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Dover. Noviembre 1997

El fenómeno del año

El 25 de septiembre se hizo entrega a Dover de su primer disco de oro por las ventas del álbum "Devil came to me". El hecho se ha convertido en algo más que la habitual ceremonia protocolaria que tanto abunda entre los ejecutivos de la industria: es la primera ocasión en que un grupo de una compañía independiente española alcanza el galardón y eso puede (o no) demostrar cambios importantes en el mercado español.

Todos decían lo mismo: "Si cantan en inglés no tienen nada que hacer. Para que un grupo español venda tiene que cantar en castellano". Esta era la cantinela más habitual cuando hace un año hablabas con alguien sobre Dover. Hoy, sin embargo, la tortilla ha dado la vuelta y el grupo no sólo ha demostrado que puede vender discos como churros, sino que ha roto otra de las consignas básicas que eran ley en el mercado español: "Una distribuidora alejada de las multinacionales no es capaz de vender más de veinte mil discos". En el momento en que esto se escribe, Surco, la distribuidora encargada de los productos de Subterfuge (la compañía que ha editado "Devil came to me"), ha colocado en las tiendas ciento veinticinco mil copias del disco, lo que coloca al grupo, incluso, en el disco de platino ya que éste se concede por las ventas de cien mil copias dentro del mercado español. Y lo ha hecho sin ningún problema y, además, lo ha realizado en un momento en el que numerosos artistas de multinacionales se quejan de la distribución de sus obras: "De nada vale firmar por una multi si luego no pone el disco en la tienda porque solamente se preocupan del objetivo de turno", comentaba recientemente uno de ellos.

El "fenómeno Dover" ha traído consigo que más de una "ley" de nuestro mercado se tambalee: por ejemplo, el tema de los medios. Una cosa que está clara es que para vender discos la gente tiene que haber oído, al menos, alguna de las canciones. Si las canciones no suenen en la radio es imposible vender discos (estamos hablando a nivel masivo). "Sister", el primer álbum de Dover, no sonó más que en radios alternativas y sus ventas fueron mínimas aun cuando su nivel de calidad ya era suficiente como para convertirse en un pelotazo. "Devil came to me" entró en las fórmulas y ha roto cualquier barrera que los más optimistas pudieran esperar. En ese caso, ¿por qué las radio fórmulas son tan reticentes a programar discos de compañías independientes cuando en muchas ocasiones éstos tienen mucho más nivel que una parte importante de la programación que se escucha a diario? ¿Por qué los programadores aceptan sin inconveniente programar cualquier pseudoproducto de una compañía grande aunque carezca de un mínimo de calidad para ser radiado? Podríamos entrar aquí en lo que "cuesta" ser programado en una radio fórmula, pero… de todo hay en la viña del señor. Subterfuge no ha tenido que pagar un duro para que Dover entrara en listas, lo que no implica que no les haya costado lo suyo. Saber negociar con los magnates de la radiodifusión es una virtud y los responsables de las compañías independientes deberían tomar nota del hecho: sonar en las fórmulas no es "venderse", sino posibilitar que se vendan más discos.

Por otro lado está el tema mismo de las radios. ¿Es que no se dan cuenta los programadores que su criterio y credibilidad está por los suelos? El ochenta por ciento de la programación de las fórmulas son discos que no interesan a casi nadie: artistas ficticios incapaces de actuar en directo cobrando una entrada, guapitos de cara que únicamente pueden argumentar su carrera con carteles pegados en las paredes de las ciudades más grandes del país… Uno se puede preguntar cómo las emisoras no se dan cuenta que la música que está en la calle no aparece en sus listas y cómo no se enteran de que siempre llegan tarde. Extremoduro les dio un toque de atención y Dover les ha dado la puntilla. En multitud de ocasiones, cuando se radia alguna canción de "Devil came to me", el locutor de turno insiste en que ése es su primer disco, señal inequívoca de que ha conocido al grupo porque se lo ha impuesto su programador, no porque esté mínimamente enterado de su profesión.

Segunda regla rota: el tema del idioma. Quien suele argumentar que los grupos que cantan en inglés no venden podrían decir mejor "no es que no vendan: es que no los programamos". Curiosamente, quienes dicen esto son los mismos que colocan una semana sí y otra también a grupos que cantan en inglés en las cabeceras de sus listas: Jon Bon Jovi, Spice Girls… Dover ha demostrado que, teniendo canciones, el idioma no es tan importante. El hecho tampoco es nuevo. Los Héroes del silencio cantaban en castellano, si bien nadie entendía lo que decían, lo que era parecido a cantar en serbocroata. Y, con todo, vendían como churros.

