo ver de cerca a sus ídolos. En el escenario pequeño tocaron "Little Queenie", "The last time" y su particular versión de "Like a rolling stone", el clásico de Dylan que le sienta a la banda como un verdadero guante. Tras ello, y mientras los músicos de apoyo marcaban ya el ritmo de "Sympathy for the devil", el grupo volvió al escenario principal por una pasarela y comenzó la recta final del show poniendo el estadio verdaderamente boca abajo. "Tumblin' dice", "Honky tonk woman", "Start me up", un "Jumpin' Jack Flash" aderezado de explosiones pirotécnicas y un "Brown sugar" que sonó mientras enormes cañones llenaban Balaídos de confeti volvieron a demostrar que el repertorio clásico de los Stones es inigualable. De hecho, se pudieron echar en falta piezas de los ochenta, pero, como suele ser habitual, el grupo siempre ofrece amplio material nuevo y nunca toca más de dos horas y media. Puestos a pedir, quedaron clásicos en el tintero, pero es que una banda como ésta podría estar tocando piezas brillantes probablemente durante dos días seguidos. En total fueron veintiuna canciones que tuvieron momentos fabulosos, otros más flojos y algunos brillantes. Jagger se comportó como un artistazo propio del Olimpo mientras que los guitarristas parecieron poco entregados en un show que el grupo se tomó como inventario antes de volver para Málaga. Lo gracioso del tema es que, aunque los Stones toquen sin ganas, siguen estando a años luz de cualquier otra banda. Basta con poner a Jagger al frente del cotarro y dejarle hacer. E.P.
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