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Art Tatum. Febrero 1997 El primero de los magos No se puede decir que, hoy en día, los teclados sean un instrumento popular. Las dos últimas décadas del siglo han vuelto a traer al primer plano la guitarra, aunque, lógicamente, no siempre fue éste el instrumento preferido para hacer música. Cuando en los años setenta, apareció el rock sinfónico, teclistas como Rick Wakeman o Keith Emerson asombraron al mundo haciendo que numerosos críticos dijeran de ellos que eran los magos de los teclados. Su velocidad de digitación era asombrosa y su manera de usar los instrumentos imponente, pero... la magia sobre las teclas se retrotrae a mucho antes. Muchos situamos el comienzo del jazz en el ragtime. Aquel estilo, propio de los honky tonks de Nueva Orleans, era protagonizado por un pianista que, lejos de fundamentar su técnica en la escuela clásica, se limitaba (si eso se puede decir) a marcar un ritmo con su mano izquierda mientras que improvisaba la melodía con la derecha. Los ritmos del rag eran sencillos, simples y tenían como misión principal que todo el mundo los pudiera reconocer para, así, convertirse en familiares para los clientes. La evolución del rag y la curiosidad que despertó en músicos formados llevó a que este estilo se enriqueciera con el blues tradicional y con un alto nivel de ejecución. Eran los comienzos del jazz. El género, que consiguió su implantación cuando se comenzó a presentar como una música "para orquesta", tuvo gran aceptación por parte de los pianistas, dado que les permitía un nivel de improvisación que la música clásica (¡faltaría más, claro!) no les toleraría nunca. Ello llevó consigo a un jazz que ahora se considera "clásico" y que partía, como todos, de un ritmo básico y de una melodía improvisada sobre la que ejercer el virtuosismo. En base a ello, en los años veinte y treinta aparecieron en la escena jazzística numerosos "genios" del piano que provenían, en su mayoría, de la escuela clásica. Jerry Roll Morton, Willie Smith o Fats Waller fueron los primeros "genios" reconocidos, aquéllos que convirtieron el rag en "stride", un estilo suelto que acentuaba la parte rítmica y que empezaba a sonar plenamente a "jazz". Pero todo su virtuosismo quedó eclipsado en cuanto apareció en escena un muchacho llamado Art Tatum. Art se convirtió, en muy poco tiempo, en el pianista galáctico, impresionante, embrujador, cuyas manos eran imposibles de ver. Su impronta en el piano ha quedado a lo largo de los años y, junto a Oscar Peterson (al que muchos señalan como su mejor alumno), son reconocidos por la mayoría de teclistas contemporáneos como músicos irrepetibles. Tatum tenía tal carisma a la hora de tocar, y su técnica era tan impresionante, que en muy pocas ocasiones tocó acompañado. Durante algunas etapas de su vida se presentó en trío o cuarteto e, incluso, antes de ser reconocido como una primera figura, tuvo que salir adelante como acompañante de vocalistas. Pero si Tatum ha pasado a la historia de la música no ha sido, precisamente, por eso. Descubrimiento en la 52 Incluso los no aficionados al jazz habrán contemplado alguna vez una película en la que se expone un pequeño club que, de madrugada, presenta a un pianista al fondo de la escena mientras que el público bebe tranquilamente en pequeñas mesas de madera. Esos lugares fueron muy frecuentes en la época de la prohibición en Estados Unidos y muchos de ellos terminaron convirtiéndose en clubs de jazz cuando se levantó la absurda ley. El público se había aficionado tanto al ambiente de club que cada ciudad tuvo, en su corazón urbano, un circuito estable en el que, tarde o temprano, aparecían los músicos dispuestos a demostrarse unos a otros sus capacidades y habilidades. Aquella época cogió a Tatum en Nueva York, donde había llegado en 1932 como acompañante de Adelaide Hall. Tatum, como todos los músicos de la época, cumplía con su trabajo, se tomaba una cerveza y se iba a otro club en el que tocaba por el solo placer de demostrar a los demás músicos que era mejor que ellos. En Nueva York, el circuito de jazz se instaló en la calle 52 y, en 1933, Art Tatum grabó su primer disco. Era lógico. Decir que Tatum era rápido es como decir que el cielo es azul. Tatum era el más rápido, era negro y era ciego. Sabía tocar el piano, la guitarra y el violín y, para más INRI, era un creador. En su carrera se consolidó, con diferencia, como el mejor instrumentista, aunque, todo hay que decirlo, no fuera un músico tan popular como Louis Armstrong. El trompetista tocaba en orquestas, cantaba y hacía bailar; Tatum hacía a la gente abrir la boca y quedarse pasmada. Durante toda su vida obtuvo el reconocimiento que se merecía, aunque, con el nacimiento del bop, sus virguerías quedarían relegadas ante una música que iba con su tiempo y que significaba una ruptura. En la última etapa de su vida, Norman Granz propuso a Tatum plasmar toda su capacidad en grabaciones para su sello. Granz estaba relacionado, por entonces, con Pablo, aunque ya bullía en su cabeza la creación de Verve. El pianista aceptó, aunque acordó con Granz que no habría limitación en el número de grabaciones. En total vieron la luz ¡121! piezas en los trece volúmenes de Solo masterpieces. Si alguien quiere saber lo que es tocar el piano, más vale que se vaya comprando alguno de estos discos. Para divertirse Con todo, aunque Tatum grabó temas para aburrir (por la cantidad, claro), su producción no terminó ahí. Después de salir del estudio, nuestro protagonista se iba a la casa de Ray Heindorf en Beverly Hills (Tatum se mudó a Los Angeles a mediados de los cuarenta) para seguir tocando el piano. Durante toda su vida mantuvo activa esa costumbre: después de tocar para trabajar, tocaba para divertirse. Heindorf, como buen aficionado, grabó aquellas sesiones que han visto la luz recientemente dentro de un doble álbum llamado 20th century piano genius. En él se incluyen treinta y nueve cortes en los que Tatum muestra sus particulares visiones sobre los temas populares de la época. Lo cierto es que esas "visiones" duran veinte segundos, ya que, después de pasado ese tiempo, lo que viene a continuación son unas improvisaciones que, cincuenta años después, siguen dejando claro que muy pocos están capacitados para tocar el piano como lo hizo este hombre. En la grabación aparecen también los comentarios del elegido público que asistía a las fiestas, el entrechocar de los vasos a medio llenar, algunas palmas de los presentes y, como excepción, algunos temas que ya fueron presentados al público en los discos Pieces of eight y Piano discoveries. Algunas piezas pertenecen a sesiones no identificadas con claridad, aunque el extenso cuadernillo que acompaña a la grabación las ubica en el mismo sitio pero recogidas en 1950. Para quienes ya admiran a Tatum, el álbum no es sino una consolidación de la figura del pianista. Para quienes aprecian este instrumento, 20th century piano genius puede resultar un descubrimiento. Y para quienes creen que los mejores teclistas aparecieron con el mellotron y el sintetizador, el álbum puede cambiar su vida. Art Tatum fue, realmente, el primero de los magos. E.P. Art Tatum. 20th century genius. Verve 531763
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