Tercera regla: el fenómeno indie está muerto. ¡Pues menos mal! Si ahora que está muerto un grupo independiente se convierte en el fenómeno del año, ¿qué no pasará cuando esté vivo? La industria independiente de este país ha pasado por temporadas tontas (como cualquier industria), pero el fenómeno Dover ha demostrado que, haciendo las cosas bien, se puede trabajar con independencia sin tener que hundirse en la miseria. ¿Qué no ocurriría si El niño gusano, por ejemplo, comenzara a sonar en listas o si Caskarrabias metiera su "Madrid" en alguna radio fórmula? El fenómeno indie no puede confundirse con un determinado tipo de música (¿por qué tanta gente llama al noise "música indie"?), sino con una manera concreta de hacer las cosas.

Cuarta regla: ¿Dónde están los ARs? Porque se han lucido. Con un disco como "Sister" y con los directos que dan Cristina y sus compañeros había que estar ciego para no coger a este grupo y ficharles con cualquier condición. Pues nada: ni uno. Era más interesante buscar al enésimo cantautor o al grupo "tipo Extremoduro" que a gente con talento. Lo más gracioso del tema es que ahora casi todas las multinacionales que operan en este país están tirando los tejos a Subterfuge para que venda su contrato con Dover. Es como pagar a alguien para que no trabaje y pagar tres veces a otra compañía por hacer el trabajo de quien no curra. Luego se quejan de que no encuentran artistas, algo similar a quien se queja de que no le toca la lotería y no compra el décimo.

Otra regla más: lo de las radios y la prensa alternativa. Parece que el tema funciona. Aunque aún haya compañías que crean que las radios libres no las oye nadie y que la prensa gratuita no la lee nadie resulta que, exceptuando a Rosana, los últimos pelotazos discográficos españoles (Extremoduro, Ska-P y Dover) han comenzado a ser conocidos por ahí. Nadie de una multi sabía quién era Dover y, sin embargo, en ninguna radio libre había alguien que no supiera quién era el grupo o no le hubiera visto ya en algún directo. Mientras, revistas de fans que venden la tira prefieren publicar cosas de bandas internacionales insignificantes porque sus directoras sólo saben de música lo que leen en las revistas femeninas alemanas.

¿La última regla? Lo de que la tele vende. La gente de la televisión no se entera de la misa a no ser que sea la de la boda de la Infanta. Montan un festival solidario y no se les ocurre más que llamar a viejas glorias incapaces de actuar en directo porque coleccionan fracaso tras fracaso cuando hacen pagar al público. Mientras, vídeoclips de lujo realizados por estupendos directores cinematográficos no ven la luz en la tele porque únicamente pone vídeos de Plácido Domingo en la sección cultural del telediario cuando la hay. Afortunadamente, parece que con el jaleo digital habrá música en televisión, aunque sea, eso sí, previo pago. El fútbol puede ser de interés general, pero para ver música en televisión habrá que pasar por taquilla.

Pero… con todo y con eso, un grupo madrileño ha conseguido colocar sus canciones en más de ciento veinticinco mil hogares. Y no es eso lo mejor: todavía queda su presentación en Madrid (se quería hacer un Palacio de los Deportes y no se puede por el tema del baloncesto), el subidón que da el mercado en las fechas navideñas y la posibilidad de que Dover sean los cabezas de cartel españoles del próximo Festimad. Las ciento veinticinco mil copias de "Devil came to me" pueden multiplicarse mientras las multis se preocupan por colocar una canción como sintonía del programa televisivo dedicado a la Vuelta Ciclista a España.

¿Está cambiando el mercado? Obviamente, y lo de Dover, en ese aspecto, es sólo una muestra. Muchas compañías independientes que se habían planteado tirar la toalla han visto que no hay razón para ello, que el público decide cuando puede escuchar y que el conflicto idiomático se ha ido al garete. Cuando tienes una banda como ésta y te dejas los cuernos por ella termina triunfando el sentido común. Y el sentido común indica que Dover puede ser el grupo español más multitudinario de toda la década de los noventa. ¿Lo serán? Depende. Tendrán que crecer en directo atendiendo a sus audiencias (no puedes actuar con el mismo show para cuatrocientas personas que para cuatro mil), responder a lo que se espera de ellos en sus próximos trabajos y mantener un buen clima de trabajo que les permita mejorar. Por lo demás, cuentan con una compositora y cantante que es lo mejor que se ha visto nunca en un escenario por estos pagos, una guitarra con fuerza animal y una base rítmica que despierta a un cementerio.

Si Dover fuera una empresa a privatizar habría que comprar acciones aunque ello supusiera hipotecar la casa.

E.P.

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